15 de mayo de 2020

El Covid-19 desbarató la economía norteamericana

13 de mayo de 2020

Las elecciones presidenciales en los EE.UU.

9 de mayo de 2020

La extraña resignación de los suecos

Me dice un amigo sueco, respecto a la situación de la pandemia en su país:

"Suecia no ha cerrado tanto como Noruega. Cuando Noruega ahora abre, por ejemplo, escuelas, no está claro qué está sucediendo. En Suecia, tenemos una gran proporción de personas fallecidas en viviendas para ancianos, que están organizadas de manera diferente que en Noruega. Aquí, quienes viven en geriátricos son mas frecuentemente "multienfermos" que en Noruega. Y tenemos una mayor proporción de viviendas para personas mayores de gestión privada con menos densidad de personal que en Noruega. Por lo tanto, hay grandes diferencias".

O sea, mi amigo, un socialdemócrata activo, una persona llena de sentido común, capaz de protestar por injusticias que ocurren en cualquier parte del mundo, tiene tal confianza en el sistema que no cuestiona un ápice lo que es, a todas luces, una política errónea y de graves consecuencias. Esto es lo que me sorprende vivamente de lo que está ocurriendo en Suecia: la incapacidad de cuestionar una política estatal, pese a sus resultados notoriamente negativos, aún en comparación con sus vecinos.

Tengo otro ejemplo.

En este caso es una muy conocida autora de novelas policiales. Una mujer de mediana edad, culta, también capaz de ver y denunciar las injusticias en cualquier parte del mundo. A mi pregunta sobre si la comparación entre Suecia y Noruega que hizo el presidente Alberto Fernández es correcta me contesta:

"Imposible de decir si está bien o mal. Se puede tratar de otras cosas totalmente diferentes, como quienes han viajado o cómo el primer contagio entró al país".

Nunca he visto negación de lo evidente tan brutal.
Sencillamente están convencidos que el Estado Sueco no puede equivocarse.

La oposición ha quedado definitivamente dividida



Reflexionemos juntos.
¿Es importante la presencia de Rodríguez Larreta al lado del presidente de la República, Alberto Fernández y del gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof?
En mi opinión, altamente politizada, es lo más importante de la jornada. Alberto Fernández, el presidente por el Frente de Todos cuya vicepresidenta es Cristina Fernández de Kirchner, logra sentar a su lado al administrador del principal distrito de la oposición, la histórica ciudad de Buenos Aires, la ciudad que ni siquiera Juan Domingo Perón logró ganar -ganó la elección a senador en 1973 un tal Fernando de la Rúa-. Sentado a su lado, descarga su crítica, contenida, pero filosa y clara, a la oposición que ha venido bombardeando desde los medios y las redes sociales la política contra la pandemia. Y ese jefe de gobierno habla durante largos minutos tomando como referencia de sus palabras las dichas por el presidente de la República.
Desde una mirada estrictamente política, de análisis del poder, hoy Alberto Fernández es el dirigente indiscutido del país, nadie con poder político lo discute ni discute su liderazgo nacional.
¿Esto da más poder a la gestión del intendente de la ciudad de
Buenos Aires, pomposamente llamado Jefe de Gobierno de la Ciudad Autónoma? ¿Esto soslaya la pelea política en el seno del distrito de la Capital Federal? ¿Esto soslaya la crítica al carácter elitista de las políticas públicas del Jefe de Gobierno de la CABA? ¿Disminuye su responsabilidad en los brotes de la pandemia en geriáticos y en las pocas villas de la orgullosa ciudad-estado?
En mi humilde opinión, para nada.
Es responsabilidad de quienes llevan adelante la política opositora en la Ciudad convencer a la mayoría del electorado del desatino, despilfarro de recursos y cosmética política que el PRO lleva adelante desde hace años en el distrito. Es responsabilidad de los políticos porteños opositores de establecer un correcto eje de enfrentamiento con el oficialismo. No estoy seguro que el gobierno de Rodríguez Larreta no haya hecho políticas de mejoras en, por lo menos, algunas de las villas de la CABA. Y sí, es cierto, que esas políticas no lograron generar una corriente mayoritaria a favor del oficialismo en las últimas elecciones.
Pero la presencia, en la conferencia de prensa de hoy, de las autoridades de los dos distritos más castigados por la pandemia, implicó para el gobierno de Alberto Fernández un reconocimiento político que no se lograba en el país desde las jornadas del levantamiento carapintada, más allá del juicio que el levantamiento y la política alfonsinista nos merezca. En ese punto, todos saben mi opinión.
Pero, lograr una imagen de unidad nacional ante una amenaza como la de la pandemia y a la que debe sumarse la de la negociación de la deuda externa es un capital político que Alberto Fernández ha logrado acumular.
Ha logrado dividir al partido político de la plutocracia argentina al que derrotó hace cinco meses en una primera vuelta. Horacio Rodríguez Larreta y, posiblemente, el radicalismo son hoy la oposición democrática, negociadora, que acompaña el desafío nacional. Macri y su pandilla, el monopolio mediático y el gorilismo psiquiátrico han quedado expuestos como verdaderos lastres, irresponsables y demenciales.
Todavía está faltando un golpe de gracia a su poderío extra político, el que se basa en la injusta y enorme capacidad económica de, tan solo, doce mil ciudadanos. Esa oligarquía -dominio de pocos- es el único escollo de nuestra democracia y nuestra consolidación como sociedad industrial, moderna y dinámica.
Buenos Aires, 9 de mayo de 2020

7 de mayo de 2020

Decile a Abelardo que se venga a comer un bife a la UOM

Era el mes de septiembre de 1973. En la Argentina estábamos de elecciones para volver a poner a Juan Domingo Perón en la presidencia de la República después de 18 años de proscripción. De repente en Chile un furioso golpe de estado ametralla el palacio de La Moneda y el presidente Salvador Allende prefiere pegarse un balazo, antes de caer en manos de los verdugos del pueblo chileno.

El Frente de Izquierda Popular tenía, entonces, su local central en la esquina de Jujuy y Alsina, una casa de dos pisos de alto que aún está. Inmediatamente, al enterarnos de estas terribles noticias, un grupo de militantes, en ese momento todos teníamos 25 años, salimos con un altavoz portátil a la Plaza Once para armar un pequeño acto espontáneo con discursos que mezclaban la campaña electoral con los sucesos chilenos.

Los compañeros me piden que cierre el acto y comienzo mi discurso caracterizando lo que estaba ocurriendo en Santiago como una réplica de lo que había ocurrido en Buenos Aires en junio y septiembre de 1955, precisando la similitud parasitaria de las clases sociales que estaban detrás del crimen y en lo que eso había significado para el pueblo argentino.

De pronto veo que entre el numeroso corrillo de público que se había juntado espontáneamente-eran unas cuatrocientas o quinientas personas que pasaban rumbo a la estación de tren- estaba, ni más ni menos, que Lorenzo Miguel, el legendario secretario general de la UOM, el hombre que había sucedido a Augusto Timoteo Vandor después de su asesinato. Allí, rodeado de algunos colaboradores, a pie, estaba el principal dirigente del, en ese momento, poderoso gremio de los metalúrgicos.





El primer pensamiento, al verlo, fue preguntarme si había dicho durante mi discurso alguna invectiva contra la burocracia sindical, mientras seguía con mi improvisada agitación electoral. La conclusión fue que, hasta ese momento, no, pese a que la condena a la dirigencia sindical formaba parte de la retórica de ese momento de la campaña del FIP, "Vote a Perón desde la izquierda".

Me extendí otros minutos sobre el golpe chileno y las elecciones argentinas y el fin de la proscripción a Perón y al peronismo y un cerrado aplauso coronó mis palabras. Miré hacia el público y vi que Lorenzo Miguel aplaudía entusiasmado.

Me dirigí hacia él y le extendí la mano para saludarlo.

- Hola compañero Miguel, le dije, gracias por su atención.

- Le estaba diciendo a los muchachos, me dijo, que era así tal cual vos lo había dicho. El golpe en Chile es el mismo golpe que nos hicieron en el 55. Muy bien. Muy bien.

- Bueno, gracias, atiné a decir.

Con su mano derecha me dio una suave palmada en la mejilla, mientras me decía:

- Decíle a Abelardo que me llame, que se venga a comer un bife a la UOM. Chau, pibe.

Estás últimas palabras fueron textuales. Me llamaron la atención tres cosas: primero la confianza con Jorge Abelardo Ramos. Nadie le decía Abelardo. Dos, nombrar la UOM, no mi oficina, el local. La UOM, la institución de los trabajadores metalúrgicos. Tres, la precisión en el menú. No dijo que se venga a comer algo. Que se venga a comer un bife, una comida como la gente, lo que comemos los argentinos.

Hoy, en medio de la cuarentena y al despertar de una breve siesta, este recuerdo apareció en mi cabeza. Nunca lo había escrito.

Buenos Aires, 7 de mayo de 2020. 

2 de mayo de 2020