En esta página publico los artículos escritos por mí en los últimos años, sobre política argentina, política latinoamericana y política internacional, que considero más interesantes y de actualidad. Visite mi blog con temas periodísticos y literarios http://jfernandezbaraibar.blogspot.com
21 de septiembre de 2015
19 de septiembre de 2015
Francisco y Raúl
Hablemos de cosas importantes. Tanto el discurso con que Francisco saluda al pueblo y a las autoridades cubanas, como la respuesta que le da de bienvenida el presidente Raúl Castro son dos documentos históricos inimaginables hace cinco años.
Francisco, en un lenguaje que recuerda a Methol Ferré, mencionó el carácter fronterizo, de llave de los cuatro puntos cardinales que caracteriza a Cuba, citando al héroe José Martí y a Juan Pablo II -pareja que solo la osadía intelectual de Francisco pudo unir- y advirtió, como al pasar, que estamos viviendo tiempos de Tercera Guerra Mundial.
El discurso de Raúl no fue menos intenso. Hizo público la importancia que para su propia visión del mundo han tenido tanto la Evangelii Gaudium como la Si Laudato, a la vez que destacó la importancia de las afirmaciones papales en la reunión con ls Movimientos Sociales en Bolivia. Unió el pensamiento de Fidel Castro con las consideraciones papales y explicitó la unidad de intereses entre los escritos y dichos papales con los textos de Fidel y los objetivos de la Revolución Cubana.
Creo que por primera vez en el mundo moderno -es decir, después de la Revolución Francesa- un líder político explicitamente socialista manifiesta una coincidencia tal con un jefe de la Iglesia Católica.
Latinoamérica, nuestro continente geográfico y cultural, ha sido la incubadora donde esto se ha hecho posible.
Buenos Aires, 19 de septiembre de 2015
31 de agosto de 2015
Palabras de la entrega del Premio Jorge Abelardo Ramos, post mortem, a Alberto Methol Ferré. 31 de agosto de 2015
Alberto Methol Ferré, el Tucho, fue un hombre
singular. Nacido en Montevideo en un hogar de clase media, tuvo de compañero en
la universidad al propio Jorge Batlle, lo que no impidió que sus convicciones
políticas lo acercasen al partido Nacional, a los blancos y, dentro de ellos,
al ala liderada por quien fuera el último caudillo de ese partido, don Luis
Alberto de Herrera.
Al mismo tiempo, se convirtió al catolicismo y
comenzó a desarrollar su admiración por
el entonces presidente de la Argentina, el general Juan Domingo Perón. Él mismo
ha contado el impacto que le produjo la publicación en Montevideo del célebre
discurso de Perón ante los oficiales del alto mando del Ejército, el 11 de
noviembre de 1953, en el que exponía su concepción del Nuevo ABC. Por primera
vez en la región, un presidente argentino, contra todas las teorías de los
estados mayores, proponía una alianza estratégica con el Brasil y con Chile,
como paso necesario para la integración del continente.
A partir de ello, el pensamiento político de
Methol Ferré estuvo dedicado a consolidar, profundizar y extender en toda su
arquitectura, la propuesta de Perón. Sus incursiones en la historia española y
latinoamericana, sus análisis sobre el Uruguay y su historia, su abordaje a la
Geopolítica, su frecuentación a Hegel y a Ratzel no tuvieron otra finalidad que
abarcar en toda su extensión e implicancias la potencialidad que se encerraba
en esta alianza estratégica.
En un país signado por un origen vinculado a las
intrigas de Lord Ponsomby y a la irreductible estolidez rivadaviana,
caracterizado por un laicismo raro en la región y en el que el imperio inglés
permitió una suave democracia urbana y una fuerte miseria rural, Alberto Methol
Ferré fue católico, federal, artiguista y blanco.
Encontró en la prédica de Herrera contra el
establecimiento de bases norteamericanas, en la década del 50, una vinculación
entre las viejas banderas de Manuel Oribe de los tiempos del sitio de
Montevideo y las nuevas tareas patrióticas exigidas por el reemplazo definitivo
de aquel Lord Ponsomby por el nuevo Mr. Ponsomby, como, con gracia, definía la
aparición del nuevo imperialismo norteamericano en las playas de Pocitos.
Con el viejo caudillo blanco, participó Methol
Ferré de la campaña electoral que permitió el triunfo de Herrera junto a quien
fundara el movimiento ruralista, Benito Nardone, conocido por su seudónimo
radial “Chicotazo”. De esos años es el libro que publicara en nuestro país don
Arturo Peña Lillo en la memorable colección La Siringa, “La crisis del Uruguay y el imperio británico”, de lectura aún hoy
reveladora del Uruguay profundo, más allá del Cerro de Montevideo.
Compartió con Washington Reyes Abadie y Roberto
Ares Pons la creación de la revista Nexo,
en 1958. Desde ella comenzó a desarrollar aquellas tesis aprendidas del general
argentino derrocado en 1955 y a concebir la función de su pequeño país, alguna
vez Banda Oriental y alguna otra Provincia Cisplatina, como el nexo y la clave
capaz de articular la unidad de la Cuenca del Plata. Justamente con este
concepto dará inicio a la más trascendente y luminosa reflexión que se haya
escrito sobre el papel histórico y el destino del Uruguay, su admirable “Uruguay como problema”. Así comienza el
libro: “El Uruguay es la llave de la
Cuenca del Plata y el Atlántico Sur, y la incertidumbre de su destino afecta y
contamina, de modo inexorable y radical, al sistema de relaciones establecido
entre Argentina, Brasil, Paraguay y Bolivia”.
Alberto Methol Ferré estaba dotado de una
prodigiosa capacidad para la reflexión filosófica e histórica. En su cabeza los
países, las naciones y los continentes eran protagonistas de una marcha
contradictoria y agónica hacia la realización de su ser.
Al modo de un Hegel contemporáneo, desde su
mirador de la calle Brecha, oteaba el horizonte americano, a la vez que
explicaba a su interlocutor que su misión en esa calle, llamada Brecha porque
fue por donde entraron los invasores ingleses de 1806 abriendo una brecha en el
muro del fuerte, era impedir que, ya no los ingleses, sino los angloamericanos
volvieran a ocupar la ciudad platina. Su poderosa mirada atravesaba las
décadas, los siglos y las distancias. Era capaz de descubrir en el papel jugado
por la isla de Cuba durante la colonia española, la importancia y el peso que
la misma lograra en términos de geopolítica a partir de la Revolución Cubana.
Frente a sus ojos se extendía un gigantesco mapa de nuestro continente que le
permitía reflexionar sobre la necesidad del Brasil de sostener la revolución
bolivariana de Chávez a efectos de impedir que la frontera de los EE.UU. se
acerque peligrosamente a la Amazonia.
Al modo de Demóstenes, el orador paradigmático de
la antigüedad, Alberto Methol Ferré había logrado una admirable capacidad de
comunicación verbal que superaba por lejos la contumaz tartamudez que lo
aquejaba desde la infancia. A poco de comenzar y después de su habitual chiste
de ser un orador que se interrumpe a sí mismo, sus interlocutores quedaban
hipnotizados por el prodigioso despliegue conceptual, la abrumadora capacidad
de asociaciones y una erudición que se ocultaba en un lenguaje popular y llano.
A partir de la instauración de la dictadura en su
país, perdió su alto cargo en la administración del puerto de Montevideo y se
convirtió en uno de los más importantes intelectuales laicos del Episcopado
Latinoamericano. Esa tarea le permitió recorrer nuestro continente en toda su
extensión, conocer de cerca las distintas realidades de nuestros pueblos e
investigar en su historia política y económica.
Lentamente su pensamiento comenzó a abrirse paso
en el Uruguay, en la otrora llamada “Suiza
del Plata”. A medida que el bienestar de la semicolonia inglesa comenzaba a
desaparecer y miles y miles de uruguayos emigraban a Europa y a Australia,
cuando el país no podía ofrecerles un lugar bajo el sol, la prédica de Alberto
Methol Ferré, su intransigente continentalismo, su desprecio a la
“argentinidad”, a la “uruguayidad”, a la “chilenidad”, comenzaron a demostrar
su valor y trascendencia.
Fundador del Frente Amplio uruguayo, se aleja del
mismo, en los años 80, recluyéndose en su vieja identidad blanca. La aparición
de Pepe Mujica como caudillo del Frente y su candidatura presidencial lo
acercaron nuevamente a aquellas filas y son muchos los comentarios acerca de
sus reuniones con Pepe, hablando de lo que más sabía: la unidad continental, el
Mercosur, la Unasur y el futuro de la Patria Grande.
Tuvo con la Argentina una relación más que
fraternal. En el fondo Tucho Methol Ferré se consideraba un argentino oriental,
como aquellos a los que estaba dirigido el llamamiento del general Lavalleja: “Argentinos Orientales: las Provincias
hermanas sólo esperan vuestro pronunciamiento para protegeros en la heroica
empresa de reconquistar vuestros derechos. La gran nación argentina, de que
sois parte, tiene gran interés de que seáis libres, y el Congreso que rige sus
destinos no trepidará en asegurar los vuestros”.
Cultivó la amistad con grandes argentinos, como
Arturo Jauretche, Jorge Abelardo Ramos, Alejandro Álvarez, Fermín Chávez y, en
los últimos años, con un hombre que hoy tiene una responsabilidad universal, el
padre Jorge Bergoglio, Francisco, Obispo de Roma y Papa de la Iglesia Católica.
Cuando sus viejos amigos se fueron retirando,
mantuvo una activa y generosa relación con quienes formábamos parte de una
generación más joven. Y hasta los últimos días mantuvo una enorme capacidad de
trabajo y una incansable voluntad de transmitir sus conocimientos y sus
reflexiones.
El 19 de diciembre de 1961, Alberto
Methol Ferré le escribió a Jorge Abelardo Ramos una carta en la que, después de
tocar una serie de aburridos tópicos jurídico financieros vinculados con los
herederos de los derechos literarios de Luis Alberto de Herrera, en una
postdata pone lo siguiente:
“Va para Buenos Aires un muchacho Hug
que firma Galeano en “Marcha”. Es muy joven y muy inteligente según
referencias. Va a tentar suerte en la urbe bonaerense y está en la revista
“Che”. Sé por referencias que es socialista en evolución rápida. Anda muy
embalado con la corriente “coyoacanesca” y sería bueno que lo conocieras.
(Vivian) Trias tiene muy buen concepto del muchacho”.
En este mediodía, rodeados de amigos y discípulos,
la historia ha querido que los tres vuelvan a juntarse, en un momento de
nuestra Patria Grande de la que los tres estarían orgullosos.
18 de agosto de 2015
San Martín y su mausoleo de plástico
De alguna manera, José de San Martín ha comenzado a ser conocido,
discutido y admirado -en la extensa amplitud de sus méritos- recién a partir
del sesquicentenario de su muerte, en Francia, ignorado y falseado por los
rioplatenses que después intentarán convertirlo en el santo que nunca fue.
En efecto, en aquel hoy lejano 17 de agosto de 2000 fueron escasos los
homenajes y recuerdos a su memoria. Su proeza suramericana, su firmeza estoica,
su enfrentamiento nunca perdonado con la venal burguesía comercial porteña
expresada por Rivadavia, su mirada continental y su destierro europeo no
resultaban temas de interés para un país que se debatía en la agonía
paralizante de la deuda externa, la desocupación y la pobreza.
Se necesitó el estallido oxigenante del 19 y 20 de diciembre de 2001,
se necesitó que el país profundo rompiese, con su mera presencia física, la red
de sofismas y mentiras que hasta ese momento encorsetaban la expresión de su
voluntad, para que la figura de aquel augusto guerrero y empecinado político
despertase con una nueva luz en la conciencia de nuestros paisanos.
En 1950, al cumplirse los cien años de su desaparición, el gobierno de Juan Domingo Perón declaró el Año Sanmartiniano y puso a su disposición todo el aparato comunicacional de su gobierno, el primero en incorporar esa actividad, hoy imprescindible, a la acción estatal. La imagen del Libertador se multiplicó en estampillas -cuando el correo postal era de uso cotidiano en todas las relaciones humanas-, en concursos literarios, en obras de teatro, en referencias retóricas, en publicaciones, en revistas y diarios. Los manuales de lectura infantiles se iniciaban con el retrato de San Martín envuelto en la bandera argentina, ese cuadro tan familia y que nadie a ciencia cierta puede afirmar quien es su autor. Julio Perceval dirigía en el Cerro de la Gloria, en Mendoza, El Canto de San Martín de Leopoldo Marechal, donde el elenco del Teatro Colón cantaba:
“CORO 1°
“Y era guerra de amor
la que traía el hombre
del Atlántico verde.
CORO 2°
¡Y era guerra de amor!”
Detrás
de todo ese despliegue no había solamente una intención hagiográfica. El
presidente Perón preparaba, además, el terreno espiritual para el lanzamiento
de lo que sería su más ambicioso proyecto estratégico: la actualización de los
ideales sanmartinianos de unidad continental en la propuesta de alianza
estratégica con el Brasil, proyecto que el propio Perón llamó “el Nuevo ABC”.
Era
imprescindible, en aquellos años, traer al presente la epopeya suramericana de
San Martín -y obviamente de Bolívar- para que una invitación al Brasil para
conformar una alianza estratégica destinada a unificar el subcontinente no
fuese considerada un delirio expansionista, como de hecho lo fue por parte de los
tradicionales sectores oligárquicos de los países involucrados, Brasil y Chile.
En el
nuevo siglo nuestro Libertador encontró nuevamente un terreno propicio para su
vieja concepción que no era otra que la Unidad y la Independencia. Habían
logrado, entre su acción y la de Simón Bolívar, asegurarnos la segunda, pero
las fuerzas centrífugas de los puertos y sus burguesías comerciales, ávidas de
la quincalla europea, habían hecho fracasar la primera. Doscientos años
después, Caracas, Buenos Aires y Quito, los mismos pueblos de los versos no
cantados de nuestro himno patrio, volvían por la tarea inconclusa.
Y
entonces don José de San Martín volvió a brillar con la luz que siempre había
merecido. Volvió a escribirse su biografía. Su nombre volvió a cabalgar, junto
con el caraqueño y el del oriental José Artigas, en la imaginación de nuestros
pueblos y sus gobernantes. Se hicieron nuevas películas. Su marcial exigencia, “Seamos
libres, lo demás no importa nada”, volvió a imponerse como imperativo moral
a las nuevas generaciones.
Mientras
quienes fueron sus enemigos políticos y atentaron contra su empresa se hundían
en el olvido y, muchas veces, en el desprecio populares, el correntino no ha
hecho otra cosa que agigantarse, hasta convertirse en el ideal de las nuevas
generaciones que se han incorporado a la política.
Aquel hombre fue descripto por Mary Graham, la
amante del aventurero inglés Cochrane, con los siguientes rasgos: “Es alto y
bien constituido, tiene una apuesta e inteligente prestancia pero sus ojos
oscuros y grandes tienen una expresión muy singular, quizás debiera decir
siniestra. Son oscuros y bellos, pero inquietos; nunca se fijan en un objeto
más de un momento, pero en ese momento expresan mil cosas. Su rostro es
verdaderamente hermoso, animado, inteligente; pero no abierto. Su modo de
expresarse, rápido, suele adolecer de oscuridad; sazona a veces su lenguaje con
dichos maliciosos y refranes. Tiene grande afluencia de palabras y facilidad
para discurrir sobre cualquier materia”. Curiosamente, es el retrato más
cercano y preciso que tenemos del General, pero como se aleja del retrato
piadoso y ñoño que nos ofreció Mitre, ha sido ocultado por la historia oficial.
Ojos siniestros, inquietos y que expresan mil cosas,
un rostro hermético, palabra fácil, pero oscura, maliciosa y abundosa en
refranes, capacidad para opinar sobre cualquier tema dan la idea de un hombre
astuto, que no confía a nadie todos sus pensamientos, seductor y calculador.
Dan la idea vulgar de un político, algo que la lavandina mitrista quiso sacar
de la memoria de nuestro héroe.
El renacer de los tiempos históricos, el nuevo
impulso continental de nuestros pueblos han desenterrado este José de San
Martín del mausoleo plástico con que recubrieron su acción y su pensamiento los
herederos de Rivadavia y el partido directorial. Su voluntad política adamantina
para independizar y unir a estas tierras es el legado sanmartiniano que hoy
resplandece.
Buenos Aires, 16 de agosto de
2015
Publicado en Infobae http://www.infobae.com/ 2015/08/17/1748840-san-martin- y-su-mausoleo-plastico
23 de julio de 2015
La voltereta de Macri
Analizando
la voltereta que está intentando pegar el PRO y su candidato
Mauricio Macri me vino al recuerdo una vieja discusión que se daba
en los finales de los años 60 y principios de los 70.
El
tema, entonces, era el de la democracia en un estado socialista y en
la posibilidad de una oposición y de un régimen de partidos. El
régimen de partido único y la prohibición de fracciones internas
en el partido Comunista Ruso, impuesta por Lenin durante los
terribles años de la guerra civil y el asedio imperialista al
naciente estado obrero, se había convertido, a la muerte de aquel,
en una terrible dictadura en la que toda oposición era brutal y
criminalmente reprimida. 50 años después de Octubre de 1917 ese
régimen era una caricatura de aquella hipotética democracia obrera
y campesina y la izquierda no stalinista de todo el mundo, y en
especial de los países semicoloniales, se preguntaban si era posible
la convivencia de un régimen de propiedad estatal de los medios de
producción, de gestión obrera y popular de la economía con un
sistema de partidos que disputaran periódicamente el acceso al
gobierno y a la gestión política del estado. Recuerdo haber leído
entonces algunos textos que intentaban explicar que ello era posible
si el conjunto de esos partidos aceptaban el modelo socialista
imperante, reconocían la ventaja de la economía planificada sobre
la economía de mercado y dentro de ella discutían y disputaban por
una mejor administración pública, por una mayor eficiencia o una
más profunda democratización del sistema político y económico, de
los derechos y garantías, de los derechos de las minorías, etc.
Así
como la revolución burguesa, una vez consolidada en países como
Inglaterra, Francia o los EE.UU, dio origen a diversos partidos, más
conservadores unos o más radicales otros, pero que aceptaban el
régimen democrático y republicano y no intentaban volver al Ancien
Regime o restaurar la esclavitud, la revolución obrera socialista,
una vez afirmada y considerada por el conjunto social como el único
régimen posible y asegurada la imposibilidad de una restauración
capitalista, podía dar lugar a diversos partidos o expresiones
políticas que asumiesen una multiplicidad de puntos de vista,
opiniones, tradiciones y valores que convivían armónicamente en el
conjunto social. Seguramente en algún lugar de mi biblioteca deben
estar esos textos y esos debates, pero es tarde y no viene al caso
resucitarlos.
Trasladando
aquella, hoy lejana, discusión a nuestro continente y más
precisamente a nuestro país y, sobre todo, a nuestros días, algo
parecido, con un matiz mucho menos radical, pareció surgir en el
debate público.
La
gran crítica que la oposición a los gobiernos peronistas
kirchneristas ha generado -junto con una pertinaz irritación y
violencia verbal- es su negativa, desde el principio y en su
totalidad, a reconocer y aceptar la vigencia de una política
autocentrada e independiente de industrialización del país, bajo
criterios de justicia social, inclusión y democratización
económica. Cuando repudiamos la actitud opositora de no reconocer
una sola de las medidas adoptadas en estos doce años, de ignorar los
notables avances -aún cuando parciales- logrados en diversos campos
como el del aumento del pleno empleo, la vigencia de las convenciones
colectivas de trabajo, la asistencia de los sectores más postergados
a través de la AUH y demás políticas sociales, el control estatal
de sectores claves como YPF, Aerolíneas, ferrocarriles, inversión
científica y tecnológica, la creación de nuevas universidades, el
proyecto de integración política, económica, social y cultural con
el resto de los países latinoamericanos y, en especial,
suramericanos, etc., estamos, en realidad, proponiendo la aparición
de una oposición que asuma este proyecto como un nuevo estadio de
desarrollo de nuestra sociedad y, a partir del mismo, intente
mejorarlo, introducirle nuevas perspectivas o puntos de vista, que
podrán ser más conservadores o más radicales, pero que reconocen
la vigencia a largo plazo de un nuevo paradigma político social.
Por
el contrario, la oposición al gobierno se ha caracterizado por un
permanente intento de restaurar -bajo distintos ropajes y maneras- el
paradigma neoliberal, la hegemonía del capital financiero, el
reendeudamiento de nuestra economía, la sumisión a los controles y
criterios de los organismos multinacionales de crédito y a los
dictados políticos y económicos de los EE.UU y de la UE.
Una
manifestación
del triunfo de nuestro proyecto y de la creación de una nueva
Argentina en un nuevo esquema continental sería, justamente, la
aparición de partidos y tendencias que, sin cuestionar esas bases,
discutan y luchen electoralmente por recambios políticos
administrativos, expresando cada uno de ellos la riqueza de
tradiciones políticas y culturales de una democracia multicolor.
Lo
que hemos visto en estos días, con la voltereta que intenta dar el
PRO sobre sus puntos de vista y opiniones, reconociendo y aceptando
algunos de nuestros principales logros que, a su vez, son pilares de
las políticas de estado llevadas adelante durante estos años, es,
en cierta manera, un intento tardío e insincero de establecer una
oposición del tipo que describimos más arriba. Alguien, bastante
sagaz y con una mirada política profunda, descubrió que el proyecto
era victorioso. Que, por ahora, el pueblo argentino no estaba
dispuesto a cuestionar las políticas de estado de los doce años
kirchneristas y que cualquier política restauradora sufriría una
apabullante derrota.
Esto,
por falaz y manipuladora que sea la intención de quienes la
proponen, significa un paso enorme, de una magnitud que la Argentina
nunca conoció anteriormente. Los opositores a Yrigoyen en 1930 y a
Perón en 1955 y 1976, no es necesario extenderse mucho al respecto,
fueron frenéticamente restauradores. Su intención explícita fue
volver a las condiciones del país agroexportador, para pocos
habitantes, convertidos en consumidores de artículos importados, sin
industria nacional ni valor agregado en las exportaciones. Hasta hace
muy pocos días, el discurso homogéneo de la oposición política y
mediática fue ese. Había que borrar de la experiencia histórica,
como un monstruoso error, estos doce años. Había que volver a
entrar en la espiral de la deuda y someterse a los requerimientos del
FMI y los acreedores externos, convertido hoy en los repudiados
buitres encabezados por Paul Singer. Había que volver a reducir el
papel del estado para que la copa rebalsada jamás llegase a las
sedientas bocas de las grandes mayorías. El control estatal de las
empresas estratégicas -como YPF o Aerolíneas- debía desaparecer y
de alguna manera el capital financiero debía volver a hacerse cargo
de las jubilaciones de nuestros asalariados.
La voltereta que está intentando Mauricio Macri ha provocado una autómática asociación con la ocurrencia de Groucho Marx: “Estos son mis principios; si no le gustan tengo otros”. Pero, lo que para él es peor, puede dejarlo en Pampa y la vía. El lugar que hasta ahora ha ocupado Macri en la política está determinado por las opiniones explícitas e implícitas que él y su partido sostienen. Modificar, repentinamente y a un mes de las PASO, aunque más no sea sus opiniones explícitas lo deja sin nicho ecológico, que deberá ser rápidamente llenado por algún otro, sin que esa modificación sea capaz de conmover al electorado que viene sosteniendo al gobierno. Ni la corporación mediática, ni la SRA, ni la embajada yanqui quieren un candidato que diga que va a actuar con los fondos buitres como Kicillof, aunque sea mentira, porque se pone en duda una cuestión de principios. Sostener que Kicillof tiene razón es hacer propaganda a Cristina y al FpV. Macri, por este camino, puede llegar a quedarse sin financiación privada, tal como le pasó a Massa,con su paulatino eclipse y definitivo ocaso. ¿Cómo qué Massa? El marido de Malena Galmarini.
La voltereta que está intentando Mauricio Macri ha provocado una autómática asociación con la ocurrencia de Groucho Marx: “Estos son mis principios; si no le gustan tengo otros”. Pero, lo que para él es peor, puede dejarlo en Pampa y la vía. El lugar que hasta ahora ha ocupado Macri en la política está determinado por las opiniones explícitas e implícitas que él y su partido sostienen. Modificar, repentinamente y a un mes de las PASO, aunque más no sea sus opiniones explícitas lo deja sin nicho ecológico, que deberá ser rápidamente llenado por algún otro, sin que esa modificación sea capaz de conmover al electorado que viene sosteniendo al gobierno. Ni la corporación mediática, ni la SRA, ni la embajada yanqui quieren un candidato que diga que va a actuar con los fondos buitres como Kicillof, aunque sea mentira, porque se pone en duda una cuestión de principios. Sostener que Kicillof tiene razón es hacer propaganda a Cristina y al FpV. Macri, por este camino, puede llegar a quedarse sin financiación privada, tal como le pasó a Massa,con su paulatino eclipse y definitivo ocaso. ¿Cómo qué Massa? El marido de Malena Galmarini.
Aunque
bajo las condiciones antes descriptas las declaraciones
de Mauricio Macri constituyen un hito en la historia política
argentina.
Más
allá de la imposible credibilidad en sus palabras -intenta una
canción de la que no conoce ni la letra ni la música- es un hecho
histórico que estos doce años han impactado profundamente en la
conciencia política argentina a punto de que quien quiera aspirar a
la presidencia de la República en las próximas elecciones no tiene
más remedio que partir aceptando este nuevo paradigma que inició
Néstor Kirchner, cuando afirmó no dejar las convicciones en la
puerta de la Casa Rosada, y que Cristina ha convertido en un nuevo
punto de partida al futuro.
No
es poca cosa.
20 de julio de 2015
Una noche de sorpresas y cambios inesperados
La política, como la vida, tiene sorpresas, encrucijadas,
emboscadas y repentinos cambios que influyen sobre el porvenir. Hoy
la política argentina vivió uno de esos cambios. Y el mapa político
de cara a las próximas elecciones nacionales es distinto al de ayer
o al de hoy a la mañana.
La primera vuelta electoral para elegir jefe de gobierno en la Capital Federal -sigámosla llamando así que es un mejor nombre, es de todos, es federal, es orgullo de los argentinos- tuvo una distribución de votos más o menos así: un 46% para el candidato oficialista del PRO, el compinche y “consigliero” del actual jefe de gobierno y candidato a presidente de la República Mauricio Macri, Horacio Rodríguez Larreta; un 26% a favor de su socio en la alianza electoral por la presidencia y candidato de Elisa Carrió, Sanz y Stolbizer -todos a la sombra del gran titiritero el Coti Nosiglia-, Martín Lousteau; el candidato del Frente para la Victoria, Mariano Recalde, 22 % y un 6% repartido en las dos alternativas llamadas de izquierda.
La cifra obtenida por el PRO era muy alta. Solo 4 puntos le faltaban para la mayoría absoluta. Un triunfo del candidato macrista en la Capital Federal, donde el jefe del partido habían gobernado durante ocho años, era el empujón necesario para consolidar su carrera a la presidencia como el mejor y más exitoso candidato de la oposición antikirchnerista. El resultado final de las elecciones en Santa Fe, con la milimétrica derrota del artista de varieté Miguel del Sel y su pésimo resultado en las elecciones legislativas en dicha provincia, habían dejado al PRO fuera de juego en la tierra de Carlos Reuteman -el eternamente relegado candidato presidencial conservador y punto de contacto con el viejo menemismo hoy en desbande-. De manera que demostrar un poderoso caudal electoral en la Capital Federal constituía para el macrismo una pieza esencial en su arquitectura táctica, en rumbo a octubre.
Quince días antes del comicio el ex candidato del FpV, Mariano Recalde, anunció, en conferencia de prensa, que su fuerza no se manifestaría por ninguna de las dos opciones del balotaje, por considerarlas dos caras de la misma política y del mismo proyecto. Pero tampoco, públicamente, llamó a los votantes del FpV a no votar o votar en blanco. La declaración fue, a mi entender, correcta puesto que no correspondía el apoyo público a un candidato y a una fuerza que se declaraba profundamente opositora a la presidenta de la República y a las políticas desarrolladas en sus mandatos. Tampoco correspondía, como se verá, llamar a votar en blanco, puesto que el resultado de ese voto en blanco dejaría expuesta la capacidad de conducción del FpV sobre sus electores. No obstante, y pese a no ser sostenido públicamente, circuló entre distintos grupos militantes del FpV de Capital, la orden o sugerencia de votar en blanco. Circulaba un argumento acerca de no permitir el crecimiento de Lousteau, habida cuenta que el PRO ya estaba virtualmente derrotado en las elecciones nacionales y algunas otras consideraciones tacticistas de diferente importancia y criterio.
La constitución de la Capital Federal establece que para la obtención de la mayoría absoluta no se computan los votos en blanco o nulos. Al ciudadano y a la ciudadana de nuestro país, cualquiera sea su filiación política -a excepción del pequeño y recalcitrante grupito de nostálgicos de la dictadura militar- no les gusta votar en blanco. Ha costado mucho el derecho a votar para no utilizarlo positivamente. Y al votante peronista kirchnerista mucho menos. El voto en blanco está asociado, en su memoria histórica, a las duras épocas de la proscripción del general Perón, de la prohibición de cantar la Marcha Peronista y la dura persecución policial. Votar en blanco mientras están vigentes las más amplias libertades públicas y la plena vigencia del sistema constitucional es considerado una especie de dilapidación de un instrumento útil en tiempos duros de restricción de los derechos democráticos.
Y esta suma de causales provocó una sorpresa inesperada, por lo menos para Mauricio Macri, Horacio Rodríguez Larreta, el PRO y el núcleo duro de la oposición, la corporación mediática y su CEO, Héctor Magnetto.
El candidato Martín Lousteau estuvo a un paso de derrotar al candidato del PRO, quien sólo logró crecer su caudal electoral en 28.180 votos, mientras que Lousteau lograba arrastrar tras su candidatura nada menos que 341.500 ciudadanos que no lo habían votado en la primera vuelta. La inmensa mayoría de quienes no votaron ni a Larreta ni a Lousteau en la primera vuelta, consideraron oportuno volcar su apoyo a este último, como modo de expresar su disconformidad con la gestión macrista. Esta gestión, como se sabe pese al cerco informativo, se ha caracterizado por irregularidades tipificadas en el Código Penal, desde el espionaje por el cual está procesado el jefe de gobierno y candidato presidencial hasta la represión en el Hospital Borda, en el Indoamericano y la muerte de diez bomberos en el incendio intencional de la empresa Iron Mountain y de dos niños en otro incendio en un taller clandestino que trabajaba para la firma de la esposa de Mauricio Macri.
A todo esto, el PRO, y los encuestadores contratados por esta fuerza política, aseguraban un triunfo por una cifra mayor a los 10 puntos. El voto en blanco jugaba a favor del PRO, ya que al no ser considerado en la totalidad de los votos, aumentaba el porcentaje de quien iba adelante. Si todos los ciudadano que no habían votado ni a Rodríguez Larreta ni a Lousteau, en la primera vuelta, hubiesen votado en blanco o anulado su voto, el porcentaje del primero hubiera pasado de 46 a 64 %, mientras que el de Lousteau hubiese aumentado de 26 a 36, con lo que la diferencia hubiera sido de 28 puntos.
Un sólido triunfo del PRO en su ciudad consagraba a Macri como el candidato indiscutible de la oposición y lo proyectaba a las PASO presidenciales de Cambiemos -la alianza PRO, UCR, ARI y otros- como el preferido frente a Sanz o a la señora Elisa Carrió -quien ya tiene preparado su velorio, según informó a la prensa-.
Este resultado además consolidaría el esponsoreo del que goza el intendente porteño de parte de la corporación mediática, quien ha ocultado todos sus enormes desaguisados y delitos y ha intentado presentarlo -con éxito discutible- como un hombre capaz e inteligente.
La miserable diferencia de 2,28 puntos a favor de Rodríguez Larreta, su incapacidad en atraer más votantes, terminó con todas estas expectativas. El electorado porteño -tantas veces injuriado- desbarató todas estas expectativas. Macri es candidato de un partido comunal que a duras penas ha logrado mantener su mayoría y carece de representatividad territorial en el resto del país. Esto ha significado un golpe mortal a su candidatura presidencial. Ya no es, ni mucho menos, un “primus inter pares”, un solvente administrador que de taquito obtiene una continuidad en el gobierno para su colaborador inmediato. Sus posibilidades de ganar en las PASO de Cambiemos -su alianza electoral- han quedado seriamente afectadas.
Su discurso en el bunker del PRO fue un reconocimiento explícito a las ventajas y beneficios del programa llevado adelante por el kirchnerismo en estos doce años. Se plegó y ratificó cada uno de sus logros: Aerolíneas, la AUH, YPF. Y, lo que es más significativo, cada una de estas afirmaciones era recibida con un abucheo por parte de sus seguidores. Uno de los objetivos tácticos centrales, generar desorientación en el enemigo, se había logrado. El periodista Roberto Navarro, de C5N, comentaba, casi al mismo momento, que el publicista ecuatoriano Durán Barba, responsable de la campaña electoral de Macri, consideraba inevitable la victoria de Daniel Scioli y que había aconsejado abandonar toda referencia al cambio, para manifestar un discurso lo más cercano posible al del oficialismo nacional.
De la misma manera ocurrió con la deferencia con que Macri ha sido permanentemente tratado por Clarín, Canal 13, TN y sus plumíferos. En la noche misma del menguado triunfo, TN tituló “Macri ya no baila; el ridículo tambaleo de Mauri”. En un par de horas Magnetto le había soltado la mano. De ahora en más tendrá que arreglarse como pueda, sin contar con la protección y el silencio del monopolio mediático. Sus entuertos, sus trapisondas, sus crímenes iran saliendo a la luz cuando sea necesario.
Por otra parte, es evidente, como muy bien lo puntualizó en un twitter el siempre inteligente Mario Paulela, “Vamos a presenciar cambios dramáticos en la táctica de Clarín en estos días. Pero dramáticos, eh”. Por de pronto, unas horas después del cierre del comicio, era suspendido el programa de Lanata y en TN no era Mauricio Macri quien conversaba con los periodistas, sino el candidato presidencial del FpV, Daniel Scioli.
La alianza integrada por la UCR y Elisa Carrió ha experimentado la sensación de un nuevo impulso que durará lo que la complicidad mediática disponga. No son ellos los articuladores de su estrategia electoral, sino que son simples marionetas del establishment, que ha encontrado en Clarín y La Nación un notable titiritero y el verdadero jefe de campaña.
Lousteau, por su parte, sin una fuerte organización partidaria y sin un destino electoral inmediato, pasará rápidamente al olvido, hasta el momento en que vuelva a ser necesario, si lo llegase a ser.
También, con toda seguridad, tanto Massa -cuyo nombre ha empezado también a entrar en un oscuro cono amnésico- como De la Sota -cuyas aspiraciones a trascender su ámbito provincial han sido siempre burladas- deben refregarse las manos pensando que la victoria pírrica de Larreta les allana el camino al apoyo del establishment y al ansiado premio presidencial.
Los votos de quienes votaron al FpV en la primera vuelta porteña lograron esta maravillosa sorpresa a “pura intuición de pensamiento”, como hubiera dicho don Hipólito Yrigoyen. Y demostraron que quizás lo erróneo de nuestro dificil resultado electoral en la Capital Federal no radique en los votantes sino en las respuestas y ofertas electorales que hemos ofrecido durante todos estos años. Por lo pronto, los dirigentes que consideraron que la táctica acertada era votar en blanco y así lo bajaron a la militancia, tendrán que reconocer que, por lo menos, no fueron obedecidos.
Buenos Aires, 20 de julio de 2015
Tristeza não tem fim
La primera vuelta electoral para elegir jefe de gobierno en la Capital Federal -sigámosla llamando así que es un mejor nombre, es de todos, es federal, es orgullo de los argentinos- tuvo una distribución de votos más o menos así: un 46% para el candidato oficialista del PRO, el compinche y “consigliero” del actual jefe de gobierno y candidato a presidente de la República Mauricio Macri, Horacio Rodríguez Larreta; un 26% a favor de su socio en la alianza electoral por la presidencia y candidato de Elisa Carrió, Sanz y Stolbizer -todos a la sombra del gran titiritero el Coti Nosiglia-, Martín Lousteau; el candidato del Frente para la Victoria, Mariano Recalde, 22 % y un 6% repartido en las dos alternativas llamadas de izquierda.
La cifra obtenida por el PRO era muy alta. Solo 4 puntos le faltaban para la mayoría absoluta. Un triunfo del candidato macrista en la Capital Federal, donde el jefe del partido habían gobernado durante ocho años, era el empujón necesario para consolidar su carrera a la presidencia como el mejor y más exitoso candidato de la oposición antikirchnerista. El resultado final de las elecciones en Santa Fe, con la milimétrica derrota del artista de varieté Miguel del Sel y su pésimo resultado en las elecciones legislativas en dicha provincia, habían dejado al PRO fuera de juego en la tierra de Carlos Reuteman -el eternamente relegado candidato presidencial conservador y punto de contacto con el viejo menemismo hoy en desbande-. De manera que demostrar un poderoso caudal electoral en la Capital Federal constituía para el macrismo una pieza esencial en su arquitectura táctica, en rumbo a octubre.
Quince días antes del comicio el ex candidato del FpV, Mariano Recalde, anunció, en conferencia de prensa, que su fuerza no se manifestaría por ninguna de las dos opciones del balotaje, por considerarlas dos caras de la misma política y del mismo proyecto. Pero tampoco, públicamente, llamó a los votantes del FpV a no votar o votar en blanco. La declaración fue, a mi entender, correcta puesto que no correspondía el apoyo público a un candidato y a una fuerza que se declaraba profundamente opositora a la presidenta de la República y a las políticas desarrolladas en sus mandatos. Tampoco correspondía, como se verá, llamar a votar en blanco, puesto que el resultado de ese voto en blanco dejaría expuesta la capacidad de conducción del FpV sobre sus electores. No obstante, y pese a no ser sostenido públicamente, circuló entre distintos grupos militantes del FpV de Capital, la orden o sugerencia de votar en blanco. Circulaba un argumento acerca de no permitir el crecimiento de Lousteau, habida cuenta que el PRO ya estaba virtualmente derrotado en las elecciones nacionales y algunas otras consideraciones tacticistas de diferente importancia y criterio.
La constitución de la Capital Federal establece que para la obtención de la mayoría absoluta no se computan los votos en blanco o nulos. Al ciudadano y a la ciudadana de nuestro país, cualquiera sea su filiación política -a excepción del pequeño y recalcitrante grupito de nostálgicos de la dictadura militar- no les gusta votar en blanco. Ha costado mucho el derecho a votar para no utilizarlo positivamente. Y al votante peronista kirchnerista mucho menos. El voto en blanco está asociado, en su memoria histórica, a las duras épocas de la proscripción del general Perón, de la prohibición de cantar la Marcha Peronista y la dura persecución policial. Votar en blanco mientras están vigentes las más amplias libertades públicas y la plena vigencia del sistema constitucional es considerado una especie de dilapidación de un instrumento útil en tiempos duros de restricción de los derechos democráticos.
Y esta suma de causales provocó una sorpresa inesperada, por lo menos para Mauricio Macri, Horacio Rodríguez Larreta, el PRO y el núcleo duro de la oposición, la corporación mediática y su CEO, Héctor Magnetto.
El candidato Martín Lousteau estuvo a un paso de derrotar al candidato del PRO, quien sólo logró crecer su caudal electoral en 28.180 votos, mientras que Lousteau lograba arrastrar tras su candidatura nada menos que 341.500 ciudadanos que no lo habían votado en la primera vuelta. La inmensa mayoría de quienes no votaron ni a Larreta ni a Lousteau en la primera vuelta, consideraron oportuno volcar su apoyo a este último, como modo de expresar su disconformidad con la gestión macrista. Esta gestión, como se sabe pese al cerco informativo, se ha caracterizado por irregularidades tipificadas en el Código Penal, desde el espionaje por el cual está procesado el jefe de gobierno y candidato presidencial hasta la represión en el Hospital Borda, en el Indoamericano y la muerte de diez bomberos en el incendio intencional de la empresa Iron Mountain y de dos niños en otro incendio en un taller clandestino que trabajaba para la firma de la esposa de Mauricio Macri.
A todo esto, el PRO, y los encuestadores contratados por esta fuerza política, aseguraban un triunfo por una cifra mayor a los 10 puntos. El voto en blanco jugaba a favor del PRO, ya que al no ser considerado en la totalidad de los votos, aumentaba el porcentaje de quien iba adelante. Si todos los ciudadano que no habían votado ni a Rodríguez Larreta ni a Lousteau, en la primera vuelta, hubiesen votado en blanco o anulado su voto, el porcentaje del primero hubiera pasado de 46 a 64 %, mientras que el de Lousteau hubiese aumentado de 26 a 36, con lo que la diferencia hubiera sido de 28 puntos.
Un sólido triunfo del PRO en su ciudad consagraba a Macri como el candidato indiscutible de la oposición y lo proyectaba a las PASO presidenciales de Cambiemos -la alianza PRO, UCR, ARI y otros- como el preferido frente a Sanz o a la señora Elisa Carrió -quien ya tiene preparado su velorio, según informó a la prensa-.
Este resultado además consolidaría el esponsoreo del que goza el intendente porteño de parte de la corporación mediática, quien ha ocultado todos sus enormes desaguisados y delitos y ha intentado presentarlo -con éxito discutible- como un hombre capaz e inteligente.
La miserable diferencia de 2,28 puntos a favor de Rodríguez Larreta, su incapacidad en atraer más votantes, terminó con todas estas expectativas. El electorado porteño -tantas veces injuriado- desbarató todas estas expectativas. Macri es candidato de un partido comunal que a duras penas ha logrado mantener su mayoría y carece de representatividad territorial en el resto del país. Esto ha significado un golpe mortal a su candidatura presidencial. Ya no es, ni mucho menos, un “primus inter pares”, un solvente administrador que de taquito obtiene una continuidad en el gobierno para su colaborador inmediato. Sus posibilidades de ganar en las PASO de Cambiemos -su alianza electoral- han quedado seriamente afectadas.
Su discurso en el bunker del PRO fue un reconocimiento explícito a las ventajas y beneficios del programa llevado adelante por el kirchnerismo en estos doce años. Se plegó y ratificó cada uno de sus logros: Aerolíneas, la AUH, YPF. Y, lo que es más significativo, cada una de estas afirmaciones era recibida con un abucheo por parte de sus seguidores. Uno de los objetivos tácticos centrales, generar desorientación en el enemigo, se había logrado. El periodista Roberto Navarro, de C5N, comentaba, casi al mismo momento, que el publicista ecuatoriano Durán Barba, responsable de la campaña electoral de Macri, consideraba inevitable la victoria de Daniel Scioli y que había aconsejado abandonar toda referencia al cambio, para manifestar un discurso lo más cercano posible al del oficialismo nacional.
De la misma manera ocurrió con la deferencia con que Macri ha sido permanentemente tratado por Clarín, Canal 13, TN y sus plumíferos. En la noche misma del menguado triunfo, TN tituló “Macri ya no baila; el ridículo tambaleo de Mauri”. En un par de horas Magnetto le había soltado la mano. De ahora en más tendrá que arreglarse como pueda, sin contar con la protección y el silencio del monopolio mediático. Sus entuertos, sus trapisondas, sus crímenes iran saliendo a la luz cuando sea necesario.
Por otra parte, es evidente, como muy bien lo puntualizó en un twitter el siempre inteligente Mario Paulela, “Vamos a presenciar cambios dramáticos en la táctica de Clarín en estos días. Pero dramáticos, eh”. Por de pronto, unas horas después del cierre del comicio, era suspendido el programa de Lanata y en TN no era Mauricio Macri quien conversaba con los periodistas, sino el candidato presidencial del FpV, Daniel Scioli.
La alianza integrada por la UCR y Elisa Carrió ha experimentado la sensación de un nuevo impulso que durará lo que la complicidad mediática disponga. No son ellos los articuladores de su estrategia electoral, sino que son simples marionetas del establishment, que ha encontrado en Clarín y La Nación un notable titiritero y el verdadero jefe de campaña.
Lousteau, por su parte, sin una fuerte organización partidaria y sin un destino electoral inmediato, pasará rápidamente al olvido, hasta el momento en que vuelva a ser necesario, si lo llegase a ser.
También, con toda seguridad, tanto Massa -cuyo nombre ha empezado también a entrar en un oscuro cono amnésico- como De la Sota -cuyas aspiraciones a trascender su ámbito provincial han sido siempre burladas- deben refregarse las manos pensando que la victoria pírrica de Larreta les allana el camino al apoyo del establishment y al ansiado premio presidencial.
Los votos de quienes votaron al FpV en la primera vuelta porteña lograron esta maravillosa sorpresa a “pura intuición de pensamiento”, como hubiera dicho don Hipólito Yrigoyen. Y demostraron que quizás lo erróneo de nuestro dificil resultado electoral en la Capital Federal no radique en los votantes sino en las respuestas y ofertas electorales que hemos ofrecido durante todos estos años. Por lo pronto, los dirigentes que consideraron que la táctica acertada era votar en blanco y así lo bajaron a la militancia, tendrán que reconocer que, por lo menos, no fueron obedecidos.
Buenos Aires, 20 de julio de 2015
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