30 de diciembre de 2005

Las disputas fronterizas como expresión del nacionalismo balcanizador

Buenos Aires, 3 de marzo de 2005

El doctor Fermín Toro Jiménez, historiador y actual Embajador Representante Permanente de la República Bolivariana de Venezuela ante las Naciones Unidas, escribía hace poco unas reflexiones acerca del “Surgimiento y Desaparición de la Gran Colombia”. En esas magníficas líneas, inspiradas en un necesario y profundo revisionismo histórico latinoamericano, exponía las principales razones políticas y diplomáticas que llevaron a la aparición de Venezuela, como supuesta nacionalidad independiente y separada de la inicial arquitectura bolivariana.

He aquí su visión: “Este golpe de gracia fue el resultado de una habilidosa diplomacia que al mutilar y disolver la República dejó simultáneamente en reemplazo una constelación de pseudo Estados sin consistencia interna, al garete, excéntricos e inermes, aislados unos de otros, sometidos a un régimen de dependencia y subordinación económica y política sin futuro ni viabilidad política”.

En una labor similar a la realizada en el Río de la Plata por el revisionismo histórico -desde José María Rosa a Jorge Abelardo Ramos, Washington Reyes Abadía, Vivián Trías y Alberto Methol Ferré-, el historiador venezolano encuentra en la diplomacia inglesa, en las maniobras del Primer Ministro George Canning, la causa última de la balcanización de la Gran Colombia. Con poderosa visión vislumbra que la creación simultánea de cuatro seudo nacionalidades -Grecia, Bélgica, Uruguay y Venezuela- correspondió a los mismos designios y con las mismas o similares motivaciones: “Estados creados desde afuera por la ‘benevolencia’ de un poder extraño y ajeno a ellos como reflejo de estructuras internacionales, es decir como repúblicas de fachadas requeridas y diseñadas por los intereses imperiales británicos”.

Según el mismo autor, con la muerte del Libertador en 1830 “se abre un prolongado ciclo histórico de retrocesos para los pueblos de Venezuela, Colombia, Ecuador y Panamá, en que paso a paso se impone la presencia en los antiguos territorios de la República extinta de una Oligarquía vernácula, variopinta y circunstancial de mentalidad eurocéntrica antibolivariana, anticolombiana y neocolonial”.

La reflexión formulada por Toro Jiménez viene a cuento en el momento en que comenzamos a preguntarnos cuáles son y serán las dificultades, los escollos y las acechanzas que este magnífico e inédito proceso de unificación continental, que hoy viven nuestros pueblos, encontrará a medida que se desarrolle y expanda.

Los designios imperialistas

Con toda seguridad, como en el siglo XIX , la principal fuente de dificultades proviene, y provendrá, de la potencia hegemónica que ha ocupado el papel que el Reino Unido desempeñaba entonces: los EE.UU.

Si bien el Reino Unido nunca renunció al uso de las armas y el bloqueo –como lo prueban las invasiones de 1806 y 1807 al Río de la Plata o las guerras contra China en 1840 y en 1856- fue la enorme astucia diplomática de su omnipresente Foreign Office, en estrecha colaboración con el Almirantazgo, el artífice de las principales modificaciones del mapa político mundial.

Sus plebeyos herederos del Nuevo Mundo nunca adquirieron las habilidades de un George Canning, de un Lord Palmerston o de un Benjamín Disraeli. Su participación en la política internacional estuvo signada por la directa y abierta intervención militar, por la ocupación territorial y la amenaza de las cañoneras. Mesoamérica, el Caribe y Filipinas dan testimonio de esta conducta en el siglo XIX y XX. Medio Oriente puede darlo en el XXI.

No obstante esta evidencia, es necesario establecer que aún para la descarada política exterior norteamericana, es necesario basar su intervencionismo en contradicciones implícitas o explícitas en el seno de la región, en sus debilidades y en sus cuestiones políticas irresueltas. Es a través de estas grietas políticas y sociales que el imperialismo ha podido introducir su cuña divisionista. Encontrar y determinar estas fallas tectónicas en la construcción de nuestra unidad continental es el intento de estas líneas.
La enemistad entre vecinos

La reciente crisis diplomática suscitada entre Venezuela y Colombia, a la vez que recordó a los amantes de Clío la dramática lucha entre el caraqueño Simón Bolívar y el bogotano Francisco de Paula Santander, lucha que está en la base de la liquidación de la Gran Colombia, puso de manifiesto la vulnerabilidad de nuestras fraternas relaciones, expuestas permanentemente a antiguas cuestiones fronterizas.

Es cierto que en el caso de esta crisis la causa principal se encuentra en el papel de Quisling (Vidkun Quisling (1887-1945). Político noruego que colaboró con las fuerzas de la Alemania Nazi que ocupaban su país durante la Segunda Guerra Mundial y que lo erigieron en jefe de un gobierno colaboracionista. Al finalizar la guerra fue juzgado por traición y ejecutado.)
que el presidente colombiano Uribe ha decidido jugar a favor de la intervención militar norteamericana en su país. Pero no es menos cierto que un repaso de las distintas discusiones fronterizas entre los países de la región permite entrever la magnitud de la grieta de la que hablamos más arriba.
El conflicto se ve agudizado por la presencia de fuerzas guerrilleras colombianas en la región, a las que el gobierno de Uribe, siguiendo los dictados de Washington, pretende caracterizar como “terroristas” (nueva identificación norteamericana del Gran Enemigo, como antes lo fue el “comunismo” y durante un tiempo el “narcotráfico”). A ello se suma la presencia militar norteamericana en Colombia y, como señala Pereyra Mele, los desplazamientos de refugiados como resultado de los combates.

Como se sabe, la guerrilla colombiana es un fenómeno casi endémico en la política colombiana. Nace con el asesinato del líder popular, Eliécer Gaitán, candidato presidencial del partido liberal y una verdadera amenaza para la hegemonía de la rosca latifundista, heredera directa de la de 1830, descripta por Toro Jiménez. La cuestión agraria irresuelta y la complejidad que posteriormente a aquellas jornadas de abril de 1948 adquirió la sociedad colombiana han generado un impasse entre la guerrilla, eminentemente agraria, y el mundo urbano, que no ha podido ser resuelto en estos casi sesenta años. Ni las FARC toman el poder del estado, ni el estado resuelve por vía revolucionaria o reaccionaria la insurrección guerrillera.

La existencia de mercenarios paramilitares, más la presencia de los intereses de los productores de cocaína –cuya producción es consumida en un 80% por el mercado norteamericano, lo que hace pensar que el principal interés de EE.UU. en el tema no es su erradicación sino tan sólo el control de su comercialización- convierten el área en una fuente permanente de conflictos que pueden ser usados como casus belli.

Es muy probable que la aparición del gobierno de Chávez y un eventual conflicto regional generado por la guerrilla colombiana hayan hecho reflexionar al gobierno de Fidel Castro sobre cuál de los dos amigos es digno de mayor confianza. Algo de eso debe haber habido en la gestión a la cual lo llamó, ni más ni menos, que el presidente Uribe.

Bolivia y su reclamo de salida al mar

El chileno Pedro Godoy ha definido esta cuestión con claridad meridiana: “La Guerra del Pacífico -impulsada por Gran Bretaña para apoderarse del guano y del salitre- deja a Bolivia privada de su franja oceánica. Los 500 kilómetros de litoral donde están las covaderas y el arenal atacameño que en sus entrañas guarda nitrato de sodio se convierten en Antofagasta, ayer provincia y hoy II Región. Consecuencia de ello ha sido la meditarreneidad boliviana”. Esta guerra de cuatro años, también llamada Guerra del Salitre (Ver la documentada síntesis de este enfrentamiento en Guerras de América del Sur en la formación de los estados nacionales, Capítulo IV, Guerra del Salitre, Cecilia González Espul, Ediciones Teoría, Buenos Aires, 2001, pág. 147 y ss. )
, despojó a Bolivia de la provincia de Atacama y toda la actividad diplomática del continente no ha permitido que el país fundado por el mariscal Sucre readquiera su carácter costero.

De manera pertinaz, los sucesivos gobiernos chilenos, con la breve excepción del presidente Salvador Allende (Conf. Néstor Taboada Terán, La decapitación de los Héroes, La Paz, Bolivia, pág 63 y 64. Según el autor, el presidente Salvador Allende le manifestó durante una entrevista: “Bolivia retornaría soberana a las costas del mar Pacífico (…) No les pedimos nada, queremos solamente reparar el despojo cruel del que ha sido víctima el pueblo boliviano”. Citado por Andrés Soliz Rada, “Allende, el presidente solitario”, Bolpress.com, 18 de mayo de 2003, La Paz, Bolivia. No obstante, el profesor Pedro Godoy, del Centro de Estudios Chilenos (CedECh) niega incluso este matiz. Considera que el gobierno de la Unidad Popular reiteró el tradicional antibolivianismo de las clases tradicionales de su país. Conf. Pedro Godoy, Chile versus Bolivia, otra mirada, Ediciones Nuestramérica, Santiago de Chile, 2004, pág. 73 y ss.)
, han ignorado los permanentes reclamos bolivianos. El golpe militar de Augusto Pinochet deasbarató, en un primer momento las intenciones del presidente asesinado en La Moneda. No obstante ello, “lo anterior no constituyó un óbice para que el propio Pinochet, consciente de los problemas que causa a Chile el encierro boliviano, hubiera buscado resolver el conflicto mediante el abrazo de Charaña, protagonizado con Banzer, en 1975” (Andrés Soliz Rada, op.cit.). En 1978 se interrumpieron las relaciones diplomáticas y todo intento por parte de Bolivia de elevar el tema a la consideración de la OEA o a la intermediación de otros países suramericanos ha sido radicalmente rechazado por Chile, quien considera al problema como de índole estrictamente bilateral, tal como destempladamente se lo expresara el actual presidente Ricardo Lagos –que supuestamente sería el heredero de la tradición política de Salvador Allende- al presidente Carlos Mesa, en la última cumbre hispanoamericana, realizada en Monterrey, México.

El justificado encono boliviano ante la cerrada negativa de Chile a dar una respuesta al tema de la mediterraneidad ha tenido diversas repercusiones, no sólo en el nivel de las relaciones entre ambos países, sino en el seno de la comunidad suramericana.

La sospecha de que Argentina estaba vendiendo gas boliviano a Chile, durante el invierno y la primavera de 2004, puso al rojo la situación energética de ambos países. No sin razón, una buena parte de la opinión pública del Altiplano está convencida de que tanto Repsol como Petrobrás tercerizan la venta de gas boliviano a Chile, generando una enojosa situación en la que quedan involucradas las propias autoridades brasileñas, sospechosas de avalar la situación.

Una buena parte de los países del Cono Sur, entre los que se incluye Venezuela y Brasil, han dado su apoyo a la candidatura del chileno José Miguel Inzulza a la presidencia de la Organización de Estados Americanos. El tema no carece de importancia dado que esta candidatura se enfrenta a la del salvadoreño Francisco Flores, sostenida por los EE.UU. El problema se complica ya que México también aspira a presidir la OEA con su candidato Luis Ernesto Derbez. Para los países suramericanos la candidatura de Inzulza garantizaría que la titularidad de la organización quedara en un representante de la región y la unanimidad es el mejor argumento a la presión norteamericana por su candidato títere. Bolivia, por las mismas razones antedichas, se niega a dar su apoyo a Inzulza, en el convencimiento de que el actual ministro del Interior chileno reiterará desde la presidencia de la OEA la tesis chilena sobre la exclusiva bilateralidad del conflicto con Bolivia.

Esta tensión ha provocado la aparición de un nuevo candidato suramericano, el peruano Manuel Rodríguez Cuadros, actual canciller de Alejandro Toledo. Un candidato peruano, por su mera nacionalidad, recibiría el inmediato apoyo de Bolivia. Según El Mercurio de Santiago de Chile: “El país altiplánico ha dicho insistentemente que apoya al mexicano Derbez, pero que cambiará su voto si Perú presenta candidato, en un intento por conseguir que el gobierno del Rímac no dé su apoyo a Insulza. Los intentos de Bolivia por sacar a Insulza del camino han sido vastos, toda vez que ha utilizado a la OEA como el principal organismo multilateral para presentar sus aspiraciones marítimas. De hecho, ya ha logrado 10 resoluciones en su favor, por lo que un eventual triunfo del ministro del Interior chileno complicaría el destino de sus demandas” (El Mercurio, Santiago de Chile, Domingo 13 de febrero de 2005, nota firmada por Pamela Aravena Bolívar.)
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La existencia de dos candidaturas de la región no es buena para la unidad política suramericana. El intento de imponer en la OEA, por primera vez en su historia, un presidente que no cuenta con el apoyo norteamericano se ve debilitada por el histórico reclamo boliviano y por una clase política chilena que prefiere salir a buscar el huidizo y costoso apoyo de los países integrantes del CARICOM, que blanquear y responder a Bolivia con los ojos puestos en la unidad de la región, más que en el pequeño chovinismo provinciano.

No obstante, tanto en el caso del conflicto entre Colombia y Venezuela, como en el de Chile y Bolivia, la resolución parecería venir del lado del verdadero y concreto proceso integrador que viven las economías regionales y sus poblaciones vinculadas a ellas.

Fue la crisis que la ruptura de relaciones comerciales decretada por Miraflores produjo en la economía de la región colombiana fronteriza con Venezuela lo que apresuró el llamado de Uribe a Fidel Castro y la rápida detente del conflicto. La integración de nuestros países no es ya solamente una apelación moral sino que surge de su propia vida económica.

De la misma manera, la II región chilena, la antigua Atacama boliviana tiene profundos lazos comerciales y económicos con la región boliviana aledaña. Como dice Pedro Godoy: “Un enclave portuario boliviano implica un vigoroso polo de prosperidad ahora incrementado por el tránsito, recepción, envasaduría y despacho del gas de Tarija. Es indispensable para superar la decadencia de nuestro norte. En otra esfera la economía de Chile padece de hambruna energética. El norte del país sufre déficit de agua dulce para consumo y regadío. Mi Cancillería está obligada a negociar. Tendrá que terminar su añoso maridaje con el dogmatismo patriotero” (Pedro Godoy P., Chile versus Bolivia, otra mirada, Ediciones Nuestramérica, Santiago de Chile, 2004, pág. 57.)
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Y no faltan en la región iniciativas tendientes a disolver el enfrentamiento y ofrecer respuestas al reclamo boliviano. La intensa continentalización de las economías, el impulso de los países atlánticos hacia los puertos del Pacífico ha generado en la región iquiqueña un reclamo hacia La Moneda para facilitar e intensificar el intercambio con el país vecino. Cada vez más se hace evidente que una generosa respuesta chilena al reclamo del Palacio Quemado solamente favorece al bloque suramericano y a las poblaciones y economías vinculadas al nudo fronterizo.

De modo paulatino se tiene que ir haciendo conciencia en los gobiernos y en los políticos suramericanos, en su prensa y en sus cancillerías que la constitución de una entidad política aglutinante y superior, permitirá resolver estos añejos problemas antes que se constituyan en causales de una nueva y dramática balcanización.

Por Julio Fernández Baraibar

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