13 de enero de 2006

El cadáver del señor Valdemar

Buenos Aires, 21 de setiembre de 2005.

No faltan, en esta proliferación de novedosas teorías sociales y políticas que ha caracterizado los últimos veinte años, quienes han decretado la muerte histórica de la oligarquía, junto con la de los estados-nación, la independencia nacional, las clases sociales y, por supuesto, la lucha de las mismas por imponer su hegemonía sobre el conjunto de la sociedad.

Según sus corifeos, el proceso de planetarización de la economía imperialista ha disuelto las antiguas estructuras sociales que sostenían a las sociedades semicoloniales y, con ello, a sus viejas clases dominantes. En su reemplazo, afirman, una nueva casta de gerentes universales impone sus criterios, determinados por modernos paradigmas técnicos, disuelve los antiguos privilegios y moderniza las arcaicas y parasitarias formas productivas.
La oligarquía argentina, formada alrededor de los grandes invernadores, los terratenientes de la pampa húmeda y el sistema de consignatarios y exportadores, ha monopolizado el humus pampeano –uno de los principales recursos naturales de la Argentina, por su extensión y fertilidad- desde las Mercedes Reales en tiempos de la colonia y por medio de una apropiación forzada ya en épocas independientes, y ha determinado, desde 1810, el destino de los argentinos, lo que llevó a Sarmiento a afirmar que en nuestro país “las vacas dominan la política”.
Esa clase social, lamentamos informar a sus necrólogos, lejos de haber desaparecido, se mantiene viva, como el espantoso cadáver hipnotizado del señor Valdemar, y continúa exigiendo su libra de carne al resto de la sociedad del Plata. Sostenida a lo largo de casi doscientos años por su incorporación privilegiada al mercado mundial, el llamado proceso de globalización no ha hecho sino endurecer su situación monopólica, ampliar su participación en el PBI y dar alas a su soberbia y voracidad.

Las recientes manifestaciones de la Confederación de Asociaciones Rurales de Buenos Aires y La Pampa (CARBAP), que, junto con la Sociedad Rural, constituye el núcleo duro del sector más antinacional y rentístico de la tradicional oligarquía argentina, están haciendo evidente que, como en 1945 o en 1973 no están dispuestos a ceder ni uno sólo de sus despreciables privilegios y advierten amenazadores sobre lo que podrá ocurrir después de las elecciones del 23 de octubre.

Frente al acuerdo alcanzado por el gobierno con la industria frigorífica y los supermercados para mantener por tres meses el precio de la carne, estos personeros oligárquicos proclaman su total prescindencia acerca de las preocupaciones y desvelos de la inmensa mayoría de nuestros compatriotas y reivindican su saqueo sobre nuestros bolsillos en nombre de… ¡el libre juego de la oferta y demanda en el Mercado de Liniers! A la vez, definen el acuerdo como “una medida compulsiva de vieja usanza enmarcada en una fallida política, que en su aplicación ha demostrado el fracaso de la misma”. Y como si esto fuera poco afirman que “el alza inflacionaria (es) provocada principalmente por el incontenible aumento de gasto público, difícil de detener por parte del Ministro de Economía de la Nación”.

Queremos alertar que, como en 1955 y en 1976, estos parásitos repudian todo intento de poner al Estado Nacional al servicio del interés común de los trabajadores y el pueblo argentinos y que han comenzado a mostrar los colmillos de su odio y avaricia. En el momento en que el fracaso, sangriento y doloroso para el conjunto de la población, de la política que estos oligarcas sostuvieron, aplaudieron y defendieron durante los últimos treinta años, lleva al gobierno a asumir tímidas e insuficientes medidas para evitar el injustificado aumento de precios, amenazan como lo hicieran –repito, porque la memoria es frágil- en 1976 con un paro ganadero, con dejar de enviar animales al mercado interno, un típico e histórico prolegómeno de toda provocación golpista en la Argentina.

Queremos alertar, tanto a los trabajadores y al pueblo, como al propio gobierno, que en la distracción de la campaña electoral, la oligarquía ganadera, la enemiga histórica del progreso, el bienestar y la libertad de la Argentina, se prepara para dar una batalla por sus injustos e injustificados privilegios. Y como tenemos memoria y la hemos visto actuar a lo largo de cuarenta años sabemos de lo que son capaces cuando sienten que un gobierno no expresa su omnímoda voluntad: lo voltean e imponen una salvaje dictadura en nombre del libre juego de la oferta y la demanda y el ahorro público. Ya la tuvimos en 1955 y en 1976. Es más, todavía no hemos terminado de salir completamente de ellas.


El cadáver insepulto del señor Valdemar debe morir definitivamente para que el pueblo argentino pueda vivir.

Por Julio Fernández Baraibar