30 de junio de 2007



El Retorno de la Bruja

Su paso por la política argentina fue un resultado, como tantas otras desgracias que azotaron al país, de la dictadura cívico militar de naturaleza oligárquica e imperialista que sufrimos a partir de 1976, conocida como “el Proceso”.
El nombramiento en la CONADEP, creada por Raúl Alfonsín en 1983, convirtió a la profesora de francés y Educación Democrática Rosa Graciela Castagnola de Fernández Meijide en una figura de injustificada repercusión política. Previamente la crueldad ciega y torpe de los esbirros de la dictadura habían secuestrado y hecho desaparecer, posiblemente por un error, a su hijo Pablo de 17 años.
Desde la actividad en defensa de los Derechos Humanos se perfilaron claramente sus atributos políticos: una adscripción fiel a los postulados demoliberales impuestos en el país por la Revolución Libertadora, un antiperonismo rampante, una gran ignorancia y un mal genio y autoritarismo que, de inmediato, la hizo merecedora del mote de “La Bruja”.

En 1991 junto a Chacho Álvarez, quien, rota por completo su vinculación con el peronismo, se había convertido en un adalid del “progresismo” porteño, la profesora, ya desaparecido el itálico Castagnola, Graciela Fernández Meijide aparece como fundadora del FREDEJUSO y se postula a la diputación por la ciudad de Buenos Aires, sin salir electa.

No obstante, quien sale electo en dichos comicios fue otro candidato del FREDEJUSO, esta vez a concejal porteño. En efecto, Aníbal Ibarra, un joven ex fiscal del juicio a la Junta Militar, accede al Concejo Deliberante y comienza la carrera que terminaría dramáticamente con el humo tóxico de Cromagnon.

El Frente del Sur, creado en 1992 para presentar a Pino Solanas a la senaduría de la Ciudad de Buenos Aires, tenía, como se sabe, dos sectores claramente diferenciados. Por un lado, el partido Encuentro Popular de Luis Brunati, uno de los diputados peronistas rebeldes al giro de Menem, el Partido de la Izquierda Nacional de Jorge Enea Spilimbergo y, en cierta medida, el Partido del Trabajo y el Pueblo –sigla legal del Partido Comunista Revolucionario de Otto Vargas- expresaban una línea de aproximación al movimiento de masas antimenemista, a los sectores más combativos de la CGT, que luego constituirían el MTA, y, en general, hacia los postulados nacionales, democráticos y antiimperialistas que habían caracterizado al peronismo. Por el otro, el partido Comunista, sectores del partido Intransigente, el Partido Humanista y diversos amigos personales de Pino Solanas, como Manuel Gaggero, Alcira Argumedo, Eduardo Jozami y Horacio González sostenían una tendencia progresista, democratista y alejada de las expresiones combativas de la CGT, un punto de vista en el que la oposición a Menem estaba muy mezclada con los prejuicios antiperonistas gorilas de la clase media porteña.

Pasadas las elecciones, el FREDEJUSO y, sobre todo, la extraña fascinación que Álvarez tenía sobre los progresistas de todo pelaje, logra que el Frente del Sur, ya sin la participación del Partido de la Izquierda Nacional, se incorpore a un nuevo Frente Grande. Las elecciones del año 93 llevan a “Graciela”, junto con Álvarez, a la Cámara de Diputados de la Nación.

Desde el parlamento y su bancada progresista, la señora Fernández Meijide comienza a convertirse en una especie de módica Pasionaria contra los excesos de corrupción y mal gusto del gobierno de Menem, sin que su voz se escuchara en temas como las privatizaciones o el esquema cambiario, que ya había comenzado a hacer agua.

El año 1994 la verá convertida en constituyente nacional. Desde su escaño seguirá las directivas de Chacho Álvarez, quien es ya un decidido defensor de la política económica del gobierno. Las críticas verbales al Pacto de Olivos no le alcanzaron a la profesora para retirarse de la convención, como sí lo hizo un miembro de su bancada, el obispo de Neuquén, don Jaime de Nevares.

De ahí en más no vendrían más que triunfos para ella. Terminada la nueva constitución que crea la autonomía de la Capital Federal, participa del encuentro de la Confitería El Molino, donde comienza a gestarse lo que sería posteriormente la Alianza.

Desde la lista del FREPASO, el nuevo frente formado con Bordón, fue electa senadora por la Capital Federal. Luego triunfaría sobre, nada menos que, Chiche Duhalde en las elecciones legislativas, triunfo que la llevaría a presentarse nada menos que a gobernadora de la provincia de Buenos Aires.

Al inicio de esta campaña comienza a viajar para proyectar su imagen en el exterior. Uno de esos viajes la lleva a los EE.UU. gobernado entonces por Bill Clinton. Fue, justamente, a la vuelta de este viaje donde tuvo lugar la más importante expresión política de la profesora Graciela Fernández Meijide. “Clinton es del palo” dijo a los desconcertados periodistas, para referirse al tipo de relaciones que pensaba haber logrado establecer con el gobierno que por la época bombardeaba Yugoslavia. Y la expresión la pinta a la perfección. Esta pobre señora pensaba –y nada hace suponer que no lo siga pensando- que ella -y a los que ella representa- y Bill Clinton, el jefe del superimperialismo, el representante de la plutocracia mundial, el general en jefe del más grande ejército de la historia humana, pertenecen a la misma pandilla, al mismo lado, al mismo partido, que es el de la gente buena. La profesora jamás hubiera dicho que Bush o Nixon eran “del palo”. No. Ellos son agresivos, imperialistas, racistas, cowboys malos y feos. Pero el joven, sonriente, rubio, lindo y demócrata Clinton, claro que es “del palo”.

Sus días políticos terminaron antes que terminara el miserable gobierno encabezado por de la Rúa. Nombrada por éste, como ministra de Desarrollo Social tuvo que renunciar, en el 2001, pero mucho antes de diciembre, por nombrar como interventor del PAMI a su cuñado Angel Tonietto, o sea por nepotismo y corrupción, las únicas críticas que formulara al gobierno de Menem.

La noche la tragó, las jornadas del 19 y 20 de diciembre la sepultaron en el olvido y nadie, o casi nadie, se acordaba ya de “Graciela”.

Y, entonces, estos recuerdos, ¿a propósito de qué?

Es que hoy la prensa hablaba de ella, como en la canción de Joaquín Sabina.

En una librería de la calle Florida, la “Bruja” Fernández Meijide presentó un libro al que ella o la editorial han llamado “La Ilusión – El fracaso de la Alianza vista por dentro”. En compañía de Alfonsín y algunos otros políticos en situación de retiro, la profesora de Educación Democrática desempolvó sus viejas admoniciones. Como en las pasadas épocas de su paso por el estrellato, sostuvo que el Gobierno incurre en un “incumplimiento” de la Constitución de 1994, cuando “se lesionan las instituciones, se margina al Congreso con un exceso de decretos de necesidad y urgencia, y cuando no se respeta al Poder Judicial a través de los cambios en el Consejo de la Magistratura”.

Y aprovechó la más inmediata coyuntura, para sostener que “siempre se dice que la gente vota con el bolsillo y que no se le puede ganar a un gobierno en tiempos de bonanza económica, pero ahora se acaba de demostrar en dos lugares (por la Capital y Tierra del Fuego) que no es tan así cuando la gente tiene la prevención de que algo no anda bien en el plano institucional”.

Sus maestros, Zuretti y Peñaloza, autores inolvidables de los manuales de Educación Democrática de toda una generación no podrían sino estar felices de su discípula.

Buenos Aires, 28 de junio de 2007.

7 de junio de 2007

El Mercosur debe estar en manos de patriotas suramericanos

El Mercosur debe estar en manos de patriotas suramericanos

A propósito de unas reflexiones del señor Eduardo Sigal, Subsecretario de Integración Económica de la Cancillería argentina

“La vida, esas cosas, quien sabe lo qué” han hecho que el tema central de nuestra política internacional –que ya forma parte de la política interna-, el Mercosur, esté en manos del señor Eduardo Sigal. El mencionado caballero, actual Subsecretario de Integración Económica de la cancillería argentina, es un ex comunista que, ni en su formación intelectual juvenil –de la mano de Héctor P. Agosti, a la sombra ominosa de los espectros de Rodolfo Ghioldi y Victorio Codovila- ni en su vida adulta –defendiendo, con su partido, la dictadura “de los militares democráticos Videla y Viola” o durante sus andanzas junto a Chacho Alvarez- oyó mencionar la palabra Patria Grande o Unidad Latinoamericana. De haberlo hecho, sólo puede haber sido en algún curso en “La Escuelita” de la Federación Juvenil Comunista donde se calificara a la propuesta como reaccionaria utopía trotskista y a sus propulsores como agentes pagos del imperialismo.

Pero así son las cosas. Desaparecida la Unión Soviética y convertido su partido en una gigantesca secretaría financiera sin estructura política que financiar, Sigal abandonó el comunismo argentino para convertirse en un lavadito socialdemócrata, bueno para un barrido o un fregado en cualquier rosca que con la etiqueta de progresista, le permitiera poner sus aptitudes de burócrata al servicio de la burocracia estatal.

El señor Eduardo Sigal ha hecho conocer su visión sobre el Mercosur y la integración del cono Sur del continente en un artículo titulado “La integración del Sur es arena de un conflicto de ideas y valores. La sintonía Argentina-Brasil es fundamental para el bloque”. No vale la pena detenerse en lo excelso del título, con resonancias de la barbitúrica prosa de los editoriales de La Nación. El paso del “materialismo” de la NKVD al “idealismo” de la Unión Europea consigue que Sigal convierta el ABC de Perón –único antecedente diplomático del Mercosur- en una cuestión de “buena onda”[1].

¿Unión Europea o Unidad Latinoamericana?
Pero ahí tan sólo empiezan los graves problemas de concepción política que manifiestan las reflexiones del alto funcionario de nuestra cancillería. Dice Sigal:

“La experiencia de la Unión Europea constituye una fuente de aprendizaje histórico e inspiración política para los países de América del Sur”.

Si algo no puede ser la Unión Europea para nuestra integración es un ejemplo de aprendizaje histórico. Dos guerras mundiales, en el siglo XX, para dar tan sólo un ejemplo, no pueden ser paradigmas históricos al que los hispanoamericanos debamos remitirnos para potenciar nuestro proceso de unidad. La integración latinoamericana es, desde el punto de vista histórico, estructuralmente diferente a la europea. Nuestros países se caracterizan por su idioma común –el del reino de España y Portugal del conde-duque de Olivares- su unidad cultural y religiosa y un pasado común con guerras, que si bien han sido dramáticas, se han debido más a designios extracontinentales que a insalvables enfrentamientos de intereses nacionales. Si Europa debe buscar sus antecedentes unitarios en las arcaicas estructuras imperiales cristianas, herederas del Imperio Romano, Latinoamérica tiene su fuente histórica en los Archivos de Indias y en las guerras de la Independencia. El proceso histórico de creación de los estados nacionales europeos se construyó a partir de los elementos diferenciadores que le ofrecía cada una de las grandes unidades lingüísticas, sus monarcas y la unidad de sus mercados. El proceso de balcanización latinoamericana se basó en la división arbitraria de la heredad hispánica según las exigencias del mercado mundial y de las oligarquías regionales que pugnaban por su inserción privilegiada. En suma, si el proceso de aparición de las actuales naciones europeas fue el producto del desarrollo de sus fuerzas productivas, la disgregación latinoamericana fue el resultado de su atraso y postergación económica y social.
Los países de América del Sur, entonces, están recorriendo un camino singular, radicalmente diferente al de Europa, que es el de desandar ciento setenta años de retraso en consolidar lo que los EE.UU. lograron durante el siglo XIX.

En 1968, hace cuarenta años, en la época en que Sigal veraneaba en la colonia de vacaciones de Credicoop en Chapadmalal, Jorge Abelardo Ramos escribía:

“El Mercado Común Europeo posee un sentido diferente al Mercado Común Latinoamericano o a la Federación política y económica de América Latina. En Europa la nación se ha realizado y el capitalismo se ha expandido dentro de las fronteras nacionales. Pero el capitalismo ya ha cumplido su tarea histórica, lo mismo que el Estado nacional en el Viejo Mundo. (…) Pero la crfeación de un mercado nacional y de una federación política entre los Estados balcanizados de América reviste un carácter histórico radicalmente diferente. Aquí se trata de elevar por la unión fuerzas productivas frenadas por la balcanización y la unilateralidad, es decir, por la ausencia de una revolución nacional. La nación resulta pequeña para Europa y aún constituye un objetivo a lograr en América latina”[2].

El señor Eduardo Sigal considera, como podrían hacerlo Mariano Grondona, Carlos Escudé o Isidoro Ruiz Moreno, que las relaciones entre Uruguay y Argentina, Perú y Ecuador o, incluso, Argentina y Brasil son de la misma naturaleza que las que se han establecido entre Francia y Alemania, Holanda y Austria o España e Inglaterra, para no mencionar a Eslovenia o la República Checa.

La construcción de un gran bloque continental
Pero su confusión se evidencia aún más cuando emite la siguiente afirmación con carácter disyuntivo:

“La integración es, en efecto, una creación artificial, una iniciativa política y no un destino, como a veces se formula desde cierta retórica".

Esta afirmación pretende erigirse en expresión del sentido común de un juicioso funcionario contra lo que sería toda la lucha política e ideológica posterior a la batalla de Ayacucho para impedir el proceso de disgregación continental, rotulada desdeñosamente como “cierta retórica”, a la vez que una prudente toma de distancia de toda agitación bolivariana.

Según cualquier diccionario “artificial” significa, en una primera acepción, “hecho por mano o arte del hombre. Producido por el ingenio humano”. En este sentido, toda estructura social, incluida la familia, es una “creación artificial”, algo que no preexiste en la naturaleza y que es resultado de la acción de los hombres en sociedad. Desde las más primitivas organizaciones hasta los bloques continentales en formación, pasando obviamente por el estado nacional, son una “creación artificial”.
Contrariamente a lo que cree Sigal esta “creación artificial”, el Mercosur, es también un destino, esto es, un resultado generado por la historia, las condiciones materiales de existencia de los pueblos, el desarrollo de sus fuerzas productivas, el territorio y el sistema cultural y axiológico generado por ellas y, por lo tanto, un mandato. El proceso de creación de los EE.UU., durante todo el siglo XIX, se caracterizó por ser una típica “creación artificial” impulsada por el gobierno central y que contaba con un “destino manifiesto” como sostén ideológico y energía moral para llevarlo adelante.

En realidad, el Mercosur es una “creación artificial” que surge como mandato histórico y que se convierte en el único destino posible para nuestros pueblos si queremos no ser un mero retazo desarticulado de un mundo constituido por grandes bloques continentales.

El Mercosur y la lucha contra el autoritarismo
La ramplonería progresista de Sigal se extiende, como no podía ser de otra forma, sobre el metafísico carácter democrático que le atribuye al Mercosur:

“También el nacimiento del Mercosur tiene el sello de la apertura de una nueva etapa en la región. No de una posguerra, en este caso, sino del nacimiento de nuevos regímenes democráticos, después de un largo período autoritario”.

Allá por los principios de la década del 60, algunos cineastas comenzaron a filmar, en nuestro país, inspirados en algunas de las manifestaciones estéticas que el cine de posguerra había generado en Europa, sobre todo en Francia. Preguntado uno de sus exponentes, Rodolfo Kuhn si la memoria no me falla, sobre cómo ello era posible, habida cuenta que la Argentina no había pasado por una guerra, la respuesta obvia, y casi automática para la época fue: “La lucha contra el peronismo tuvo entre nosotros el mismo papel que la Segunda Guerra Mundial en Europa”.
En su intento de asimilar el proceso de integración suramericano al europeo, para darle así respetabilidad reconocible, Sigal se encuentra en la dificultad de los cineastas rebeldes de los ’60. Ante la evidencia de los datos históricos concretos que han determinado la integración europea, iniciada en la misma época en que Perón proponía su ABC en nuestro cono Sur –la finalización de la Guerra, el proceso global de concentración capitalista, la aparición de una potencia hegemónica extraeuropea, etc.- busca el contenido de nuestro principal proyecto integracionista en la pérdida de apoyo por parte de los EE.UU. de los regímenes militares a su servicio en nuestros países y en la democracia semicolonial que sobrevino. Lo que para Europa fue el triunfo sobre el nazismo, dice Sigal, para nosotros lo fue el triunfo sobre la dictadura.
Y agrega, para que no haya dudas:

“El Mercosur no nace, en consecuencia, esencialmente, como un proyecto de liberalización comercial, sino como un área de paz y cooperación política”.

El Mercosur nace, para nuestro Subsecretario de Integración Económica, como un pacífico y declarativo intento de alejar el fantasma de una guerra entre latinoamericanos que jamás tuvo lugar. Nada de ampliar nuestros pequeños mercados internos, nada de construir una economía a escala, nada de acuerdos aduaneros que frenen la penetración de productos producidos fuera del área, nada de unificación de nuestras fuerzas armadas, nada de grandes obras de infraestructura ni empresas energéticas comunes. Paz y cooperación es el objetivo que Sigal le atribuye al Mercosur. Más o menos los mismos objetivos del Centro Cultural de la Cooperación. 

Y la crítica que Sigal le formula al economicismo que caracterizó al Mercosur desde 1991 hasta el 2001, lejos de puntualizar la falta de osadía política en extender las áreas de aplicación de los acuerdos, la ausencia de una política común de defensa o de colaboración militar o en el desarrollo nuclear y balístico, se centra tan sólo en que “el bloque no tuvo la misma consistencia en lo que concierne a su construcción institucional”.

Sin embargo, la profundización que ha experimentado el proyecto integracionista en los últimos años no ha dependido de la creación de instituciones mercosurianas. Ha sido tan sólo la osadía política de ampliar las áreas de integración manifestada por el nuevo miembro, la República Bolivariana de Venezuela, las propuestas de integración energética y, sobre todo, la derrota impuesta al ALCA en la reunión de Mar del Plata, la que convirtió al calculador Mercosur de los ’90 en el más sólido proyecto de integración regional.

Otro ataque a la retórica
Todo el esfuerzo argumental de Sigal es alejar las propuestas concretas de consolidación mercosuriana de cualquier apelación histórica. Así sostiene:

“Necesitamos más un Mercosur y una comunidad sudamericana de la energía, la colaboración financiera y la complementación productiva que una inflación retórica orientada a invocar nuestras ‘raíces comunes’”.

Y aquí radica el error de este neoeconomicismo, tan nocivo como el de los ’90, puesto que solamente en la profundización de las raíces comunes –sin comillas- es que puede profundizarse lo hasta ahora alcanzado, tal como lo demuestra el impulso que se ha obtenido de lo que Sigal llamaría “el mandato bolivariano”.

Hay algo, sin embargo, donde Sigal da en el clavo, aunque la política llevada por la Cancillería no responde a ese principio. Dice Sigal:

“No habrá apelación voluntarista que funcione si el Mercosur no da respuesta a los problemas más acuciantes de sus socios menos desarrollados”.

Ha sido, justamente, el no cumplir con ello lo que ha llevado a un agigantado conflicto con el Uruguay que podría haberse resuelto hace mucho tiempo, de no haberse antepuesto cuestiones electorales y una incomprensible aceptación de prejuicios antiindustriales afines al progresismo.

El temor a la autarquía y el aislamiento
Pero posiblemente sea el siguiente párrafo del Subsecretario de Integración Económica de la Cancillería argentina el que mejor defina su punto de vista:

“El Mercosur no impulsa una política de aislamiento respecto del mundo. No es, en ese sentido, un proyecto de desarrollo nacional autárquico proyectado a escala regional”.

Lo del aislamiento respecto de mundo, supongamos que sea un saludo a la bandera para evitar las críticas vulgares de los sectores antinacionales, que jamás tragaron el proyecto integrador. Pero la segunda definición es, por cierto, reveladora y peligrosa. Los procesos en curso en los que están involucrados Rusia, China, India, los países del sudeste asiático, cuyas características económicas y políticas tienen más puntos de contacto con nuestra integración, que la europea, son proyectos que se basan en un modelo de autarquía nacional a escala regional en las condiciones generadas por la globalización imperialista. Y, en última instancia, ese debe ser el objetivo de la integración latinoamericana. Todo lo demás, un parlamento, una oficina con su burocracia bien paga, un poder judicial y todas las bellezas formales que lucen en Bruselas y en Viena la UE no servirán para nada sin ese objetivo liberador.

Cooperación y disenso con EE.UU
Pero la anterior afirmación es el antecedente de la siguiente:

“Existe una dialéctica de cooperación-disenso con los Estados Unidos. Y las razones de ese itinerario no deben buscarse en prejuicios ideológicos de ningún tipo, sino en una interpretación legítima de los intereses nacionales y regionales en juego. Los países del Mercosur forman parte de la misión de paz en Haití, en colaboración con los Estados Unidos; Brasil avanza en importantes acuerdos con la principal potencia en materia de producción bioenergética; la Argentina colabora. De eso no se desprende que los intereses del bloque en su conjunto sean enteramente asimilables a los de los Estados Unidos. Las posiciones del gobierno venezolano al respecto corresponden a un legítimo derecho de sus autoridades y de ninguna manera comprometen a todos los socios del Mercosur”.

La presencia militar en Haití, los posibles acuerdos bioenergéticos de Brasil con EE.UU.y, sorprendemente, nuestra colaboración “activamente con la lucha antiterrorista en la que está involucrada por razones de principio y también por haber sido blanco de dos monstruosos atentados de ese origen” constituyen verdaderos caballos troyanos puestos por los enemigos de la integración –internos y externos- para dificultar la misma. Si las razones sobre lo de Haití y lo del biodiesel tienen la misma solidez que esta pamplina de los “dos monstruosos atentados de ese origen” y nuestro involucramiento en la política de terror que EE.UU. lleva en nombre del antiterrorismo en Irak, Afganistán y amenaza con hacerlo en nuestra Triple Frontera, la sinceridad de Sigal y la solidez de sus argumentaciones sobre el Mercosur ruedan por el suelo. El muchacho admirador del Che Guevara se ha convertido en un hombre grande obediente a Dick Cheney a punto tal que se siente obligado a dejar perfectamente aclarado que:

“Las posiciones del gobierno venezolano al respecto corresponden a un legítimo derecho de sus autoridades y de ninguna manera comprometen a todos los socios del Mercosur”.

Pero como compensación a todo ello, Sigal nos informa :

“El Mercosur ha puesto en práctica la construcción de un observatorio democrático que estará progresivamente en condiciones de evaluar la vigencia del estado de derecho en sus países miembros. Es una manera de asumir con madurez la propia responsabilidad en la defensa de sus integrantes contra todo tipo de autoritarismo”.

Ambiciones muy modestas para un Mercosur que tiene como enemigo no “todo tipo de autoritarismo” sino la disgregación a la que aspira el imperialismo y un destino de ilotas en un mundo de grandes bloques continentales.

Que el Mercosur esté en estas manos no corresponde ni de cerca a las expectativas que ha generado en el pueblo argentino, ni a la política real del gobierno del presidente Kirchner, ni a las verdaderas posibilidades que nuestros pueblos tienen, en esta particular coyuntura histórica, de construir para siempre la Patria Grande, ese “retórico mandato” que Sigal desprecia.

Buenos Aires, 7 de junio de 2007.

[1] Escribía Perón, bajo el seudónimo de Descartes, en 1951: “El signo de la Cruz del Sur puede ser la insignia de triunfo de los penates de la América del hemisferio austral. Ni Argentina, ni Brasil, ni Chile aisladas pueden soñar con la unidad económica indispensable para enfrentar un destino de grandeza. Unidas forman, sin embargo, la más formidable unidad a caballo sobre los dos océanos de la civilización moderna. Así podrán intentar desde aquí la unidad latinoamericana con una base operativa polifacética con inicial impulso indetenible”. Perón, Juan Domingo, América Latina en el año 2000: unidos o dominados, pág. 79, Ediciones de la Patria Grande, Casa Argentina de Cultura, México, 1990.

[2] Jorge Abelardo Ramos, El Marxismo de Indias, pág., 236, nota 66, Editorial Planeta, Barcelona, 1973

6 de mayo de 2007

Carta al Ministro de Relaciones Exteriores de la Argentina
sobre la papelera uruguaya y el papelón argentino

Esta carta tiene ya casi dos años de antigüedad. Fue escrita a poco que el conflicto tuviera estado público. Todo lo que en ella se dice mantiene la más completa actualidad, aunque ya no pueda ser dirigida al doctor Rafael Bielsa, sino a su sucesor, el doctor Jorge Taiana. El tiempo transcurrido no ha hecho sino entorpecer aún más las relaciones con el Uruguay, dificultando la profundización del Mercosur y dando argumentos al acercamiento de Montevideo a Washington. La creación de Lord Ponsonby, por artificiosa que haya sido, es hoy uno de los integrantes plenos del Mercosur y el único camino para incorporarlo plenamente a la comunidad suramericana es por la vía del reconocimiento a sus necesidades y la búsqueda común de soluciones.

Buenos Aires, 29 de julio de 2005


Señor
Ministro de Relaciones Exteriores de
la República Argentina
Dr. Rafael Bielsa
Presente


Estimado ministro:

Como Ud. bien sabe, la política exterior de un país no puede estar sujeta a los avatares de una opinión pública perversamente manipulada por el monopolio privado de los medios de comunicación ni a las cambiantes encuestas de opinión en épocas electorales.
Dentro de los grandes lineamientos estratégicos de nuestra política exterior, el Mercosur y los países que lo integran constituyen, y deben constituir, su principal preocupación. Todo lo que afecte la más estrecha, fraterna y solidaria relación con los estados que integran este embrión de unidad suramericana debe ser motivo de intensa preocupación, estricta atención y urgente solución, con la prudencia y la confidencialidad que, en general, ameritan las relaciones internacionales.

El Uruguay, el paisito como lo llaman sus hijos con cariño, no es un país industrial. Diversas razones históricas, que orientales como Alberto Methol Ferré, Washington Reyes Abadie y Carlos Machado nos han hecho ver a los argentinos, lo condenaron a la evanescente riqueza de la renta diferencial, a un empobrecido presente pastoril, sin fábricas que den trabajo a sus laboriosos compatriotas, con inmensas colonias de emigrados económicos que buscan en Australia y Nueva Zelanda el porvenir que no encuentran en su patria.

Resulta verdaderamente doloroso y carente de toda racionalidad que la intención uruguaya de instalar en Fray Bentos una fábrica de papel, como las que ya hay en nuestro país, se haya convertido, para un reducido grupo de ciudadanos argentinos, en una amenaza de la misma magnitud genocida que el bombardeo atómico de Hiroshima. La acción de sedicentes organizaciones ambientalistas, el sensacionalismo ignorante de la prensa comercial, el oportunismo electoralista de algunos políticos argentinos, más la sospecha de intereses que intentarían traer el emprendimiento a la Argentina, han convertido esta cuestión perfectamente secundaria en un problema que amenaza la armonía entre los dos países y, lo que es aún peor, la posibilidad de acordar con el Uruguay políticas comunes en el ámbito del Mercosur. No fue la causa directa del resultado en la elección del presidente del Banco Interamericano de Desarrollo, pero el Uruguay no aceptó la propuesta argentino-brasileña en el medio de este patético enfrentamiento.

Pero resulta aún más preocupante que el ministerio de Relaciones Exteriores no haya sabido ponerse por encima de este cuestionamiento local, apareciendo ante la opinión pública uruguaya como haciéndose eco o apoyando el mismo, dando explicaciones a los vecinos y sometiendo decisiones de política internacional a una asamblea barrial.

Esta situación sólo beneficia a quienes, desde la Argentina, el Uruguay o Washington atentan contra todo intento de romper nuestra balcanización y erigir en el sur del continente un sólido bloque de poder que aúne nuestros estados y nuestros pueblos.

Estimado señor Ministro:

Es imprescindible que se restablezca un sano criterio de interés superior por sobre estos reclamos que, por ingenuidad, ignorancia o perfidia, atentan contra lo que debe ser el más alto objetivo de nuestra Cancillería: la unidad suramericana.

Es necesario dar amplia información y debate sobre estos grandes temas, para contrarrestar, en parte, el poderoso sistema de comunicación que monopolizan los sectores vinculados al gran capital imperialista, que son quienes, en definitiva, imponen la agenda a discutir.

Es preciso restablecer la confianza y la amistad con el gobierno y el pueblo uruguayos en la idea de que nuestra compañía jamás será un obstáculo para su bienestar y desarrollo sino un instrumento esencial a esos objetivos.

La más importante tarea que generación alguna se impuso en este continente es lo que está en juego: convertir nuestras aisladas y débiles naciones en una integrada y fuerte confederación de repúblicas.

Quedo a su disposición

Julio Fernández Baraibar

Secretario de Acción Política del partido Patria y Pueblo

19 de abril de 2007

Epitafios y ovillejos

Entre fines de 1973 y fines de 1974, Jorge Raventos y yo comenzamos a publicar en Izquierda Popular, una pequeña sección, en la última página, en la que ironizábamos sobre alguna figura política con el género del epitafio, en algunos casos, o del ovillejo, en otros. El tiempo ya no me permite recordar -en realidad, no es el tiempo sino este alemán que no me acuerdo cómo se llama- quien ha sido el autor de cada uno de ellos. De una manera u otra eran una creación colectiva.
Hojeando viejos papeles me los encontré y los subo al blog, para recuerdo de quienes los leyeron en su momento, y descubrimiento para quienes los lean por primera vez. De su lectura se puede percibir la dureza y el encarnizamiento de la lucha política de entonces y la irrespetuosidad que nos daba tener veinte años.


EPITAFIO AL CORONEL NAVARRO
(El coronel Navarro era un jefe de policía del gobernador Lacabanne de Córdoba, brutalmente reaccionario y de clara filiación fascista)

Bajo dos metros de tierra,
en un redondo ataúd,
yace el Coronel Navarro
tocando triste el laúd.

Cuando lo iban a enterrar
se eligió tamaña funda
para poderlo patear
desde su casa a la tumba.

OVILLEJO DEL REINO UNIDO

Sin pelo pero con más maña
Gran Bretaña,

agonizas con-fundido,
Reino Unido,

y nadie tus ojos cierra,
Inglaterra.

Fue tu más heroica hazaña
haber desaparecido.
El Medio Oriente te entierra,
Gran Bretaña, Reino Unido o Inglaterra.

EPITAFIO A RICHARD MILHOUS NIXON

Richar Nixon yace aquí
abrazado a Tío Sam.
Juntos quedaron así
al echarlos de Vietnam.

Por último a rematarlos
saltó el caso Watergate.
Sólo nos queda expulsarlos
del barroso River Plate.

OVILLEJO A EMILIO ABRAS
(Emilio Abras era el secretario de Prensa de Perón, un peronista un poco franquista y reaccionario para nuestros revolucionarios gustos de entonces. Lo he subido al blog más por razones de fidelidad histórica que por mantener el mismo punto de vista.)

Jactando de puro ario
Secretario,

Con Franco en un dulce idilio,
Emilio,

Negro porvenir te labras,
Abras.

En Prensa eres vicario,
del pueblo, un utensilio.

Si amordazas las palabras
en rapto totalitario

cambiarás de domicilio,
Secretario Emilio Abras.

OVILLEJO DE ALBERTO J. ARMANDO
(Ex presidente de Boca, vendedor de autos, creador de la ciudad Deportiva y candidato de Ezequiel Martínez –el candidato oficialista en las elecciones de 1973-.)

Aunque es un vivo está muerto,
Alberto,

Lo asusta la bancarrota,
Jota,

Y en Boca lo andan buscando,
Armando.

Para él la fama fue cuento,
la Deportiva, derrota,

Lo de Ezequiel, contrabando.
Por eso, aunque no sea cierto,

dicen que no yace, flota,
Don Alberto Jota Armando.

EPITAFIO A LA PRENSA

Una farola apagada,
un cadaver insepulto,
La Prensa agoniza aquí
sin lectores ni tumulto.

¡Quisiera ser expropiada!

Que Gainza descanse en Paz.
Que el demonio en su impiedad
no le prescriba otros males
que leer sus editoriales
por toda la eternidad.

OVILLEJO A FRANCISCO GUILLERMO MANRIQUE
(el bombardeador de Plaza de Mayo en 1955 e inventor del ministerio de Bienestar Social y del Prode)

Posando, ya de amable, ya de arisco,
Francisco,

ordeñando a la viuda y al enfermo,
Guillermo,

Te viste popular, te diste dique,
Manrique.

Hoy ya no hay paco ni para el mordisco.
Hoy tu partido es territorio yermo.
Hoy tu barco pirata se va a pique,
don Francisco Guillermo de Manrique.

EPITAFIO A RAUL ALFONSIN

Del pago de la Laguna,
sereno, triste y cansado,
llegó a la ciudad, ¡ahijuna,
con diploma de abogado.

Mostró, senil y jovial,
su pasta de Gran Delfín.
Lo mató un síncope "Urnal"
al doctor Raúl Alfonsín.






Radicalización de los sectores medios en los años 60 y 70
Entrevista de Karina Malizzia

Hace unos meses, Karina Malizzia me realizó una entrevista para conversar sobre aquellos años en los que aún éramos jóvenes y el asalto a los cielos parecía al alcance de la mano. Esto es lo que Karina sintetizó de aquella charla de varias horas.


Lo que ocurrió en los años 60 y 70, en la juventud de la clase media, es la consecuencia de dos procesos, si se quiere, coincidentes, y que de alguna manera no se han vuelto a repetir de esa forma: la radicalización y la nacionalización de las clases medias.
¿Qué quiere decir esto?
Hagamos un poquito de historia.
En general, los sectores juveniles universitarios de las clases medias en la Argentina fueron, tradicionalmente, de izquierda. Las juventudes universitarias y estudiantiles se definían, en general, por partidos de izquierda, por el Partido Socialista o por el Partido Comunista, y, en algunos casos, por otras fracciones menores, de menor significación numérica como el trotsquismo, etc.
En ese momento –la década del 60- se radicalizan estos puntos de vista hacia posiciones de izquierda más extremas, motivado esto, fundamentalmente, por la influencia que tiene, sobre este sector social, la revolución cubana. Se cuestiona todo el sistema político representativo parlamentario y su sistema de elecciones periódicas, y se eleva a nivel casi de mito la idea de la lucha armada como solución universal a todos los problemas. Esto último fue producto de la influencia, casi inevitable, y bastante nociva, de la revolución cubana. El esquema de acceso al poder que tuvieron los revolucionarios cubanos estaba determinado por condiciones muy específicas, tanto cubanas como internacionales, del momento histórico en que eso ocurre, año 1958 y 59. Esas circunstancias, tan acotadas en el tiempo y en el espacio, son elevadas a nivel de principio teórico general aplicable urbi et orbi. Y así se impone el mito de la guerrilla campesina, la teoría del foco, la idea de que un pequeño grupo de personas sacrificadas y políticamente iluminadas podía poner en marcha todo un proceso revolucionario que involucrase al conjunto del pueblo, bajo la forma de organizarse en guerrillas. Esto es lo que, de alguna manera, caracteriza esa radicalización de las clases medias, que en realidad fue el modo como se expresó el agotamiento que los partidos políticos tradicionales, ya en ese entonces, en la década del ’60, estaban experimentando.
Pero paralelamente a ese proceso se produce otro, que a mi modo de ver es tanto o más importante que el anterior, que es el proceso de nacionalización de las clases medias. La clase media argentina fue con muy breves excepciones un sector social que no comprendió nunca el país real en que vivía. Esta es la razón por la cual la clase media y especialmente sus sectores universitarios se enfrentan a Yrigoyen en el ’30 y después se enfrentan abierta y francamente con el peronismo entre el ’45 y el ‘55 y llegan a participar, como base plebeya, como sostén de masas del golpe oligárquico imperialista del 16 de septiembre del ’55, en la revolución libertadora. Es decir, estos sectores medios, expresados de modo militante en sus sectores universitarios, son la base de operaciones que le dan cobertura y apoyatura de masas al golpe minoritario oligárquico y antipopular.
De modo tal que la historia ideológica de la clase media argentina, y su historia en general, es de desencuentro con el país real, con el país que era, influida esta clase media por un sistema ideológico perverso que pretendía adaptar la realidad a ese sistema ideológico, y no generar de la realidad un sistema de ideas que permitiese una interpretación de la misma. Era una especie de platonismo que exigía que la realidad se pareciese a lo que esa ideología consideraba que tenía que ser, en lugar de adaptar el sistema de conocimiento y de análisis a la realidad concreta que se pretendía interpretar. Esto estaba determinado, básicamente, porque la clase media todavía vivía con la ilusión del país agrario, cuyas exportaciones y su inserción privilegiada en el Imperio Británico permitían el establecimiento de una clase media bien paga y con buenos niveles de vida. Ese país agrario, que ya en 1930 no podía satisfacer las expectativas de este sector, todavía queda en la conciencia de esa clase media como el país ideal al que hay que volver después de la experiencia, vivida por la clase media como artificial, del peronismo. Según esta interpretación, sostenida por todo el sistema oficial de pensamiento oligárquico, desde la derecha a la izquierda, se había intentado generar lo que entonces llamaban “industrias artificiales” –metalurgia, siderurgia, industria liviana- en lugar de llevar adelante el proceso, concebido como “natural” y propio de la Argentina que era el de exportar bienes agrícolo-ganaderos y, eventualmente desarrollar una industrialización de algunos de estos productos.
Este sistema, que ya en la realidad había llegado a sus límites, todavía funcionaba en la estructura mental de los sectores medios, que tenían su centro en la tradición de la Reforma Universitaria con su eje institucional en la autonomía universitaria. La universidad, entre 1955, cuando cae el peronismo, y 1966, es una especie de isla democrática en donde rigen los más completos derechos constitucionales en un país en donde la inmensa mayoría de la sociedad está proscripta, no puede votar y cuando lo hace no puede hacerlo por el candidato que quiere, que es Perón. Entonces, esa autonomía universitaria convierte a la Universidad en una isla democrática en un país no democrático y es, sobre la base de esta paradoja, que lentamente estos sectores medios comienzan un proceso casi imperceptible de revisión de lo que fue verdaderamente el peronismo y a cuestionarse los clichés ideológicos heredados del período de la revolución libertadora. El país que había generado esa clase media satisfecha, bien pensante y bien alimentada, había terminado, había explotado, no existía más, y lentamente esa clase media empieza a buscar en el otro país real, en el país del peronismo, de las fábricas, de la clase obrera, un nuevo camino de interpretación y de desarrollo del país.
Hay una fecha casi simbólica que pone punto final a esa isla democrática: es la intervención de las universidades por parte del presidente militar Juan Carlos Onganía, llamada La noche de los bastones largos. Este episodio lo único que hace es imponer en la universidad las mismas condiciones que existían en el resto del país. Al intervenir la universidad y al quitar la autonomía lo que ocurre en la universidad es exactamente lo mismo que ocurre en el resto del país: esto genera las condiciones de esa nacionalización. De pronto las clases medias universitarias descubren que viven en un país que no es democrático como ellos creían, y que lo que prima es la proscripción del peronismo, la prohibición a Perón de venir a la Argentina y la proscripción, por ende, de la inmensa mayoría de los argentinos que querían votar a Perón y no podían. Esto provoca un paulatino y cada vez más acelerado acercamiento de las clases medias al peronismo, a los sindicatos, a la CGT, a la tradición peronista. Y en esto hay momentos muy importantes.
El momento culminante de este periodo de radicalización y nacionalización de la clase media es, sin duda, el 29 de mayo del ‘69, cuando se produce El Cordobazo, el levantamiento obrero-estudiantil en Córdoba que derrota y al año produce la renuncia del autócrata Onganía, que pensaba quedarse durante 10 o 15 años. En el Cordobazo se produjo una convergencia política en las calles del proletariado peronista tradicional con las clases medias universitarias, que se acercan, por un lado al peronismo y a su vez radicalizan sus puntos de vista políticos. Este fue un proceso muy acelerado, casi de 2 o 3 años. Yo ingresé a la universidad en el ’65. En el ‘66 se produce el golpe de estado de Onganía, la llamada Revolución Argentina. Yo estudiaba en la Universidad Católica Argentina y estaba vinculado a sectores católicos juveniles, con preocupaciones políticas, pero católico. Es increíble como entre el ‘66 y el ‘68 hay una aceleración de este proceso en el que rápidamente todos estos sectores se van definiendo políticamente de modo cada vez más marcado y tajante. Incluso uno mismo se ve llevado por una vorágine histórica en donde toma responsabilidades y definiciones políticas cada vez más tajantes y radicales.
En el ‘68 se produce otro momento culminante en esto que es la aparición de la CGT de los Argentinos, de Raimundo Ongaro, que produce una convergencia de todos estos sectores juveniles de clase media estudiantil con el Movimiento Obrero, con los sindicatos, al abrir las puertas de la CGT al Movimiento Estudiantil y a todos los sectores políticamente inquietos. Esto produce una rápida galvanización de los sectores enfrentados a la dictadura militar y a su política económica antinacional. La CGTA se establece como una especie de lugar de contacto de unos con otros, a punto tal que la mayoría de la gente de aquella época que conozco la conocí en la CGTA. Desde Firmenich o Abal Medina, hasta dirigentes sindicales, como Julio Guillán, Cayo Ayala o Pepe Azcurra, los conocí en 1968 en la CGTA. Entonces, tanto la CGTA como el Cordobazo son dos momentos claves en este proceso.
¿En qué se manifiesta esto o cómo se articula esto en la conciencia política de la clase media? En un cambio de los paradigmas político-literarios. Si hasta entonces los grandes maestros de la juventud habían sido José Ingenieros, Alfredo Palacios, Ezequiel Martínez Estrada, la generación de la Reforma del ‘18, en ese momento aparece una nueva literatura política constituida por autores como Jorge Abelardo Ramos, Rodolfo Puiggrós, Hernández Arregui, Eduardo Astesano y algunos otros que no tuvieron la misma repercusión posterior, como Julio Mafud. Y la figura central de esto es Arturo Jauretche, que entre el ‘60 y el ‘70 se convierte en una figura, hoy diríamos, mediática. No había programa de TV en donde no estuviera Arturo Jauretche diciendo sus cosas. Era casi un invitado obligado de Mirtha Legrand, de todos los programas periodísticos de ese momento, porque tenía un impacto sobre la opinión pública enorme, llevarlo a Arturo Jauretche daba “rating”. Sus libros se venden como pan caliente, miles y miles de ejemplares. Su mensaje era básicamente el del nacionalismo, el del patriotismo y el de mirar la realidad con ojos propios y no con anteojeras prestadas. El de mirar la realidad argentina desde la propia experiencia argentina y rechazar todo ideologismo que pusiera anteojeras entre la realidad y el pensamiento, y por lo tanto se sumaba a la corriente del revisionismo de la historia. Se ponen de moda los libros de historia argentina. Todos nosotros leíamos apasionadamente historia argentina, sobre todo el revisionismo histórico, y todos nosotros éramos especialistas en Rosas, en Moreno, éramos enemigos de Rivadavia, de Mitre, reivindicábamos al Chacho Peñaloza y a Felipe Varela, consumíamos infinidad de literatura histórica argentina. El libro de Ramos “Revolución y contrarrevolución en la Argentina” fue un libro leído por millones de jóvenes de aquella época. Diría que hoy no debe haber funcionario peronista de ‘50 y pico de años que no haya leído a Ramos en la década del ‘60 y ‘70. No se podía hacer política sin esa lectura, sin ese pensamiento. Este proceso de nacionalización es, a mis ojos, más importante que la radicalización porque le da un contenido distinto al proceso de radicalización. El proceso de nacionalización de las clases medias hace que todo ese proceso de radicalización, en gran parte, se canalice más cerca del peronismo que del antiperonismo.
Se produce entonces, más que una reinterpretación del peronismo, una interpretación del mismo. La clase media había interpretado al peronismo con los parámetros de una sociedad desarrollada, y por lo tanto veía en el peronismo nacionalismo y condenaba este nacionalismo por fascista. Esto era el pensamiento oficial de la revolución libertadora, de la Universidad (el fundador de la carrera de Sociología en la UBA, el italiano Gino Germani caracterizó al peronismo como el fascismo de la clase obrera, lo que en sí mismo encerraba una verdadera paradoja metodológica). Lo que esta clase media hace con respecto al peronismo es no seguir obedeciendo al paradigma que sobre el peronismo tenían los sectores tradicionales de la Argentina. Lo que pone en cuestión es el paradigma ideológico de la oligarquía demo-liberal. Y por lo tanto reabsorbe todo el pensamiento nacionalista popular democrático del peronismo. Después se producen cuestiones más estrictamente políticas vinculadas a montoneros, pero eso ya es una cuestión de orden político, y estamos hablando de procesos sociales.
El proceso de nacionalización implica el reconocimiento de que en la Argentina había habido una sola revolución (si se llama revolución a una transformación de las condiciones políticas y económicas de un país) y esa había sido la que había llevado adelante el peronismo. Esto es lo que esa generación descubre e interpreta: “acá hubo una revolución y la hizo el peronismo”. Es cierto que un sector de la juventud pensó que el peronismo era una herramienta para hacer una revolución socialista, pero esto también es del orden político y no del social.
Los jóvenes católicos, honestos e idealistas que querían realizar en la sociedad los valores evangélicos, la hermandad que el cristianismo profesaba, deciden que para hacerlo tienen que hacerse peronistas y tomar las armas. Los jóvenes izquierdistas que intentaban también desarrollar una sociedad mas justa, más equitativa sin explotadores ni explotados, deciden hacerse peronistas y tomar las armas para hacerlo. Esto es lo característico de aquellos años, en una historia en donde la clase media había estado totalmente separada de la vivencia y la experiencia histórica de la clase obrera. Mientras la clase obrera argentina se encontraba a sí misma como tal, con altos salarios, con sindicatos, con colonias de vacaciones, con vacaciones, con hoteles en la costa, con mejores niveles de vida, la clase media decía “estos negros hijos de puta se quieren quedar con el país, son unos negros antidemocráticos, fascistas, llevados por la zanahoria de un demagogo criminal que es Perón”. Eran dos historias paralelas, no se tocaban jamás y, mientras, el pensamiento de izquierda decía “lo que hay que hacer es salvar a la clase obrera del peronismo, sacarla de ese mito peronista para que encuentre su verdadero pensamiento y su verdadera ideología y sus verdaderos objetivos”. En ese momento esta historia que marchaba en paralelo se cruza por las condiciones objetivas del país, porque ese viejo país que permitía esto ya no da más al punto que ya no sólo los trabajadores y el peronismo estaban sujetos a una total falta de democracia por la vía de proscripción y la prohibición al peronismo de presentarse a elecciones, sino que también la clase media era sometida a las mismas condiciones interviniéndole la Universidad, e imponiéndose en el país una dictadura en la que estaba prohibido votar. Eso hace que converjan esas dos experiencias y que sobre todo la clase media reanalice, revise todo ese paradigma heredado sobre el peronismo.
Aquellos años parecen como si se hubiera puesto de moda hacerse peronista y usar poncho, y si bien había algo de moda, ésta era la expresión superficial de una cosa mucho más profunda. Siempre hay elementos de moda y de snobismo, pero esto era la expresión superficial de toda una fuerza subterránea mucho mas profunda: nadie se hace matar por moda.
Había un sustento moral muy fuerte que en realidad estaba dado, tanto en el caso de los Montoneros como del ERP, como un elemento casi del orden religioso, católico místico, del sacrificio y del martirio, como inmolación, cosa que es ajena al pensamiento marxista, que nunca planteó las cosas en esos términos, y sí es propio de los procesos políticos en los que la clase media tiene un papal principal. Este elemento es el que le puso mayor dramatismo, y ahí tiene mucho que ver la Revolución Cubana y la personalidad del Che Guevara, que también elevó el auto sacrificio a nivel de concepto teórico-político, y esto generó en América Latina más daño que beneficio.
El intento de generalización de las condiciones cubanas al resto de América Latina hecho por los cubanos, es responsable de errores espantosos y muertes que si bien fueron voluntarias, fueron llevadas a cabo por un concepto equivocado en lo táctico, en lo concreto, en el modo de llevarlo adelante, basado también en ciertas incomprensiones de la realidad latinoamericana.
Que el Che hubiese pensado que se podía hacer una guerrilla campesina en Bolivia era ignorar que los campesinos desde la revolución del MNR del ‘52 tenían tierra, y lo ignoraba porque el Che era un joven fubista antiperonista (la FUBA, Federación Universitaria de Buenos Aires era uno de los puntales de la lucha estudiantil en contra del peronismo).
Esto fue lo que determinó el carácter tan dramático de esa radicalización, esta especie de reivindicación moral de la lucha armada. La cosa no era hacer la revolución, sino que era hacer la revolución a través de la lucha armada, sino no tenía valor. El concepto de la política, que es la lucha por todos los medios por el poder político del estado y, sobre todo para un revolucionario, la lucha con las grandes masas por ese poder, esa idea de la política fue remplazada por la lucha del pequeño grupo armado que al dar testimonio, genera admiración y adhesión. Esto fue una locura que terminó como terminó, no podía terminar de otra manera. Cuando Fidel Castro comienza la guerrilla en Cuba, Cuba no tiene un ejército, sino una especie de Guarda Nacional de policía. En segundo lugar, a medida que van ocupando territorios van realizando la Reforma Agraria, con lo cual, los campesinos que quedan del lado de la guerrilla, inmediatamente se convierten en sostenedores de esa guerrilla que les ha dado la tierra. En tercer lugar, contaron con el apoyo moral y económico de todo el sistema democrático liberal latinoamericano que ya repudiaba la dictadura de Batista. Eran vistos como una especie de alfonsines armados. La marina del Almirante Rojas le envió un equipo de radio a la guerrilla de Fidel Castro, porque consideraba que así como la revolución libertadora había derrotado al tirano Perón en la Argentina, la guerrilla pequeño burguesa liberal de Cuba derrotaría al tirano Batista. Mi papá, que era muy antiperonista, celebraba la Revolución Cubana, celebraba los fusilamientos que la Revolución Cubana llevaba adelante, diciendo “acá tendrían que haber hecho lo mismo con los peronistas”. Toda esta confusión generó las confusiones que sobrevinieron. Los cubanos se confiesan marxistas leninistas cuando se dan cuenta que si bien habían hecho la revolución con apoyo de los norteamericanos, en la medida en que esto afecta a los intereses norteamericanos ya estos no los apoyan mas y entonces declaran “somos marxistas leninistas”. Eso era algo determinado por la especificidad de Cuba. Al elevar eso a nivel de conceptos generales se convierte en un verdadero desastre pero, más allá de eso, en lo que insisto mucho porque de esto se habla poco en esta universidad es en el tema de los contenidos de esa radicalización. Los contenidos de esa radicalización se caracterizaron por su nacionalización, acercamiento al peronismo y a la clase trabajadora peronista. Esto fue lo más característico de esa época.
Días de peligro
Acá no hubo peligro hasta el ’74. Hasta ese momento el peligro era que a uno lo metieran preso, pero si ocurría lo sacaban en seguida, no era una situación de vida o muerte. A lo sumo unas trompadas, pero no más que eso. Recién en el ‘74, en el ‘75 se pone más pesado, al morir Perón, y ahí empezamos a andar armados. Son cosas a las que uno se acostumbra, como a todo. En el partido había una orden de que consiguiéramos un arma, armas cortas, revólveres, y que fuéramos armados. Cumplíamos esa orden no sin una cierta irresponsabilidad juvenil y una cierta emoción de andar con un chumbo en la cintura. Es más, se solicitaron autorizaciones para llevar armas. Al final nunca las obtuvimos pero andábamos calzados. Recuerdo situaciones graciosas. Por ejemplo, en pleno invierno, pantalón de franela, saco de tweed, pulóver, sobretodo y chumbo, e ir a la peluquería Basile que estaba al lado del teatro Maipo a que me cortaran el pelo. Adentro había un aire acondicionado que parecía el trópico. Entro y se me acerca una señorita que me pide los abrigos. Me saco el sobretodo y cuando me estoy por sacar el saco me acuerdo que tengo un chumbo en la cintura, entonces le digo “el saco me lo dejo” y me morí de calor todo lo que duró el corte de pelo, no sabía que hacer con el revólver.
Pero a uno le daba miedo ya en esa época, ya en el ‘75, cuando veías pasar los autos sin patente, a la noche, había siempre un momento de miedo, de inseguridad, el miedo de que te vinieran a patear la puerta, eso estaba. Sin embargo la posibilidad de abrirse y largar todo no se le cruzaba a nadie. Nuestra generación decidió dedicarse a la política para toda la vida. Es decir, yo no he vivido un minuto de mi vida desde los 18 años que no haya estado atravesado por la política. No he vivido un solo día en que yo no haya hablado, pensado, reflexionado, discutido de política y así toda la gente que yo conozco.
El sustento era muy verdadero y la política, contrariamente a ahora, por lo menos en nosotros, en los que nos hicimos marxistas, de izquierda nacional, la política era una actividad orientada por lo intelectual, es decir, signada por el pensamiento, de modo tal que el dedicarnos a la política implicaba una enorme parte de tiempo dedicada a estudiar, a leer y a formarnos políticamente. Lo que se llamaba la formación política tenía para nosotros una importancia decisiva. Decir de alguien “no le des bola que esta poco formado” era una descalificación absoluta. Mi generación leyó muchísimo y escribió mucho en la política.
Cuando cae Isabel se empieza a poner embromado porque evidentemente la reacción se ha reconstituido ya. El gobierno de Isabel es un gobierno muy débil, y se reconstituye el bloque liberal. Los viejos partidos demo-liberales, como la UCR, conspiran con el ejército para derrocar a Isabel y lo logran. Y el fracaso de la Revolución Nacional, la muerte de Perón y lo que ello implica en un movimiento como el peronista produjo a su vez una rápida desperonización o antiperonización de ciertos sectores dirigentes de Montoneros, como Firmenich que, en su lucha contra Isabel, terminaron coincidiendo con el golpe. El Partido Comunista también celebra la llegada de Videla, y ya se reconstituye, después de esos 15 años que van del ‘60 al ‘75, el viejo frente gorila con el radicalismo y el PC a la cabeza. Es decir, el viejo esquema anterior a los años 60 queda reconstituido.
La brutalidad de la dictadura establecida en el ‘76 fue tan grande que no pudo convertirse en un esquema de poder a largo plazo. Lo que determina la caída de los militares es la pérdida de confianza de parte de los EEUU gracias a la guerra de Malvinas. Cuando los EEUU descubren que estos militares también son inconfiables porque les agarran veleidades nacionalistas, dejan caer a la dictadura y ponen en su reemplazo esta democracia semicolonial, o colonial que hemos tenido, una democracia donde todo está permitido menos lo esencial: liberar al país, pero esa es otra historia.
Lo que ocurrió en aquellos años fue más o menos así pero además lo puedo ver en mi vida. Esto fue una cosa de dos o tres años de intensa discusión y actividad. Perón gobernó siete meses. El recuerdo que yo tengo de los años que van del ‘70 al ‘75 es como si hubieran sido 20 años, por la intensidad que tuvieron. Cada día era una batalla final. Era algo extraordinario.
Lo que ocurre, y se dice poco, es que en ese período se vivió una revolución que fracasó. Toda otra cosa que se diga tiene mala intención. No es que éramos jóvenes locos: acá se vivió una revolución y las revoluciones son así, o por lo menos son lo más parecido a eso que yo puedo imaginar. Fue una revolución que se perdió y entonces las consecuencias de una contrarrevolución siempre son terribles, son un baño de sangre, esto se sabe. En ese momento se sabía que iba a venir una mano muy pesada, porque se había llegado a un nivel de rebelión muy grande. Lo que el país llegó a representar entre el ‘73 y el ‘75, hasta que muere Perón como posibilidad política, el papel que empezó a jugar en América Latina fue muy grande. Entonces acá había que limpiar todo esto. Había que eliminar toda posibilidad de que esto volviera a ocurrir en los próximos, por lo menos, 10 o 15 años. Creo que si no se dice que lo que hubo acá fue una revolución y que lo que vino después fue una contrarrevolución todo se reduce a una pelea entre militares malos y chicos buenos, y eso le quita toda politicidad a lo que ocurrió, le quita toda sustancia histórica, queda como una especie de cuento de hadas que no sirve para nada, no sirve para que mis hijos y mis nietos entiendan lo que pasó. Si no se deja claro esto, a los que murieron los matamos de nuevo, porque pareciera que los mataron por boludos, o porque los llevaron de las narices, cuando lo que hubo acá fue una revolución que se perdió, seguida por una contrarrevolución muy sangrienta como lo son todas. Está bien hablar de los derechos humanos, pero no hay que dejar de decir esto. Las contrarrevoluciones han sido terribles en todas partes del mundo. Lo que sucedió es que por primera vez en la Argentina la contrarrevolución afectó a la clase media.
‘68 a ‘71, vida cotidiana
La actividad política era casi todos los días. Casi todos los días yo tenía reuniones en distintos lugares. Primero, yo me integro a una pequeña organización en la Facultad de Derecho de la UCA, una organización no estrictamente política, pero donde intentábamos generar un pequeño ámbito de discusión política y después hacíamos tarea de promoción social: íbamos a un barrio en González Catán a hacer promoción social, los sábados a partir de la 1 de la tarde y volvíamos como a las 10 de la noche, y allá hacíamos distintas tareas sociales, ahí conocí a la madre de mis hijos, y de esa época tengo amigos de toda la vida. Ahí lo conocí, por ejemplo, a Pepe Albistur, el actual Secretario de Medios de la Presidencia de la República. En esas reuniones, en el ámbito de la facultad discutíamos, leíamos, nos recomendábamos libros, comentábamos los libros que leíamos, tomábamos contacto con gente para conocer sus opiniones. Después tomo contacto con lo que se llamaba Acción Sindical Argentina (que no existe más) que era una organización sindical católica, que dio origen a la Confederación Latinoamericana de Trabajadores, que es la organización sindical Social Cristiana, con sede en Caracas. Allí tomé por primera vez contacto directo y personal con sindicalistas, con obreros portuarios, que estaban peleando porque les habían intervenido el sindicato y el puerto, y había una lucha de los portuarios muy dura, en la que yo participé indirectamente, a través de estos dirigentes obreros. Ahí ya me comprometí más, me hice cargo de la biblioteca, empecé a organizar conferencias y reuniones. Para entonces ya había leído a Jauretche, pero sobre todo a Ramos, y ahí había comenzado ya mi acercamiento a la gente de Ramos y a él. Después viene el período de la CGTA y allí me vinculo a dirigentes de mayor envergadura sindical, y a un gran dirigente tucumano de la FOTIA, de los trabajadores cañeros, que se llamó Benito Romano. Formo parte de la CGTA, integro y soy un poco el coordinador, el responsable de una comisión de ayuda a Tucumán que estaba pasando por una crisis. Organizo una serie de conferencias en ese lugar, y ya en el año ‘69 me integro al grupo de Ramos (el Partido Socialista de la Izquierda Nacional).
Después estaba todo el tema de los cristianos, el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, todo el ambiente cristiano que estaba muy movilizado. Hubo encuentros cristianos muy importantes en los que participé. Cuando entro en contacto con la gente de Ramos, ahí inmediatamente lo que hacemos es constituir la primera y única agrupación estudiantil marxista que hubo en la UCA. Yo organizo esa agrupación en la Facultad de Derecho que se llamó Asociación Estudiantil Nacional y Social, y ahí logro juntar como a 40 o 50 chicos y chicas, que son integrados al partido, que era mucho decir para una facultad de 500 alumnos. Era casi el 10 %, era como si vos metieras en la Facultad de Económicas 2500 tipos, lo cual significó un quilombo muy grande en la Universidad, donde yo era prácticamente un convicto.
Entorno familiar
Mi papá era muy antiperonista, muy gorila, y yo discutía mucho con él. Por supuesto suponían que yo estaba en algún tipo de actividad pero nunca supieron en realidad mucho y eso fue motivo de un permanente malestar con mis padres. Nunca terminaron de reconocer esa actividad mía. No lo querían ver. Era distinto con otros amigos, que venían de hogares peronistas, en donde todo era como más natural, con un lógico miedo de los padres de “no te vayas a meter en líos” pero sin una tensión ideológica tan grande. Mi familia, como una familia bien tradicional y representativa de la clase media –mi padre se inició como empleado de comercio y llegó a ser gerente de una cadena de tiendas- era una familia que logró con el peronismo un buen status social y era profunda y visceralmente antiperonista. Yo me acuerdo a mis padres celebrando alborozados los bombardeos del 16 de junio del 55, en donde mataron a 300 personas. Pero esto era muy representativo de la clase media. Entonces en mi caso ese fenómeno era casi de laboratorio, yo vengo de una familia antiperonista que en ese proceso me nacionalizo y me radicalizo.
Primero nos movíamos con el dinero de cada uno y cuando nos habíamos organizado políticamente en organizaciones político-partidarias se generaba unas finanzas de la organización que tenía su origen en las cuotas y aportes de los militantes más otro tipo de actividades. La actividad de la Izquierda Nacional se financió durante muchos años con una escuela de periodismo. Ramos y sus amigos fueron los creadores de una escuela de periodismo que estuvo abierta muchos años, donde se cobraba una cuota. Gran parte de la financiación política venía de la escuela de periodismo. Siempre terminaba mal porque se gastaba más de lo que entraba.
Entorno académico
En la UCA el profesorado era muy reaccionario, eran más bien enemigos, de modo tal que mi relación con mis profesores no fue una relación cordial, no tuve en la Universidad ningún profesor que me haya dejado una señal.
En la UBA había un poco de todo, era distinto. Lo que había menos eran profesores nacionales, aunque también ahí aparece un proceso muy interesante que refleja exactamente esto que estuvimos hablando. Me refiero a la aparición de las Cátedras Nacionales. Las Cátedras Nacionales, que aparecen en el ’66 –como ves casi como un resultado inmediato de la intervención militar a la que nos referimos antes- son un conjunto de profesores universitarios que generan una especie de polo ideológico nacional peronista, constituyéndose en una especie de grupo político que tomó ese nombre, Cátedras Nacionales.
Eso tuvo una enorme importancia en el debate ideológico de aquella época: Gonzalo Cárdenas, Alcira Argumedo, Justino Farrell, eran profesores peronistas que se definen como peronistas y que establecen una política ideológico-universitaria desde el peronismo. Tuvieron una gran influencia sobre esa generación.
Mi universidad era un antro reaccionario en donde La noche de los bastones largos no causó cambios. Pero era tan fuerte todo el movimiento de la sociedad que no pudo evitar que también ahí se produjera el mismo fenómeno, porque todo esto era una fuerza de la naturaleza, no se podía contener, no había lugar en donde te pudieras aislar de todo esto. Donde había jóvenes, preocupados, honestos y buenos, esto era un hervidero.
Actividades juveniles
Hacíamos todo lo mismo que hacen todos los jóvenes (bailes, música, levantes, reuniones de amigos) pero absolutamente todo estaba cruzado por la política. Vos te casabas con una chica que era una compañera, con la que sabías que lo que le proponías era una vida de militante.
A partir del 76
En la dictadura del ‘76 los que estaban en la línea de fuego eran los tipos que estaban en la clandestinidad armada, en ese sentido nosotros no estábamos en la línea de fuego. Los que estaban en la línea de fuego lo sabían y vivían clandestinamente, vivían con documentos falsos, etc. Acá nadie ignoraba a qué estaba jugando.
Yo tenía amigos que estaban en la línea de fuego y andaban volados. Yo a Ricardo Grassi, que era uno de los directores de Descamisados, me lo encontraba en la calle de vez en cuando con la sensación de que era una boleta que caminaba. Afortunadamente para él, y para mi posible complejo de culpa, ello no ocurrió. Ricardo reside hoy en Italia. Tampoco tenías muchas ganas de quedarte ahí charlando porque te iban a comer a vos por algo que no tenías nada que ver. Estaban muy como alma en pena. Se les había desarticulado todo. Se nos había desarticulado a todos, en realidad, pero los tipos que estaban en la clandestinidad armada estaban más expuestos.

14 de marzo de 2007

Unidos seremos inconquistables; separados, indefendibles.

Este es el texto de mi participación en la mesa redonda organizada por el Centro Cultural Paco Urondo, en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, el 25 de octubre de 2006. También participaron de la mesa el decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, dr. Hugo Trinchero, el embajador de la República de Bolivia en Argentina, Roger Ortiz Mercado, y el embajador de la República Bolivariana de Venezuela en nuestro país, Roger Capella Mateo.

Julio Fernández Baraibar: Buenas noches amigas y amigos, señoras, señores.

Verdaderamente es un placer y, de alguna manera, una profunda satisfacción política estar esta noche en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires participando de una mesa que está integrada, entre otros, por dos embajadores de dos grandes provincias de nuestra Patria Grande: Bolivia y Venezuela. Y es una satisfacción política percibir que la Facultad de Filosofía y Letras, de alguna manera, se plantea debatir, discutir y sumarse a la discusión de lo que quizás sea el tema político más importante de nuestro continente y de cada uno de sus países, el de la Unidad Latinoamericana. Es mi más profunda convicción, inspirado en las enseñanzas de dos grandes argentinos que de alguna manera determinaron mi visión política de la realidad -me refiero a los conceptos y la acción política de Jorge Abelardo Ramos y a las reflexiones y a la ciclópea tarea realizada por el Gral. Juan Domingo Perón- que no hay nada para nuestra generación más importante que el tema de la Unidad Latinoamericana. Todas nuestra políticas, todas nuestras discusiones, todos nuestros enfrentamientos, todas nuestras diferencias deben quedar subsumidas, a mi entender, en este proyecto. No hay nada más importante para nuestra generación que el proyecto, la tarea y la labor política por la unidad de la Patria Grande.

Los que militamos en el movimiento nacional argentino, los que hemos formado parte de ese gran movimiento liberador que las masas argentinas iniciaron el 17 de octubre de 1945, sabemos que el proyecto de la Unidad Latinoamericana es una necesidad que se plantea a nuestros países y a nuestros pueblos, frente al impresionante desarrollo hegemónico del imperialismo norteamericano, como una manera de equilibrar defensivamente la descomunal diferencia de fuerzas que existe entre ese gran poder saqueador mundial y nuestros pequeños fragmentados y debilitados estados nacionales.

Pero sabemos también que este proyecto hacia el futuro tiene una viabilidad y una posibilidad de desarrollo que está fundamentado en el profundo pasado de nuestros pueblos y de nuestras naciones. Si la Europa, ensangrentada durante siglos por guerras que sacrificaron millones de vidas humanas, en la que francos y germanos, franceses y alemanes regaron con sus vidas los campos de batalla de todo el continente, ha logrado establecer una forma de unidad política continental haciendo desaparecer la enorme dificultad que significan las decenas de lenguas distintas que se hablan en el continente, la dificultad que significa viajar 150 kilómetros y tener que cambiar de lengua porque ya la que uno hablaba 150 kilómetros atrás no sirve más; si se ha logrado remontar esas enormes dificultades históricas, lingüísticas, de desarrollo económico, ¿cómo no va a ser posible la unidad de nuestros países, la unidad en la Patria Grande de la vieja heredad hispanoamericana, cuando nos une un pasado que, lejos de estar fragmentado y ensangrentado por la vida de miles de compatriotas enfrentados con guerras fraticidas, está cimentado en una unidad de lucha común durante todos los primeros veinte años del siglo XIX. América Latina, como proyecto de unidad nacional, es, a mi modo de ver, posible fundamentalmente porque estuvimos unidos en el pasado, porque San Martín, porque Bolívar, porque O’Higgins, porque Sucre, porque Abreu de Lima, todos ellos luchaban hermanados en una misma causa que tenía un enemigo común: el colonialismo español y el despotismo europeo. Es en esta unidad de principio, en esta unidad de inicio, donde se encuentra la fuerza más trascendente del proyecto de Unidad Latinoamericana que, desde hace unos quince años, hemos comenzado a caminar los sudamericanos de una manera casi irreversible. El Mercosur es, en ese sentido, y desde la incorporación de Venezuela al mismo en jornadas históricas que tuvieron sede en nuestra patria, en el corazón de nuestra Argentina, en la Córdoba mediterránea, el proyecto más sólido, más importante y de mayor capacidad de realización que se ha enfrentado generación alguna de sudamericanos.

El establecimiento de un Mercosur que supera el mero acuerdo comercial, que se plantea formas novedosas de unión política, de unión estratégica, de desarrollo científico tecnológico común y que hasta es capaz de sentarse a discutir la posibilidad de la organización de una sola fuerza armada de todo el continente, estableciendo un eje estratégico político-militar y contribuye a que el continente se convierta en una unidad política definitiva, ese Mercosur es el paso más ambicioso que generación alguna de sudamericanos haya realizado desde las jornadas fundadoras de la lucha por la Independencia. Es sobre este tema que nos sentimos enormemente orgullosos de poder debatir y aportar en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, con el peso que para nosotros, los argentinos, tiene la Facultad de Filosofía y Letras y la Universidad de Buenos Aires, sabiendo además la repercusión que esta institución tiene en todo el espacio académico continental. Sobre esto es que hemos invitado a nuestros oradores de hoy y quiero terminar con un pequeño texto del Gral. Juan Domingo Perón que tiene, a mi modo de ver, tintes y luces proféticas, habida cuenta que fue escrito alrededor de 1951. Decía el General Perón en un artículo publicado en el diario "Democracia" bajo el seudónimo de Descartes, que era su seudónimo periodístico:

"El signo de la Cruz del Sur puede ser la insignia de triunfo de los penates de la América del hemisferio austral. Ni Argentina ni Brasil ni Chile aisladas pueden soñar con la unidad económica indispensable para enfrentar un destino de grandeza. Unidos forman, sin embargo, la más formidable unidad a caballo sobre los dos océanos de la civilización moderna. Así podrán intentar desde aquí la unidad latinoamericana con una base operativa polifacética, con inicial impulso indetenible. Desde esa base podría construirse hacia el norte la confederación sudamericana, unificando en esa unión a todos los pueblos de raíz latina. ¿Cómo? –se pregunta el General- Sería lo de menos si realmente estamos decididos a hacerlo. Unidos seremos inconquistables; separados, indefendibles. Si no estamos a la altura de nuestra misión, hombres y pueblos sufriremos el destino de los mediocres".

Creo que estas palabras del General Perón de hace más de cincuenta años tienen una actualidad como si hubieran sido publicadas en el Clarín de esta mañana. A estas palabras apelo y en el sentido de esta propuesta de Perón es que los argentinos tenemos un papel irrenunciable que cumplir en este proyecto de Unidad Sudamericana que el Mercosur ha iniciado, creo, de manera irreversible.

Muchas gracias.