10 de enero de 2026

Carlos Pereyra y la Doctrina Monroe

El relanzamiento, por parte de Donald Trump, de la llamada Doctrina Monroe, ha vuelto a poner en circulación la vieja concepción imperial expansionista de los EE.UU. Por ello, se hace necesario reactualizar y poner en circulación los análisis y las críticas que el mensaje del quinto presidente de los EE.UU., James Monroe, el 2 de diciembre de 1823, hace doscientos dos años.

Carlos Hilario Pereyra (1871-1942) fue uno de los grandes intelectuales mexicanos posteriores a la Revolución Mexicana, con la que tuvo una muy mala relación. Contemporáneo de Rufino Blanco Fombona y Manuel Ugarte, participó del poderoso movimiento intelectual que enfrentó la leyenda negra sobre la colonización española, lanzada básicamente por el historiador escocés William Robertson, con su Historia de América (1777), y el estadounidense William H. Prescott, con Historia de la Conquista de México (1843) e Historia de la Conquista de Perú (1847). Estos libros, y el sentido común generado por ellos, convirtió a la presencia española en el continente americano como una pura orgía de sangre y explotación. Contra la opinión de los escritores anglonorteamericanos, defendió la obra de Bernal Díaz del Castillo y prologó su monumental Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. Fue, durante un breve tiempo, diputado, pero descolló en la diplomacia, tarea en la que ocupó importantes cargos como Secretario de la Embajada de México en Washington, encargado de negocios en Cuba, ministro plenipotenciario en Bélgica y Holanda y miembro del Tribunal Internacional de Arbitraje de La Haya en 1913. Como ha escrito Andrés Kozel:

“Pereyra ingresó en el servicio diplomático en las postrimerías del Porfiriato. Leal al régimen de Díaz hasta su disolución, en los albores del proceso revolucionario Pereyra escribió en contra de Francisco I. Madero. Debido a ello, apenas iniciada su presidencia, Madero lo cesó en su puesto en la legación mexicana en Washington. Pereyra no se quedó cruzado de brazos, sino que participó de la trama conspirativa contraria a Madero, secundando el golpe de Estado de Victoriano Huerta, el cual se fraguó –como es sabido– con la abierta participación del embajador estadounidense Henry Lane Wilson. Seguidamente, Pereyra pasó a integrar el gabinete de Huerta en calidad de subsecretario de Relaciones Exteriores. Duró poco en ese cargo: a mediados de 1913 partió a Europa, para desempeñarse como embajador ante Bélgica y los Países Bajos. Su salida de la escena mexicana parece haber estado relacionada a crecientes tensiones con Huerta, a quien había visto con buenos ojos al comienzo, pero no después. Pereyra no regresaría jamás a México. Caído el tirano, renunció a su cargo diplomático y, luego de pasar un tiempo en Suiza, se instaló en Madrid junto a su esposa, la poetisa María Enriqueta Camarillo. En la capital española daría a conocer la parte más importante de su obra”.

“La Revolución Mexicana fue para Pereyra una tragedia, que segó sus perspectivas diplomáticas y políticas, eventualmente inmejorables antes de noviembre de 1910. Haciendo un ejercicio contrafáctico, en «otros años diez» – esto es, los años diez de un México que hubiese podido resolver «de otro modo» la sucesión de Porfirio Díaz–, no es difícil imaginar a Pereyra como embajador en los Estados Unidos e, incluso, como canciller de México. Pero la Revolución lo trastocó todo, alejando en definitiva a Pereyra del país, y forzando de ese modo su consagración exclusiva a los estudios históricos. En rigor, y aun cuando Pereyra había publicado algunos estudios de calidad en los primeros años del siglo, su renombre como historiador proviene mayormente de los escritos dados a conocer en sus años españoles, es decir, desde 1916 en adelante”1.


Desde una perspectiva más conservadora y aristocratizante que nuestro Manuel Ugarte, Pereyra fue, a principios del siglo XX, una de las más claras voces en la denuncia del expansionismo norteamericano. Algunos de sus títulos dan cuenta de la pasión hispanoamericana del mexicano: La doctrina de Monroe: El destino manifiesto y el imperialismo (1908), El mito de Monroe (1914), Bolívar y Washington. Un paralelo imposible (1915), Tejas, la primera desmembración de Méjico (1917), Los dos polos de la diplomacia yanqui: la hipocresía y el miedo (1917), La constitución de Estados Unidos como instrumento de dominación plutocrática (1917).

El Mito de Monroe que tengo en mi biblioteca es un libro de 235 páginas, en cuerpo 8, publicado en Buenos Aires por una desconocida Ediciones El Búho en 1959. Esta fechado en Bruselas, julio-diciembre, 1914. El libro comienza con dos dedicatorias:

“A la memoria de Bolívar”

A la memoria de Sáenz Peña”


y una cita en inglés a un jurista inglés, Alfred Edward Randall:

Cuando Marx inventó la interpretación económica de la historia, forjó un arma que, hábilmente utilizada, puede destruir la mayoría de las reputaciones históricas y reducir a la mayoría de los héroes históricos al extremo del innoble Cassio, exclamando: «¡Oh, he perdido mi reputación! ¡He perdido la parte inmortal, señor! Lo que queda de mí es bestial»”.


Lo primero que hace Carlos Pereyra en su libro es desmontar el carácter o monolítico de la tal doctrina Monroe. Pereyra sostiene que, por lo menos, hay tres.

La primera es la que escribió John Quincy Adams, entonces secretario de Estado, para el discurso de Monroe, aquel 2 de diciembre de hace doscientos dos años. Según Pereyra, el párrafo del discurso de Monroe que da base al mito es el siguiente:

“En las discusiones a que ha dado lugar este interés y en los acuerdos con que pueden terminar, se ha juzgado la ocasión propicia para afirmar, como un principio que afecta a los derechos e intereses de los Estados Unidos, que los continentes americanos, por la condición de libres e independientes que han adquirido y mantienen, no deben en lo adelante ser considerados como objetos de una colonización futura por ninguna potencia europea...”

Y un poco más adelante:

“Con las colonias o dependencias existentes de potencias europeas no hemos interferido y no interferiremos. Pero con los Gobiernos que han declarado su independencia y la mantienen, y cuya independencia hemos reconocido, con gran consideración y sobre justos principios, no podríamos ver cualquier interposición para el propósito de oprimirlos o de controlar en cualquier otra manera sus destinos, por cualquier potencia europea, en ninguna otra luz que como una manifestación de una disposición no amistosa hacia los Estados Unidos”2.

Dice Pereyra, a propósito de esta eufónica declaración:

“Que el presidente Monroe haya dicho en 1823 ciertas palabras a guisa de comentario sobre acontecimientos que para nosotros ya no tienen significación ninguna, y que en los Estados Unidos haya habido cierta predisposición sentimental que hizo de aquellas palabras una fórmula de valor místico para conjurar peligros internacionales más o menos imaginarios: he ahí todo lo que se necesitaba para que naciese una fórmula mágica de la especie del tabú”3.

La segunda doctrina Monroe, según la propuesta de Pereyra, es, cito textualmente:

“la que ha pasado, como una transformación legendaria y popular, del texto de Monroe a una especie de dogma difuso de glorificación de los Estados Unidos, para tomas cuerpo finalmente en el informe rendido al presidente Grant por el secretario de Estado Fish, con fecha 14 de julio de 1870”4.


Este “dogma difuso” es el que comenzó a aplicarse

Y a continuación pone algo que, a la luz de los actuales acontecimientos, adquiere una luz reveladora:

“En 1895 se presenta una sencillísima y vulgar cuestión de fronteras entre Venezuela y la Guayan inglesa. Lo que es Venezuela paa los Estados Unidos, se ha visto antes de Castro, en tiempo de Castro y después de Castro5. ¿Qué humillaciones, para no emplear la palabra atropellos, no se encuentran excusables y justificables en la cancillería de Washington cuando se trata de la desventurada Venezuela? Bloqueo pacífico, bombardeos, batida en forma a Castro, como un jabalí de la especie de Zelaya, el de Nicaragua: todo se permite contra Venezuela cuya soberanía, atravesada de parte a parte, da compasión (…)6.

Fue justamente a raíz de un conflicto fronterizo entre Venezuela y la entonces Guayana Inglesa, hoy Guyana, que el Secretario de Estado William Olney, en la segunda presidencia de Grover Cleveland estableció lo que pasó a llamarse Corolario Olney a la Doctrina Monroe:

“En la actualidad, Estados Unidos es prácticamente soberano de este continente y sus órdenes son ley para los súbditos a los que limita su intervención. ¿Por qué? No es por la amistad pura o la buena voluntad que sientan por él. No es simplemente por causa de su alta reputación como nación civilizada, ni porque la prudencia, la justicia y la equidad son características invariables de los tratados de los Estados Unidos. Es porque, además de todas las otras razones, sus infinitos recursos unidos a su posición aislada hacen que domine la situación y qué sea prácticamente invulnerable contra las demás potencias”7.

Y Pereyra cita una expresión del gobernador y senador por Connectticut y descubridor de las ruinas de Machu Pichu, Hiram Bingham -quien es considerado como la inspiración del personaje Indiana Jones-:

“El pueblo americano ha querido creer y ha creído que la doctrina de Monroe pertenece a este código misterioso conocido pajo el nombre de ley internacional, y hay todavía muchas gentes, la mayoría, que creen tal cosa”8.

La tercera doctrina Monroe es, para nuestro autor,

“la que, tomando como fundamento las afirmaciones de estos hombres públicos y sus temerarias falsificaciones del documento original de Monroe, quiere presentar la política exterior de los Estados Unidos como una derivación ideal del monroísmo primitivo".9

Según el mexicano esto ya no sería una falsificación, sino una “superfetación”. Denomínase superfetación a una situación extremadamente rara en la cual una mujer queda embarazada de un segundo feto días o semanas después de ya estar embarazada, resultando en gemelos de diferente edad gestacional. Con la hipérbole quiere expresar Pereya la total distancia y separación entre el discurso de 1823 y la doctrina generada por los apóstoles del imperialismo norteamericano: William McKinley, Teodoro Roosevelt y Henry Cabot Lodge, el representante de la diplomacia del dólar, William Howard Taft, y el representante de la misión tutelar imperialista, financiera y bíblica, Woodrow Wilson.

Todo el libro de Carlos Pereyra es una exhaustiva y sistemática denuncia de la doctrina Monroe como una patraña, un invento que nada tiene que ver ni con Monroe, ni con el verdadero autor del texto, John Quincy Adams. Los EE.UU. comenzaron a diseñarla una vez que voltearon los escollos que impedían su desarrollo capitalista, con la guerra de Secesión. Al final de su libro Pereyra realiza algunas observaciones que tienen un asombroso parecido a nuestra experiencia contemporánea.

“Hay en la América del Sur tres corrientes de sentimiento:”

“1o) La vulgar, que por engreimiento con las adquisiciones de orden material realizadas en los últimos años, rechaza toda vinculación con los países débiles y desorganizados de la America española. Los megalómanos de esta fracción sudamericana, son los serviles que aplauden las bellaquerías de Roosevelt y se asocian a las infamias de Wilson. Son los mismo que hablan de «la Argentina y sus grandezas». Se dicen los yanquis del Sur, los australianos de América y alcanzan, en realidad, el nivel de insolencia que corresponde a todo advenedizo. Reniegan de la raza, se burlan de la tradición, Son espíritus fuertes. Su representante intelectual e inmoral es el doctor don Estanislao Zeballos, maestro del rastacuerismo diplomático”.

“2o) La corriente popular, pura, noble, generosa, que nace del instinto y se derrama dondequiera que la juventud y el pueblo dejan oir su voz vibrante. Tiene por apóstoles a los poetas, los que conocen la vida por obra de intuiciones geniales. Su representante es el héroe de una odisea continental sine ejemplo: don Manuel Ugarte”.

“3o) La corriente de los estadistas profundos, que tienen la prudencia de los hombres prácticos y la videncia de los poetas. Su numen es Bolívar; su hombre de estado Sáenz Peña. Ellos saben que los norteamericanos no llevan a la América del Sur sino el propósito de la absorción económica y de la dominación política, y que ayudarlos en esta obra es un suicidio, a menos que fracase el plan de los norteamericanos, y que, en tal caso, sus incautos secuaces sudamericanos se vean mezclados en las futuras contiendas de los Estados Unidos, cuando América oiga cañonazos europeos o japoneses”.10


Ciento un años después, los hispanoamericanos, como hubiera dicho Pereyra, nos encontramos exactamente en esta misma disyuntiva, pero con un mundo que es totalmente distinto al de 1914.

Buenos Aires, 10 de enero de 2026.
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1 Carlos Pereyra en los laberintos del desprecio. Notas para una sociología de los intelectuales antiimperialistas. https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/s0186602815000407#fn0030
2https://www.oas.org/sap/peacefund/VirtualLibrary/MonroeDoctrine/Treaty/MonroeDoctrineSpanish.pdf
3Carlos Pereyra, El Mito de Monroe, Ediciones El Búho, Buenos Aires, 1959, página 13.4Carlos Pereyra, ibídem, página 9.
5Pereyra se refiere aquí a Cipriano Castro, presidente de Venezuela entre 1899 y 1908. Durante su gobierno, en 1902 comienza el sitio naval a Venezuela, por parte de los países acreedores de la deuda cuya moratoria había declarado el presidente venezolano.
6Carlos Pereyra, ibídem, página 14.
7 Yoacham, Cristián Guerrero; Lira, Cristián Guerrero. Breve historia de los Estados Unidos de América, 1998, Editorial Universitaria, Santiago de Chile, página 175.
8 Carlos Pereyra, ibídem, página 15.
9 Carlos Pereyra, ibídem, página 9.
10Carlos Pereyra, ibídem, página 233 y 234.

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