7 de mayo de 2020

Decile a Abelardo que se venga a comer un bife a la UOM

Era el mes de septiembre de 1973. En la Argentina estábamos de elecciones para volver a poner a Juan Domingo Perón en la presidencia de la República después de 18 años de proscripción. De repente en Chile un furioso golpe de estado ametralla el palacio de La Moneda y el presidente Salvador Allende prefiere pegarse un balazo, antes de caer en manos de los verdugos del pueblo chileno.

El Frente de Izquierda Popular tenía, entonces, su local central en la esquina de Jujuy y Alsina, una casa de dos pisos de alto que aún está. Inmediatamente, al enterarnos de estas terribles noticias, un grupo de militantes, en ese momento todos teníamos 25 años, salimos con un altavoz portátil a la Plaza Once para armar un pequeño acto espontáneo con discursos que mezclaban la campaña electoral con los sucesos chilenos.

Los compañeros me piden que cierre el acto y comienzo mi discurso caracterizando lo que estaba ocurriendo en Santiago como una réplica de lo que había ocurrido en Buenos Aires en junio y septiembre de 1955, precisando la similitud parasitaria de las clases sociales que estaban detrás del crimen y en lo que eso había significado para el pueblo argentino.

De pronto veo que entre el numeroso corrillo de público que se había juntado espontáneamente-eran unas cuatrocientas o quinientas personas que pasaban rumbo a la estación de tren- estaba, ni más ni menos, que Lorenzo Miguel, el legendario secretario general de la UOM, el hombre que había sucedido a Augusto Timoteo Vandor después de su asesinato. Allí, rodeado de algunos colaboradores, a pie, estaba el principal dirigente del, en ese momento, poderoso gremio de los metalúrgicos.





El primer pensamiento, al verlo, fue preguntarme si había dicho durante mi discurso alguna invectiva contra la burocracia sindical, mientras seguía con mi improvisada agitación electoral. La conclusión fue que, hasta ese momento, no, pese a que la condena a la dirigencia sindical formaba parte de la retórica de ese momento de la campaña del FIP, "Vote a Perón desde la izquierda".

Me extendí otros minutos sobre el golpe chileno y las elecciones argentinas y el fin de la proscripción a Perón y al peronismo y un cerrado aplauso coronó mis palabras. Miré hacia el público y vi que Lorenzo Miguel aplaudía entusiasmado.

Me dirigí hacia él y le extendí la mano para saludarlo.

- Hola compañero Miguel, le dije, gracias por su atención.

- Le estaba diciendo a los muchachos, me dijo, que era así tal cual vos lo había dicho. El golpe en Chile es el mismo golpe que nos hicieron en el 55. Muy bien. Muy bien.

- Bueno, gracias, atiné a decir.

Con su mano derecha me dio una suave palmada en la mejilla, mientras me decía:

- Decíle a Abelardo que me llame, que se venga a comer un bife a la UOM. Chau, pibe.

Estás últimas palabras fueron textuales. Me llamaron la atención tres cosas: primero la confianza con Jorge Abelardo Ramos. Nadie le decía Abelardo. Dos, nombrar la UOM, no mi oficina, el local. La UOM, la institución de los trabajadores metalúrgicos. Tres, la precisión en el menú. No dijo que se venga a comer algo. Que se venga a comer un bife, una comida como la gente, lo que comemos los argentinos.

Hoy, en medio de la cuarentena y al despertar de una breve siesta, este recuerdo apareció en mi cabeza. Nunca lo había escrito.

Buenos Aires, 7 de mayo de 2020. 

2 de mayo de 2020

Soplar la Ceniza 60. Encuentro con el Observatorio Económico.



Una reflexión sobre el panorama internacional y latinoamericano antes, durante y después de la pandemia.

24 de abril de 2020

Por qué recordamos a Lenin





Para dirigir una revolución sin precedentes en la historia de los pueblos, como la que se produce en Rusia, es evidentemente necesario hallarse en una conexión orgánica indisoluble con la vida popular, una conexión que brota de los orígenes más profundos”.
León Trotsky
Este 22 de abril se cumplieron 150 años del nacimiento, en una pequeña ciudad a orillas del Volga, Simbirsk, ubicada en lo profundo del territorio ruso, de un hombre que, en sus 54 años de edad, cambió el curso de la historia del siglo XX y cuyo nombre legendario, cuya inconfundible imagen, su vasta obra bibliográfica y sus electrizantes propuestas políticas conmovieron durante todo el siglo a las nuevas generaciones que se sumaban a la lucha por transformar el destino de millones de explotados en el mundo entero: Vladimir Illich Ulianov, Lenin
¿Qué sentido tiene después de tanto años recordar a Lenin? ¿Hay algo de su abrumadora labor político-literaria que mantenga alguna validez en este nuevo siglo? ¿Dejó su principal obra, la Revolución de Octubre, la primera revolución obrera triunfante en el país más atrasado de Europa, alguna lección útil en el siglo de las computadoras, el teléfono inteligente, el 5G y la Internet de las cosas? ¿Tienen sus principales libros que, a mi entender, son el Qué Hacer, El Imperialismo, etapa superior del Capitalismo y El Izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo, algo que aportar a la lucha política por nuestra independencia nacional y unidad latinoamericana?
Intentaré, brevemente, responder a estas preguntas.
En primer lugar, Lenin, seudónimo derivado del río Lena que cruza la vieja capital zarista fundada por Pedro el Grande, era un ruso profundo. Su rostro, de rasgos extrañamente orientales, sintetizaba la confluencia de pueblos y sangres que se mezclaron a lo largo de siglos para formar el alma y la naturaleza del hombre ruso. Suecos, mogoles, alemanes, judíos y eslavos se arracimaban en su árbol genealógico. Tenía un profundo conocimiento de la secular cultura de esos millones de campesinos explotados durante siglos y de la geografía de su país, el más extenso del mundo. Pese a vivir y viajar por muchos años en Europa occidental -en Alemania, en Londres, en Suiza, en Suecia, en Finlandia- y aún cuando hablaba y dominaba con distinta intensidad varios idiomas, su principal preocupación durante esos años de exilio fue mantener lo más fluida posible su vinculación con los hombres y mujeres del pueblo ruso que se organizaban en el país.
León Trotsky, quizás el más aparentemente cosmopolita de sus compañeros en la Revolución de Octubre, describió así a Lenin:
Lenin encarna el proletariado ruso, una clase joven, que políticamente tiene apenas la edad de Lenin y es, además, una clase profundamente nacional, porque involucra todo el desarrollo pasado de Rusia y contiene todo el futuro de Rusia, porque en ella vive y muere la nación rusa. Sin rutina ni ejemplo que seguir, libre de falsedad y de compromiso, pero firme en el pensamiento e intrépido para actuar, con una intrepidez que nunca degenera en incomprensión; así es el proletariado ruso y así es Lenin”.
Lenin refleja en sí la clase obrera rusa, no sólo en su presente político, sino también en su pasado rústico tan reciente. Este hombre, sin disputa el jefe del proletariado, parece un campesino; en él hay algo que lo sugiere vivamente”.
Cuando Lenin, cerrado el ojo izquierdo, recibía por radio el discurso parlamentario de un jefe de prosapia imperialista o la nota diplomática esperada -un cierto tejido de reserva sanguinaria y de hipocresía política.- parecía un 'mujik' de temple orgulloso, al que no hay manera de reducir. Un campesino terco y avisado que llega a los límites de la genialidad con las últimas adquisiciones de un pensamiento de estudioso”.1
No había frivolidad cosmopolita ni mandarinato académico en su personalidad. Cercanía, intimidad y conocimiento del pueblo cuya voluntad quería expresar eran los rasgos notorios de su personalidad política. Y ese profundo realismo que nutría el pensamiento de Lenin fue lo que permitió uno de sus grandes hallazgos. Los socialdemócratas europeos, los reformistas y los revolucionarios, estaban convencidos que el decurso de la caída del modo de producción capitalista sería una consecuencia, compleja y trabajosa, del propio desarrollo capitalista. De modo que concebían, quizás un tanto mecánicamente, que serían los trabajadores de los países más desarrollados quienes encabezarían esa revolución europea que no sería más que la continuación, a un nuevo nivel de desarrollo, de la revolución de 1789, de la de 1830, la de 1848 y la de 1871. Y aní aparecía Alemania, con sus sindicatos, sus obreros altamente politizados, su prodigiosa organización política, como el escenario donde comenzaría ese Armageddon del capitalismo.
Fueron Lenin y sus amigos quienes llegaron a la conclusión de que el eje de la revolución de los pueblos se había corrido hacia la periferia. La mecha encendida en San Petersburgo en 1917 no corría hacia Occidente, sino hacia el incógnito Oriente, el de los pueblos bárbaros sometidos a la explotación colonial. No eran ya los obreros alemanes con su carnet socialdemócrata, ni los laboristas ingleses quienes asaltarían el futuro y transformarían el desarrollo de los hombres y mujeres del siglo XX. Eran los campesinos turcos, los maestros rurales del Turquestan, los pequeños burgueses y los artesanos hindúes, con sus tradiciones y sus dioses, con sus turbantes y sus sayas, los que habían recibido la llama del Octubre Rojo. Eran las naciones en proceso de liberación y construcción estatal, eran los pueblos que para Occidente no tenían historia quienes protagonizarían realmente la historia que la osadía de Lenín había iniciado.
En 1920, en plena guerra civil rusa, organizaron en Bakú, la capital de Azerbaiján, la primera Reunión del los Pueblos de Oriente. Casi 3.000 delegados se reunieron para discutir la mezcla de tareas democráticas, de liberación nacional, sociales y económicas que el siglo XX planteaba a sus pueblos y naciones.
Ya en su Imperialismo, fase superior del capitalismo, Lenin había avizorado este fenómeno. El capitalismo en su expansión imperialista se había convertido en un cerrojo que impedía a los pueblos coloniales y semicoloniales recorrer el camino que habían seguido las metrópolis imperiales. La respuesta de esos pueblos no podía demorarse. El genio de Lenin hizo que, de una vez y para siempre, la voluntad histórica de esos nuevos agentes históricos fuese asumida por el conjunto de los explotados.
Mi generación le debe a Lenin haber tenido la posibilidad de leerlo en clave periférica, en clave semicolonial. Le debe a Lenin el convencimiento de que los explotados requieren y son capaces de generar una organización que los represente y conduzca. Le debe a Lenin la gran ayuda de entender que la causa de nuestros pueblos, la causa de los argentinos, del sur, del norte, del este y del oeste, la causa de nuestros trabajadores es y debe ser el principal objetivo de nuestra reflexión política.
Yo, personalmente, adhiero al recuerdo de este ruso cuyo nombre seguirá siendo por siglos bandera de lucha de los humillados y explotados.
Buenos Aires, 24 de abril de 2020
1 Lenin como tipo nacional, León Trotsky, discurso de 1920. Publicado bajo ese título por Editorial Coyoacán, Buenos Aires, 1968.

22 de abril de 2020

La reacción de los jurisconsultos de los millonarios


En octubre del año 2006, el entonces gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Felipe Solá, elevó a la Junta Electoral de su distrito, en un escrito de 49 páginas, un pedido de declaración de certeza acerca de si estaba o no autorizado para presentarse nuevamente a elecciones. En 2002, Solá era vicegobernador. Asumió como titular del Ejecutivo provincial en reemplazo de Carlos Ruckauf, ue renunció en medio del polvaderal de diciembre de 2001. En 2003 fue elegido gobernador y el pedido apuntaba a que la Junta Electoral se expidiese, previo a todo otro trámite, si podía presentarse nuevamente o el interinato del 2001 al 2003 podía considerarse como un primer mandato. Obviamente, el punto de vista sostenido en el escrito era que ese período no correspondía constitucionalmente ser considerado como un primer mandato. Posteriomente, el desarrollo del acontecer político y la presión opositora contra las reelecciones hicieron desistir a Solá de presentar su candidatura.
La vicepresidenta de la República y presidenta del Senado Nacional, a través de la Directora de Asuntos Jurídicos del Senado, la doctora Graciana Peñafort, elevó a la Corte Suprema de la Nación un pedido de declaración de certeza sobre si es constitucionalmente válida o no una sesión no presencial de dicha cámara, es decir a través de instrumentos electrónicos que permitan el debido debate parlamentario y la correspondiente votación, sin necesidad de reunir, en medio de la cuarentena a 72 senadores y senadoras, mucho de ellos en clara zona de riesgo, más sus asesores y empleados necesarios para dicha sesión. Como es sabido, el principal tema de esa sesión será el paquete impositivo preparado por el poder Ejecutivo para enfrentar la crisis del Covid 19 y sus consecuencias económicas y sociales. Ello significa, en buen romance, un impuesto a las 12.000 personas más ricas de la Argentina.
¿Y cuál es el propósito de ese pedido de declaración de certeza que formula la presidenta del Senado? Habida cuenta del papel de custodio de las grandes fortunas que, tradicionalmente, se ha fijado la Corte Suprema de la Nación -salvo contadísimos casos-, el objetivo es impedir que, posteriormente a la sanción de dicha ley impositiva, el sistema mafioso de los grandes estudios, sus grandes clientes y la miríada de abogados a sueldo de estos proponga una inconstitucionalidad de dicha ley, por no haberse sancionado de manera presencial por el parlamento nacional.
Eduardo Casal: "Y soy abogado", respondió cuando le preguntaron por qué había actuado de manera tan artera.

Conocedora de las mañas trapisonderas de sus excelencias, de su orgánica prosternación ante el poder económico, de su afán de emulación a la Corte Suprema de los grandes plutócratas de los Estados Unidos, Cristina Fernández de Kirchner pretendió, tan solo, curarse en salud. Y lo bien que ha hecho, porque las respuestas no han tardado en salir publicadas en el sistema mediático de la Rosca oligárquica y financiera. El devaluado presidente de la Corte, el especialista en Derecho de Clarín, Carlos Rosenkrantz, intentando sacarle el culo a la jeringa, sin valor para decir que no se puede y sin interés en decir que sí se puede, posterga la reunión que debería tratar el pedido. A su vez, el procurador general de la Nación interino, el macrista Eduardo Casal -de quien solo Dios sabe por qué continúa en ese cargo- se pone la toga de Ulpiano y el porte de Papiniano para declarar, con vos engolada, que la Corte no tiene por qué responder a eso, ya que no se trata de un contencioso. Y, evocando la memoria augusta de Montesquieu afirma que una intervención del máximo tribunal como la que pidió la vicepresidenta “importaría indefectiblemente”, de parte de la Justicia, “una intromisión en las atribuciones propias del Senado de la Nación”. Por supuesto, simultáneamente considera, aunque no lo mencione, que declarar una eventual inconstitucionalidad de una ley dictada bajo esas condiciones sería simplemente un maravilloso acto de ejercicio de la división de poderes establecida por la sacrosanta constitución del 53 y del 94, además del necesario ejercicio de control que el augusto cuerpo tiene como misión.
La hipocresía suele disfrazarse de sobriedad pretoriana. Sinvergüenzas que se niegan a pagar impuestos como todos los ciudadanos, cretinos que estuvieron a punto de aceptar miembros impuestos por un decreto presidencial, marrulleros de cafetines de Tribunales, pequeros de dados cargados, su única tarea es defender con argumentos prestigiosos la fortuna delictuosa de evasores, lavadores, especuladores y usureros.
Que se reúna virtualmente el Congreso y que el número de los representantes populares les imponga a estos verdugos del pueblo argentino la necesaria distribución de su mal habida riqueza.
Buenos Aires, 21 de abril de 2020





2 de marzo de 2020

20 de febrero de 2020

Alberto Fernández, su potestas se fortalece gracias a su auctoritas


A la luz de estos desarrollos, y sobre la base del análisis de la sostenibilidad de la deuda de julio de 2019, el personal del FMI ahora evalúa que la deuda de Argentina no es sostenible. Específicamente, nuestra visión es que el superávit primario que se necesitaría para reducir la deuda pública y las necesidades de financiamiento bruto a niveles consistentes con un riesgo de refinanciamiento manejable y un crecimiento del producto potencial satisfactorio no es económicamente ni políticamente factible.
En consecuencia, se requiere de una operación de deuda definitiva, que genere una contribución apreciable de los acreedores privados, para ayudar a restaurar la sostenibilidad de la deuda con una alta probabilidad. El personal del FMI hizo hincapié en la importancia de continuar un proceso colaborativo con los acreedores privados para maximizar su participación en la eventual operación de deuda”.
Este texto, firmado por los dos altos funcionarios del FMI que visitaban Buenos Aires para analizar la situación de la economía argentina, cayó como un rayo en una noche serena. El Fondo Monetario Internacional adoptaba el mismo adjetivo con el que el ministro de Economía Martín Guzmán había caracterizado la deuda: “insostenible”. Es decir que el superávit primario -el ajuste- necesario para reducir la deuda pública “no es económicamente ni políticamente posible”.
Y, por lo tanto, pedía a los acreedores privados -los bonistas- “una contribución apreciable”, es decir, les anticipaba que se olvidasen de recibir el 100 % de lo adeudado en carácter de capital y de intereses. El FMI, en ese comunicado de una carilla le daba la razón al presidente Alberto Fernández y a su ministro de Economía, Martín Guzmán, que, durante las tres semanas anteriores habían recorrido las principales capitales occidentales buscando apoyo para su punto de vista. Desde la sorpresiva visita a Israel, como cada una de las entrevistas con los dirigentes italianos, franceses, alemanes y españoles y, fundamentalmente, con el Papa Francisco tuvieron como único objetivo generar las condiciones políticas para que el FMI fuese un receptor atento al planteamiento argentino.
Lo del Papa Francisco merece un breve párrafo. En primer lugar, el presidente Fernández visitó al vecino de Flores y conversó cón él durante una larga reunión.

El 5 de febrero, hace tan solo quince días, el ministro Guzmán tuvo la oportunidad de participar de la “Conferencia sobre Nuevas Formas de Solidaridad, Inclusión e Integración” en los salones del Vaticano. Allí se sentó, en un destacado lugar, junto a la Directora del FMI, Kristalina Georgieva, el premio Nóbel Joseph Stiglitz y el propio Papa Francisco, quien abrió la reunión con un mensaje cargado de contenidos políticos y morales. Y la propia Directora del FMI pudo escuchar el mensaje completo de Martín Guzmán, con quien, también a instancias de Francisco, había conversado muy animadamente la noche anterior, según cuentan las crónicas periodísticas de esa jornada. En ese mensaje, Guzmán usó dos expresiones que han reaparecido en el documento del FMI que mencionamos más arriba.
Hemos tenido una discusión constructiva, de entendimiento, tratando de evitar los errores del pasado. Pero tenemos poco tiempo, la deuda es insostenible”, afirmó. Y a continuación se comprometió: “Vamos a hacer las cosas bien, necesitamos cooperación ahí, así como necesitamos la cooperación de los bonistas”. Es evidente que Francisco logró su objetivo: que la nueva directora del Fondo escuchase la argumentación de Guzmán y, de alguna manera, sintiese que esa argumentación era compartida por él mismo.
La declaración de la comisión del FMI en Buenos Aires ha significado un rotundo espaldarazo a la política conducida por Alberto Fernández, que constituyó, por otra parte, una de sus escasas promesas de campaña. Pero, además, la noticia se convirtió con el correr de las horas, en titular de los principales diarios europeos. Desde El País de España, hasta la agencia Deutsche Welle, pasando por el Financial Times, se han hecho eco de la definición del Fondo y del significado que ella tiene para la afirmación del liderazgo de Alberto Fernández, así como para el futuro de la negociación y el crecimiento posible de la economía argentina.
En cierta manera, lo de esta mañana ha sido como una segunda proclamación de Alberto Fernández como presidente de la Argentina. Su propuesta de pagar sobre la base del crecimiento y no del ajuste, su planteo del carácter insostenible -es decir que de ninguna manera puede ser exigible sin un previo replanteo de monto, intereses y plazos- han sido reconocidos internacionalmente y son, por decirlo de alguna manera, doctrina del Fondo Monetario Internacional. 

Si, como es posible pensar, las negociaciones con los acreedores llegan a un acuerdo que sostenga el punto de vista nacional, el gobierno podrá encontrarse en los meses finales de este año con el inicio de un despegue económico que le permita enfrentar desde un lugar más favorable las elecciones legislativas del 2021.
La auctoritas de Alberto Fernández en este punto robustece su potestas. La consecuencia de ello se manifestará en el plano externo, en la futura negociación, y en el plano interno, en su capacidad de superar enfrentamientos y ataques. No va a ser fácil cortarle la ruta con las 4X4 a un presidente que ha logrado convencer al FMI del dislate de la política de endeudamiento del anterior gobierno.
Buenos Aires, 20 de Febrero de 2020