Entrevista en Radio Nihuil, Mendoza,
con Miguel García Urbani, realizada el miércoles 14 de noviembre del
2012 a las 10 de la noche, segunda parte
En esta página publico los artículos escritos por mí en los últimos años, sobre política argentina, política latinoamericana y política internacional, que considero más interesantes y de actualidad. Visite mi blog con temas periodísticos y literarios http://jfernandezbaraibar.blogspot.com
15 de noviembre de 2012
25 de octubre de 2012
Unidos y organizados contra el Leviatán de los poderes fácticos
La insubordinación del monopolio
mediático
Unidos y organizados contra el Leviatán de los poderes fácticos
Contra lo que fue usual en todo el
período constitucional posterior a 1983, la presidenta de la
República ha enfrentado sin conmiseración el poder hegemónico de
la Argentina formado en los últimos treinta y cinco años: la rosca
integrada por el gran capital concentrado, rural y urbano, y el
monopolio de los medios de comunicación social.
Clarín y La Nación, fortalecidos al
amparo de la dictadura cívico militar, y favorecidos por las
generosas concesiones otorgadas por Carlos Menem, se convirtieron en
el verdadero poder ecónomico, político e ideológico de la
Argentina. Contrariamente a lo que suponen los ideologizados
liberales semicoloniales, no es el Estado el verdadero poder que
amenaza y constriñe las libertades individuales. El poder en la
Argentina -y podríamos decir en todo el mundo capitalista- está en
manos de estos sectores oligárquicos que, desde 1976 hasta el 2003,
en Argentina manejaron el Estado a su antojo y provecho. Con la
asunción del presidente Néstor Kirchner se produjo, inesperadamente
para estos grupos, un tenaz intento de recuperar la función del
Estado nacional al servicio de la soberanía popular que es su
fundamento. Por primera vez, desde la última presidencia del general
Perón, el estado nacional intentaba ejercer su legítima soberanía
sobre ese poder paraestatal.
Ese poder -el verdadero poder de la
Argentina semicolonial, repetimos- ha respondido con ferocidad e
inescrupulosidad, propia de un sistema mafioso acostumbrado al amparo
de un estado amistoso y enfrentado al poder de la soberanía popular.
Estamos atravesando un período en el
cual lo que está en discusión es qué sector, cuáles interes se
impondrán en la administración del Estado nacional.
A lo largo del siglo XX, la Argentina
vivió esta misma situación.
El triunfo electoral de Hipólito
Yrigoyen, en 1916, puso a los sectores populares, incluída la clase
media de origen inmigratorio, en el poder del Estado. Don Hipólito
expresó a los viejos federales derrotados en Pavón, junto a los
argentinos de primera generación que exigían su derecho electoral.
La vieja Argentina oligárquica vio en el caudillo popular el hombre
que cuestionaba su hegemonía y privilegio. Conspiraron contra él y
lograron derrocarlo con un golpe de Estado -el primero del siglo XX-
en 1930.
El extraordinario proceso que se inicia
el 17 de octubre de 1945 vuelve a plantear una lucha por poner al
Estado nacional al servicio de las nuevas clases y sectores de la
Argentina industrial, con un concepto de la justicia social que
convirtió a la Argentina en una de las sociedades latinoamericanas
más signadas por el principio de la igualdad. Ello significó
enfrentar a las viejas fuerzas de la Argentina para pocos: la
Argentina oligárquica del proyecto agroexportador, sometida a las
condiciones de las grandes potencias imperialistas, fundamentalmente
el Reino Unido.
En 1955, esos mismo sectores sociales
y políticos de la Argentina dependiente derrocaron, en un nuevo
golpe de Estado, al gobierno constitucional y popular de Juan Domingo
Perón y ocuparon dictatorialmente el poder del estado para restaurar
el viejo país exportador de commodities agrarias. No fue posible,
tal como lo pretendían, porque el mundo había cambiado. Su
fundamento político fue la proscripción del peronismo, es decir, de
la gran mayoría del pueblo argentino, con el argumento de la
incapacidad de las grandes masas argentinas de decidir sobre su
destino. Todos los gobiernos del período 1955-1973 se caracterizaron
por su ilegitimidad e irrepresentatividad. El resultado electoral que
convirtió en presidente al radical Umberto Illia, en elecciones en
las que el peronismo fue proscripto, le dio al ganador el 22 % de los
votos, mientras que los votos en blanco eran mayoritarios.
Recién en 1973, y como resultado de
una gigantesca lucha del pueblo argentino, expresada en formidables
insurrecciones en el interior del país, los argentinos pudimos
volver a ejercer en plenitud la soberanía popular. Perón pudo ser
candidato a presidente y el voto popular volvió a ser el fundamento
político del Estado.
Y, nuevamente, volvió a disputarse una
gigantesca lucha por el poder político en la Argentina , una lucha
para establecer si es el Estado, al servicio de los sectores
populares y el interés nacional, o son los sectores del privilegio,
vinculados, ya entonces, al poder mediático, quienes imponen las
grandes decisiones políticas. En el medio de esa gigantesca lucha de
poder, falleció Juan Domingo Perón.
Desde 1976, estos mismos grupos que hoy
desafían el poder del Estado, que ha vuelto a estar comprometido con
el interés nacional y popular gobernaron el país a su antojo y se
convirtieron en el verdadero Leviatán, que ha ahogado el desarrollo
económico del país, que hasta el 2003 sometió al pueblo argentino
a la desocupación y la miseria. Frente a este monstruo, solo el
Estado puede defender el interés de las mayorías.
Y, como decíamos más arriba, por
primera vez desde 1976 un gobierno está dispuesto a poner al
Leviatán en caja, a limitar su voracidad y al poder mediático desde
el cual se enorgullecía de poner y sacar gobiernos.
La influencia que tradicionalmente
estos sectores oligárquicos han tenido sobre el Poder Judicial se ha
hecho evidente a lo largo de estos meses de vigencia de la Ley de
Servicios de Comunicación Audiovisual. Si en el siglo pasado, en el
poder Judicial se agazapaban los sectores más recalcitrantes de la
vieja oligarquía vacuna, para frenar toda iniciativa del Estado en
dirección a una modernización y democratización de la vida
económica argentina, hoy, en los sombríos pasillos de los
tribunales se oculta la resistencia más enconada y reaccionaria. Y
esa resistencia no solo se manifiesta en las escandalosas chicanas
leguleyas de los abogados de Clarín, sino en las artimañas
tribunalicias que intentaron impedir el legítimo y legal aborto de
una ciudadana que había sido sometida a la trata, a la privación
ilegítima de la libertad, a la esclavitud y, finalmente, a
reiteradas violaciones.
El Leviatán rugirá y hará temblar la
tierra de aquí a diciembre. La firmeza en el rumbo, la
profundización de las políticas en curso y el apoyo de los sectores
más profundos de nuestro pueblo son la garantía de que el gobierno
de Cristina podrá prevalecer sobre estos viejos enemigos. Unidos y
organizados es la consigna.
Buenos Aires, 18 de octubre de 2012
Publicado en Caminopropio N° 8,
noviembre 2012
2 de octubre de 2012
La historia de Europa y nuestras Malvinas
Ante el fallecimiento de Eric Hobsbawm
La historia de Europa y nuestras Malvinas
El inevitable fallecimiento del historiador inglés Eric Hobsbawm, a los 95 años de edad, es un momento oportuno para reflexionar sobre su obra, en general, y sobre su pensamiento en relación con la Argentina y América Latina, en particular.
Hobsbawm fue, posiblemente, el último de los grandes historiadores del siglo XX, heredero de la tradición iluminista europea que tuvo en el materialismo histórico pensado por Carlos Marx su expresión más alta. Esa tradición, consecuencia del particular desarrollo del capitalismo en el Viejo Continente y de su sistemático saqueo del mundo colonial, fue capaz de dar a la humanidad las obras de Vico, Lessing, Hegel, Goethe y Croce, en el terreno del pensamiento histórico, y las de Quesnay, Say, Smith, Stuart Mill, List y Marx en el de la economía, que han tenido decisiva influencia en la construcción del mundo contemporáneo.
E. H. Carr, E.P. Thompson y Eric Hobsbawm fueron, juntos con muy pocos más, grandes historiadores ingleses que echaron su mirada sobre la sociedad que comenzó a desarrollarse a partir de la revolución política llevada adelante por Francia y la revolución productiva puesta en movimiento por Inglaterra. Los tres libros cumbres de Hobsbawm, La Era de las Revoluciones, La Era del Capital y la Era del Imperio, son hoy ineludibles para la comprensión del mundo que termina con la implosión de la Unión Soviética, en 1990.
Fue Blas Alberti, en 1972, quien por primera vez me mencionó su nombre y La Era de las Revoluciones. Lo compré en una voluminosa edición de tapas duras y lo que en ella leí me ha acompañado el resto de mi vida. La descripción de la Francia prerrevolucionaria, el mundo de la campiña inglesa en la época de las Enclosure Acts, la dispersión de la Alemania anterior a Bismarck, son las imágenes que formaron, hasta ahora, mi representación del Viejo Mundo. Su relato sobre la creación de los estados nacionales europeos, sobre todo los tardíos, siguen siendo paradigmas -relativos y dialécticos, pero paradigmas al fin- de nuestra gran tarea de unificación continental. La Era del Capital lo leí en inglés y La Era del Imperio, en sueco, cuando estudiaba en la Universidad de Estocolmo, en el largo invierno de la dictadura.
Pero el fin del exilio significó, en gran parte, el fin del idilio con Hobsbawm. La Guerra de Malvinas, con nuestra consiguiente derrota, puso fin a la dictadura cívico militar de 1976 y abrió paso a una democracia colonial y condicionada que, al menos, nos permitió volver a la patria.
Las consideraciones que Hobsbawm formuló acerca de la Guerra pusieron límite a mi admiración por el historiador londinense. En efecto, en enero de 1983, la revista Marxism Today publicó una conferencia de Hobsbawm sobre “Las consecuencias de Malvinas”. Y en ella quedó de manifiesto lo poco que le interesaba el mundo semicolonial y qué lejos de la tradición del marxismo periférico -Lenin, Trotsky, Mao, Ho Chi Minh o Fidel Castro- estaba su pensamiento.
Decía Hobsbawm, en esa conferencia: “Dado que el gobierno y todo el mundo carecían de interés en las Falklands, el hecho de que fueran de urgente interés en la Argentina, y hasta cierto punto en América Latina como un todo, fue pasado por alto. Estaban muy lejos, en verdad, de ser insignificantes para los argentinos. Eran un símbolo del nacionalismo argentino, especialmente desde Perón. Nosotros podíamos posponer el problema de las Falklands para siempre, o creíamos que podíamos, pero no los argentinos. (…) Como muchas reivindicaciones nacionalistas similares, no resiste demasiada investigación. Está basado esencialmente en lo que uno podría llamar 'geografía de escuela secundaria' –todo aquello que pertenece a la plataforma continental debería pertenecer al país más cercano–, pese al hecho de que ningún argentino ha vivido allí”.
La cantidad de errores e ignorancias que encierran estos párrafos es abrumadora. Sostener que el reclamo argentino de Malvinas fuera un símbolo “especialmente desde Perón” es prueba de que Hobsbawm no sabía de qué estaba hablando. Su desprecio por lo que llama “geografía de escuela secundaria” es propia de una mentalidad colonialista y el hecho de que ningún argentino hubiera vivido allí solo es cierto a partir de 1833, cuando, justamente, los ingleses desalojan por la fuerza a los habitantes rioplatenses.
Refiriendose a la patriotera reacción de los ingleses a la ocupación argentina, dice Hobsbawm: “una casi universal indignación en un montón de personas, la idea de que uno no podía simplemente aceptarlo, de que había que hacer algo. Este era un sentimiento que se extendió hasta las bases sociales y era no político, en el sentido de que atravesaba todos los partidos y no estaba confinado a la derecha o la izquierda. Conozco mucha gente de la izquierda dentro del movimiento, incluso en la extrema izquierda, que tuvo la misma reacción que la de la derecha. (…) Puede no ser un sentimiento particularmente deseable, pero afirmar que no existió es carecer de realismo”.
Y ¿qué reflexión le merece esta reacción del pueblo inglés? “Nosotros, en la izquierda, siempre habíamos predicado que la pérdida del Imperio y la declinación general llevaría a alguna reacción dramática más temprano o más tarde en la política británica. No habíamos previsto esta reacción en particular, pero no hay dudas de que esta fue una reacción a la decadencia del Imperio Británico tal y como había sido predicho durante tanto tiempo”.
Nada de diferenciar, como lo hicieran Lenin o Trotsky, a principios del siglo XX, entre el nacionalismo de los pueblos oprimidos y el nacionalismo opresor de las potencias imperialistas, nada de recordar las palabras de Marx, citando al Inca Yupanqui: “Un pueblo que oprime a otro no puede ser libre”. Quien, en sus libros y desde la cátedra, elaboró el concepto de el estado nación como relato mítico de las clases dominantes, no tiene otra reflexión que el simple y oportunista reconocimiento del patriotismo colonialista de sus compatriotas. “En si mismo, no fue mero patrioterismo. Pero, aunque este sentimiento de humillación nacional fue más allá del simple patrioterismo, fue fácilmente capturado por la derecha y controlado por lo que creo fue, políticamente, una muy brillante operación de Mrs. Thatcher y los thatcherianos”. El patrioterismo del autor se hace evidente en este párrafo ya que prescinde por completo en su análisis -entiéndase que se trata de un análisis que pretende responder a los valores del internacionalismo- del interés del pueblo argentino y latinoamericano, y denuncia una captura por parte de la derecha de su país, como si, ese mismo patrioterismo, hubiese podido ser conducido de otra manera por los laboristas. La tarea central de un revolucionario en el mundo imperialista era y sigue siendo el de unir -si ello es posible- la causa de los oprimidos de ese mundo con las reivindicaciones nacionales del mundo colonial y semicolonial.
Hobsbawm no pudo -o no quiso- romper su estrecho eurocentrismo, en el momento en que una clase obrera brutalizada por la renta imperialista se unió a los más vulgares reclamos colonialistas, haciendo un frente único con el partido de Thatcher. Decía Hobsbawm, entonces: “Estos peligros son particularmente grandes allí donde el patriotismo puede ser separado de otros sentimientos y aspiraciones de la clase obrera, o aún allí donde puede ser contrapuesto a ellos: donde el nacionalismo puede ser contrapuesto a la liberación social. (...) Inversamente, cuando las dos van juntos, multiplican no sólo la fuerza de la clase obrera sino su capacidad de colocarse a la cabeza de una amplia coalición por el cambio social e incluso dan la posibilidad de arrancar la hegemonía a la clase enemiga”. Lo que Hobsbawm prescindía de analizar es que una cosa es el patriotismo del pueblo inglés ante los bombardeos de las V2 alemanas, durante la Segunda Guerra Mundial, y otra muy distinta el ramplón patrioterismo colonialista frente a la pérdida de un territorio ocupado por la fuerza y a diez mil millas de las islas británicas. Y agrega para dejar más claro su punto de vista ante el público inglés y ante nosotros, los argentinos que produjimos la “comprensible” reacción británica: “Los marxistas no han hallado fácil lidiar con el patriotismo de la clase obrera en general y con el patriotismo inglés o británico en particular. Británico, aquí, significa el lugar donde el patriotismo de los pueblos no ingleses viene a coincidir con el de los ingleses; donde no coincide, como es, a veces, en el caso de Escocia y Gales, los marxistas han estado más conscientes sobre la importancia del sentimiento nacionalista o patriótico”.Ni se le ocurre preguntarse por el nacionalismo argentino o latinoamericano que, seguramente en su visión, tiene un rango todavía inferior al de los escoceses o los galeses. Y completa su argumento: “Es peligroso dejar el patriotismo exclusivamente a la derecha”. Cuál hubiera sido la situación para los argentinos de haber sido la izquierda inglesa la que hubiera llevado adelante ese patriotismo lo pudimos ver en todos los gobiernos de esa bandería que sucedieron al de Thatcher. A excepción del solitario diputado Tony Benn, el laborismo ha sido tan colonialista como los tories.
Esta conferencia de 1983 puso fin, como ven, a mi idilio intelectual con el anciano historiador a la vez que me confirmaba en la necesidad de construir nuestra propia visión de la historia para argentinos y latinoamericanos.
Buenos Aires, 1 de octubre de 2012
La historia de Europa y nuestras Malvinas
El inevitable fallecimiento del historiador inglés Eric Hobsbawm, a los 95 años de edad, es un momento oportuno para reflexionar sobre su obra, en general, y sobre su pensamiento en relación con la Argentina y América Latina, en particular.
Hobsbawm fue, posiblemente, el último de los grandes historiadores del siglo XX, heredero de la tradición iluminista europea que tuvo en el materialismo histórico pensado por Carlos Marx su expresión más alta. Esa tradición, consecuencia del particular desarrollo del capitalismo en el Viejo Continente y de su sistemático saqueo del mundo colonial, fue capaz de dar a la humanidad las obras de Vico, Lessing, Hegel, Goethe y Croce, en el terreno del pensamiento histórico, y las de Quesnay, Say, Smith, Stuart Mill, List y Marx en el de la economía, que han tenido decisiva influencia en la construcción del mundo contemporáneo.
E. H. Carr, E.P. Thompson y Eric Hobsbawm fueron, juntos con muy pocos más, grandes historiadores ingleses que echaron su mirada sobre la sociedad que comenzó a desarrollarse a partir de la revolución política llevada adelante por Francia y la revolución productiva puesta en movimiento por Inglaterra. Los tres libros cumbres de Hobsbawm, La Era de las Revoluciones, La Era del Capital y la Era del Imperio, son hoy ineludibles para la comprensión del mundo que termina con la implosión de la Unión Soviética, en 1990.
Fue Blas Alberti, en 1972, quien por primera vez me mencionó su nombre y La Era de las Revoluciones. Lo compré en una voluminosa edición de tapas duras y lo que en ella leí me ha acompañado el resto de mi vida. La descripción de la Francia prerrevolucionaria, el mundo de la campiña inglesa en la época de las Enclosure Acts, la dispersión de la Alemania anterior a Bismarck, son las imágenes que formaron, hasta ahora, mi representación del Viejo Mundo. Su relato sobre la creación de los estados nacionales europeos, sobre todo los tardíos, siguen siendo paradigmas -relativos y dialécticos, pero paradigmas al fin- de nuestra gran tarea de unificación continental. La Era del Capital lo leí en inglés y La Era del Imperio, en sueco, cuando estudiaba en la Universidad de Estocolmo, en el largo invierno de la dictadura.
Pero el fin del exilio significó, en gran parte, el fin del idilio con Hobsbawm. La Guerra de Malvinas, con nuestra consiguiente derrota, puso fin a la dictadura cívico militar de 1976 y abrió paso a una democracia colonial y condicionada que, al menos, nos permitió volver a la patria.
Las consideraciones que Hobsbawm formuló acerca de la Guerra pusieron límite a mi admiración por el historiador londinense. En efecto, en enero de 1983, la revista Marxism Today publicó una conferencia de Hobsbawm sobre “Las consecuencias de Malvinas”. Y en ella quedó de manifiesto lo poco que le interesaba el mundo semicolonial y qué lejos de la tradición del marxismo periférico -Lenin, Trotsky, Mao, Ho Chi Minh o Fidel Castro- estaba su pensamiento.
Decía Hobsbawm, en esa conferencia: “Dado que el gobierno y todo el mundo carecían de interés en las Falklands, el hecho de que fueran de urgente interés en la Argentina, y hasta cierto punto en América Latina como un todo, fue pasado por alto. Estaban muy lejos, en verdad, de ser insignificantes para los argentinos. Eran un símbolo del nacionalismo argentino, especialmente desde Perón. Nosotros podíamos posponer el problema de las Falklands para siempre, o creíamos que podíamos, pero no los argentinos. (…) Como muchas reivindicaciones nacionalistas similares, no resiste demasiada investigación. Está basado esencialmente en lo que uno podría llamar 'geografía de escuela secundaria' –todo aquello que pertenece a la plataforma continental debería pertenecer al país más cercano–, pese al hecho de que ningún argentino ha vivido allí”.
La cantidad de errores e ignorancias que encierran estos párrafos es abrumadora. Sostener que el reclamo argentino de Malvinas fuera un símbolo “especialmente desde Perón” es prueba de que Hobsbawm no sabía de qué estaba hablando. Su desprecio por lo que llama “geografía de escuela secundaria” es propia de una mentalidad colonialista y el hecho de que ningún argentino hubiera vivido allí solo es cierto a partir de 1833, cuando, justamente, los ingleses desalojan por la fuerza a los habitantes rioplatenses.
Refiriendose a la patriotera reacción de los ingleses a la ocupación argentina, dice Hobsbawm: “una casi universal indignación en un montón de personas, la idea de que uno no podía simplemente aceptarlo, de que había que hacer algo. Este era un sentimiento que se extendió hasta las bases sociales y era no político, en el sentido de que atravesaba todos los partidos y no estaba confinado a la derecha o la izquierda. Conozco mucha gente de la izquierda dentro del movimiento, incluso en la extrema izquierda, que tuvo la misma reacción que la de la derecha. (…) Puede no ser un sentimiento particularmente deseable, pero afirmar que no existió es carecer de realismo”.
Y ¿qué reflexión le merece esta reacción del pueblo inglés? “Nosotros, en la izquierda, siempre habíamos predicado que la pérdida del Imperio y la declinación general llevaría a alguna reacción dramática más temprano o más tarde en la política británica. No habíamos previsto esta reacción en particular, pero no hay dudas de que esta fue una reacción a la decadencia del Imperio Británico tal y como había sido predicho durante tanto tiempo”.
Nada de diferenciar, como lo hicieran Lenin o Trotsky, a principios del siglo XX, entre el nacionalismo de los pueblos oprimidos y el nacionalismo opresor de las potencias imperialistas, nada de recordar las palabras de Marx, citando al Inca Yupanqui: “Un pueblo que oprime a otro no puede ser libre”. Quien, en sus libros y desde la cátedra, elaboró el concepto de el estado nación como relato mítico de las clases dominantes, no tiene otra reflexión que el simple y oportunista reconocimiento del patriotismo colonialista de sus compatriotas. “En si mismo, no fue mero patrioterismo. Pero, aunque este sentimiento de humillación nacional fue más allá del simple patrioterismo, fue fácilmente capturado por la derecha y controlado por lo que creo fue, políticamente, una muy brillante operación de Mrs. Thatcher y los thatcherianos”. El patrioterismo del autor se hace evidente en este párrafo ya que prescinde por completo en su análisis -entiéndase que se trata de un análisis que pretende responder a los valores del internacionalismo- del interés del pueblo argentino y latinoamericano, y denuncia una captura por parte de la derecha de su país, como si, ese mismo patrioterismo, hubiese podido ser conducido de otra manera por los laboristas. La tarea central de un revolucionario en el mundo imperialista era y sigue siendo el de unir -si ello es posible- la causa de los oprimidos de ese mundo con las reivindicaciones nacionales del mundo colonial y semicolonial.
Hobsbawm no pudo -o no quiso- romper su estrecho eurocentrismo, en el momento en que una clase obrera brutalizada por la renta imperialista se unió a los más vulgares reclamos colonialistas, haciendo un frente único con el partido de Thatcher. Decía Hobsbawm, entonces: “Estos peligros son particularmente grandes allí donde el patriotismo puede ser separado de otros sentimientos y aspiraciones de la clase obrera, o aún allí donde puede ser contrapuesto a ellos: donde el nacionalismo puede ser contrapuesto a la liberación social. (...) Inversamente, cuando las dos van juntos, multiplican no sólo la fuerza de la clase obrera sino su capacidad de colocarse a la cabeza de una amplia coalición por el cambio social e incluso dan la posibilidad de arrancar la hegemonía a la clase enemiga”. Lo que Hobsbawm prescindía de analizar es que una cosa es el patriotismo del pueblo inglés ante los bombardeos de las V2 alemanas, durante la Segunda Guerra Mundial, y otra muy distinta el ramplón patrioterismo colonialista frente a la pérdida de un territorio ocupado por la fuerza y a diez mil millas de las islas británicas. Y agrega para dejar más claro su punto de vista ante el público inglés y ante nosotros, los argentinos que produjimos la “comprensible” reacción británica: “Los marxistas no han hallado fácil lidiar con el patriotismo de la clase obrera en general y con el patriotismo inglés o británico en particular. Británico, aquí, significa el lugar donde el patriotismo de los pueblos no ingleses viene a coincidir con el de los ingleses; donde no coincide, como es, a veces, en el caso de Escocia y Gales, los marxistas han estado más conscientes sobre la importancia del sentimiento nacionalista o patriótico”.Ni se le ocurre preguntarse por el nacionalismo argentino o latinoamericano que, seguramente en su visión, tiene un rango todavía inferior al de los escoceses o los galeses. Y completa su argumento: “Es peligroso dejar el patriotismo exclusivamente a la derecha”. Cuál hubiera sido la situación para los argentinos de haber sido la izquierda inglesa la que hubiera llevado adelante ese patriotismo lo pudimos ver en todos los gobiernos de esa bandería que sucedieron al de Thatcher. A excepción del solitario diputado Tony Benn, el laborismo ha sido tan colonialista como los tories.
Esta conferencia de 1983 puso fin, como ven, a mi idilio intelectual con el anciano historiador a la vez que me confirmaba en la necesidad de construir nuestra propia visión de la historia para argentinos y latinoamericanos.
Buenos Aires, 1 de octubre de 2012
6 de septiembre de 2012
21 de agosto de 2012
Pedro Godoy, el amigo chileno de los argentinos
Pedro Godoy, el amigo chileno de los
argentinos
Parece ser, según he escuchado aquí,
en Santiago de Chile, que hace unos años Alberto Methol Ferré le
dijo a Pedro Godoy, mi amigo y compañero de este lado del Ande, lo
siguiente:
- Pedro, imagínese un gran bol lleno
de leche, blanca, inmaculada, y una mosca, negra y ominosa, flotando
en el medio. ¿Se lo imaginó? Bueno, esa mosca es usted aquí, en
Chile.
Y esa es la más cruda descripción que
se puede hacer de Pedro. Desde hace más de cincuenta años se ha
dedicado a explicar, defender, sostener ante sus demasiadas veces
sordos compatriotas, la necesidad de la integración de Chile al
contexto latinoamericano, el estrechamiento de sus relaciones con la
Argentina y la solución definitiva de su absurdo y decimonónico
conflicto limítrofe con Bolivia -tema este que ha impedido durante
todo el siglo XX y lo que va del nuevo que el país altiplánico
tenga una salida al mar.
Ha sido un admirador del peronismo en un
país que, por derecha e izquierda, condenó al movimiento que no
entendía. Se enfrentó, en años mozos, con la dirección del
partido comunista que no comprendía estos pujos continentales.
Discutió con la Unidad Popular cuando el dogmatismo y el sectarismo
minaban la política de Salvador Allende. Y sufrió los embates del
golpe proimperialista de 1973. Todo ello no le ha impedido sostener
que el dictador Pinochet no fue derrotado por las fuerzas populares,
sino por los EE.UU., que consideraron peligrosa su continuidad y que
el actual sistema político chileno es producto de una brutal derrota
popular y no de una victoria.
Pedro tiene una juventud eterna. Está
atravesado por su pasión latinoamericanista y dedica cada minuto de
su vida, de su actividad docente e intelectual, a esa pasión. Es uno
de esos inoxidables, insumergibles que, bajo cualquier circunstancia,
cualquiera sean las condiciones políticas de su país, ha dado una
batalla política e intelectual para que la patria de O'Higgins
abandone su secular y reaccionario aislamiento, esa actitud de
isleños que describía con genio Methol Ferré. Este chileno de pura
cepa, enjuto, decidor, pletórico de refranes cervantinos, se levanta
cada día, desde su viaje iniciático a Buenos Aires en los inicios
de los '60, pensando cómo puede conmover la conciencia y el espíritu
de su compatriotas, como los puede provocar para correrlos de cien
años de ideología portalina y disolver el arraigado mito del Chile
amenazado por argentinos, peruanos y bolivianos que todavía es
doctrina en los estados mayores de su país y, lo que es aún peor,
en su dirigencia política. Y con ese objetivo en su conciencia
escribe infinidad de folletos, cartas a los grandes diarios de
Santiago y de las distintas regiones de su país, genera discípulos
en su concepción latinoamericanista, recibe a sus amigos argentinos
y bolivianos en su vieja y enorme casa, les ofrece lo mejor que Chile
tiene para comer y beber y los obliga -en obligación que se
convierte en placentera- a contar, a explicar, a informar sobre lo
que pasa más allá de esa gigantesca muralla en que la oligarquía
histórica de su país ha convertido a la hermosa Cordillera de los
Andes.
Es admirable Pedro Godoy. En una
sociedad clasista, racista y cipaya como es la chilena, en la que la
Concertación y la llamada derecha han desplegado los peores aspectos
de la herencia de Diego Portales, el frío y calculador almacenero
chileno del siglo XIX, este chileno de pura cepa ha logrado mantener
viva la llama que iluminó a O'Higgins, la lucidez continental de
Francisco Bilbao y la solidaridad con la Bolivia invadida, violada y
sometida en la guerra del Pacífico.
Mi anfitrión, el hombre que me
presenta gente y amigos en tierra chilena, es, entonces, un héroe de
los de nuevo tipo. De esos que, sin someterse, aguantaron con los
dientes apretados los terribles años de la reacción momia,
mantuvieron, no obstante, sus ideales integracionistas, y han llegado
a la nueva época con la espalda erguida y mucho que aportar a las
nuevas generaciones.
El profesor Pedro Godoy Perrin es ya un
patriota suramericano de estos nuevos tiempos de integración y
Patria Grande.
Es una gloria que pueda ver la época
que se avecina.
Santiago de Chile, 21 de agosto de 2012
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