22 de marzo de 2011

Dos años después del 2008

Como nunca el destino de las provincias se juega en la Nación

En algún otro lugar hemos sostenido que la sorpresa ha sido una de las características del período iniciado con la asunción de Néstor Kirchner a la presidencia de la República. Y las últimas semanas no han hecho más que confirmar ese punto de vista.

En junio de 2008, el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner y el proyecto político llevado adelante desde el 2003 sufrieron un rudo embate electoral. Eran las elecciones legislativas inmediatamente anteriores a las presidenciales. La oposición, recuerdan, obtuvo una miserable mayoría, lograda sobre la base de un rejunte mistongo de gorilas de todo pelaje. Tocaban el cielo con las manos. El rostro demacrado de una democracia mancillada recuperaría sus rubicundos colores gracias a esta chalupa de náufragos, que impondría su voluntad desde la Cámara de Diputados.

Y no les faltaba antecedentes a estos zombies opositores. Todos los gobiernos, desde 1983, que obtenían un resultado adverso en sus últimas elecciones legislativas se limitaban, en los dos años de gobierno que les quedaba, a vaciar los cajones, a romper los documentos comprometedores y prepararse para volver a la tranquilidad y rebeldía del llano. Estos pasajeros de la barca de Carontes -el remero del infierno que transportaba los cadáveres sobre el Aqueronte para alcanzar el reino de Hades- pensaron que con un par de votaciones paralizarían al gobierno nacional. Llegaron a suponer que podrían determinar la política jubilatoria y votaron un 82 % móvil que ni siquiera contó con el apoyo de los interesados. Con eso suponían -y los medios monopólicos les ayudaban a creerlo- que, extenuada por su resistencia y sus presiones, Cristina abandonaría la pelea, replegaría su política y terminaría como Don Segundo Sombra: yéndose “como quien se desangra”. Esa había sido la constante en la política argentina.

Lejos de ello, Cristina y Néstor redoblaron sorprendentemente su apuesta y comenzaron una ofensiva política que arrasó con los intentos de la rejuntada oposición. Cristina modificó el gabinete, elevó al Congreso la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, movilizó a miles y miles de ciudadanos en todo el país para discutir esa ley y, con el gran superávit fiscal más los fondos recuperados de las AFJP, sancionó la Asignación Universal por hijo. Néstor, desde su lugar político, convocaba y unía las fuerzas capaces de sostener ese proyecto.

Conjuntamente, Cristina comenzó con los preparativos de una notable batalla cultural, tendiente a restablecer los ejes nacionales y populares en el gran debate público, buscando el convencimiento de miles y miles de argentinos y argentinas que, por primera vez, se acercaban a la actividad política. El punto culminante, más no el único, fueron las celebraciones del Bicentenario de la Revolución de Mayo. Los homenajes a la Batalla de la Vuelta de Obligado fueron el otro momento central de esa campaña por reconquistar para el sentido común nacional y popular el espíritu de nuestros compatriotas.

Mientras tanto, la economía de nuestro país, caracterizada por su permanente sucesión de crisis recurrentes -de origen externo e interno-, atravesaba el proceloso remolino de la bancarrota financiera mundial sin sacudones, ni vueltas de campana. Creció a ritmos que antes se consideraban asiáticos y los argentinos tuvieron un verano que recordó, por la intensa movilización turística, a aquellos años de la década del cincuenta, cuando millones de argentinos pudieron conocer el mar.

A su vez, esa legión perdida de políticos regiminosos se fue apagando en vitalidad, lozanía y vigor. Los maquillajes se fueron escurriendo y apareció el abominable rostro de la vieja partidocracia gorila. La Mesa de Enlace, otrora rampante, comenzó a arrastrar penosamente los pies, mientras la inteligente política del Ministerio de Agricultura y Ganadería quebraba la innoble unidad de la Federación Agraria con la Sociedad Rural Argentina.

El llamado Peronismo Federal, ante el agotamiento y descrédito de su agónico campeón, Eduardo Duhalde, salió a buscar la candidatura de un gorila unitario como el actual jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, un tirifilo inepto y basto, al borde del juicio político. Pino Solanas ofreció sus servicios a Luis Juez, en Córdoba, y a Binner, por un lado, y Giustiniani, por el otro, en Santa Fe. Como en las obras de rellenado, lucía en su remera un cartel anunciando: “Se recibe tierra”. La señora Carrió, entre charla y charla con Dios, se pasó dos años anunciando catástrofes que nunca ocurrieron, tal vez porque Dios no la toma muy en serio y, en sus conversaciones, simplemente se limita a cargarla. La UCR, tironeada por la creciente insignificancia de Cobos y el esfuerzo emulativo de Alfonsín hijo, intenta asumir el papel de oposición sensata exigiendo todo lo que fueron incapaces de llevar adelante en las oportunidades en que fueron gobierno.

El duelo público por el fallecimiento de Néstor Kirchner hizo evidente que todo ese esfuerzo no se había realizado en vano. Apareció a la luz del día un fuerte sentimiento de convencida y militante admiración hacia el ex presidente y de decidido apoyo político a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. La participación popular y festiva del bicentenario se convirtió en compromiso político.

Se sentía que Cristina había recuperado, desde el primer momento, la iniciativa política. Se presentía que los resultados de una política económica exitosa a la larga repercutiría en el apoyo popular.

Cristina, con la ausencia definitiva de Kirchner, decidió mantener las elecciones escalonadas en algunas provincias. Aunque en un principio algunas habían estado dirigidas a marcar independencia frente a la conducción de Néstor Kirchner, el cambio de situación permitió que fuesen usadas para apreciar el estado general de la opinión pública.

Y Catamarca dio el primero y sorprendente -una vez más- resultado. Con una aparición de Cristina durante la campaña, la senadora Lucía Corpacci derrotó el aparato electoral del radical cobista que mantuvo a su provincia alejada de los progresos generados por la administración central. El gobierno ganaba la primera prueba.

En Chubut las fuerzas kirchneristas habían sido de una gran debilidad. El manejo de Das Neves de la maquinaria electoral justicialista, su ambición presidencialista y su alianza con las empresas petroleras habían imposibilitado la aparición de una formación política que expresase al gobierno nacional. En las últimas elecciones el kirchnerismo había sido débilmente representado por el partido Socialista Auténtico, cuya dirección provincial no comparte los lineamientos del partido a nivel nacional, alineado con la política opositora de Solanas. La aparición del intendente de la segunda ciudad de la provincia, Puerto Madryn, dio lugar a la constitución de un Frente para la Victoria, claramente kirchnerista o, si se quiere, cristinista. La paridad de los resultados y la flagrante manipulación fraudulenta de votos cometida por el aparato dasnevista hizo evidente que la carrera presidencial del gobernador había muerto antes de nacer. El escrutinio aún no ha terminado y es muy posible, si la justicia electoral chubutense no es un mero títere del oficialismo, que Eliceche sea el próximo gobernador de Chubut.

Con este espíritu y con estos resultados se inicia la decisiva campaña electoral de este año. Hay un frente nacional y popular en formación y crecimiento. El principal y casi único objetivo es asegurar el triunfo de Cristina, que oportunamente anunciará su candidatura. Han aparecido nuevos electores, nuevos votantes, ante los cuales será sumamente peligroso acudir a los viejos mecanismos partidocráticos. Es muy probable que muchas conducciones provinciales, de larga data en el ejercicio del poder, sean también puestas a juicio en la militancia por Cristina Fernández de Kirchner. Es muy grande la responsabilidad de los dirigentes provinciales. Sus prestigios locales deberán ponerse al servicio del triunfo nacional. Una duda en este punto puede ser muy peligrosa, tanto para esas conducciones, lo que sería secundario, como para la victoria de la Presidenta.

También en estas elecciones se librará una amplia y profunda batalla cultural en la que, como nunca, el progreso y el bienestar de las provincias está sujeto al progreso y bienestar del conjunto del país.

Buenos Aires, 21 de marzo de 2011

6 de marzo de 2011

Una biografía esencial para el siglo XXI

Abelardo Ramos

De los astrónomos salvajes a la Nación Latinoamericana

La Izquierda Nacional en la Argentina

Enzo Alberto Regali

Ediciones del Corredor Austral y Ferreyra Editor

2010, Córdoba

En los últimos años, a partir del inicio del siglo XXI, el nombre y las ideas de Jorge Abelardo Ramos han vuelto a circular, cada vez más profusamente, en la política argentina. La labor de un político e intelectual que escribió en la segunda mitad del siglo XX, bajo condiciones nacionales e internacionales completamente distintas a las de este siglo, ha vuelto a recorrer las páginas de opinión de los diarios, los discursos de los funcionarios y las discusiones de la militancia política. Hasta el diario La Nación, especialista en el fino arte de detectar amigos y enemigos, se hizo eco de este renacimiento llegando a atribuir a Ramos y sus ideas una influencia sobre el gobierno de Cristina que, aún como hipérbole, nos llena de satisfacción.

Posiblemente como reflejo de esa reaparición de Ramos acaba de salir el libro que estamos comentando. Se trata de un volumen de más de quinientas páginas, con un extenso e interesante aparato crítico, con una amplia bibliografía, en el que se presenta, por primera vez de manera sistemática, la vida de Ramos, la génesis de su pensamiento y, sobre todo, el desarrollo y la evolución de la Izquierda Nacional.

Su autor es un profesor nacido en Santa Fe, residente desde hace años en Córdoba y antiguo militante de las formaciones partidarias creadas por Ramos a lo largo de su activa vida política. Enzo Alberto Regali expone, después de una importante investigación y con gran profusión de fuentes bibliográficas y testimoniales, un tema que conoce por experiencia propia, del que ha sido parte activa y al que aborda con objetividad y pasión.

El libro “Abelardo Ramos” se estaba haciendo necesario en la política argentina. Fallecido en 1994, este hombre notable sufrió, como tantos otros patriotas, el olvido y hasta el juicio despectivo de los grandes medios, a los que, por otra parte, despreció olímpicamente. Los avatares de la política argentina posterior a la dictadura cívico-militar de Videla y Martínez de Hoz oscurecieron su influencia, confundieron su memoria, dejando la impresión de que su sistema de pensamiento y su legado político habían perdido actualidad. El siglo XXI cambió ese cuadro injusto. La crisis generalizada del sistema neoliberal y del Consenso de Washington, así como el acelerado proceso de integración del continente suramericano que comienza, justamente, a partir del nuevo siglo generaron nuevas condiciones en toda Latinoamérica y las originales ideas de Ramos volvieron por los fueros que le habían sido negados durante años.

Hay interesantes hallazgos en la investigación de Regali. La prehistoria de Jorge Abelardo Ramos y la difícil gestación de ese pensamiento en el seno de los minúsculos y cerrados grupos trotskistas de fines de la Década Infame encuentra aquí nuevos datos y una mayor luz. La relación política y personal con Aurelio Narvaja, el abogado santafesino dirigente del grupo Frente Obrero, con Alfredo Terzaga, el pensador cordobés o con Mauricio Prelooker, el economista porteño -a quien pudimos conocer al final de su vida en las cenas de la Oesterheld- está contada en la obra de Regali con nuevos matices y más rica información, así como las coincidencias y enfrentamientos con otros intelectuales de la época, como Liborio Justo y Héctor Raurich.

Regali pone también un justo equilibrio en la influencia que algunos de ellos tuvieron en la gestación del sistema de pensamiento que fue la Izquierda Nacional, balanceando algunas opiniones en boga que pretenden, sin basamento documental, menoscabar la participación de Jorge Abelardo Ramos en ese proceso.

Resulta también muy interesante la permanente referencia que el autor hace acerca de los hechos políticos tanto nacionales como internacionales que determinaron las condiciones concretas de estas reflexiones y decisiones políticas. Explica también, con datos novedosos, la cercana relación que existió entre Ramos y Jauretche en los años cincuenta, así como la inicial cercanía e influencia de ambos en el pensamiento de Juan José Hernández Arregui. Lo que las páginas de Regali traslucen no es sólo la biografía intelectual de un hombre, sino un fresco de toda una época: desde el inicio de la Segunda Guerra Mundial hasta la caída del muro de Berlín y la implosión de la URSS.

Desarrolla, para los lectores que no conocen su obra, los libros principales de Jorge Abelardo Ramos. Así, “América Latina, un país”, Crisis y Resurrección de la Literatura Argentina”, Revolución y Contrarrevolución en la Argentina” e “Historia de la Nación Latinoamericana” son analizados y presentados en cada uno de sus rasgos esenciales, destacando los aportes que los mismos significaron para la creación de un pensamiento nacional liberador latinoamericano.

Pero no se queda en los libros. Regali hace una muy interesante historia, con documentos de la época, sobre la creación de los distintos partidos y movimientos que a los largo de cuarenta años encabezó Ramos. Se mete en los a veces crípticos vericuetos de las discusiones, peleas y rupturas que vivieron esos partidos y realiza una sana crítica -que el tiempo transcurrido hace cada vez más necesaria- de muchos de los argumentos usados por tirios y troyanos en su momento.

Compartimos con Regali que lo principal del legado ramista lo constituye su luminosa concepción de la Nación Latinoamericana, quizás la propuesta más radical de todas las que elaboró a lo largo de su rica vida. También rescata con eficacia el planteo histórico de Ramos que toma al artiguismo y al posterior federalismo del interior como el eje de una interpretación que confronta con la del tradicional revisionismo histórico, destacando en esto la coincidencia con el historiador académico, y también víctima del olvido a sabiendas, Antonio J. Pérez Amuchástegui.

Sobre el final, Enzo Regali arriesga una interpretación – que seguramente abre una discusión imposible de zanjar- sobre las razones y motivos que llevaron a Ramos a persistir en su apoyo al presidente Carlos Menem. Regali opina que el conjunto del peronismo y, sobre todo, su electorado avalaba la decisión menemista y que el compromiso vital e intransigente de Ramos con el movimiento nacional nacido en el '45 lo conminaba a esa actitud.

Sobre esto se seguirá, con seguridad, escribiendo y proponiendo interpretaciones, condenas y elogios. Hay algo innegable, por cierto, en la interpretación de Regali. El mundo que Ramos y los que nos acercamos a él, a partir de los años '60, conocimos había llegado a su fin. El fracaso estructural de la URSS, su conversión casi incruenta al capitalismo, la desaparición del mundo originado en Octubre de 1917 terminó con un período de la humanidad. La victoria final del socialismo, un hecho que era indiscutible en los años '70, se había convertido en una profecía incumplida. El capitalismo, a través de una prodigiosa transformación científico-tecnológica, adquirió un nuevo impulso que, en los países semicoloniales, se convirtió en una nueva forma de dominación imperialista a través de los organismos internacionales de crédito y el capital financiero.

Si ello autoriza a echar por la borda la totalidad del sistema de pensamiento revolucionario heredado de los siglos XIX y XX y declarar muerta para siempre la posibilidad de una sociedad postcapitalista con control social sobre la producción y autogestión obrera son temas que han quedado abiertos para la discusión del nuevo siglo.

Pero la idea -y la necesidad- de construir una gran nación continental, con desarrollo económico y signada por formas avanzadas de justicia social, a la que Ramos dedicó la mayor parte de su vida, es en la actualidad la principal tarea para las nuevas generaciones. Jorge Abelardo Ramos supo preverlo con lustros de anticipación.

Regali expone con interés esta cuestión decisiva. Su libro es de lectura obligada para la nueva juventud que accede a la política, en condiciones muy distintas a las que se vivían en 1994, cuando Jorge Abelardo Ramos nos dejó para siempre.

6 de marzo de 2011.


Volveremos a Malvinas de la mano de América Latina”

El 28, 29 y 30 de septiembre de 2010, la Universidad de Lanús organizó el Primer Congreso Latinoamericano Malvinas, una causa de la Patria Grande. Entre otros participaron Andrés Solís Rada (ex ministro de hidrocarburos de Evo Morales), Pedro Godoy (historiador chileno), Guilherme de Aguiar Patriota (Ministro plenipotenciario, miembro de la Misión Permanente de Brasil en las Naciones Unidas y Asesor en Asuntos de Cooperación Internacional, además de hermoano del actual canciller brasileño), Williams Gonçalves (Profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad del Estado de Río de Janeiro y asesor del ex presidente Ignacio Lula da Silva), Sergio Rodríguez Gelfenstein (Magister en Relaciones Internacionales de la Universidad Central de Venezuela), Víctor Flores Olea (Docente universitario, diplomático y ensayista mexicano), Lázaro Rojas (Secretario General de la Federación Latinoamericana de Trabajadores de la Educación y la Cultura), Julio Piumato (Secretario de Derechos Humanos de la CGT), Andrés Rodríguez (Secretario General de la Unión de Personal Civil de la Nación), Guillermo Rossi (Ministro Plenipotenciario de la Dirección General de Malvinas e Islas del Atlántico Sur del Ministerio de Relaciones Exteriores argentino y el Dr. Mario Oporto (Director General de Cultura y Educación de la Provincia de Buenos Aires), Luis Vignolo de Uruguay, el escritor y periodista Roberto Bardini, el profesor universitario y ensayista Marcelo Gullo y yo.

Esta es lel texto de mi exposición presentada en una mesa redonda, junto con Roberto Bardini, Luis Vignolo y Sergio Rodríguez Gelfenstein, el 29 de septiembre.

Es verdaderamente un honor para mí el poder participar en estas jornadas en las que, creo que por primera vez en la Argentina, la causa de Malvinas, la causa nacional y latinoamericana de Malvinas entra a la Academia, Academia que se caracterizó, en los últimos cien años, por su gran aislamiento y una enorme incomprensión sobre los problemas profundos y estratégicos de la Argentina.

Es realmente importante que esta causa tome estado académico y que políticos, intelectuales, escritores, diplomáticos, profesores universitarios compartamos con los alumnos para analizar la trascendencia que tuvo la Guerra de Malvinas, las jornadas de Malvinas y lo que ello significó para los años que vinieron luego de 1982.

América Latina, como han dicho quienes me han antecedido, no era la América Latina que hoy estamos viviendo. El mundo de 1982 era un mundo cruzado, a lo largo y a lo ancho, por la tensión generada por lo que se llamó la Guerra Fría: el enfrentamiento político militar no cruento entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. Como se sabe era incruento en cuanto a las dos grandes potencias, pero tenía manifestaciones militares y cruentas en el mundo periférico, es decir, en el mundo que no estaba integrado ni por Estados Unidos, la URSS, Inglaterra o Europa.

América Latina estaba dominada, entonces, por dictaduras militares o por gobiernos que tenían un grado de relación, sobre todo económico, muy importante con Estados Unidos. La Argentina estaba gobernada por los militares que habían dado el golpe de Estado en 1976. El Uruguay estaba bajo una dictadura militar que había comenzado antes de 1976 y terminaría varios años después que la nuestra. La Guerra de Malvinas fue, como bien ha dicho Rodríguez Gelfenstein, una especie de rayo en una noche serena: inesperadamente un militar del Sur de voz ronca y altanera, hasta ese momento aliado estratégico de los EE.UU. en la lucha “contra el comunismo”, enfrentaba bélicamente a una de las grandes potencias militares y navales del mundo. Esto sorprendió de una manera impactante. Era algo que no se esperaba, que no entraba dentro de las previsiones y las posibilidades, puesto que, como he dicho, ese gobierno estaba sumamente comprometido con las políticas imperialistas, militares y agresivas que los Estados Unidos llevaban adelante en América Latina, sobre todo en Centroamérica.

De modo tal que la idea misma de que ese gobierno enfrentase por, lo que algunos llamaban, unos peñascos pelados sobre el Atlántico Sur, al principal socio militar y económico de los Estados Unidos no entraba dentro de ninguna profecía. Y, sinceramente, lo que caracteriza a nuestros países es nuestra inesperabilidad. Si en algún momento los latinoamericanos hemos avanzado, hemos logrado espacios, es cuando hemos sido inesperados. Cuando nos esperan, nos dan.

La reconquista militar de Malvinas recorrió América Latina. Los argentinos vivimos años bajo gobiernos para los cuales el principal enemigo militar de la Argentina era Chile o Brasil. Brasil vivía bajo una dictadura militar para la cual el principal y posible enemigo militar era la Argentina. Acabábamos de evitar, en el límite mismo de la conflagración, una guerra con Chile, guerra que, como dijo el general Jorge Leal, nuestro héroe antártico, hubiéramos perdido, simultáneamente, los argentinos y los chilenos. En esa guerra entre Argentina y Chile no ganábamos ninguno de nosotros, sino los intereses imperiales que iban a profundizar la balcanización del Cono Sur. Y, repentinamente, nos encontramos los argentinos y los latinoamericanos que un nuevo fervor de Patria Grande comenzó a recorrer el continente. Desde todas las capitales de América Latina surgieron voces políticas, intelectuales, religiosas y hasta militares apoyando, sosteniendo y defendiendo la causa de Malvinas.

No voy a repetir el papel jugado por Perú y el presidente Belaúnde, que nos acaba de recordar la ponencia de Juan Raúl Ferreira. Ese papel es algo que estuvo presente en el viaje último de Cristina a Perú y en su encuentro con el presidente Alan García. Como ustedes saben, la Argentina, gobernada por un hombre que, no tengan dudas ustedes, amaba mucho más el oro que el bronce, -y me refiero a Carlos Menem-, traicionó y pagó con ingratitud la lealtad y la solidaridad desplegada por Perú en la Guerra de 1982. Nuestra presidenta Cristina tuvo que ir a pedir disculpas: Señor presidente del Perú, pueblo del Perú, la Argentina les pide disculpas porque traicionamos la confianza y la solidaridad que ustedes nos brindaron en uno de los momentos más críticos y siniestros de nuestra historia.

La Guerra de Malvinas reinició una nueva visión integradora. Pero no sólo en América Latina, en general, porque es fácil hablar de Venezuela, Perú o países que uno conoce muy poco; sino que ocurrió en el seno de los argentinos de todos los sectores sociales.

De golpe, de la noche a la mañana, los argentinos, esos europeos implantados, como nos ven muchos amigos latinoamericanos, esos blanquitos de allá abajo que se creen que viven en París, nos dimos cuenta que lo único que teníamos para sostener nuestra causa patriótica eran los oscuros morenos de todo el continente que, con una sola voz, salieron a defender nuestra causa.

Y en esas jornadas los argentinos nos volvimos latinoamericanos, abandonamos nuestros aires de europeos exiliados, dejamos de pensar que solamente veníamos de los barcos y descubrimos que también veníamos de la cruza de indios y españoles y de esa forja de miles de razas que constituyó al ser nacional argentino.

Esa guerra no había sido decidida por los argentinos, sino por un grupo de militares usurpadores que, sólo dos días atrás, habían apaleado a decenas de miles de manifestantes en la plaza de Mayo. Sin embargo cuando quedó claro quién era el enemigo y con quién se estaba peleando, esos mismos argentinos apaleados concurrieron a la Plaza de Mayo a sostener la causa que se libraba en Malvinas, con la convicción de que era una causa justa y que el deber de ciudadanos era cerrar filas para lograr el triunfo de nuestras armas.

Esa guerra y ese espíritu latinoamericano que brota como un reguero de pólvora en toda América Latina tienen una consecuencia inmediata.

La llamábamos, entonces, la bomba neutrónica para usar en Malvinas. Era la deuda externa. Inmediatamente, como consecuencia de la guerra, las cancillerías de los países latinoamericanos comenzaron a discutir sobre qué pasaría si nos juntábamos todos los latinoamericanos y no les pagábamos la deuda externa, a ver qué hacían con las islas y con la flota inglesa del Atlántico Sur. Y eso fue, durante las décadas del 80 y del 90, una de las principales políticas de resistencia al imperialismo que tuvimos los latinoamericanos. El inicio de esa política fue en las jornadas heladas y duras de las Islas Malvinas.

La guerra de Malvinas nos ofreció, a su vez, uno de los espectáculos más inolvidables como fue el abrazo de Nicanor Costa Méndez, el ultraconservador canciller argentino, con Fidel Castro. Ver a Nicanor Costa Méndez, sus modales diplomáticos, su prosapia conservadora, su corbata de seda natural, posando su mejilla sobre las barbas de Fidel Castro es una imagen desopilante que no puedo sacar de mi memoria.

Era la OEA la que manejaba las relaciones y la representación del conjunto del continente. Y yo diría que como nunca, comenzó en esas jornadas la crisis de la OEA que va a terminar treinta años después con la virtual desaparición de la escena política internacional de ese organismo.

¿A quién le interesa, hoy por hoy, la OEA en América Latina? Hemos creado la UNASUR. ¿Qué es la UNASUR? Es la OEA sin Estados Unidos. Y basta, simplemente, que no esté presente Estados Unidos para que se pudieran abrazar, con desconfianza y mirada torva, el presidente Uribe de Colombia y el presidente Correa de Ecuador, después de que aquél agrediera vilmente a Ecuador. Pero bastó que no estuviera Estados Unidos para que en esa reunión de Contadora se produjera un acercamiento.

De la misma manera -y siendo secretario general de la UNASUR nuestro ex presidente Néstor Kirchner- se aplacaron los ánimos de guerra y se disipó la amenaza de un enfrentamiento bélico entre Colombia y Venezuela, enfrentamiento bélico que hubiera sido catastrófico. No solamente por los obvios resultados en víctimas humanas y en esfuerzos económicos dilapidados, sino porque hubiera plantado una guerra en el momento mas crucial e importante del proceso de integración latinoamericana que vivimos desde la batalla de Ayacucho. Un enfrentamiento armado entre Colombia y Venezuela hubiera significado una derrota aplastante para los esfuerzos de integración y esa posible carnicería de ciudadanos jóvenes y pobres -que son los que en general mueren en una guerra- hubiera sido un fracaso para Hugo Chávez, uno de los hombres que más ha luchado por esa integración.

De modo tal que Malvinas es una causa que, iniciada unilateral e inconsultamente, se convirtió en causa nacional latinoamericana, quizás la primera causa nacional latinoamericana. La única que es capaz de encolumnar al conjunto de nuestros pueblos y nuestros países con un enemigo claro, un enemigo extraterritorial. Un enemigo que, por otra parte, ha sido el tradicional enemigo de nuestro continente y el causante de nuestra balcanización y de nuestras divisiones. Que le pregunten si no a Luis Vignolo qué ha tenido que ver Inglaterra con la creación de la República Oriental del Uruguay.

Creo yo entonces, para terminar, que los argentinos y los latinoamericanos todavía le debemos a Malvinas un gran homenaje. Sería por ahí interesante que desde la UNASUR surgieran jornadas de Malvinas a lo largo y a lo ancho de nuestro continente: Venezuela, Ecuador, Brasil, Uruguay, Perú. Pero lo que sí es absolutamente claro, es que Malvinas es una cuestión nacional y latinoamericana y que, como cantábamos algunos en aquellas jornadas de 1982, “volveremos a Malvinas de la mano de América Latina”.

Universidad de Lanús, 29 de septiembre de 2010.