25 de julio de 2010

La Patria Grande debe zanjar el enfrentamiento entre Venezuela y Colombia

La declaración del presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Hugo Chávez, rompiendo relaciones con Colombia, no es un hecho de poca importancia. Por cierto, es de una importancia trascendental, porque pone en el centro de la escena la posibilidad de una guerra fratricida en el marco de un proceso de integración continental que no tiene parangón en la historia, si no nos retrotraemos al día anterior a la batalla de Ayacucho.

La actual República de Colombia, cuya bandera es, con excepción de algunos detalles, igual a la de Venezuela, lleva el nombre que el precursor Francisco Miranda -creador de los colores de dichas enseñas- había propuesto para la gran nación continental por la que pugnaba en sus escritos. Como homenaje al genovés que había integrado este continente al curso de la historia europea, para el caraqueño, prófugo de todos los servicios de inteligencia de las coronas del viejo continente, Colombia era el nombre de América Latina y colombianos sus habitantes.

Cuando el otro caraqueño universal, Simón Bolívar, se lanza a la emancipación de estas tierras, el gran estado que propone lleva el nombre de Gran Colombia. Todas las regiones, capitanías y gobernaciones que se estructuran en las faldas de los Andes hacia el sur conforman esta extensísima y flamante nación. Es un proyecto gigantesco, por encima de las posibilidades materiales de la época. Pero es por ello que lucha y da su vida el Libertador Bolívar. Las actuales geografías de Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia eran parte de su gigantesca nación continental. Desde Córdoba, un cura patriota, el Deán Funes, lo representaba en las Provincias Unidas del Río de la Plata. Paradojas de nuestra lucha por la Independencia: mientras iracundos jacobinos sostenían en el norte del continente el programa de Bolívar, en las lejanas tierras platinas, un cura, formado en Suárez y Victoria, representa y defiende la política más radical jamás pensada en estas tierras.

Santander, el Rivadavia del norte
Para Bolívar, el viejo reino de Nueva Granada fue el nido de la resistencia más tenaz a su afán unificador. Para sostener la unidad de su Gran Colombia se ve obligado a negociar y ceder frente a la oligarquía bogotana, sus jurisconsultos y sus obispos. El vicepresidente de la Gran Colombia es el representante de esa clase de holgazanes dueños de hacienda: Francisco de Paula Santander, una especie de Rivadavia tropical, un frío y seco hombre de leyes. Desconfía de los sueños de su superior, Bolívar, y siente como si fuera su propia carne, los costos y presupuestos que tal empresa significa.


Fueron Santander y la oligarquía bogotana el primer Judas de la gesta bolivariana. El nido de la conspiración contra el Libertador era el palacio de gobierno de Bogotá y su acción unificadora se veía permanentemente interrumpida por la necesidad de viajar –por lo menos un mes de travesía- a aquella ciudad capital de la Gran Colombia. Es en Bogotá y por designio de esa misma clase social que sufre el atentado del que lo salva la Libertadora Manuela Sáenz, haciéndolo saltar en paños menores a una acequia para evitar a sus asesinos.

Fue esa misma clase social y su representante Santander, quienes pusieron fuera de la ley a Manuela Sáenz, cuando el Libertador muere en la finca de Mier.

Chávez, que es uno de los políticos latinoamericanos con mayor conciencia histórica, sabe todo esto. Sabe que la clase dominante colombiana se siente representada por Santander y su antibolivarianismo. Sabe que su proyecto ataca la raíz histórica, ideológica, económica y política de la oligarquía de Colombia, que siempre ha sido hostil a cualquier propuesta de unidad latinoamericana.

Quizás sea su carácter bioceánico –único en Suramérica-, o la particular naturaleza goda de su clase dominante, o el régimen latifundista con su correlato jurídico, o el hecho de producir cosas tan valiosas como las esmeraldas o la cocaína, o todo ello junto, el hecho es que la Colombia oficial ha sido, a lo largo del siglo XX, uno de los países más conservadores del continente. La OEA se creó en Bogotá, el mismo día que asesinaban al líder liberal popular, Eliécer Gaitán. La revista Visión –durante años vocero de las propuestas norteamericanas para la región y donde nuestro Mariano Grondona fue columnista permanente- tenía su sede en Bogotá y sus editores pertenecían a la más rancia oligarquía, la de los Lleras y los Camargo.

La guerrilla colombiana es producto directo de esta brutal hegemonía oligárquica sobre un país de campesinos empobrecidos. El cultivo de la coca y el narcotráfico sobreviniente también. Esto último requiere un análisis.

La narcoligarquía y la guerrilla
Los grupos vinculados a la producción y comercialización de la cocaína constituyeron una especie de oligarquía “marginal”, de “lumpen” oligarquía, determinada y creada, como la oligarquía tradicional, por el mercado internacional. Si la necesidad de consumo de carne vacuna a bajos precios determinó y permitió el desarrollo de la oligarquía argentina, el mercado norteamericano y europeo de cocaína y las ventajas comparativas de Colombia para cultivarla, fueron la base material de la aparición de esa nueva clase, la burguesía narcotraficante. Hay una novela de García Márquez -Noticia de un Secuestro- que refleja con bastante exactitud el odio que la oligarquía tradicional e, incluso, sectores de la clase media ilustrada manifiestan hacia esta nueva oligarquía, a la que EE.UU declara ilegal, pero que en Colombia goza de los beneficios de una relativa legalidad garantizada por su enorme poder económico.

Hemos dicho en otras notas que el fenómeno de la guerrilla colombiana es, más que la expresión de un movimiento en ascenso, la manifestación de un callejón sin salida. Tengo la impresión de que la sociedad colombiana de las ciudades –y no sin osadía me atrevo a decir que del campo- está harta de la violencia guerrillera. Las FARC son hoy una herencia inútil de la Guerra Fría. Sin capacidad militar ni política, su mayor problema es cómo replantear su lucha en términos políticos, abandonando paulatinamente el estado de insurgencia. El propio Fidel Castro y hasta Hugo Chávez han tomado nota de esto, expresándose en reiteradas oportunidades sobre la necesaria búsqueda de nuevas formas de lucha que prescindan de la guerrilla armada.

También es cierto, y con experiencias dramáticas y sangrientas, que el sistema oligárquico ha impedido e impide una integración de los insurgentes a la vida política del país. Los asesinatos de los grupos paramilitares oligárquicos a ex guerrilleros y dirigentes políticos que se han presentado a elecciones fue y es un escollo crucial sobre el que las autoridades colombianas no hablan. Los grupos paramilitares, vinculados notoriamente a los terratenientes, con estrechas relaciones con el gobierno y las FF.AA. continúan operando en todo el campo colombiano.


Uribe y Santos
Por otra parte, el actual presidente Uribe pretendía ser reelecto. La resistencia a ello, y la aparición de su ex ministro de Defensa como candidato presidencial, no son hechos gratuitos. Uribe no pertenece al grupo oligárquico tradicional. Oriundo de la provincia de Antioquia, es un “paisa”, es un miembro de un sector marginal de la oligarquía colombiana. El núcleo tradicional de la oligarquía tiene sus raíces en la provincia de Cundinamarca y su sede está en Bogotá. No se puede descartar que sea este hecho el que explique las denuncias sobre relaciones con distintos sectores del narcotráfico, tanto por parte de la prensa, como de sectores políticos del partido gobernante y de la oposición.

Lo que sí es un dato corroborado por la prensa colombiana es que su imposibilidad de presentarse a elecciones y el resultante triunfo de Santos –su ex ministro de Defensa- no le resultó grato al presidente Álvaro Uribe. En la lógica de la política colombiana, éste sabe que la presidencia de Santos puede serle de riesgo. Pueden aparecer juicios contra él. Pueden reabrirse juicios por sus vinculaciones con el narcotráfico. Puede haber una revisión de todo lo actuado durante su período.

Muchos sectores colombianos especulan que ha sido esto lo que llevó a Uribe a denunciar una muy hipotética y difícilmente probable presencia de guerrilleros de la FARC en territorio venezolano. Hay gran coincidencia en que su intento fue dejar un caballo de Troya a su sucesor, quien ya había manifestado su deseo de invitar a Hugo Chávez y a Rafael Correa a las ceremonias de asunción.

Hay de hecho una integración económica –no virtuosa, pero integración al fin- entre Colombia y Venezuela. Las relaciones comerciales entre los dos países son de una gran intensidad. El petróleo y su exportación han generado en Venezuela el llamado “efecto Holanda”, es decir la fantasía de producir una mercadería que compra todas las otras y la ilusión de no tener necesidad de producirlas y las iniciativas del gobierno no han logrado revertir este fenómeno. Colombia abastece a Venezuela de indumentaria, zapatos y alimentos, entre otros productos. La frontera entre ambos países es un prodigioso ir y venir de mercaderías, del que Colombia tiene necesidad, en mayor medida, quizás, que Venezuela, cuyo petróleo le permitiría comprar esos productos en cualquier parte.

El problema es que en Colombia hay una enorme cantidad de tropas norteamericanas y que el país es el principal aliado de los EE.UU en la región. Uribe es un político al que no se puede despreciar. Es hábil, inteligente e inescrupuloso. Es la principal ficha del Departamento de Estado en la región. Y esto es lo que vuelve todo este conflicto en algo tan peligroso.

Una ruptura de relaciones con un país limítrofe implica necesariamente un fortalecimiento militar de las fronteras, desplazamiento de tropas y una preparación para la guerra. Los argentinos lo vivimos, en los ’80, con la disputa con Chile. Una cosa trae la otra y la posibilidad de una guerra deja de ser una fantasía para convertirse en una realidad ominosa.

Aquí es donde hay que jugar al máximo las instancias regionales que hemos podido construir en estos años. El presidente Lula de Brasil se ha ofrecido como mediador. El Unasur y su secretario general Néstor Kirchner, tienen la oportunidad de poner a prueba al organismo. Coincidimos con las declaraciones de Kirchner que hemos podido ver en la televisión: hay que hablar con el próximo presidente de Colombia. Quien hoy ejerce la presidencia tiene un reemplazante al que no puede, so pena de ser considerado un asesino de la unidad continental y un vulgar provocador, dejarle una guerra como herencia.

Pero también es necesario tener una cabeza fresca y un corazón ardiente. El presidente Chávez, en la conferencia de prensa, dijo algo estratégico: “Podemos coexistir gobiernos de derecha y de izquierda en nuestra Patria Grande”. Eso es lo que venimos sosteniendo desde hace tiempo y escucharlo de boca de Chávez no hace sino ratificar este concepto. En toda guerra entre dos países de la Patria Grande el resultado no puede ser otro que la derrota de ambos y el estallido del proceso integracionista.

Buenos Aires, 24 de julio de 2010

28 de mayo de 2010

Fue un 17 de Octubre cultural













Fue un 17 de Octubre cultural

El viernes 21 de mayo comenzó como de costumbre, en Buenos Aires.

Mayor cantidad de autos, importantes atascamientos de tránsito que la televisión comercial no se cansaba de adjudicar a las tareas de preparación de unos festejos que, en la voz de los locutores, sonaban a desmesurados, faraónicos, inútiles. Un infatuado escriba, con pretensiones de Zaratustra, escribe en un pasquín opositor: “En varios sentidos, las muchedumbres porteñas miran de reojo y con fastidio el desparramo en una ciudad colapsada por preparativos de gruesa teatralidad. Se nos informa que estamos de fiesta” (Pepe Eliaschev, Perfil, 22/05/10).

Ese mismo viernes, a las ocho de la noche, la ciudad era ya otra. Como si hubieran estado esperando el discurso presidencial con el que se inauguró el Paseo del Bicentenario, miles y miles de hombres y mujeres, niños, jóvenes, adultos y ancianos comenzaron a volcarse a la 9 de Julio. Llegaban con banderitas argentinas o portando orgullosos sus escarapelas. En el correr de media hora, Buenos Aires comenzó a ser una ciudad ocupada por el propio pueblo de la República, haciendo replegar el malhumor de los protestones taxistas, desalojando el fastidio de “los apisonadores de adoquines”, alentado por la mala gramática de los movileros.

Y a partir de ese viernes a la noche, la tantas veces ajena Buenos Aires, la capital fenicia donde “la Cobardía suele atar a los hombres junto al río moroso” se transformó, durante cuatro días inolvidables en el rostro oscuro y diverso de esta Patria tantas veces negada. Si en 1820 las tropas de López y Ramírez ocuparon durante unos días la Plaza de Mayo, con sus caballadas y sus lanzas; si el 17 de octubre de 1945 el pueblo argentino condensado en sus columnas obreras impuso su decisión política y cambió la historia del país durante cincuenta años, durante estos días tres o cuatro millones de argentinos de todas las provincias, de todos los orígenes, de todas las tonadas y de todas las vertientes de nuestra gran fragua cultural llenaron el centro de Buenos Aires que volvió a ser la Capital Federal impuesta a la oligarquía porteña por las tropas provincianas -los cuicos- conducidos por el tucumano Julio Argentino Roca.

Como con exactitud política, histórica y sociológica lo expresara el Secretario de Cultura de la Nación, Jorge Coscia: “Estamos en presencia de un 17 de Octubre cultural”.

El pueblo argentino profundo estaba esperando, contra todas las premoniciones derrotistas, contra el desánimo inoculado por los medios de comunicación venales, contra la prosa despreciativa de Eliaschev, Sarlo o Lanata, contra la amoralidad disfrazada de pasatiempo de una televisión “tinellizada”. Y cuando Cristina puso a su disposición la facilidad de unas calles dedicadas exclusivamente a la celebración patria, a la fiesta colectiva de saberse un “nosotros”, el pueblo -no la gente- salió a ocuparlas para expresar con su presencia festiva el orgullo de una historia de doscientos años, la conciencia de estar celebrando una historia que nuevamente lo tiene como protagonista exclusivo y excluyente, como se evidencia al comparar la patética reapertura del Teatro Colón.

Nuestro gran teatro de ópera fue construído por el gobierno nacional, con fondos de todo el país, para solaz de los porteños y, en especial, de sus sectores oligárquicos. La Constitución regiminosa de 1994 lo convirtió en propiedad exclusiva de la ciudad y Macri y su pandilla de irresponsables “chicos bien” lo adoptaron como escenario de su desprecio al pueblo, no sólo del resto del país, sino de la propia ciudad. Ni Lugano, ni Barracas, ni las villas estuvieron en esa apertura. Tan sólo 2.700 estólidos figurones, ancianas actrices en decadencia y millonarios ignorantes fueron quienes acompañaron la mentada noche de gala, mientras dos millones de argentinos pata al suelo celebrábamos en el Paseo del Bicentenario.

La Revolución de Mayo, ese primer intento de formar con todos los americanos una nueva nación, vuelve a estar en buenas manos. Leopoldo Marechal, a quien hemos citado a lo largo de estas líneas, escribió en soneto memorable “era Octubre y parecía Mayo”. A sesenta cinco años de escritas podemos afirmar que, durante estos días, Mayo parecía Octubre en Buenos Aires. Como entonces el pueblo profundo de la Patria salió a cambiar con su presencia el rumbo de la historia.

Grandes y victoriosas jornadas tenemos por delante.

4 de abril de 2010







Cristina en Perú y en Bolivia
En la senda del Nuevo ABC de Perón

En la década del 50, el general Juan Domingo Perón estableció las bases de la primera política de integración latinoamericana, realista y posible. Afirmaba el presidente argentino, en su memorable discurso del 11 de noviembre de 1953, ante los oficiales del Estado Mayor del Ejército:

“La República Argentina sola, no tiene unidad económica; Brasil solo, no tiene tampoco unidad económica; Chile solo, tampoco tiene unidad económica; pero estos tres países unidos conforman quizá en el momento actual la unidad económica más extraordinaria del mundo entero, sobre todo para el futuro, porque toda esa inmensa disponibilidad constituye su reserva. (…) Esto es lo que ordena, imprescriptiblemente, la necesidad de la unión de Chile, Brasil y Argentina”.

“Es indudable que, realizada esta unión, caerán a su órbita los demás países sudamericanos, que no serán favorecidos ni por la formación de un nuevo agrupamiento y probablemente no lo podrán realizar en manera alguna, separado, o juntos, sino en pequeñas unidades”
(América Latina en el año 2000: unidos o dominados, pág. 71, Ediciones de la Patria Grande, Casa Argentina de Cultura, México, 1990).

Este proyecto que se llamó el Nuevo ABC –aludiendo al que fuera el primer ABC pensado por el canciller brasileño Barón do Rio Branco- tenía dos componentes inescindibles.

Por un lado, el Nuevo ABC significó el planteamiento crudo y descarnado de una alianza estratégica con el Brasil, lo que constituía una revolución copernicana en el paradigma tradicional no sólo de nuestra cancillería y nuestras Fuerzas Armadas, sino también en la concepción tradicional del radicalismo de cuño yrigoyenista y del nacionalismo popular argentino. Sí para aquellos, la idea de establecer una unión con el Brasil era visto como una ofensa a las pequeñas soberanías parroquiales de nuestros fragmentados países, para estos Brasil era todavía el verdugo del pueblo paraguayo, el aliado del mitrismo antifederal, el predador de la heroica Paysandú, a la que cantara Gabino Ezeiza. Para la visión continentalista de Juan Domingo Perón, por el contrario, era la conclusión necesaria y evidente del peso geográfico, político, económico, demográfico y cultural de los dos países. Brasil y Argentina eran las dos columnas sobre las que se levantaría firme la arquitectura integradora.

Por el otro lado, la alianza con Chile, Paraguay y Bolivia significaba, en esta arquitectura, el contrapeso necesario para evitar la tentación hegemónica que podía brotar en Brasil, por obra de su tamaño y su potencialidad productiva. Así, Argentina encabezaba la voluntad integradora de los países hispanohablantes, convocando a sus vecinos más cercanos. Si el Uruguay no estuvo en la invitación fue tan sólo por la abierta orientación antiperonista del gobierno colorado de entonces –Luis Batlle-. No obstante y para hacer evidente la coyuntural ausencia del Uruguay en aquella propuesta, es necesario mencionar la invitación que el recientemente electo presidente Perón le formulara al doctor Luis Alberto de Herrera, respondiendo a su saludo: “Hay que realizar el sueño de Bolívar. Debemos formar los Estados Unidos de Sudamérica”. Conocedor de los mecanismos objetivos del poder y de los Estados, Perón se adelantaba a cualquier posibilidad hegemónica, tanto de un Brasil que volviese a sus orígenes imperiales, como a una Argentina porteña que intentase –como en el siglo XIX- reemplazar al virrey español.

El recientemente fallecido pensador uruguayo Alberto Methol Ferré expresaba en las últimas conversaciones con amigos y discípulos su preocupación porque la Argentina no parecía haber entendido esa expresa indicación de Perón. Desde su atalaya montevideana, no veía Methol Ferré, en la cancillería argentina una clara decisión y una firme voluntad de convocar a todos los países hispanohablantes, sobre todo a los del Pacífico. “Una integración entre desiguales termina en hegemonía”, advierte desde su último libro. Y agrega a continuación: “Se trata de llevar una delicada política que evite una hegemonía brasileña, porque una hegemonía traería la destrucción de América del Sur y de América Latina como posibilidad” (Los Estados Continentales y el Mercosur, Ediciones Instituto Superior Arturo Jauretche, Buenos Aires, 2009).

Perú y Bolivia, el arco del Pacífico

Los recientes viajes de la presidente Cristina Fernández de Kirchner a Lima y a La Paz y lo expresado en sus discursos y declaraciones, se inscriben en lo mejor de aquella política propuesta por el general Perón y cierran el círculo iniciado con el Mercosur y el acercamiento a la República Bolivariana de Venezuela.
Los argentinos debíamos al Perú un desagravio. Alguna vez, la miserable aldea, barrosa y maloliente, del Plata, había sido parte del extenso virreinato con sede en Lima. El Perú fue liberado del yugo español por el hijo de las Misiones Occidentales, José de San Martín. Por el Perú había peleado el joven argentino Roque Sáenz Peña, antes de ser presidente de nuestro país. Había sido el Perú el primero en alistarse en nuestra guerra anticolonial contra el ocupante de Las Malvinas. Emocionados recibimos los argentinos las demostraciones de lealtad continental y de afecto fraternal cuando salieron pilotos y aviones de los hangares peruanos para sumarse a la lucha en los cielos australes. Y mil veces agradecidos estuvimos ante los esfuerzos del peruano Pérez de Cuellar, secretario general de las Naciones Unidas, para evitar el choque de las armas colonialistas con los defensores argentinos.

Solamente la depravada inmoralidad de un gobernante venal y sin patria pudo ensuciar estos siglos de hermandad, al venderle armas al Ecuador, enfrentado ocasionalmente en una guerra insensata con el Perú. Solamente un espíritu corrompido por la avaricia pudo en un sólo acto traicionar a dos pueblos hermanos y enturbiar un afecto sin mancha entre tres pueblos suramericanos. Esa ignominia, ese delito –cuyo encubrimiento hizo volar, en nuestro propio país, una ciudad por los aires- interrumpió de hecho, durante todos estos años, nuestra relación con el Perú. Poco podíamos conversar sobre política suramericana con el Perú, si no tomábamos el toro por las astas y pedíamos humildemente perdón. ¿Por qué iban a confiar los peruanos en un país que prometiendo garantizar la paz entre Perú y Ecuador le vendió armas a uno de los beligerantes? Hasta ese lugar de abyección llevó Menem la herencia política de Perón.

Cristina hizo lo único que podía hacer para que la voz de la Argentina volviera a tener valor en el Perú. Fue y pidió disculpas. Y con ello no sólo reparó la afrenta cometida por el miserable, sino que cumplimentó el aspecto que le faltaba a su gran política latinoamericana, restablecer el diálogo con hispanohablantes, abrirse a uno de los principales países del Pacífico y cerrar el círculo de la bioceanidad continental. No es de poca significación que el viaje y la reparación se hayan realizado en el año del bicentenario de los primeros gritos independentistas del continente.

Pero no se limitó a ello. Al homenajear, en su discurso, a Víctor Raúl Haya de la Torre y recordar el parentesco de su ideario con el del General Perón, Cristina expuso la génesis de su propio pensamiento y visión acerca del proceso de integración latinoamericano. Haya de la Torre y Perón conforman los más importantes antecedentes en el siglo XX de la política integradora que hoy viven nuestros pueblos. Mencionarlo, por otra parte, frente al presidente Alan García, era ponerlo frente al espejo de la historia de su propio partido.

El viaje inmediato a Bolivia completa el movimiento que planteara Perón y que nos reclamaba Methol Ferré en imborrables conversaciones. Bolivia ha iniciado un nuevo proceso institucional, intentando que la república cobije y sea expresión de todas las vertientes que conforman su ciudadanía. Es, por otra parte, un país que requiere del apoyo sincero y fraterno de sus vecinos para consolidar su sistema democrático y su nueva constitución. El homenaje brindado a la nueva Generala del Ejército Argentino, Juana Azurduy de Padilla, evoca necesariamente nuestro pasado común, del que debemos recordar, en este año en que se cumplen doscientos años de nuestro primer gobierno patrio, que su presidente, Don Cornelio Saavedra, era hijo de aquellas tierras altas.

Ya no es tan sólo Venezuela nuestra amiga suramericana, con todo lo importante que ha sido y es. Estas visitas de Cristina a Perú y Bolivia deben ser interpretadas en el sentido integrador que le ajudicaba Perón. Estamos dispuestos a una gran y estrecha alianza con el Brasil. Sin ella, ni Brasil ni Argentina tendrán cabida en el mundo que se está conformando. Pero para que ello no se frustre en un intento hegemónico, Argentina invita a todos los hispanohablantes del continente para realizar el sueño de Bolívar junto al gigante que habla portugués.

Buenos Aires, 4 de abril de 2010

1 de marzo de 2010

Enrique Oliva, el viejo guerrero del 45


Enrique Oliva, el viejo guerrero del 45

Ya han pasado sesenta y cinco años. Los protagonistas del 17 de octubre de 1945 han comenzado a galopar en las praderas de Manitú o donde quiera que se vayan los guerreros de aquella jornada histórica. Hoy le tocó partir a Enrique Oliva, un gigante nacido a la historia argentina aquella tarde de sol.

Enrique Oliva fue peronista desde el día en que los trabajadores ocuparon la Plaza de Mayo y entregó su enorme inteligencia, su indoblegable voluntad y cada hora de su vida a la causa de la liberación argentina y la unidad de la Patria Grande.

Cuando la reacción oligárquica, la misma que hoy intenta maniatar y, de ser posible, voltear al gobierno de Cristina Kirchner, con la complicidad de sedicentes peronistas, Enrique Oliva no dudó. Siguió a Perón en la soledad de su exilio, en la debilidad del caudillo alejado de su pueblo, y no hubo dudas en su nacionalismo popular acerca de quien representaba la aspiración histórica del pueblo y los trabajadores argentinos. Desde Madrid y al lado del caudillo popular proscripto y en el ostracismo, Enrique Oliva fue un militante fiel y honrado de Perón, tal como lo eran los millones de argentinos tan proscriptos como el jefe expatriado.

Fue testigo y actor de los últimos sesenta y cinco años de política argentina, a la que le dedicó todo su luminoso cerebro y su patriotismo sin fisuras.

Cuando lo consideró necesario a los elevados fines de la causa nacional y popular, Enrique Oliva se convirtió en François Lepot, un periodista de Clarín, estacionado en París, desde donde iluminaba, con información fidedigna, a los argentinos sobre un mundo que se hacía ancho y lejano bajo la implacable censura de Videla y Martínez de Hoz. Su ejercicio de la profesión hizo evidente que es posible ser periodista y patriota, que no es necesario sacrificarse al becerro de oro que ofrecen los grandes monopolios mediáticos para comprar las conciencias. Si Enrique Oliva pudo hacerlo, todos podemos.

Patriota como era, su nacionalismo popular –la razón profunda de lo que es el arcano de la política argentina: la sobrevivencia del peronismo- le permitió comprender las razones históricas de la gesta de Malvinas. Desde su lugar privilegiado escribió informaciones y análisis que sólo contribuyeron a consolidar la doctrina nacional sobre esta causa, la más trascendental de los argentinos.

Imbuido de un fuerte espíritu testimonial, convirtió su labor periodística en una obligación de cubrir, para y en nombre del conjunto de los argentinos, los escenarios centrales de cada momento: la invasión soviética a Afganistán, el Pakistán de Zia Ul Haq o la India de Indira Gandhi. Sus reportajes –que deberían ser de estudio obligatorio en las escuelas de periodismo-, sus informes sobre los países en cuestión estaban atravesados por su patriotismo argentino y suramericano, para analizar con ojos propios la realidad lejana.

Ya en la Argentina dedicó sus últimos años a las causas fundamentales: la cuestión de Malvinas, la unidad latinoamericana, la reivindicación de la Batalla de la Vuelta de Obligado.

Fue siempre y por sobre todo un militante. Es decir tuvo, hasta el triste día de su partida, lúcido y rebelde, la energía y la voluntad de un joven veinteañero. Seguramente, ese era su pacto misterioso que le permitió irse prometiendo su artículo sobre el petróleo en Malvinas para mañana.

Afortunadamente, Enrique, las nuevas generaciones te conocieron y admiraron tu fervoroso espíritu argentino, esa especie de “punk” irreductible que, cuando muchos prefieren las pantuflas y el sofá, te permitía estar presente, bajo la lluvia, en un acto a don Juan Manuel, a los caídos en Malvinas o a los asesinados el 16 de junio de 1955 por la Marina de Guerra.

Hoy te hemos acompañado hasta tu descanso final. Nos encontramos viejos y nuevos militantes y hablamos de proyectos y propuestas para seguir el combate. No te lloramos porque sabíamos que no era eso lo que querías de nosotros. Te recordamos llenos del humor y el respeto que se les debe a los grandes guerreros.

Enrique Oliva, hay una nueva generación que, con hidalguía y valor, se hará merecedora de tu memoria, la memoria de los jóvenes del 17 de octubre de 1945.

1º de Marzo de 2010.

24 de febrero de 2010

La presencia pirata en Malvinas debe llegar a su fin

CORRIENTE CAUSA POPULAR

En la senda de Manuel Ugarte, Arturo Jauretche,

Jorge Abelardo Ramos y Juan D. Perón

Comunicado de Prensa:


La Corriente Causa Popular apoya incondicionalmente la posición del Gobierno nacional con relación a la defensa irrestricta del petróleo argentino en territorio de la Provincia de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, plasmada en el reciente Decreto 256/2010.

El tema del petróleo en Malvinas y mares circundantes está directamente ligado con la cuestión de la soberanía. El decreto presidencial, que impide el transporte de materiales destinados a la explotación petrolera en las islas, no hace otra cosa que trabajar política y diplomáticamente para revertir los daños generados por las fórmulas del “paraguas de soberanía” y la “estrategia de seducción” aplicadas en la triste década del menemismo. No es ni más ni menos que comenzar a poner fin a esta historia de piratas.

Veintiocho años después de la gesta militar en Malvinas, el plan británico para consolidar la usurpación de las islas está a un paso de concretarse, lo que provocaría, entre otras cosas, un duro revés tanto para la Argentina como para Unasur, quien ya ha manifestado su solidaridad con la Argentina en la Cumbre de Rio en Cancún.

Impedir que consorcios locales abastezcan a los piratas en la plataforma argentina y sancionar económicamente a la banca y empresas, especialmente inglesas que colaboren con los ilegítimos ocupantes de nuestras islas y mares, es otro de los caminos que el gobierno no debe desdeñar.

La patriótica decisión de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner es una batalla más en la lucha por el uso soberano de nuestros recursos naturales y por la recuperación de nuestro territorio usurpado.

La causa de Malvinas está más viva que nunca en el alma de los argentinos.

Y Latinoamérica nos acompaña.

CORRIENTE CAUSA POPULAR – Mesa Nacional

Luis Gargiulo (Necochea), Ricardo Bernal (GBA), Roberto Ferrero (Córdoba), Julio Fernández Baraibar (Cap Fed), Eduardo Fossati (Cap Fed), Federico Bernal (GBA), Juan Osorio (GBA), Cacho Lezcano (GBA), Marta Gorsky (Gral Roca), Rafael Bernal Castro (GBA),Luis Jaimovich (Tucumán), Ricardo Franchini (Córdoba), Liliana Chourrout (GBA), Eduardo Rotundo (Cap Fed), Oscar Alvarado (Azul), Ricardo Vallejos (Cap Fed), Elio Salcedo (San Juan), Alfredo Cafferata (Mendoza), Rolando Mermet (Cap Fed) y Horacio Cesarini (GBA).

Agradecemos su amplia difusión.

13 de febrero de 2010

El cadáver del Señor Valdemar vuelve a amenazar la vida de los argentinos

Nuevamente la vieja oligarquía ganadera y la renovada oligarquía sojera se han lanzado a reclamar su libra de carne sobre la riqueza generada por la sociedad argentina. 

No se han terminado de apagar los fuegos de la batalla por el control del Banco Central y del ahorro argentino –ganada por los argentinos-, cuando los Cuatro Jinetes del Apocalipsis pampeano vuelven a su cabalgata macabra, para extorsionar al pueblo y chantajear y amenazar al gobierno que no cede a sus pretensiones. 

El brutal aumento del precio de la carne, consecuencia del parasitismo de ese sector social y de su preferencia por la renta sojera, es presentado por los dirigentes oligárquicos como el resultado de las políticas nacionales del gobierno hacia el sector. Su decisión es impedir que celebremos el Bicentenario de Mayo en las condiciones de un gobierno que reivindica lo mejor de aquella jornada: el Plan de Mariano Moreno y la voluntad de ser libres. Prefieren celebrarlo al modo como lo hicieron en 1910, bajo estado de sitio, con presos políticos y persecución parapolicial. 

Esta clase social es como el cadáver insepulto del Señor Valdemar –en el memorable cuento de Edgar Allan Poe-. Está muerta, porque su proyecto de país no alcanza para la totalidad de los argentinos, sino tan sólo para unos pocos, pero vive porque continúa ejerciendo su, pretendidamente eterno y natural, poder social y económico. Y, como al cadáver del Señor Valdemar, es necesario enterrarla definitivamente para que la Argentina pueda vivir. 

La Corriente Causa Popular repudia las recientes manifestaciones de notorios representantes de esta oligarquía y llama al gobierno de Cristina Fernández de Kirchner a no ceder ante el chantaje. Control de precios, nacionalización del comercio exterior y una planificada reorientación de la actividad agraria debe ser la respuesta a estos aprietes que ponen de rehén el poder adquisitivo del pueblo argentino. 

Buenos Aires, 11 de febrero de 2010 
Mesa Nacional Corriente Causa Popular 
Luis Gargiulo (Necochea), Ricardo Bernal (GBA), Roberto Ferrero (Córdoba), Julio Fernández Baraibar (Cap Fed), Eduardo Fossati (Cap Fed), Federico Bernal (GBA), Juan Osorio (GBA), Cacho Lezcano (GBA), Marta Gorsky (Gral Roca), Rafael Bernal Castro (GBA), Luis Jaimovich (Tucumán), Tuti Pereira (Santiago del Estero), Ricardo Franchini (Córdoba), Liliana Chourrout (GBA), Eduardo Rotundo (Cap Fed), Oscar Alvarado (Azul); Ricardo Vallejos (Cap Fed), Elio Salcedo (San Juan), Alfredo Cafferata (Mendoza), Rolando Mermet (Cap Fed) y Horacio Cesarini (GBA). 

Agradecemos su amplia difusión 
Cordialmente, Secretaría de Prensa Corriente Causa Popular 

En la senda de Manuel Ugarte, Arturo Jauretche, Jorge Abelardo Ramos y Juan D. Perón