4 de diciembre de 2012

Vigencia y sentido actual del Encuentro de Guayaquil


Vigencia y sentido actual del Encuentro de Guayaquil


El 29 de noviembre pxmo. pdo. se realizó la mesa redonda “Bolívar y San Martín nos unen para siempre”, organizada por la Embajada de la República Bolivariana de Venezuela, en el marco del Foro Latinoamericano por la Identidad y la Integración, convocado por el Ministerio de Relaciones Exteriores de la República Argentina. La misma se llevó a cabo en el auditorio Manuel Belgrano de la Cancillería. Participaron también el embajador venezolano, General de Brigada Carlos Martínez Mendoza, y el primer secretario de la Embajada, Juan Eduardo Romero. Esta fue mi participación:

Señoras, señores, amigas y amigos:

Ha sido poco lo que el embajador historiador nos ha dejado para agregar, pero algunas reflexiones creo que se pueden hacer.

Lo primero que se me ocurre, y que se me viene ocurriendo desde hace ya un tiempo, -participé hace unos veinte días en una reunión similar aquí en la Cancillería con la presencia del embajador del Ecuador, doctor Wellington Sandoval Córdoba, quien también expuso de manera erudita y con gran fineza de análisis sobre el Encuentro de Guayaquil-, la reflexión, digo, sobre lo que ha ocurrido en nuestra patria y en nuestro continente en los últimos veinte o veinticinco años. Hemos empezado a juntarnos embajadores, políticos, historiadores, intelectuales y encontramos enormes coincidencias. Descubrimos que lo que cada uno de nosotros venía pensando, estudiando, analizando, discutiendo, peleando muchas veces, y creía que lo hacía de una forma aislada, individual, que era un fenómeno que pasaba aquí -en la Argentina con el revisionismo histórico- y que teníamos todo el sistema académico oficial en contra y resistiendo, era un fenómeno que venía pasando en toda América Latina, en cada uno de sus pueblos, en cada uno de sus países. Y de pronto, con esa dosis de sorpresa que tiene la historia, aparecemos en el escenario personas que, con distinto nivel, con distinta capacidad, con distinta elocuencia, están pensando, juntamente, los mismos problemas, las mismas cuestiones que habíamos pensado individualmente cada uno de nosotros durante todos estos años, y hoy lo hacemos colectivamente.

Las diferencias entre San Martín y Bolívar, que las había como hay diferencias entre Hugo Chávez y Pepe Mujica, entre Cristina Fernández de Kirchner y Dilma Roussef, como hay diferencias entre todos los seres humanos, fueron, en realidad, exacerbadas, caricaturizadas, en muchos casos, a partir del fracaso de eso que mencionaba el embajador Carlos Martínez Mendoza: el proyecto de la unidad.

Ha dicho Alberto Methol Ferré muchas veces -nos lo ha dicho personalmente, lo ha escrito- que las guerras de la Independencia tenían una doble finalidad. Por un lado, lograr la libertad, la independencia de la corona española y, por otro lado, la unidad política de este continente. Y lo que la fuerza de las armas patriotas lograron en Ayacucho fue la independencia. Y a partir de ese momento comenzó a fracasar el proyecto de la unidad. En la misma noche de Ayacucho las tendencias centrípetas de los puertos de América Latina, de sus oligarquías regionales, comenzaron ese lento pero efectivo proceso de división, de balcanización, como ha sido llamado en el siglo XX. Con ese proceso de balcanización aparecieron los así llamados “héroes nacionales”. Cada uno de ellos correspondía, de una manera platónica, a las virtudes y excelencias de cada uno de esos pueblos.

Así los argentinos teníamos un San Martín austero, enjuto, prudente, de costumbres espartanas. Desinterado -según la historiografía oficial- de la política y sus bajezas. Los venezolanos tenían a un Bolívar enamorado del baile y las mujeres, dicharachero. Los chilenos tenían un O'Higgins de gran patriotismo chileno. Cada uno de nosotros, cada uno de nuestros pueblos elaboró un héroe en el que, abstractamente, sus virtudes correspondían a las virtudes que cada uno de esos pueblos se adjudicaba y los defectos de los otros correspondían a los defectos que cada uno de los pueblos le adjudicaba a los otros pueblos de América Latina.
Ricardo Rojas, que fue un gran historiador y una descollante personalidad de nuestra cultura, escribió un gran libro que tiene, lamentablemente, un título un poco ñoño, que es El Santo de la Espada. Es un libro cuyo contenido es mucho mejor, mucho más rico que su título. Rojas imagina en esta historia de San Martín una especie de obsesión del Libertador, quien en sus reflexiones le dice a Simón Bolívar: “Hagámosnos simultáneos”. Actuemos de conjunto, imagina Ricardo Rojas que era el desvelo de don José de San Martín. Porque si actuamos de conjunto, en un gran movimiento de pinzas, vamos a derrotar al ejército español.
En una película que, hace ya muchos años hicimos Jorge Coscia y yo, imaginamos un encuentro onírico entre San Martín y Bolívar, en el cual lo primero que le dice nuestro Libertador al caraqueño es: “Dichoso usted, Simón, que conoció a su tierra. Usted nació allá, usted vivió allá y conoció sus playas doradas y sus montes de esmeralda. Yo no. Yo nací en estas tierras, pero no tengo más que un vago recuerdo de la infancia”.

Esto marca, desde la historia personal de cada uno de ellos, dos personalidades, dos figuras, de distinto carácter, de distinta formación. Bolívar, un político apasionado, raptado por la fuerza que emanaba de la Revolución Francesa, con ese juramente en el Monte Sacro para cumplir los ideales formulados por la Revolución Francesa, junto a su amigo y maestro Simón Rodríguez.
Y un San Martín que es un militar formado en los rigores de las academias españolas, que a los trece o catorce años sufre en el norte de África un sitio por hambre. Es decir que, desde los catorce años, vive una dura y sacrificada vida de militar sin fortuna, y cuya concepción del mundo no corresponde exactamente a la de Simón Bolívar. Si la personalidad política de Bolívar correspondía a la de un jacobino, la personalidad política de San Martín correspondía más bien a la de un girondino, a la de un hombre que le tenía cierta desconfianza a las multitudes y un gran temor, fundamentalmente, a la anarquía. La grave amenaza que San Martín veía sobrevolar sobre la independencia y la unidad era, justamente, la de la anarquía.

Pero no son estas razones -políticas, ideológicas, de formación intelectual- las que determinan el Encuentro de Guayaquil. Como tan bien lo ha explicado el embajador Martínez Mendoza, y me ahorra toda otra explicación, San Martín carecía en absoluto de un apoyo político estratégico que le permitiese sostener hasta las últimas consecuencias la tarea de la liberación. Buenos Aires no lo apoyaba, y no sólo eso sino que conspiraba contra él. Rivadavia era el gran enemigo de San Martín y el que impedía que pudiese desarrollar su proyecto suramericano. Esa burguesía comercial porteña se desinteraba del hinterland continental, preocupada solamente en la administración de sus almacenes y su puerto.
Pero estas diferencias son las que hicieron que, durante los siglos XIX y XX, los historiadores enfrentaran a esas dos personalidades decisivas de nuestra independencia. Ese enfrentamiento no era más que la expresión ideológica del proceso de balcanización, del proceso de creación de esos pequeños países que no pudieron constituir -como era el deseo y la voluntad de San Martín y Bolívar- una gran nación latinoamericana.

Aún hoy, en un país hermano y tan cercano a la Argentina como es el Perú, se siguen contraponiendo ambas figuras. Se sigue teniendo a San Martín como el gran libertador y a Bolívar como una amenaza tiránica sobre los peruanos. En realidad, ambas concepciones faltan a la verdad. Ni San Martín era un desinterado del poder político como lo quieren pintar los historiadores peruanos, ni Bolívar era el déspota que aparece en esos libros. Ambos tenían una distinta visión política, ambos tenían un distinto modo de manejar y expresar el poder político del estado. Pero estas diferencias, que hoy llamaríamos ideológicas, nunca constituyeron un elemento que disociara la acción libertadora y unificadora de ambos hombres.

No fueron diferencias ideológicas, no fueron diferencias personales. En Guayaquil, el Libertador José de San Martín entrega el mando del ejército patriota a Simón Bolívar, porque éste es, como decía el embajador, el que coyunturalmente estaba en mejores condiciones de llevar adelante la tarea. Y esto era lo que se imponía por encima de toda otra aspiración personal.

Creo yo que la reflexión sobre Guayaquil, sobre Bolívar y San Martín, en estos inicios del siglo XXI, no puede estar separada de lo que fue la epopeya y el intento unificador de ambos héroes y el intento unificador que en el siglo XXI están llevando adelante la inmensa mayoría, si no la totalidad, de los gobiernos y los pueblos de nuestro continente.

Mientras el continente americano estaba, entonces, dividido en dos grandes bloques, uno dependiente de España y el otro, no ya dependiente, sino cabeza de un imperio europeo, como era el Brasil, necesariamente toda la estrategia libertadora se hacía a lo largo de los Andes, sobre la costa del Pacífico. La gran costa del Atlántico no estaba al alcance de las fuerzas libertadoras, porque el enorme bloque brasileño-portugués impedía que este espacio integrase la estrategia patriota. Toda la estrategia de Bolívar y de San Martín converge sobre la costa del Pacífico y los Andes.
El siglo XXI, por el contrario -y esto, creo, es una de las grandes decisiones geopolíticas tomadas por el presidente Hugo Chávez en su oportunidad-, asume la herencia bolivariana, ya no desplegándola por la costa del Pacífico, sino incorporando al conjunto de la costa atlántica y, sobre todo, al Brasil, como eje estructurador de ese nuevo proyecto unificador suramericano del siglo XXI.

De ahí la importancia trascendental que para este proyecto tiene y ha tenido la incorporación de la República Bolivariana de Venezuela al Mercosur. En los años 50 el general Perón planteó en un famoso discurso el proyecto estratégico entre Argentina y Brasil. Si estos dos países que, en ese momento, constituían el peso específico político, económico, social y poblacional más importante del continente, establecían una alianza estratégica, el resto de los países del continente, a consecuencia de la enorme gravitación de este bloque, irían sumándose y adecuándose a esa situación geopolítica, sumándose así a un proceso unificador.
Ese proyecto planteado en 1950 por el general Perón fue prematuro para los tiempos que se vivían. Toda esa visión de Perón fue considerada por Brasil, por Chile y sus oligarquías locales, como un intento imperialista, expansionista de la Argentina. Pero la idea del Brasil y Argentina como núcleo orgánico capaz de generar y hacer renacer en las condiciones del siglo XXI el proyecto de San Martín y Bolívar reaparece con viva luz y con enorme fuerza ya a fines del siglo XX. El Mercosur se convierte en el motor esencial capaz de atraer al conjunto de los pueblos suramericanos.

Lo que Chávez, a mi modo de ver, tiene de lucidez y visión estratégica, desde el principio de su llegada al poder en Venezuela, son dos cosas. Una, bautizar a Venezuela como República Bolivariana, es decir, darle desde su misma denominación la función unificadora que tuvo Bolívar en el siglo XIX. En segundo lugar, girar la cabeza estratégica de Venezuela desde la costa del Pacífico y de los Andes hacia ese gran vecino que tiene en el Sur, que es Brasil. Para Venezuela, hasta el fin del siglo XX, Brasil era un enorme desconocido. Para la cancillería venezolana el Brasil carecía de significación estratégica. Es Chávez el que incorpora a Brasil a ese proyecto.

Y lo hace de una manera ingeniosa y creativa. Si algo es muy difícil de “vender” en Brasil de manera masiva es Bolívar. Porque Bolívar no formó parte de la historia brasileña. Los brasileños han podido hacer todos los niveles de su educación y no han oído hablar nunca de Bolívar, porque no integró el ciclo histórico del Brasil, como tampoco lo integró San Martín. La manera de meter a Bolívar y a estas ideas bolivarianas y sanmartinianas de integración suramericana por parte del gobierno venezolano fue poner una gigantesca estatua de papier maché de Bolívar en una scola do samba en el carnaval carioca. Fue la Scola do Samba Santa Isabel que, ese año, logra obtener con esa estatua de Bolívar y un tema de integración suramericana, el premio a la mejor scola do samba de ese Carnaval. Y, de paso, haciendo conocer a Bolívar al conjunto del pueblo brasileño.

Toda esta tarea cultural de la que estamos participando en este ciclo es, a mi modo de ver, la tarea más importante que tiene nuestra generación o lo que queda de nuestra generación. Aprender a conocernos cada uno de los latinoamericanos, a conocernos los unos a los otros, porque solamente se puede amar, se puede respetar, se puede querer ser amigo de aquello que se conoce.
Guayaquil significó, por así decir, la apoteosis de Bolívar, en cuanto a sus capacidades políticas y militares. Guayaquil significó también la apoteosis de San Martín en cuanto a su responsabilidad y visión estratégica sobre las grandes responsabilidades que pesaban sobre sus hombros. Hoy, San Martín y Bolívar, y esto es lo que tiene de importante hablar de historia, poder venir al presente, han incorporado a Abreu de Lima nuevamente a sus filas. Brasil no es ya aquel imperio esclavista y europeo implantado en el continente.

Venezuela, Brasil y el Río de la Plata están logrando forjar, en las condiciones del siglo XXI, ese afán, esa lucha por la unidad que expresaron los protagonistas del Encuentro en Guayaquil.

26 de noviembre de 2012


Magnetto ha mostrado 
su verdadero y monstruoso rostro

La Corriente Causa Popular se solidariza con todos los periodistas y funcionarios denunciados por el Grupo Clarín y su CEO Héctor Magnetto.
La denuncia es jurídicamente mendaz y políticamente perversa y totalitaria.
La inminencia del vencimiento para la adecuación a la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual significará una profunda derrota política al monopolio que durante años fanfarroneó sobre su capacidad para poner y sacar gobiernos. Desesperado, impotente y furioso, Héctor Magnetto pretende movilizar toda la maquinaria judicial por un delito conspicuamente inexistente. En su agónica ceguera pretende convertir las declaraciones periodísticas, políticas e institucionales a favor de la aplicación de una ley aprobada por una amplia mayoría parlamentaria y una inmensa mayoría popular, en violaciones al derecho penal. Si, de alguna manera, algún sector del poder judicial se convierte en cómplice de esta miserable patraña se hará evidente que en su seno todavía anidan los peores elementos políticos e ideológicos de la dictadura cívico militar de Videla y Martínez de Hoz.
Por primera vez en la historia, en negro sobre blanco, un monopolio mediático pretende penalizar el delito de opinión. A eso ha llegado la llamada libertad de prensa que encubre la voracidad de las empresas.
La Corriente Causa Popular denuncia el silencio cómplice de las instituciones argentinas e internacionales que se llenan la boca con los supuestas y falsas violaciones a la libertad de prensa de parte de nuestros gobiernos. No se ha visto a la SIP y a entidades semejantes protestar contra el atropello del Grupo Clarín. Ese silencio expresa con locuacidad su verdadera naturaleza: ser vocero de los elementos más reaccionarios, proimperialistas, antipopulares y antinacionales de la Argentina y América Latina.
Frente a un gobierno que ha hecho de la libertad de opinión una bandera, al punto de derogar el delito de calumnia e injuria contra funcionarios públicos, y que ha soportado los ataques más alevosos y despreciables, el Grupo Clarín, cuyo poder tiene fecha de vencimiento, se ha convertido en el principal enemigo de la libertad de opinión.
Son los últimos estertores. Ya no pueden ni vencer ni convencer.

Buenos Aires, 25 de noviembre de 2012


Mesa Nacional de la Corriente Causa Popular
Luis Gargiulo (Necochea), Eduardo González (Córdoba), Julio Fernández Baraibar (Cap. Fed.), Eduardo Fossati (Cap. Fed.), Laura Rubio (Cap. Fed.), Juan Osorio (GBA), Cacho Lezcano (GBA), Marta Gorsky (Gral. Roca), Ismael Daona (Tucumán), Alberto Silvestri (Esquina), Magdalena García Hernando (Cap. Fed.), Marcelo Faure (La Paz ER), Tuti Pereira (Santiago del Estero), Ricardo Franchini (Córdoba), Liliana Chourrout (GBA), Oscar Alvarado (Azul); Ricardo Vallejos (Cap. Fed.), Alfredo Cafferata (Mendoza), Juan Luis Gardes (Cipoletti), Omar Staltari (Bahía Blanca), Gabriel Claverí (Cnel. Dorrego), Rodolfo Pioli (Jujuy) y Horacio Cesarini (GBA).

15 de noviembre de 2012

Entrevista en Radio Nihuil, Mendoza, con Miguel García Urbani, realizada el miércoles 14 de noviembre del 2012 a las 10 de la noche, segunda parte

Entrevista en Radio Nihuil, Mendoza, con Miguel García Urbani, realizada el miércoles 14 de noviembre del 2012 a las 10 de la noche, primera parte

25 de octubre de 2012

Unidos y organizados contra el Leviatán de los poderes fácticos

La insubordinación del monopolio mediático

Unidos y organizados contra el Leviatán de los poderes fácticos

El período que estamos atravesando, cuyo final es el 7 de diciembre, es, sin duda alguna, el de la mayor conflictividad política de este gobierno de Cristina Fernández de Kirchner. 

Contra lo que fue usual en todo el período constitucional posterior a 1983, la presidenta de la República ha enfrentado sin conmiseración el poder hegemónico de la Argentina formado en los últimos treinta y cinco años: la rosca integrada por el gran capital concentrado, rural y urbano, y el monopolio de los medios de comunicación social. 

Clarín y La Nación, fortalecidos al amparo de la dictadura cívico militar, y favorecidos por las generosas concesiones otorgadas por Carlos Menem, se convirtieron en el verdadero poder ecónomico, político e ideológico de la Argentina. Contrariamente a lo que suponen los ideologizados liberales semicoloniales, no es el Estado el verdadero poder que amenaza y constriñe las libertades individuales. El poder en la Argentina -y podríamos decir en todo el mundo capitalista- está en manos de estos sectores oligárquicos que, desde 1976 hasta el 2003, en Argentina manejaron el Estado a su antojo y provecho. Con la asunción del presidente Néstor Kirchner se produjo, inesperadamente para estos grupos, un tenaz intento de recuperar la función del Estado nacional al servicio de la soberanía popular que es su fundamento. Por primera vez, desde la última presidencia del general Perón, el estado nacional intentaba ejercer su legítima soberanía sobre ese poder paraestatal. 

Ese poder -el verdadero poder de la Argentina semicolonial, repetimos- ha respondido con ferocidad e inescrupulosidad, propia de un sistema mafioso acostumbrado al amparo de un estado amistoso y enfrentado al poder de la soberanía popular.

Estamos atravesando un período en el cual lo que está en discusión es qué sector, cuáles interes se impondrán en la administración del Estado nacional.
A lo largo del siglo XX, la Argentina vivió esta misma situación. 

El triunfo electoral de Hipólito Yrigoyen, en 1916, puso a los sectores populares, incluída la clase media de origen inmigratorio, en el poder del Estado. Don Hipólito expresó a los viejos federales derrotados en Pavón, junto a los argentinos de primera generación que exigían su derecho electoral. La vieja Argentina oligárquica vio en el caudillo popular el hombre que cuestionaba su hegemonía y privilegio. Conspiraron contra él y lograron derrocarlo con un golpe de Estado -el primero del siglo XX- en 1930.

El extraordinario proceso que se inicia el 17 de octubre de 1945 vuelve a plantear una lucha por poner al Estado nacional al servicio de las nuevas clases y sectores de la Argentina industrial, con un concepto de la justicia social que convirtió a la Argentina en una de las sociedades latinoamericanas más signadas por el principio de la igualdad. Ello significó enfrentar a las viejas fuerzas de la Argentina para pocos: la Argentina oligárquica del proyecto agroexportador, sometida a las condiciones de las grandes potencias imperialistas, fundamentalmente el Reino Unido.

En 1955, esos mismo sectores sociales y políticos de la Argentina dependiente derrocaron, en un nuevo golpe de Estado, al gobierno constitucional y popular de Juan Domingo Perón y ocuparon dictatorialmente el poder del estado para restaurar el viejo país exportador de commodities agrarias. No fue posible, tal como lo pretendían, porque el mundo había cambiado. Su fundamento político fue la proscripción del peronismo, es decir, de la gran mayoría del pueblo argentino, con el argumento de la incapacidad de las grandes masas argentinas de decidir sobre su destino. Todos los gobiernos del período 1955-1973 se caracterizaron por su ilegitimidad e irrepresentatividad. El resultado electoral que convirtió en presidente al radical Umberto Illia, en elecciones en las que el peronismo fue proscripto, le dio al ganador el 22 % de los votos, mientras que los votos en blanco eran mayoritarios.
Recién en 1973, y como resultado de una gigantesca lucha del pueblo argentino, expresada en formidables insurrecciones en el interior del país, los argentinos pudimos volver a ejercer en plenitud la soberanía popular. Perón pudo ser candidato a presidente y el voto popular volvió a ser el fundamento político del Estado.

Y, nuevamente, volvió a disputarse una gigantesca lucha por el poder político en la Argentina , una lucha para establecer si es el Estado, al servicio de los sectores populares y el interés nacional, o son los sectores del privilegio, vinculados, ya entonces, al poder mediático, quienes imponen las grandes decisiones políticas. En el medio de esa gigantesca lucha de poder, falleció Juan Domingo Perón.

Desde 1976, estos mismos grupos que hoy desafían el poder del Estado, que ha vuelto a estar comprometido con el interés nacional y popular gobernaron el país a su antojo y se convirtieron en el verdadero Leviatán, que ha ahogado el desarrollo económico del país, que hasta el 2003 sometió al pueblo argentino a la desocupación y la miseria. Frente a este monstruo, solo el Estado puede defender el interés de las mayorías.

Y, como decíamos más arriba, por primera vez desde 1976 un gobierno está dispuesto a poner al Leviatán en caja, a limitar su voracidad y al poder mediático desde el cual se enorgullecía de poner y sacar gobiernos. 

La influencia que tradicionalmente estos sectores oligárquicos han tenido sobre el Poder Judicial se ha hecho evidente a lo largo de estos meses de vigencia de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. Si en el siglo pasado, en el poder Judicial se agazapaban los sectores más recalcitrantes de la vieja oligarquía vacuna, para frenar toda iniciativa del Estado en dirección a una modernización y democratización de la vida económica argentina, hoy, en los sombríos pasillos de los tribunales se oculta la resistencia más enconada y reaccionaria. Y esa resistencia no solo se manifiesta en las escandalosas chicanas leguleyas de los abogados de Clarín, sino en las artimañas tribunalicias que intentaron impedir el legítimo y legal aborto de una ciudadana que había sido sometida a la trata, a la privación ilegítima de la libertad, a la esclavitud y, finalmente, a reiteradas violaciones.

El Leviatán rugirá y hará temblar la tierra de aquí a diciembre. La firmeza en el rumbo, la profundización de las políticas en curso y el apoyo de los sectores más profundos de nuestro pueblo son la garantía de que el gobierno de Cristina podrá prevalecer sobre estos viejos enemigos. Unidos y organizados es la consigna.
Buenos Aires, 18 de octubre de 2012
Publicado en Caminopropio N° 8, noviembre 2012

2 de octubre de 2012

La historia de Europa y nuestras Malvinas

Ante el fallecimiento de Eric Hobsbawm
La historia de Europa y nuestras Malvinas

El inevitable fallecimiento del historiador inglés Eric Hobsbawm, a los 95 años de edad, es un momento oportuno para reflexionar sobre su obra, en general, y sobre su pensamiento en relación con la Argentina y América Latina, en particular.

Hobsbawm fue, posiblemente, el último de los grandes historiadores del siglo XX, heredero de la tradición iluminista europea que tuvo en el materialismo histórico pensado por Carlos Marx su expresión más alta. Esa tradición, consecuencia del particular desarrollo del capitalismo en el Viejo Continente y de su sistemático saqueo del mundo colonial, fue capaz de dar a la humanidad las obras de Vico, Lessing, Hegel, Goethe y Croce, en el terreno del pensamiento histórico, y las de Quesnay, Say, Smith, Stuart Mill, List y Marx en el de la economía, que han tenido decisiva influencia en la construcción del mundo contemporáneo.

E. H. Carr, E.P. Thompson y Eric Hobsbawm fueron, juntos con muy pocos más, grandes historiadores ingleses que echaron su mirada sobre la sociedad que comenzó a desarrollarse a partir de la revolución política llevada adelante por Francia y la revolución productiva puesta en movimiento por Inglaterra. Los tres libros cumbres de Hobsbawm, La Era de las Revoluciones, La Era del Capital y la Era del Imperio, son hoy ineludibles para la comprensión del mundo que termina con la implosión de la Unión Soviética, en 1990.

Fue Blas Alberti, en 1972, quien por primera vez me mencionó su nombre y La Era de las Revoluciones. Lo compré en una voluminosa edición de tapas duras y lo que en ella leí me ha acompañado el resto de mi vida. La descripción de la Francia prerrevolucionaria, el mundo de la campiña inglesa en la época de las Enclosure Acts, la dispersión de la Alemania anterior a Bismarck, son las imágenes que formaron, hasta ahora, mi representación del Viejo Mundo. Su relato sobre la creación de los estados nacionales europeos, sobre todo los tardíos, siguen siendo paradigmas -relativos y dialécticos, pero paradigmas al fin- de nuestra gran tarea de unificación continental. La Era del Capital lo leí en inglés y La Era del Imperio, en sueco, cuando estudiaba en la Universidad de Estocolmo, en el largo invierno de la dictadura.

Pero el fin del exilio significó, en gran parte, el fin del idilio con Hobsbawm. La Guerra de Malvinas, con nuestra consiguiente derrota, puso fin a la dictadura cívico militar de 1976 y abrió paso a una democracia colonial y condicionada que, al menos, nos permitió volver a la patria.

Las consideraciones que Hobsbawm formuló acerca de la Guerra pusieron límite a mi admiración por el historiador londinense. En efecto, en enero de 1983, la revista Marxism Today publicó una conferencia de Hobsbawm sobre “Las consecuencias de Malvinas”. Y en ella quedó de manifiesto lo poco que le interesaba el mundo semicolonial y qué lejos de la tradición del marxismo periférico -Lenin, Trotsky, Mao, Ho Chi Minh o Fidel Castro- estaba su pensamiento.

Decía Hobsbawm, en esa conferencia: “Dado que el gobierno y todo el mundo carecían de interés en las Falklands, el hecho de que fueran de urgente interés en la Argentina, y hasta cierto punto en América Latina como un todo, fue pasado por alto. Estaban muy lejos, en verdad, de ser insignificantes para los argentinos. Eran un símbolo del nacionalismo argentino, especialmente desde Perón. Nosotros podíamos posponer el problema de las Falklands para siempre, o creíamos que podíamos, pero no los argentinos. (…) Como muchas reivindicaciones nacionalistas similares, no resiste demasiada investigación. Está basado esencialmente en lo que uno podría llamar 'geografía de escuela secundaria' –todo aquello que pertenece a la plataforma continental debería pertenecer al país más cercano–, pese al hecho de que ningún argentino ha vivido allí”.

La cantidad de errores e ignorancias que encierran estos párrafos es abrumadora. Sostener que el reclamo argentino de Malvinas fuera un símbolo “especialmente desde Perón” es prueba de que Hobsbawm no sabía de qué estaba hablando. Su desprecio por lo que llama “geografía de escuela secundaria” es propia de una mentalidad colonialista y el hecho de que ningún argentino hubiera vivido allí solo es cierto a partir de 1833, cuando, justamente, los ingleses desalojan por la fuerza a los habitantes rioplatenses.

Refiriendose a la patriotera reacción de los ingleses a la ocupación argentina, dice Hobsbawm: “una casi universal indignación en un montón de personas, la idea de que uno no podía simplemente aceptarlo, de que había que hacer algo. Este era un sentimiento que se extendió hasta las bases sociales y era no político, en el sentido de que atravesaba todos los partidos y no estaba confinado a la derecha o la izquierda. Conozco mucha gente de la izquierda dentro del movimiento, incluso en la extrema izquierda, que tuvo la misma reacción que la de la derecha. (…) Puede no ser un sentimiento particularmente deseable, pero afirmar que no existió es carecer de realismo”.

Y ¿qué reflexión le merece esta reacción del pueblo inglés? “Nosotros, en la izquierda, siempre habíamos predicado que la pérdida del Imperio y la declinación general llevaría a alguna reacción dramática más temprano o más tarde en la política británica. No habíamos previsto esta reacción en particular, pero no hay dudas de que esta fue una reacción a la decadencia del Imperio Británico tal y como había sido predicho durante tanto tiempo”.

Nada de diferenciar, como lo hicieran Lenin o Trotsky, a principios del siglo XX, entre el nacionalismo de los pueblos oprimidos y el nacionalismo opresor de las potencias imperialistas, nada de recordar las palabras de Marx, citando al Inca Yupanqui: “Un pueblo que oprime a otro no puede ser libre”. Quien, en sus libros y desde la cátedra, elaboró el concepto de el estado nación como relato mítico de las clases dominantes, no tiene otra reflexión que el simple y oportunista reconocimiento del patriotismo colonialista de sus compatriotas. “En si mismo, no fue mero patrioterismo. Pero, aunque este sentimiento de humillación nacional fue más allá del simple patrioterismo, fue fácilmente capturado por la derecha y controlado por lo que creo fue, políticamente, una muy brillante operación de Mrs. Thatcher y los thatcherianos”. El patrioterismo del autor se hace evidente en este párrafo ya que prescinde por completo en su análisis -entiéndase que se trata de un análisis que pretende responder a los valores del internacionalismo- del interés del pueblo argentino y latinoamericano, y denuncia una captura por parte de la derecha de su país, como si, ese mismo patrioterismo, hubiese podido ser conducido de otra manera por los laboristas. La tarea central de un revolucionario en el mundo imperialista era y sigue siendo el de unir -si ello es posible- la causa de los oprimidos de ese mundo con las reivindicaciones nacionales del mundo colonial y semicolonial.

Hobsbawm no pudo -o no quiso- romper su estrecho eurocentrismo, en el momento en que una clase obrera brutalizada por la renta imperialista se unió a los más vulgares reclamos colonialistas, haciendo un frente único con el partido de Thatcher. Decía Hobsbawm, entonces: “Estos peligros son particularmente grandes allí donde el patriotismo puede ser separado de otros sentimientos y aspiraciones de la clase obrera, o aún allí donde puede ser contrapuesto a ellos: donde el nacionalismo puede ser contrapuesto a la liberación social. (...) Inversamente, cuando las dos van juntos, multiplican no sólo la fuerza de la clase obrera sino su capacidad de colocarse a la cabeza de una amplia coalición por el cambio social e incluso dan la posibilidad de arrancar la hegemonía a la clase enemiga”. Lo que Hobsbawm prescindía de analizar es que una cosa es el patriotismo del pueblo inglés ante los bombardeos de las V2 alemanas, durante la Segunda Guerra Mundial, y otra muy distinta el ramplón patrioterismo colonialista frente a la pérdida de un territorio ocupado por la fuerza y a diez mil millas de las islas británicas. Y agrega para dejar más claro su punto de vista ante el público inglés y ante nosotros, los argentinos que produjimos la “comprensible” reacción británica: “Los marxistas no han hallado fácil lidiar con el patriotismo de la clase obrera en general y con el patriotismo inglés o británico en particular. Británico, aquí, significa el lugar donde el patriotismo de los pueblos no ingleses viene a coincidir con el de los ingleses; donde no coincide, como es, a veces, en el caso de Escocia y Gales, los marxistas han estado más conscientes sobre la importancia del sentimiento nacionalista o patriótico”.Ni se le ocurre preguntarse por el nacionalismo argentino o latinoamericano que, seguramente en su visión, tiene un rango todavía inferior al de los escoceses o los galeses. Y completa su argumento: “Es peligroso dejar el patriotismo exclusivamente a la derecha”. Cuál hubiera sido la situación para los argentinos de haber sido la izquierda inglesa la que hubiera llevado adelante ese patriotismo lo pudimos ver en todos los gobiernos de esa bandería que sucedieron al de Thatcher. A excepción del solitario diputado Tony Benn, el laborismo ha sido tan colonialista como los tories.
Esta conferencia de 1983 puso fin, como ven, a mi idilio intelectual con el anciano historiador a la vez que me confirmaba en la necesidad de construir nuestra propia visión de la historia para argentinos y latinoamericanos.

Buenos Aires, 1 de octubre de 2012