22 de abril de 2016

El peronismo, el albatros del poder




El albatros

Por distraerse, a veces, suelen los marineros
Dar caza a los albatros, grandes aves del mar,
Que siguen, indolentes compañeros de viaje,
Al navío surcando los amargos abismos.

Apenas los arrojan sobre las tablas húmedas,
Estos reyes celestes, torpes y avergonzados,
Dejan penosamente arrastrando las alas,
Sus grandes alas blancas semejantes a remos.

Este alado viajero, ¡qué inútil y qué débil!
Él, otrora tan bello, ¡qué feo y qué grotesco!
¡Éste quema su pico, sádico, con la pipa,
Aquél, mima cojeando al planeador inválido!

El Poeta es igual a este señor de las nubes,
Que habita la tormenta y ríe del ballestero.
Exiliado en la tierra, sufriendo el griterío,
Sus alas de gigante le impiden caminar.


Charles Baudelaire

Desde hace unos años intento utilizar las redes sociales (Facebook y Twitter) para, con ironía y humor o con acritud y sarcasmo, generar el debate político, movilizar la reflexión, entre los miles de hombres y mujeres de todo el país y de todas las edades que se vinculan por sus simpatías y convicciones políticas ligadas al peronismo, al Frente para la Victoria y a los gobiernos de Néstor y Cristina. Muchas veces estos comentarios han sido críticos a equivocaciones y errores que hemos cometido desde el gobierno, a aspectos de la comunicación de nuestras políticas, a excesos de ideologismo en las argumentaciones. Muchas veces he logrado generar un interesante diálogo reflexivo. Muchas otras la discusión se ha convertido en airadas respuestas, insultos o enfrentamientos que han terminado en el bloqueo de quienes, lejos de querer pensar, prefieren encerrarse en la tranquilidad del autoconvencimiento, que reemplaza la necesaria discusión intelectual y política por el bombardeo hormonal y la retórica combativa.
En estos días publiqué estos dos posteos que generaron una enorme discusión y muchas respuestas airadas pero vacías de política:
*¿Sabattella y Cerrutti son los ángeles anunciadores del regreso de Cristina? Parece una parodia marechaliana de un Apocalipsis suburbano.
* Bueno, me voy a dormir. Pero antes permitanme decirles que si la solución radica en Sabattella, Cherruti, Tristán Bauer y Teresa Parodi, será mejor que aprendamos inglés.
Voy a intentar aquí explicar con amplitud el sentido de estos dos envíos, partiendo del hecho de que, como comprenderán, tienen un alto contenido irónico y provocativo, sin que ello implique un juicio personal sobre los nombrados, sino estrictamente una opinión política. Para que quede definitivamente claro: un gobierno de Cristina Fernández de Kirchner en el que sólo los nombrados fuesen sus ministros sería infinitamente mejor que el gobierno de Macri. Contaría con mi más decidido apoyo y no vacilaría en defenderlo si ello fuese necesario. Pero también estoy convencido de que el sistema político y social que los mencionados dirigentes y ex funcionarios expresan es insuficiente para reconquistar la voluntad popular mayoritaria.
Mi razonamiento parte de dos ejes principales.
La contundencia de una derrota
Por un lado, el convencimiento de que la derrota sufrida en las elecciones del año pasado ha sido profunda, seria, inesperada y rotunda. Hemos perdido en la Capital Federal -donde ni siquiera intentamos orgánicamente debilitar al sector del PRO en el balotaje-. Perdimos de manera sorprendente, en la provincia de Buenos Aires -que es la base de maniobras decisiva del peronismo para cualquier política de poder-. En Córdoba, un 70% de votos en contra hizo evidente la debilidad orgánica de cualquier estructura vinculada al gobierno nacional del FpV. En Santa Fe, donde en doce años no pudimos reconstruir nuestra hegemonía y casi triunfa un cómico prostibulario sin programa ni partido. En Mendoza, la UCR ocupó el lugar de los viejos “gansos” conservadores e impuso un programa liberal y antiestatista. Y, por último, en Jujuy, triunfó un candidato radical conservador cuyo único programa era meter presa a Milagro Sala y poner fuera de la ley la organización Túpac Amaru.
La derrota en el balotaje coronó este panorama en el que el peronismo y el Frente para la Victoria tan sólo logró mantenerse en las provincias más pobres y menos pobladas del NOA y el NEA y en Santa Cruz, el territorio propio de los Kirchner. Después de doce años de un gobierno que sacó al país de su crisis política, económica e institucional más seria desde el año 1890, que inició un proceso de reindustrialización, con crecimiento del mercado interno, que desendeudó nuestras finanzas liberando al país del monitoreo del FMI, con una política social que permitió un drástico mejoramiento de las condiciones de vida de los sectores medios y bajos de la sociedad -postergados del consumo durante 35 años-, que puso en marcha la capacidad científica y tecnológica del país, alcanzando cotas extraordinarias con el ARSAT, el INVAP y la energía nuclear, en suma, de un gobierno exitoso en lo general y con dificultades coyunturales propias producidas por la caída internacional de las commodities, el electorado le dio la espalda a todo esto y llevó a la presidencia a un hombre y un partido que explicitamente se encargaron de anunciar que todo eso sería barrido de la escena pública. Si esto no es una derrota profunda y seria, ignoro qué quieren decir esas palabras.
Soy un convencido, en el mismo sentido que lo han publicado Gerardo Adrogué y Alejandro Grimson en Página 121, que el gobierno macrista no será efímero, tiene un programa claro y está dispuesto a implementarlo a macha martillo. Cuenta con el apoyo del sistema imperialista mundial y es punta de lanza para un proceso contrarrevolucionario en toda Suramérica, que barra por tiempo indeterminado los avances logrados en nuestro duro camino integrador. Pensar que se trata de un grupo de pitucos improvisados, una barra de amigos del colegio festejando San Patricio, es un peligrosísimo error, ya que nos impide reflexionar y elaborar políticas de largo alcance que permitan la recuperación del poder del estado, e ilusionarnos con la breve espera a la pueblada que se lo lleve en un helicóptero. Las revoluciones son excepcionales y, por ello, imprevisibles. El sano juicio político aconseja estar preparado para lo peor -cuatro años, ocho años-, pues de esa manera, cualquier salida inesperada nos encontrará pertrechados política, organizativa y programáticamente.
Las alas del albatros
El otro eje de mi razonamiento es el siguiente. El peronismo es un movimiento creado desde el poder. Respondió a una crisis completa de representatividad del sistema de partidos en 1940 y a la aparición de nuevos actores sociales -la clase obrera y el empresariado industrial nacional resultado de la sustitución espontánea de importaciones, a consecuencia de la guerra-. Se organizó desde arriba y su triunfo electoral en 1946 -inesperado para el establishment- fue un voto a favor de las políticas económicas y sociales que había comenzado a desarrollar la revolución militar de junio de 1943. El pueblo argentino votó por la continuidad de esas políticas y dio legitimidad a un poder cuyo origen era una breve sucesión de golpes de estado militares.
Desde el poder, Juan Domingo Perón organizó ese amplio frente nacional que comenzó a llamarse peronismo, y que se nutría de figuras políticas provenientes del conservadorismo -Héctor J. Cámpora, el general Filomeno Velazco, Héctor Sustaita Seever, para dar algunos ejemplos- del socialismo -Ángel Borlenghi, Juan Atilio Bramuglia, Juan Unamuno, entre otros-, del radicalismo -todo el forjismo encabezado por Arturo Jauretche, más el propio vicepresidente Hortensio Quijano-, nacionalistas católicos -el ejemplo arquetípico es el escritor y poeta Leopoldo Marechal, pero también el padre Hernán Benítez, los hermanos Muñoz Azpiri, Juan Cooke, José María Rosa, etc-, stalinistas y trostquistas. Todos ellos fueron disolviendo sus antiguas pertenencias partidarias para integrar lo que finalmente fue el Partido Peronista.
Lo característico y novedoso fue el amplio espectro político, económico e ideológico de ese nuevo movimiento. Desde el movimiento obrero hasta los nuevos empresarios, desde sectores vinculados a la producción agropecuaria hasta industriales navieros, desde notorios masones a católicos declarados y militantes, desde resonantes apellidos de las desvaídas aristocracias provinciales hasta los hijos de árabes y judíos que en las provincias, sobre todo del NOA, iban conformando una nueva burguesía, todos los sectores enfrentados al viejo país agroexportador, al privilegio oligárquico tuvieron su lugar en el Arca de Noé que fue siempre el peronismo.
Sólo desde el poder del Estado y con mano firme se podía mantener la unidad de ese frente nacional.
Baudelaire ha escrito un famoso poema llamado El Albatros, en el que compara al majestuoso pájaro con el poeta. Describe en sus versos la belleza aérea de “este señor de las nubes / que habita la tormenta y ríe del ballestero”. Los marineros, dice Baudelaire suelen voltearlo a la cubierta y allí se convierte en inútil y débil, en feo y grotesco. Y termina con estos versos que, a mi entender, metaforizan la situación del peronismo:
Exiliado en la tierra, sufriendo el griterío, / Sus alas de gigante le impiden caminar”.
El peronismo, en el poder, se asemeja, en su autonomía, en su agilidad de movimientos, en su grandeza, a ese albatros que cruza los mares del Sur. Pero alejado del poder, “sus alas de gigante le impiden caminar”. Le cuesta recomponer sus amplias alas, trastabilla con la inmensidad de su cuerpo y se le hace difícil volver a remontar el vuelo.
Sobre estas características, que son la fortaleza y la debilidad del peronismo, se han montado las fuerzas de la reacción oligárquica e imperialista para intentar, desde hace más de 70 años, destruirlo, dividirlo y, si fuera posible, borrar toda memoria de su existencia. No sería la primera vez en nuestra historia. La Argentina agroexportadora intentó borrar todas las resistencias nacionales del siglo XIX a la dominación colonial, desde Rosas y la Vuelta de Obligado hasta el Chacho, Felipe Varela y López Jordán.
Esta operación tiene la forma de un movimiento de pinzas que, por derecha e izquierda, intenta y va a intentar neutralizar la extraordinaria capacidad movilizadora y transformadora que el peronismo ha tenido en la política argentina y con proyección continental.
Es evidente que la alianza liberal en el gobierno intenta generar las condiciones que permitan la aparición de un peronismo integrado al sistema agroexportador, financiero y de alineación automática con los EE.UU. Este peronismo -que de alguna manera fue configurado durante el menemismo, aún cuando las condiciones del país eran otras-, que constituíría una de las patas de un sistema bipartidista, se caracterizaría por un acuerdo cupular con las dirigencias más claudicantes y empresariales del movimiento obrero y los sectores políticos más conservadores de las provincias y una relativamente mayor preocupación por los sectores más humildes de la población. Frente a una coalición liberal-desarrollista, vinculada a los sectores agroexportadores, las empresas extranjeras y el capital financiero internacional, este peronismo intentaría paliar las brutales consecuencias de un proceso de desindustrialización, desocupación y retroceso general de las condiciones generadas desde el 2003 en adelante, sobre los sectores más vulnerables de nuestra sociedad. El punto central es no cuestionar el modo de inserción de la Argentina en la globalización dictada por el capital financiero, mantener el esquema agroexportador y aplastar a las “industrias artificiales”, estableciendo desde el estado una política social que atenúe los efectos predadores de esa concepción. Es lo que ocurrió, más o menos, durante los dos gobiernos de Carlos Menem.
Esta alternativa es la que se expresa atrás de los reclamos por el bipartidismo y la alternancia en el poder y tiene como ejemplo el régimen postpinochetista de Chile. Dos grandes alianzas, caracterizadas como de centro derecha y centro izquierda, alternan en el ejercicio de la presidencia sin que ninguna de ellas cuestione o intente modificar el modelo minero-exportador-financiero, cerrilmente privatizador, chileno.
Simultáneamente se ejerce, desde la izquierda, una presión para que los elementos más dinámicos y los aspectos programáticos más cuestionadores del status quo semicolonial se aislen del conjunto de los sectores nacionales y populares, tendiendo a generar un movimiento de gran pureza ideológica y principista, sin capacidad de acumular fuerza electoral. Si esa maniobra prosperara, la fuerza transformadora que fue capaz de modificar durante 12 años el rumbo de la Argentina, podría convertirse en una organización política testimonial, de una intensa capacidad militante y de movilización -que tendería a decaer-, pero conformada a elegir algunos diputados en los centros urbanos y carente de toda capacidad de asumir el poder del Estado.
El Partido Justicialista
El partido creado por Perón tuvo varias denominaciones a lo largo de su ya larga historia. Es sabido que las elecciones de 1946 son ganadas por el Partido Laborista, que es acompañado por la Unión Civica Radical Junta Renovadora y el Partido Independiente, ya mencionado. El partido Laborista había sido fundado por Luis Gay, fundador e histórico dirigente del gremio telefónico y adscripto a una corriente de sindicalismo revolucionario, enfrentado al sindicalismo de origen socialista y comunista. La idea original de Gay y del dirigente de la carne, Cipriano Reyes, era la constitución de un partido obrero, al modo de los laboristas británicos -del cual toma el nombre- o de la socialdemocracia escandinava -partidos estos que se estructuran alrededor de los sindicatos obreros-. El partido Laborista proporcionó más del 80 % de los votos a Perón, constituyéndose, por consiguiente en la principal fuerza política. La campaña electoral había estado teñida de enfrentamientos y desinteligencias entre los laboristas y los radicales de la Junta Renovadora, que pusieron en peligro la continuidad de la alianza. “En Buenos Aires, Tucumán, Catamarca, Jujuy, Santiago del Estero y San Luís las dos mayores formaciones políticas concurrieron por separado a la contienda electoral”2.
Inmediatamente asumido al poder, el 23 de mayo de 1946, el presidente da un discurso en el que declara disueltos todos los partidos que lo habían llevado a la presidencia y anuncia la creación del Partido Único de la Revolución Nacional. La naturaleza bonapartista de la conducción de Perón3 y el hecho incontrastable de que esos votos no le pertenecían a los partidos de la alianza fue el sustrato político de esa medida. Las autoridades del nuevo partido serán los diputados y senadores electos que se desempeñaban al momento como presidentes de los bloques parlamentarios. No es este el espacio para recapitular los intensos debates y fricciones que esta decisión trajo aparejada4 y que entre otras consecuencias fue una de las causas de la prisión, hasta 1955, de Cipriano Reyes.
La vida del Partido Único de la Revolución sería breve. En enero de 1947, Perón cambia el nombre del partido por el de Partido Peronista y reemplaza su Consejo Superior, terminando así -desde arriba-con los enfrentamientos entre los dirigentes de diversa procedencia que amenazaban ya la unidad del bloque parlamentario. El nuevo partido tendrá una mayor presencia de dirigentes que actúan directamente como representantes del presidente Perón, frente a aquellos dirigentes de procedencia radical o laborista. La incidencia de los dirigentes provenientes de los sindicatos quedará reducida, hecho al que se le suma la renuncia de Luis Gay al frente de la CGT.
Este Partido Peronista se irá convirtiendo, poco a poco, en un mecanismo puramente electoral, sin elecciones internas y donde las candidaturas eran resueltas a puertas cerradas en reunión con el presidente Perón.
Es de destacar que, en 1955, cuando el golpe militar derroca al presidente, el Partido Peronista se encontraba intervenido en todas sus secciones. El liderazgo de Perón se ejerció, durante todos esos años, de manera directa y sin intermediaciones, que es lo que caracteriza a los movimientos bonapartistas o, si se quiere usar una categoría más cercana en el tiempo, populistas.
El Partido Justicialista nace como consecuencia de la proscripción de Perón y del peronismo entre 1955 y 1973 y, primero del Decreto-Ley 4161 del 5 de marzo de 1956, que prohibía la mención del nombre de Perón y Eva y cualquiera de sus derivados, y, posteriormente, de la ley de partidos políticos dictada por el general Lanusse, que, como un eco de aquel decreto, prohibió los nombres que se derivaran de un nombre propio o que tuvieran el adjetivo “argentino” o “nacional”. Excepción fue el partido demócrata “cristiano”, a pesar de que Cristo fue, como lo dice la fe católica, el nombre propio del fundador de la doctrina.
Mientras vivió Perón, el Partido Justicialista no fue otra cosa que el instrumento electoral de lo que se llamaba el Movimiento Nacional Justicialista, estructura de hecho que comprendía al conjunto de fuerzas políticas, sindicales, empresarias, estudiantiles, femeninas y organizaciones libres del pueblo conducidas por Perón o por sus delegados personales. Los años 60 y 70 fueron testigos de los ríspidos debates alrededor de estos conceptos y de las relaciones entre el Movimiento y el Partido, entre los movimientistas y los partidocráticos, entre los “nacionales” y los “liberales” (las comillas para marcar la naturaleza relativa de esas caracterizaciones).
El golpe militar de 1976 pone fin a ese y a muchos otros debates y, al ser desalojado del poder, el peronismo se encuentra con una encrucijada que, de alguna manera, ha caracterizado su historia: la dificultad en construir una fuerza política desde el llano que le permitiese reconquistar el poder. En gran parte, esa dificultad fue una de las causas de la derrota electoral de 1983.
El hecho es que la única vez que este Partido Justicialista tuvo elecciones internas para definir las candidaturas presidenciales fue en 1988. En ellas, un candidato que carecía de la estructura partidaria, Carlos Menem, le ganó a quien era gobernador de la provincia de Buenos Aires y, en cierta manera, responsable de la adecuación del partido a las condiciones impuestas por el democratismo alfonsinista, que fue Antonio Cafiero. El triunfador de aquellas únicas internas fue el presidente peronista que más hizo, en democracia, por arrasar con la Argentina industrial, de alto niveles de empleo y bienestar popular y de política internacional soberana y que desembocó en la crisis del año 2001, después de haber hecho todo lo posible para que triunfase Fernando de la Rúa, y no el candidato del justicialismo, en 1999.
Este breve repaso histórico no tiene otra intención que desdramatizar o poner en su verdadero contexto la importancia y el verdadero papel que ha jugado el Partido Justicialista a lo largo de estas siete décadas. Ha sido un mecanismo de acceso a cargos electorales, a nivel nacional, provincial y comunal, pero no mucho más que eso. En muchos casos ha sido capaz de generar conducciones altamente representativas, tanto de su electorado como de las tareas históricas que el peronismo tiene en la política argentina. En muchos otros, ha generado conducciones que han sido capaces de expresar a su electorado, en el plano territorial, pero que no han representado o no representan los objetivos de Independencia Económica, Soberanía Política y Justicia Social que son la razón de ser del movimiento. Ha tenido enormes dificultades en resolver el juego interno y, desde el poder, se acudió al recurso de la ley de lemas, ante la imposibilidad de unificarse en una sola candidatura.
Llegó así a las elecciones del año 2003 donde se presentaron tres candidatos peronistas, por afuera de la sigla PJ, y donde salió elegido presidente el candidato segundo en cantidad de votos, ante la huída de Carlos Menem del balotaje.
El ciclo Kirchner
El triunfo electoral de Néstor Kirchner y el retorno del justicialismo a su programa histórico fue, como el nacimiento mismo del peronismo, una política llevada adelante desde el poder y de manera sorpresiva. El PJ no jugó un papel protagónico en todos esos años, aunque un grupo de gobernadores apoyó desde el principio y amplió la base de representación con que Néstor Kirchner llegó a la presidencia. Desde ese lugar, Néstor Kirchner, primero, y Cristina Fernández de Kirchner, después, ejercieron el mismo tipo de poder que caracterizara a los gobiernos de Juan Domingo Perón. Disciplinaron a los gobernadores reacios, se apoyaron en jefes comunales, pasando por encima del gobierno provincial, encolumnaron a los díscolos e impusieron sus puntos de vista. El Partido Justicialista se amoldó a estos criterios y fue, durante los doce años de gobierno, muy parecido a lo que había sido aquel Partido Peronista de los años cincuenta, un aparato electoral eficaz y necesario para consolidar el poder y el programa que desde el poder se llevaba adelante.
Obviamente, este mecanismo -insisto, propio y característico de los movimientos populistas5- tiene un precio político. El bonapartismo tiende a una conducción vertical, a prescindir de la discusión y a imponer decisiones de manera burocrática. Quien cumple el papel articulador del sistema de demandas tiende a encerrarse en el poder, a rodearse no siempre de los más capaces, sino los más obedientes, a desplazar, muchas veces arbitrariamente a quienes intentan exponer alguna crítica, a perseverar, a menudo, en el error, como manera de ejercer la autoridad6.
Durante estos doce años la vida interna del Partido Justicialista, sus autoridades y congresos no tuvieron ninguna existencia real. En la Capital Federal, la sede del PJ Nacional tuvo sus puertas cerradas a toda actividad interna y el padrón de afiliados es un misterio parecido al de los manuscritos del Mar Muerto. La situación se repitió en casi todas las provincias en las que cada uno de los gobernadores ha ejercido más o menos la misma mecánica.
No hay en estas líneas un intento moralizador. La ruptura con el modelo agroexportador financiero, la consolidación de la independencia nacional y la transferencia de ingresos de los sectores tradicionales al conjunto del pueblo, en la creación de un mercado interno que ponga en movimiento el sistema productivo industrial, no es una tarea que tenga un manual de instrucciones o un protocolo de buenas maneras. EE.UU. lo logró a través de una guerra civil, con unos 800.000 muertos, la consecuente desvastación económica y las secuelas de bandolerismo y anomia social que continuaron durante años. La abolición de la esclavitud, como puede verse en la notable película “Lincoln”, dirigida por Steve Spielberg, y en el libro de Doris Kearns Goodwin, en el que se basa el filme, fue lograda a través de enrevesadas y non sanctas maniobras de Abraham Lincoln que iban desde la compra de representantes, ofreciéndoles cargos de recaudadores de impuestos, hasta engaños, presiones y chantajes. La historia no ha sido nunca un baile de señoritas, ni, como afirmaba el poeta peruano Leoncio Bueno, “el oro viene amonedado”.
Después del 22 de noviembre
Como hemos dicho, el peronismo sufrió un duro golpe con la derrota electoral del año pasado y se hicieron evidentes las diferencias tácticas y estratégicas, en sordina mientras estuvo en el gobierno. Esas diferencias perdieron el freno inhibitorio que el ejercicio de la presidencia imponía y las críticas a la campaña electoral, al ejercicio del poder en los últimos años, al rigor interno y a la imposición de criterios por encima de la capacidad de convencimiento se hicieron públicas. La derrota, casi incomprensible, en la provincia de Buenos Aires, permanente bastión de la recuperación peronista, dejó abierta una interna originada ya en la campaña de las PASO y el enfrentamiento electoral entre Aníbal Fernández y Julián Domínguez. Es indudable, pasados unos meses, que una buena parte de la conducción territorial peronista en el conurbano bonaerense sintió al binomio Fernández-Sabattella como una imposición y el hecho es que ninguno de los dos miembros de la fórmula ganó en su propio territorio.
Se abrió entonces un período de intensa discusión interna, apremiada además por la necesidad de poner al Partido Justicialista en orden con la Ley de Partidos Políticos y la justicia electoral, que imponen plazos perentorios para la realización de su Congreso y la elección de sus autoridades en todo el país.
Las dos grandes corrientes internas son: por un lado, quienes consideran que Cristina Fernández de Kirchner es la conductora natural del espacio Frente para la Victoria -incluido en el mismo al peronismo-, más allá incluso de detentar o no la presidencia del partido justicialista. Por el otro, quienes consideran que la conducción kirchnerista-cristinista es un período superado por el resultado electoral y que el peronismo debe seguir un camino similar al trazado por el ex gobernador cordobés, José Manuel de la Sota. El gobernador salteño Juan Manuel Urtubey se ha convertido en la expresión más explícita de esta propuesta y sus coqueteos con el presidente de la República llegan al borde mismo del contubernio. La propuesta incorpora al ex intendente de Tigre y candidato presidencial por el Frente Renovador, Sergio Massa, alejado del justicialismo desde hace más de dos años, aunque con distintas simpatías e influencias en el mismo.
Entre esos dos puntos existe una variedad de matices, tendientes en todos los casos a mantener una imprescindible unidad, lo más amplia posible y que permita llegar al 2017 como una fuerza política en condiciones de enfrentar exitosamente al oficialismo liberal-conservador en las elecciones legislativas de medio mandato. En esa franja, rica en matices, juegan dirigentes de amplio apoyo popular y larga experiencia como Daniel Scioli -el hombre que remontó, a fuerza de voluntad, amplio apoyo popular y con gran resistencia interna, una elección presidencial enormemente complicada por la derrota bonaerense-, José Luis Gioja -el veterano ex gobernador de San Juan, muy cercano a la presidencia de la república durante los doce años de gobierno de Néstor y Cristina- y Jorge Capitanich -el ex gobernador del Chaco, ex jefe de gabinete durante el período de mayor enfrentamiento con el monopolio mediático y actual intendente victorioso de la ciudad de Resistencia. A este cuadro debe sumarse al movimiento sindical, dividido en varias centrales, con importantes matices en su seno, y que, a partir de febrero, es protagonista del primero y más importante enfrentamiento con el gobierno y los sectores patronales: la apertura de la discusión paritaria después de un brutal ajuste sobre los salarios y una descomunal suba de precios y tarifas.
Cuando nuestra Corriente Causa Popular decidió, semanas atrás, afiliarse al peronismo dijimos:
Los viejos sectores y clases de terratenientes, agentes financieros, bancos y compañías extranjeras han vuelto al poder, arrasando con la independencia económica y la justicia social. Su principal objetivo político es convertir al Partido Justicialista, creado por Juan Domingo Perón como herramienta electoral del movimiento nacional y popular, en una alternativa “popular” de la partidocracia liberal. Estamos convencidos que la única forma de evitar esa domesticación, que alejaría por décadas la posibilidad de retomar el rumbo del 17 de octubre de 1945, es consolidar al peronismo como el gran movimiento nacional y no como la alternativa dentro del régimen de la dependencia. A ello nos comprometemos al afiliarnos. Fuera del peronismo y en oposición al movimiento obrero, se corre el peligro de quedar reducido a un partido sin posibilidades de poder, debilitando y hasta dividiendo el gran frente nacional en provecho de los intereses que se proclama combatir”.
Todo lo que ha ocurrido y ocurrirá en el seno del peronismo y del Frente para la Victoria en los próximos meses está directamente vinculado a este juego de pinzas, que, con distinta intencionalidad, se ejerce sobre la unidad del frente nacional.
Esta compleja situación se agudizó en la votación parlamentaria del proyecto reendeudador del Poder Ejecutivo y el pago a los fondos buitres, que fue seguido por la derogación de la Ley de Servicios Audiovisuales. La ruptura de la unidad del bloque del Frente para la Victoria fue, por cierto, un nuevo triunfo del oficialismo, pero que no hizo más que ratificar el triunfo logrado en el balotaje. Las presiones sobre las provincias, sumado a las deserciones políticas de un número importante de diputados y senadores, aumentaron la sensación de derrota y pusieron en boca de una parte del peronismo y el Frente para la Victoria la palabra “traición” para caracterizar esas decisiones.
Mientras todo esto ocurría, Cristina Fernández de Kirchner se mantenía en silencio en su terruño patagónico.
La conducción del PJ y el FpV
Los distintos sectores del justicialismo lograron conformar una conducción nacional cuyo objetivo es el cumplimiento de los mecanismos legales y estatutarios para mantener la personería política del partido. Los nombres que lo integran expresan esos distintos sectores y su importancia no es otra que establecer los mecanismos formales dentro de los cuales deberá darse la discusión política, es decir, establecer el rumbo del movimiento. Esta conducción refleja las distintas situaciones provinciales y municipales y es expresión de la presencia territorial del partido.
A su vez, los sectores no peronistas que forman el Frente para la Victoria, con la participación de agrupaciones como La Cámpora y Kolina, sin base territorial, pero con un importante activo militante, desafían estas gestiones y, sintiéndose expresión de los puntos de vista de Cristina Kirchner, han organizado importantes reuniones callejeras en las principales ciudades del país. El encuentro realizado en Avellaneda el 20 de marzo reunió a todos esos sectores, que expresan lo que la prensa comercial define como centro izquierda del espectro político y que está integrado por grupos tales como Nuevo Encuentro de Sabbatella, el Partido Comunista Congreso Extraordinario, Carta Abierta y los radicales alfonsinistas de Leopoldo Moreau. Pero además estuvieron dirigentes nacionales como Jorge Capitanich, Agustín Rossi, algunos intendentes de Buenos Aires, como Ferraresi, Mussi y Durañona. Todos estos distintos sectores se caracterizan, en general, por fuerte definiciones político-ideológicas, pero sin el poder y la representatividad de ninguna provincia.
La vuelta de Cristina
La impasse generada por la ruptura del bloque de diputados y senadores del FpV, los pases de factura por los resultados electorales y la campaña abiertamente oficialista de algunos dirigentes, como el gobernador de Salta Juan Manuel Urtubey, tuvo un cimbronazo con la aparición en Buenos Aires de la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner.
El empecinamiento resentido de un juez pistolero, montado sobre un caso absolutamente carente de toda consistencia jurídica, hizo que Cristina tuviera la obligación de presentarse ante el juzgado, so pena de ser llevada por la fuerza pública. La bravuconada del juez Bonadío, que hasta último momento trató de ser frenada por el gobierno e, incluso, por sectores del poder judicial, significó la realización de un multitudinario acto de masas, en las puertas mismas de los Tribunales, en la calle Comodoro Luis Py.
Vale la pena recordar a este marino nacido en Barcelona, que atravesó todo el tumultuoso siglo XIX rioplatense y participó en todos los principales entreveros civiles, desde el sitio de Montevideo, en manos de los colorados de Fructuoso Rivera, hasta la represión al levantamiento mitrista de 1874, pasando por la Guerra del Paraguay. Si bien es cierto que toda su vida fue leal a la provincia de Buenos Aires, su última actuación, significó, ni más ni menos, que la afirmación de la jurisdicción argentina sobre la actual provincia de Santa Cruz, disputada por el gobierno chileno. De manera que la ex presidenta, por esos caprichos de Clío, retomó la actividad política justo en la calle que recuerda al marino por el cual el Calafate es argentino y la propia Cristina pudo ser senadora de esa provincia.
El acto y el discurso de Cristina conmocionaron un escenario político que se debatía en medio de una agónica desorientación. Cristina, con su capacidad de convocatoria, ya fuera del poder del Estado, se convirtió en la dirigente política capaz de desequilibrar los tantos.
A partir de ahí, comenzó una intensa actividad política, que contrasta vivamente con el astuto silencio mantenido durante los primeros cuatro meses de gobierno de Macri, y se ha entrevistado con los diputados del FpV, visitó la isla Maciel y se reunió con el movimiento de curas villeros, convocó a los artistas y personalidades de la cultura, a los movimientos sociales y a los senadores del FpV. A lo largo de todos esos encuentros, Cristina ha intentado hacer explícito el sentido de su llamado a un Frente Ciudadano, entendido como un gran movimiento, que no solo convoca a los sectores políticos afines, sino que busca asumir la representación de todos los requerimientos y necesidades que la sociedad argentina ha comenzado a enfrentar a partir del modelo de ajuste neoliberal y financiero impuesto por el gobierno.
Pero sobre todo, ha puesto en tensión a la conducción justicialista al plantear de manera abierta y clara la cuestión de la unidad y del sentido y objetivo de la misma.
Al regresar a la Argentina, en 1973, Juan Domingo Perón expuso, con la síntesis epigramática que lo caracterizaba, el tema de la unidad: “Yo vine al país para unir y no para fomentar la desunión entre los argentinos. Yo vine al país para lanzar un proceso de liberación nacional y no para consolidar la dependencia”. O sea, la unidad de los argentinos -y por ende del movimiento nacional y popular- esta determinada y condicionada por el objetivo de la misma: “lanzar un proceso de liberación nacional y no para consolidar la dependencia”.
El escenario político no está, ni mucho menos, cerrado y cristalizado. La capacidad de movilización, el contacto directo con amplios sectores urbano y juveniles y la confianza que estos depositan en Cristina Fernández de Kirchner no se traducen mecánicamente en un resultado electoral. Las representaciones territoriales, el poder de los gobernadores y la capacidad electoral de la maquinaria justicialista por sí mismos, tampoco garantizan el necesario rumbo de independencia nacional, desarrollo industrial con justicia social, autonomía científico-tecnológica y consolidación y ampliación del mercado interno.
Entre la tensión de las dos alas de este albatros derribado se jugará la política en el futuro inmediato. Esas alas, en el albatros, necesitan un poderoso esternón; en el movimiento nacional y popular esa función la cumple una conducción representativa que sea capaz de liderar el conjunto para volver a surcar el espacio del poder.
A esa necesidad del conjunto, a esa imprescindible participación del peronismo, que sigue siendo la más alta representatividad política del pueblo argentino -de las grandes masas oprimidas de las ciudades y del campo, de la ciudad de Buenos Aires y de las provincias- se referían aquellos posteos que dieron origen a esta demasiado extensa disquisición, a la que, todos los días, se le han sumado nuevos elementos y datos.
Tenemos por delante una gigantesca tarea: derrotar al gobierno liberal conservador basado en las empresas imperialistas y sus gerentes. Solo la política, tan reivindicada todos estos años de reencuentro con nuestras mejores tradiciones, podrá mantener la unidad de criterio y de acción del movimiento nacional. En ese sentido, tengo para mí que es tan contraproducente entregar de antemano fuerzas al enemigo, como intentar manejar algo tan rico, complejo y representativo como el peronismo, con criterios dignos de un grupo de boyscouts o de desangelados calculadores.
Buenos Aires, 21 de abril de 2016

Notas:

1 Tres estrategias para la oposición, 29 de marzo de 2016, http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-295656-2016-03-29.html
2 María Moira Mackinnon, “Sobre los Orígenes del Partido Peronista. Notas Introductorias" en Representaciones Inconclusas, las Clases, los Actores y los Discursos de la Memoria, 1912-1946", Waldo Ansaldi, Alfredro Pucciarelli, José Villarruel, Editores. Editorial Biblos, Buenos Aires, (1995).
3 “El bonapartismo (expresión derivada del papel desempeñado por Napoleón I y su sobrino Luis Napoleón en la historia de Francia) es el poder personal que se ejerce 'por encima' de las clases en pugna, hace el papel de árbitro entre ellas”. Jorge Abelardo Ramos, Revolución y Contrarrevolución en la Argentina, tomo 5. La era del peronismo (1943-1976), Ediciones Continente, Buenos Aires, (2013).
4Ver María Moira Mackinnon, op.cit.
5 Laclau sostiene, justamente, que el populismo aparece cuando el sistema institucional es incapaz de dar respuesta a los múltiples, variados y contrapuestos reclamos y exigencias de la sociedad. De alguna manera, populismo e institucionalidad son antónimos. La institucionalización de las jefaturas populistas solo puede aparecer cuando el núcleo central de las apelaciones populares se ha resuelto. Desaparece entonces el populismo para dar paso a una nuevo momento institucional.
6 Pasó con Perón en los años previos a 1955. Muchos de los mejores elementos que lo rodeaban en 19 45 se habian alejado silenciosamente, para no debilitar, con sus críticas públicas el proceso transformador. Su amigo de confianza, el coronel Domingo Mercante, Arturo Jauretche y sus amigos forjistas, Scalabrini Ortiz, Ramón Carrillo, entre otros, sufrieron el ostracismo político impuesto desde la presidencia. Cuando el gobierno es derrocado por los gorilas del 55, ninguno de los nombrados ejercía ningún cargo público y sus nombres hacía tiempo que no aparecían en los medios que manejaba la Secretaría de Prensa e Difusión, dirigida por Raúl Apold.


22 de marzo de 2016

Una fantasía ante los sucesos argentinos y brasileños

El año 1954 empezó muy mal para el presidente Getulio Vargas. La presión parlamentaria de la oposición le obligó a pedirle la renuncia al joven ministro Joaõ Goulart. Su ex canciller João Neves da Fontoura -que ya lo había dejado en la estacada, uniéndose a la revolución “constitucionalista” de los cafetaleros paulistas, en 1932-, había comenzado una injuriosa campaña en la prensa, denunciando que el presidente estaba preparando un pacto secreto con Perón, contra los EE.UU. y con el propósito de imponer un estado “sindicalista”.
El antiguo militante comunista, convertido en un feroz anticomunista pronorteamericano, Carlos Lacerda desde su cloaca periodística Correio da Impressa, y con la protección de la Fuerza Aérea, abrumaba a sus lectores con permanentes denuncias de corrupción hacia el presidente y todo su entorno. En su diario se publicó la denuncia formulada por Neves de Fontoura acerca de que su renuncia fue para repeler” un emisario de Perón a Vargas, que había venido directamente a entenderse con Getulio, pasando por encima de su ministerio.
El millonario Francisco Assis de Chateaubriand, “Cható”, era dueño de "Diários Associados", entonces el mayor conglomerado de medios de comunicación en América Latina, que llegó a tener más de cien periódicos, revistas y agencias telegráficas, más emisoras de radio y de televisión. Con una fortuna hecha sobre la base del chantaje, Cható había sintetizado de esta manera la inserción internacional de su país: Delante de los EE.UU. Brasil se encuentra “en la condición de una mulata 'sestrosa' (sensual, cautivante y deseable) que debe aceptar la voluntad de su 'gigoló'”. Su cadena inundaba con calumnias sobre el gobierno que le había ayudado a forjar su fortuna y hasta secuestrar, con una ley a su medida, a una hija de manos de su madre. Mientras que desde su curil de senador denunciaba el “imperialismo argentino” y afirmaba:“El Uruguay es una provincia brasileña. Ya, por lo demás, aconseje a los uruguayos que retornaran a la comunidad brasileña, en una de las veces que estuve allí. Tengo con este país el complejo de Electra. Soy imperialista nato y creo que debemos cambiar el nombre de República de los Estados Unidos del Brasil por el de Imperio del Brasil y volver a ser impetuosos ‘imperiales’ del tiempo de la guerra de los Farrapos”.
Los rivales de Vargas eran, como lo habían sido siempre, los dueños de la "hacienda y la tienda" los hacendados del café, los importadores y exportadores y los productores nacionales de alimentos. Aunque el sector había ido perdiendo peso político, tenía una gran incidencia como grupo de presión. En términos económicos se habían favorecido por el alza de los precios del café en 1949 y al estallar la guerra de Corea. La presión se ejercía principalmente por medio de las Asociaciones Comerciales. Estas Asociaciones estaban organizadas en el país desde muy antigua data y eran adversarias decididas de la industrialización, porque ella, en último análisis, les quitaría el lugar de intermediarios de las fuentes externas de abastecimiento, a la vez que las medidas de proteccionismo volvían más difíciles y costosos los negocios de importación.
Los partidos opositores habían logrado encontrar apoyo en sectores de la alta oficialidad de las Fuerzas Armadas y, en medio de ese ambiente de creciente tensión y enfrentamiento, en el mes de agosto un pistolero disparó sobre el jefe político de la oposición golpista, Carlos Lacerda, en Copacabana. El periodista salió levemente herido pero fue muerto el mayor de Aeronáutica Rubens Florentino Vaz que integraba su grupo de guardaespaldas. El asesinato provocó una onda de repudio que fue asumida pasionalmente por la Fuerza Aérea, la que constituyó una comisión investigadora. Esta llegó a la conclusión que el pistolero había actuado a las ordenes de Gregorio, un gaúcho analfabeto que, desde hacía treinta años, servía a las órdenes de Getulio1.
La crisis política ya estaba en la calle. Aparec un llamamiento de un grupo de oficiales de las FF.AA. pidiendo la renuncia del presidente, mientras en las oficinas de los grandes exportadores e importadores, en los directorios de los bancos y en las redacciones de Chateaubriand y de Marinho se celebraba ya la caída del presidente Vargas.
En la madrugada del 24 de agosto, Getulio convocó a una reunión de gabinete. Allí comprobó que, a excepción de Tancredo Neves, todos sus ministros estaban a favor de la dimisión. El presidente insist en su firme postura de no renunciar y prouso un pedido de licencia, mientras agregaba: “Si vienen a deponerme, encontrarán mi cadáver”. La ofensiva y la traición no cedieron. El ministro de Guerra, en nombre de las FF.AA., le exig la renuncia.
Ante lo inevitable de la situación y al ver que todos los caminos de la negociación estaban cerrados, Getulio se retiró a su cuarto. Es un cuarto amplio, espacioso. El mobiliario es una gran cama, un escritorio y un sillón. Se desvistió lentamente. Se puso un pijamas a rayas, como solía usarse. Se acercó al escritorio y escribió de puño y letra una carta de solo cinco carillas. La firmó con letra segura y pulso estable.
Del escritorio sacó el revolver que allí guardaba. Se sentó en la cama. Llevó el caño del arma a la altura del corazón. Suspiró hondamente. Seguramente pasó por su cabeza la inmensidad de su país, los años transcurridos desde aquel levantamiento de 1930 y los prodigiosos cambios que habían ocurrido. Generaciones de brasileños, bandeirantes ambiciosos, esclavos hacinados en el sensala, indígenas de lo profundo de la prodigiosa foresta, la cópula brutal del fazendeiro y la bella africana, el amor libre e igualitario de negros, blancos e indios de los quilombos de Zumbí, la crueldad de los cangaceiros y el misticismo del Conselheiro, una infinita escola de zamba pasó por los ojos del gaúcho, taciturno y astuto. Volvió a suspirar y apretó el gatillo.
Su carta, que sería su testamento político, quedó como una acusación permanente a los mezquinos intereses que exigían su renuncia. Con su muerte, se anticipaba a la puñalada trapera del golpe, y exponía ante el pueblo brasileño la miseria de la conspiración. Su trágico sacrificio le dio a la democracia de su país diez años más de sobrevida y un mensaje perenme de responsabilidad política.
Al año siguiente, las mismas fuerzas sociales, los mismos intereses latifundistas, exportadores y bancarios, con el mismo despliegue de moralina hipócrita, con el mismo subterfugio republicano obligaban a Juan Domingo Perón a refugiarse en una embarcación paraguaya. Mas de 1000 muertos, ciudadanos desarmados e indefensos, e infinidad de heridos era el saldo que dejaba la infamia oligárquica. Vinieron para arrasar con los diez años peronistas, pero, sobre todo, con la intención de borrar de la memoria popular esa experiencia.
En el camarote de la humilde embarcación militar paraguaya, el general que se negó a derramar sangre entre hermanos, vio también, seguramente, pasar, en esas noches, el país que había encontrado y el país que dejaba. La fábrica de aviones, los astilleros, la marina mercante que nos beneficiaba en los fletes de la exportación, las miles de fábricas que a las seis de la mañana tragaban a millones de oscuros trabajadores, que una década atrás, cuidaban una majadita de ovejas en las provincias norteñas, esas multitudes eufóricas gritando a coro su nombre que tan bien se prestaba a las rimas, el agradecimiento de esos ancianos y ancianas que habían encontrado un poco de dignidad en el ocaso de sus vidas y el amor religioso que le profesaban a la pobre Eva en su joven agonía, debían aparecer proyectadas en las frías y metálicas paredes, en esas largas noches en vela. Y debió surgir en su memoria, con seguridad, el abrazo que nunca fue posible con el gaúcho de San Borja, esa entrevista que, aquí y allá, habían impedido los que, allá, lo llevaron al suicidio y acá, lo empujaban a un destierro que, sabía, sería largo.
Quizás, si hubiésemos podido abrazarnos, si hubiésemos podido sentarnos a conversar de esa alianza que yo me había imaginado, si nuestra incipiente industria pesada podía sumarse a esa Corporación do Vale do Rio Douce que le arrancó a los yanquis con astucia y firmeza, si sumábamos esfuerzos para fortalecer nuestra fábrica de aviones en Córdoba, si podíamos mandar a su país nuestras heladeras Siam, con alguna inversión que ellos pudieran hacer para permitir el esfuerzo, nada de esto hubiera pasado, quiero creer que le pasó por la cabeza al General solo, derrotado y en vela.
El triunfo electoral de Macri y la intentona destituyente contra Dilma y Lula, la complicidad del sistema judicial y de los monopolios mediáticos me hicieron reflexionar sobre estos hechos históricos. De aquellos días de 1954 y 1955 y de estas jornadas más cercanas en el tiempo queda un dato esencial e insoslayable: Argentina y Brasil son los dos países en cuyo destino se juega y se cifra el destino del continente. Quien no lo vea, será un ciego o un cómplice de nuestro sometimiento.

Buenos Aires, 22 de marzo de 2016


1 Ver Un solo impulso americano - El Mercosur de Perón, Julio Fernández Baraibar, Fondo Editorial Simón Rodríguez, Buenos Aires, 2004.

9 de marzo de 2016

La alternancia, según Aldo Ferrer

El 18 de diciembre, una semana después de asumido el nuevo gobierno liberal, publiqué en este blog:

“Como se ve, las diferencias no son tan solo entre un partido que favorece más a los ricos y otro que favorece más a los pobres. Imaginemos que hubiera un partido que sostiene el establecimiento de la esclavitud y la economía de plantación y otro que sostiene su abolición para poder desarrollar la mano de obra libre necesaria para un proceso industrial. Sería imposible pensar que esos partidos podrían alternar en el gobierno y que cada cuatro u ocho años se estableciese la esclavitud, para, en el siguiente recambio, abolirla.


Exactamente eso es lo que ocurre en la Argentina desde 1945. El período más largo en el que hemos podido gobernar ha sido este. Nunca pudimos, hasta ahora, superar los 12 años, si, un poco arbitrariamente, no incluimos el período que va de 1943 a 1945. Y como estamos viendo, no nos reemplaza un gobierno que intenta desde una perspectiva más conservadora, o más empresarial, o más dialoguista, o más, inclusive, pronorteamericana, corregir los errores, desvíos, incorrecciones y desajustes que se pudieron cometer. No. Nos reemplaza un gobierno que pretende restaurar la esclavitud, es decir, destruir toda la estructura defensiva, de carácter capitalista, autónoma y sobre la base del mercado interno y la integración latinoamericana, considerada como una potencial ampliación del mercado interno. Nos reemplaza un gobierno cuyo objetivo es no dejar rastro alguno de estos doce años en la estructura del estado y, de ser posible, en la memoria de nuestro pueblo”.


Aldo Ferrer publicó lo que creo ha sido su artículo póstumo en Le Monde Diplomatique de marzo de 2016 con el título “El regreso del neoliberalismo”.


En él podemos leer:


“En las economías industriales avanzadas también se registra la alternancia, que a veces incluye cambios de rumbo radicales. Por ejemplo, el que tuvo lugar, hacia 1980, entre los modelos keynesiano y neoliberal a partir de los triunfos electorales de Ronald Reagan en Estados Unidos y Margaret Thtcher en Gran Bretaña. En esas economías la alternancia afecta principalmente la distribución del ingreso y el nivel de actividad. La estructura productiva diversificada y compleja, el papel esencial de la ciencia y la tecnología y la posición en el mercado mundial no se ven esencialmente comprometidos. En Argentina, en cambio, se pone en juego la totalidad del modelo de desarrollo e inserción internacional, la distribución de la riqueza y el ingreso y los equilibrios macroeconómicos.


En nuestro país, la alternancia refleja la dificultad para construir un proyecto de desarrollo hegemónico viable y de largo plazo” (la negrita es nuestra).


Con distintas palabras, con un estilo más sosegado y académico el maestro que se acaba de ir coincidía en el análisis.



En 1963, Ferrer escribió “La Economía Argentina” -libro que en nuestras lecturas juveniles alternaba con “La Historia de la Revolución Rusa “ de León Trotsky y “La hora de los pueblos” de Perón, para intentar dar una síntesis espiritual de aquellos años-. Uno de los aportes centrales que allí formula, en curiosa coincidencia con la Izquierda Nacional, es que la clase propietaria del suelo en nuestro país no respondía a los incentivos económicos para el aumento de su productividad, es decir no actuaba como una burguesía, sino como una clase rentista. Desde aquellos lejanos días celebro estos acuerdos tácitos, que dividen el campo nacional del antinacional.

Buenos Aires, 9 de marzo de 2016


8 de marzo de 2016

Hoy nuestra densidad nacional es menos densa


Este pequeño gigante que nos acaba de dejar parecía gozar de la benéfica maldición de Gilgamesh, el héroe sumerio: la inmortalidad. Aldo Ferrer, de él nada menos se trata, atravesó varias generaciones de argentinos que lo conocieron por una sola cosa: su pasión por construir una Argentina industrial, justa, independiente y soberana. Crear un país con “densidad nacional”, como él llamaba a ese elemento indefinible, impreciso e imprescindible que otorga grandeza y voluntad de ser.

Aldo Ferrer nació en 1927 y perteneció, años más, años menos, a la generación de Antonio Cafiero, de Leonidas Lamborghini, del brasileño Helio Jaguaribe, su amigo dilecto y de Gabriel García Márquez. Este hombre de pequeña estatura y espíritu ciclópeo atravesó el siglo XX y tuvo el gusto de entrar en el XXI con esas banderas en alto que no arrió ni en los momentos más oscuros y siniestros.

Fue el arquetipo de un economista nacional, de un político que puso su conocimiento técnico y sus intuiciones políticas al servicio del fortalecimiento industrial de la Patria. El siglo XX lo encontró en sus años jóvenes enfrentado, desde su militancia radical, al peronismo de los años 40. La historia es arbitraria y muchas veces y por algunos momentos separa y enfrenta a hombres y mujeres por cuestiones secundarias. Pero su perseverancia y la claridad de sus objetivos acercaron a Ferrer, pasados los años de la exasperación, a sus viejos enemigos peronistas, en el descubrimiento de que los objetivos finales eran mucho más comunes que lo que la ofuscación juvenil había permitido entender.

Si hay una figura política argentina que logró crecer en su brillo, prestigio y admiración, a través de los años, esa figura fue don Aldo. Siempre lejos del sectarismo partisano, siempre abierto a las nuevas generaciones y sus inquietudes, fue el primer historiador sistemático de nuestra economía. Su texto “La Economía Argentina”, de 1963, fue y sigue siendo la puerta introductoria para el abordaje histórico de la economía argentina y su periodización, así como al análisis de las dificultades que plantea el despegue hacia una economía industrial.

Fue ministro de Obras Públicas, primero, y de Economía, después, en el gobierno militar de Levingston. Incluso en esas condiciones Ferrer dio la batalla por la industria nacional y su desarrollo. La Ley de Compre Nacional, por la cual el Estado debía favorecer a los productores argentinos en sus compras, fue uno de sus logros, que perduró en el tiempo, más allá del momento inconstitucional en que fue dictada. Fue en esa época en que Jorge Abelardo Ramos, que disponía de una gracia y puntería especiales para poner sobrenombres a las personas públicas, lo llamó “Stolypin”. A los no versados en la historia de la Revolución Rusa les cuento que Piotr Arkádievich Stolypin fue un primer ministro del Zar Nicolás II, entre 1906 y 1911, cuya política respondía, por un lado, al más profundo respeto a la corona de los Romanoff y, por el otro, a la modernización capitalista del extenso país. Lenin había escrito que de haber continuado la política de Stolypin la Revolución Rusa se hubiera postergado varios decenios. La presencia del industrialista nacionalista en el gobierno de la Revolución Argentina le recordaba a aquella figura. Muchos, muchos años después, ya fallecido el autor del chiste, le pude contar a don Aldo acerca de ese sobrenombre. Su carcajada me expresó que había entendido el matiz entre positivo e irónico que el mismo tenía, a la par de festejar la ocurrencia de Abelardo.

Su obra doctrinaria y académica lo convirtió en un referente de la economía latinoamericana y de todo proceso político de integración. Desde la CEPAL en Santiago de Chile, desde San Pablo o Caracas, Aldo Ferrer intentó machaconamente, tozudamente, explicar una y otra vez los mecanismos económicos de nuestra industrialización y, sobre todo, las trabas que nuestra herencia agro o minero exportadora ponían a la misma. Explicó como nadie y a miles y miles de economistas y políticos, civiles y militares, el papel que una política monetaria jugaba en ese proceso y los peligros de un dólar barato, para todo intento de sustitución de importaciones.

Enemigo declarado y militante del endeudamiento externo planteó una y otra vez, en cuanta oportunidad se le presentaba, la necesidad de vivir con lo nuestro, de extraer de nuestra capacidad productiva los recursos necesarios para el despegue, estabilidad y consolidación de una economía industrial. Enfrentado abiertamente con el liberalismo monetarista, no ahorraba epítetos y desprecio hacia los corifeos locales que llenan los estudios televisivos y la paciencia de sus compatriotas.
Pero además este hombre de corta estatura, de cuidada y no afectada elegancia, con un modo de hablar que recordaba ciertos giros y prosodias de la Argentina de los años '50, era un extraordinario, consuetudinario y leal tanguero, un bailarín de tango de asistencia perfecta, bienvenido por una concurrencia de hombres y mujeres que conocían su fama e importancia y que lo recibían como un milonguero más, entrador y debute. El salón Argentina lo veía llegar todos los martes a media tarde para dar unas vueltas por las pistas con señoras y señoritas que esperaban ser invitadas por un cabezazo de don Aldo.

En sus últimos años recibió y apoyó con entusiasmo el período iniciado con Néstor Kirchner en 2003. Dio consejos y recomendaciones, puso su esfuerzo y saber al servicio de la Patria, como lo había hecho toda su vida. Fue embajador de Cristina Fernández de Kirchner -por quien tenía un especial afecto, casi paternal- en París y se puso al hombro, pasados los 80 años, la dirección del periódico especializado BAE, Buenos Aires Económico, donde sus artículos iluminaban a ministros, funcionarios y políticos.

Aldo Ferrer, en esas picardías que pone Clío a su quehacer, muere el día en que el Congreso de la Nación inicia la discusión de la ley que prohibe abrir o mejorar la oferta en el proceso de canje de bonos en cesación de pagos, llamada Ley Cerrojo. Hasta el último aliento de una vida rica y ejemplar Aldo Ferrer luchó por el desendeudamiento nacional, contra los fondos buitres y contra toda atadura contractual a nuestro desarrollo autónomo y soberano. 

Un mes antes de cumplir los 89 años, don Aldo pegó el portazo. Nos dejó, entre una herencia que nuestros hijos y nietos sabrán aprovechar, las siguientes líneas, tomadas de La Economía Argentina en el Siglo XXI:

En estos primeros años del siglo XXI el país ha resurgido porque fortaleció su densidad nacional en todos los frentes: la inclusión social, la impronta nacional de los liderazgos, la fortaleza institucional y el pensamiento crítico. La posibilidad de navegar a buen puerto en las turbulentas aguas del siglo XXI depende de la consolidación definitiva de la densidad nacional. Si lo logramos, nuestras perspectivas son promisorias, porque el país cuenta con los recursos humanos y materiales necesarios para concretar un gran proyecto de desarrollo nacional”.

Dios dirá - “que está siempre callado”, dice Miguel Hernández- si somos capaces de recoger su optimismo histórico, su confianza en nuestras propias fuerzas y su alegría de combate, en estos días en que las oscuras alas del interés compuesto vuelven a amenazar a nuestra gente.

Don Aldo Ferrer dio de sí todo lo que tenía para darnos. Solo puede haber agradecimiento en su despedida.

Buenos Aires, 8 de marzo de 2016

29 de febrero de 2016

Julio Fernández Baraibar en el CUA, 26 de febrero de 2016

Tres días a la intemperie o veintidós minutos de helado tratamiento

Aquel enero del año 1077 fue particularmente frío en la zona de Parma. En la silla de Pedro se sentaba desde hacía cuatro años un monje benedictino formado en la célebre abadía de Cluny. Su nombre era Hildebrando Aldobrandeschi. Había nacido en la Toscana en un hogar muy humilde, pero gracias a su tío, abad de un convento en el Monte Aventino de Roma, había logrado una excelente educación y se había iniciado en los vericuetos de la corte papal.
La Santa Sede vivía entonces lo que los historiadores eclesiásticos han llamado “el Siglo Oscuro”, un período en el que el nombramiento o “investidura” de obispados y cardenalatos por parte de los reyes de la cristiandad habían convertido a la Santa Sede en un campo de disputa por parte de duques, condes, barones y príncipes y al papado en un poder oligárquico ejercido por unas pocas familias nobiliarias que se encargaban de poner en el trono de la Iglesia a personajes mediocres, insignificantes y maleables a los caprichos imperiales.
El emperador Enrique III se convirtió en el campeón de los nombramientos episcopales. Varias decenas de papas y antipapas se sucedieron a lo largo del siglo X y parte del XI. Muchos de ellos murieron envenados en conspiraciones palaciegas o asesinados por sicarios imperiales, sin que el nombre de ninguno de ellos haya ocupado un lugar importante en la historia. A la muerte de Enrique III existía un verdadero clamor en la cristiandad contra estos excesos del césaropapismo, y una creciente opinión eclesiástica pretendía poner fin a los mismos.
La elección de Hildebrando, por aclamación popular, al papado, con el nombre de Gregorio VII, el 22 de abril de 1073, pondría en marcha una profunda reforma, consistente en quitar a los reyes y al emperador del Sacro Imperio Romano Germánico la facultad de “investir” cargos episcopales o cardenalicios. La elección de Gregorio había transgredido lo establecido por la Iglesia en el sentido de que los Papas solo podrían ser elegidos por el Colegio Cardenalicio y no por el pueblo romano. Pero la presión popular fue tan grande que una semana después los cardenales confirmarían lo exigido por los romanos.
Esta Reforma Gregoriana, iniciada por Hildebrando ni bien asumió el Papado, dio origen a la Querella de las Investiduras. En un Sínodo convocado por el Papa en 1075 se estableció que la Iglesia prohibía y en lo futuro rechazaría toda investidura realizada por los poderes laicos. Esta decisión, que apartaba por completo al poder imperial y monárquico de la administración de la iglesia, produjo el inmediato rechazo del emperador Enrique IV quien nombró obispos en las diócesis que rodeaban a los Estados Pontificios, desafiando el poder papal. Gregorio respondió amenazando al Emperador con la excomunión, a lo que este convocó a un sínodo en Worms, donde depuso a Gregorio VII.
La inmediata respuesta papal fue excomulgar a Enrique IV lo que, en los hechos significaba, que los príncipes cristianos quedaban eximidos de obediencia a su autoridad.
Ante esto Enrique IV vio que su trono peligraba, ya que los príncipes alemanes, con los que tenía una díficil relación, se unían al Papa. Decidió por lo tanto buscar un levantamiento de la excomunión y un pedido de absolución por parte de jefe de la Iglesia. Y comenzó su marcha hacia Roma.
Gregorio VII, ignorando las intenciones del Emperador, abandonó Roma y se hospedó en un inexpugnable castillo en Parma, propiedad de la princesa Matilde de Canossa. Hacia allá marchó entonces el emperador, pero ya no vistiendo las púrpuras imperiales, sino los andrajos de un peregrino. Con la mediación de la princesa de la fortaleza y del abad de Cluny, Enrique solicitó perdón al Pontífice y llegó a Canossa el 25 de enero de aquel gélido año de 1077.
Desde la torre del castillo, el monje Hildebrando tardó tres días y tres noches en recibir al emperador. Tres días y tres noches permaneció Enrique arrodillado y vestido con el simple jergón del peregrino hasta que Gregorio se decidió a recibirlo, al considerar que la humillación a la que lo había sometido sería lección suficiente para dejar establecido sus prerrogativas en el gobierno de Roma y de la Iglesia.
La Humillación de Canossa me vino a la memoria cuando comenzaron a publicarse las fotos y el tenor de la reunión del presidente Macri con Francisco. Los tiempos han cambiado, aun para la Iglesia Católica, en estos últimos mil años. Ya no existen los Estados Pontificios. Cavour y Garibaldi se encargaron de ello y lograron unificar nacionalmente a Italia. El Papa carece ya de aquellas mesnadas, de aquellos tercios de Flandes cuyo caminar balanceado arrastrando la espada se convirtió en expresión de la altivez castrense. La Guardia Suiza apenas logra preservar los escándalos de todo tipo en los que se encuentra envuelta. La excomunión no es, hoy por hoy, una amenaza que haga temblar la pera de ningún jefe de Estado. No obstante la Humillación de Canossa sigue siendo el arma de destrucción selectiva de la que dispone el jefe de la Iglesia Católica.
Los fugaces 22 minutos de entrevista, el rostro huraño y cejijunto, la ausencia más completa de una sonrisa sobre una cara que suele iluminarse espontáneamente de alegría, la distancia protocolar y la preocupación por Milagro Sala fueron lo más parecido a aquella histórica mortificación a la que fue sometido el Emperador. Cierto es que la mortificación y las noches heladas a la intemperie le permitieron a Enrique pasar a la historia como un humilde cristiano, respetuoso de la autoridad papal y, sobre todo, mantener su corona sobre la Cristiandad. El trato dispensado al presidente argentino, lejos de tener el efecto de aquel lejano castigo, afectó profundamente su autoridad, dejó expuesta su supina ignorancia sobre el ancho mundo, su visión pueblerina y parroquial y la distancia que existe entre su programa de gobierno y la prédica social, política y económica que Francisco viene realizando desde su privilegiado sitial a favor de los intereses de los más desposeídos, los excluídos, los periféricos.
Este Papa de una extraordinaria percepción política, con esta recepción a un presidente que se vanagloria de desplegar un programa de apertura de la economía, de libre juego de los poderes financieros, de reendeudamiento, despidos, cierre de fábricas, aumento brutal de los productos de primera necesidad y represión y persecución judicial a los militantes sociales -y ahora a Cristina Fernández de Kirchner-, no ha pretendido ponerle un correctivo a su acción de gobierno, ni tampoco desconocer a la mitad de los argentinos que lo votaron.
Como además conoce perfectamente los intersticios más angostos de la política argentina, la actitud de Francisco está encaminada a ratificar su punto de vista doctrinario, los principios sociales, políticos y económicos de carácter universal expuestos en la carta apostólica Evangelii Gaudium y en la encíclica Laudato Si. Contrariamente al famoso chiste de Groucho Marx, el Papa ha expresado: “Esta es mi opinión. Si no le gusta, es su problema. A mi no me gusta su opinión”. Pero además, y esto creo que es lo más importante de su silencioso y elocuente mensaje, los destinatarios son los dirigentes del peronismo, que juran respetar y seguir su enseñanza, para que entiendan con claridad que la gobernabilidad, los 100 días, el tiempo que hay que darle a un gobierno nuevo, a él no le preocupa en lo más mínimo. Esa política enfrenta y confronta con sus enseñanzas y, así como él, desde la autoridad universal que le da la silla de Pedro, no mostró contemplación, la conducta de los peronistas no puede ser otra que, más allá de cualquier matiz táctico, despegarse y tomar distancia desde los lugares de poder que la oposición mantiene.
Porque, contrariamente, a la mirada de campanario de los analistas oficialistas, no es la situación interna argentina la mayor preocupación de Francisco. Es el destino de nuestro continente lo que desvela al Papa argentino, donde la renuncia a una política de autodeterminación y soberanía, puede hacer naufragar la posibilidad de convertirlo en el nuevo protagonista de una política global de justicia e igualdad internacionales, de una política de pacífica estabilidad mundial.
Todo lo demás es chiquitaje de pigmeos de la que no redime ni la Humillación de Canossa.

Buenos Aires, 29 de febrero de 2016