3 de diciembre de 2011

Historia de la Nación Latinoamericana, el libro

La oficina de prensa del presidente de la República Bolivariana de Venezuela, un día antes de la reunión de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), publicó una foto de Hugo Chávez, concentrado y leyendo un libro cuyo título y autor se podían leer, así como se veía claramente el retrato del autor en la contratapa. Se trataba de la primera edición de Historia de la Nación Latinoamericana, de Jorge Abelardo Ramos, aparecida en el año 1968. Pero la vinculación de Chávez con el libro no terminó en esa foto. Al día siguiente, en conversación con nuestra presidenta Cristina, Chávez saca nuevamente el libro, lo pondera y llega a leer, con fruición evidente, un breve párrafo referido a cómo celebró Buenos Aires, en 1824, el triunfo de Ayacucho. En el diálogo con Cristina, ésta le cuenta brevemente quién había sido Ramos y comenta que en las elecciones de 1973, que dieron el triunfo a Perón, el FIP -el partido de Ramos- había llevado la fórmula Perón-Perón en sus boletas y que casi un millón de ciudadanos y ciudadanas había elegido votar al viejo caudillo con esa boleta.

El 2 de diciembre, en el discurso de apertura de las deliberaciones del CELAC, ante los treinta y tres representantes de los pueblos latinoamericanos y caribeños, todos, desde el sur del Río Grande hasta la base Marambio en la Antártida, el presidente venezolano sacó nuevamente el viejo volumen, volvió a mencionar a su autor, ahora con los datos aportados por Cristina, y leyó el mismo párrafo de las celebraciones porteñas en 1824.

Recuerde el lector que para introducir a Bolívar en el Brasil, un país que por razones conocidas no había sentido su influencia política y espiritual, Chávez puso varios millones de dólares, en el año 2006, para la escola do samba de Vila Isabel. La escola desfiló por el sambódromo al compás del tema “Loco por tí, América”, con una gigantesca estatua en papier maché del Libertador Simón Bolívar. Demás está decir que la Escola do Samba de Vila Isabel obtuvo el primer premio del carnaval de aquel año y la figura de Bolívar entró en cada uno de los televisores brasileños y del mundo entero.

¿Qué sentido tiene, entonces toda esta notoria puesta en escena del libro Historia de la Nación Latinoamericana por parte de este genial propagandista que es el comandante Chávez?

Empecemos por ver de qué trata el libro en cuestión.

En 1949, a los veintiocho años, Ramos publicó América Latina, Un país. El libro no se extiende mucho sobre la historia política del continente, sino sobre la argentina, y contiene imprecisiones que el autor corregirá y precisará en sus obras futuras. Pero entre sus mayores aciertos -además de la interpretación del peronismo desde una perspectiva marxista revolucionaria- está sin duda el título mismo. Considerar en 1949 que América Latina era un país podía significar una invitación al chaleco de fuerza o una condena al más absoluto aislamiento del mandarinato cultural de la oligarquía. Los fragmentos de Hispanoamérica se trataban entre sí con la misma distancia y frialdad con que cada uno de ellos se relacionaba con Alemania, Suiza o Finlandia. En esa concepción que rigió hasta no hace tanto, Costa Rica o Haití, Bolivia o Guatemala eran naciones como lo eran Francia o Polonia.

Pero recién en 1968, con el libro que Hugo Chávez tenía en sus manos, Jorge Abelardo Ramos logró desarrollar, en su plena madurez, su visión histórico-política sobre el continente y sus docenas de pequeños y débiles países. Dice en el prólogo: Nos propusimos averiguar si América Latina es un simple campo geográfico donde conviven veinte Naciones diferentes o si, en realidad, estamos en presencia de una Nación mutilada, con veinte provincias a la deriva, erigidas en Estados más o menos soberanos”. Y logra demostrar que el futuro de la unidad latinoamericana está signado desde el inicio mismo de su vida independiente.

Y más aún, afirma y demuestra que, antes de la Independencia, las condiciones impuestas por la corona española sobre el Nuevo Mundo determinaban que la región debía ser una sola y gran Nación.

Se remonta al origen mismo del reino de España y su lenta ocupación del territorio ocupado por los árabes. Interpreta el fracaso del proyecto unificador y modernizante de la unión de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón y cómo una aristocracia parásita, ociosa y retrógrada sumerge a España en un pozo histórico del que tardaría siglos en levantarse. Con pluma magistral describe el modo como la riqueza extraída a América, sobre el trabajo esclavo de su población originaria y africana pasa de largo por España, para terminar en las arcas de los financistas flamencos, mientras Europa vive un novedoso proceso inflacionario.

La colonización española generó, afirma Ramos, las condiciones para constituir una nación hispano-criolla, con unidad de lengua, mercado y territorio, aún cuando el atraso precapitalista y la voracidad de las burguesías comerciales de los puertos atentaban contra la misma.

Recoge los escritos del Precursor Francisco de Miranda y de toda la intelectualidad criolla que iluminó con proclamas y manifiestos las guerras de Independencia. Encuentra en la obra y la acción militante de Manuel Ugarte los antecedentes de ese magno proyecto.

Ramos analiza de qué manera ese proyecto originario que expresaban Artigas, Bolívar y San Martín fue deteriorándose y agonizando; qué intereses concurrieron para que el proyecto se fragmentase, para que esas grandes visiones continentales que caracterizan la prosa de Bolívar terminaran en pequeñas e impotentes repúblicas dotadas de todos los elementos formales que caracterizan al estado burgués, pero de ninguno de sus elementos constitutivos materiales. Son pequeñas repúblicas que actúan como estados burgueses, pero no tienen la base material para serlo y, por lo tanto, se convierten en correa de transmisión de las políticas imperialistas.

Pero además Historia de la Nación Latinoamericana abre una implacable crítica a dos terribles errores políticos que azotaron nuestro continente, con efectos perniciosos y letales: el “cubanismo y el mito de la lucha armada”.

En este libro, Jorge Abelardo Ramos da un debate profundo –ideológico y político- para intentar explicar y aclarar a las nuevas generaciones que la táctica guerrillera y el reduccionismo político de la lucha armada llevaban a toda una generación a un matadero sangriento.

Las clases medias universitarias del continente, según el punto de vista de Ramos y de la Izquierda Nacional -la corriente política que creó y dirigió-, idealizaron como un nuevo demiurgo histórico la figura del guerrillero. Es el guerrillero el que debe introducir en los campesinos la idea del levantamiento socialista y que, a través de su sacrificio, –heroico y desinteresado-, logra redimir al conjunto del género humano.

Ésta es la ideología latente en este cubanismo que caracterizó a los años ’60 y que Ramos critica en la parte final de Historia de la Nación Latinoamericana. Y esta fue la ideología política que terminó en el proceso de las guerrillas campesinas y urbanas que tuvo lugar en los distintos países de América Latina, incluidos Argentina y Uruguay, durante los años 60 y parte de los 70.

En 1973, apareció una segunda edición, en dos tomos. Posteriormente el Senado de la Nación publicó una edición, con algunas correcciones formuladas por el autor antes de su fallecimiento.

Y este año, como presintiendo el alcance y repercusión que el libro alcanzaría -ser citado nada menos que en la Cumbre de Estados Latinoamericanos y del Caribe- Ediciones Continente lo ha lanzado nuevamente a las librerías.

En 2007, el secretario de Cultura de la Nación, Jorge Coscia hizo un documental, en cuatro capítulos de cincuenta minutos. Se trata de una versión audiovisual que logra transmitir con acierto los puntos de vista, la argumentación y el mensaje del libro.

En 1806, las tropas napoleónicas ocupaban el territorio alemán, dividido en una miríada de miserables principados, ducados y baronías, impotentes y con una población empobrecida y sin horizonte. Mientras Francia ponía en marcha su revolución burguesa y el Reino Unido se lanzaba ya a una industrialización fundada en el saqueo colonial, el antiguo imperio Romano Germánico dormía una bucólica siesta agraria, sus sembradíos eran hollados por tropas extranjeras y su sórdida aristocracia cazaba ciervos y acosaba rubias doncellas campesinas. En ese momento, un humilde e inteligente hijo de la Sajonia, en el límite oriental de la tierra tudesca, Johann Gottlieb Fichte, publicaba sus célebres “Discursos a la Nación Alemana”. Con los instrumentos ideológicos de su época propuso a sus contemporáneos la creación de un estado nacional para los alemanes. Apeló a los sentimientos patrióticos de sus contemporáneos e intentó movilizar a su pueblo para poder irrumpir en la historia moderna. Y cuando se inició la guerra de liberación del yugo francés, no vaciló en unirse a la milicia para sostener con la bayoneta lo afirmado con la pluma. Pasarían, no obstante, más de cincuenta años, hasta que el privilegio aristocrático y el miserable aislamiento de los príncipes fuese aplastado con puño de hierro por Bismarck.

Hace cuarenta y tres años, Historia de la Nación Latinoamericana de Jorge Abelardo Ramos propuso a sus contemporáneos -los jóvenes que en aquella época nos iniciábamos en la lucha política- la reconstrucción de un gran estado continental, apelando a la historia de nuestra emancipación y al imperativo que exigía, ya entonces, el futuro. Como Fichte, Ramos no pudo ver la victoria de su llamamiento. El nuevo siglo, nuevos y extraordinarios dirigentes políticos, nuevas generaciones han comenzado a reconocer el mandato. Aunque algunos periodistas desmemoriados y abúlicos olviden el nombre de esta obra, aunque se intente oscurecer la memoria de su autor, Historia de la Nación Latinoamericana es ya la proclama y la guía de esta Patria Grande que hemos comenzado a consolidar.

Buenos Aires 3 de diciembre de 2011

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