28 de julio de 2010


Morales Solá, bajo las peores sospechas


El untuoso plumífero de la “tribuna de doctrina”, Joaquín Morales Solá, con voz engolada declara en su nota de hoy: “El Senado, bajo las peores sospechas”.

El lector, siempre desprevenido, piensa de inmediato que Moyano ha vuelto a denunciar algún pago de coima para la aprobación de alguna ley antiobrera y se figura ya la nueva ola de descrédito que la cámara representativa de las provincias que conforman la nación deberá enfrentar.

Pero no, todo es un poco más difuso y la severa advertencia tiende a transformarse en una mueca de impotencia, a poco que se avanza en el texto de la nota.

En realidad se trata, tan sólo, de una especie de entrevista colectiva de senadores y diputados opositores, llevada a cabo en la Sociedad Rural y en la que el columnista fue una especie de moderador.

En ese ámbito, envalentonados por la presencia de la gente de la casa, la senadora correntina Josefina Meabe (más adelante hablaremos de ella), el jujeño Morales, el diputado bonaerense Felipe Solá y la imponderable creadora de frases altisonantes, Lilita Carrió afirmaron que los senadores vendían sus votos. Ésta última afirmó algo tan contundente y apodíctico como: “El Gobierno compra senadores. Esa es la única verdad”. Nada de documentos, valijas de dinero, banelcos y otros elementos probatorios. Tan sólo su afirmación rotunda.

Antes de avanzar en la nota del comentarista de La Nación, se hace necesario informar que la señora Josefina Meabe ha sido denunciada por el ingeniero Rodolfo Paladini, coautor del Código de Aguas de la Provincia de Corrientes, por el delito de “robo de aguas públicas en banda y en descampado para su beneficio varias veces reiterados”, como consecuencia del indebido e ilegal uso de aguas del río Corrientes que la senadora utiliza en su empresa arrocera. Es difícil, ante esta cuestión de aguas, evitar el chiste que le hiciera el diario La Fronda al doctor Raimundo Meabe, que atendía a Hipólito Yrigoyen por sus problemas de próstata, al quien llamaban, de manera inmisericordiosa, Dr. Mea Bene.

Chanzas aparte, ninguno de los preclaros denunciantes aportan mayores datos a la denuncia que el autor de la nota caracterizó como “prebendas personales, favores políticos o promesas de obras públicas o de mayores recursos para las provincias”.

Si ponemos provisoriamente entre paréntesis lo de prebendas personales -que pueden consistir en algún viaje o cosa por el estilo-, los favores políticos y las promesas de obras públicas y de mayores recursos para las provincias han sido, son y, posiblemente, serán los mecanismos típicos de negociación en los cuerpos parlamentarios. Todos los congresos del mundo se manejan con este tipo de toma y daca, característico, por otra parte, de toda actividad política. Sólo los regímenes dictatoriales imponen su voluntad sin dar nada a cambio, so pena de cerrar el congreso o meter presos a sus miembros. ¿Cuántas veces el senado norteamericano habrá votado el aumento de tropas en Vietnam o en Irak a cambio de un subsidio a los productores de maní o a los criadores de avestruces? ¿Cuántas veces en todos los gobiernos constitucionales del mundo una importante decisión de estado ha sido definida por el voto que se consigue de algún diputado de una lejana región que aprovecha la situación para llevar una mejora, un puente, una carretera o un hospital a su distrito?

Y a eso, que es de uso habitual en las democracias, el lenguaraz oligárquico pretende comparar con el dinero contante y sonante que el gobierno de De la Rúa y su jefe de la SIDE le entregaron a los senadores de la oposición de entonces para aprobar una indigna y patronal ley de desregulación laboral. “Los viejos sobornos fueron un desayuno de monjas comparados con lo que pasa ahora”, le hace decir a un anónimo legislador, ignorando posiblemente qué desayunan las monjas.

Toda esta falsa tormenta y más falsa denuncia tiene como explicación el hecho de que termina la vigencia de la delegación de facultades al Poder Ejecutivo y la prensa opositora fogonea la posibilidad de que la incierta mayoría que creen tener en el Congreso comience a dictar leyes que desfinancien al gobierno nacional. Derogar las retenciones es su objetivo de máxima. Los estrategas de este golpe parlamentario saben que aquellos con aspiraciones a gobernar, en caso de una difícil derrota electoral del oficialismo, no van a generar una situación que revierta en contra de su hipotético gobierno. Este acto de realismo es enturbiado por la “tribuna de doctrina”, poniendo un manto de sospecha sobre el Senado.

La nota de Morales Solá termina con un maravilloso lugar común que he escuchado desde los años en que me inicié en la política. “Era evidente, al final, el desánimo entre los centenares de productores que asistieron al debate”. El desánimo de los productores con sus 4x4 dando la “vuelta al perro” en sus localidades, con sus silos-bolsa jugando a evitar pagar las retenciones, con sus inversiones inmobiliarias en las capitales de todo el país, con sus viajes a Miami o a donde sea, es, citando a Borges, “tan eterno como el agua y el aire” y tan falso como lo es la mendaz acusación del escriba.

Buenos Aires, 28 de julio de 2010


26 de julio de 2010

Se fue otro argentino oriental, el “profe” Luis Vignolo

Días atrás recibí un escueto mensaje electrónico. “Falleció mi padre” decía tan sólo su texto. Lo firmaba el compañero oriental Luis Vignolo hijo.

Luis Vignolo, el “Profe” como lo llamaba el inolvidable Alberto “Gato” Carbone, fue un patriota latinoamericano, oriental por nacimiento, argentino por afecto y residencia, y uno de los grandes intelectuales, periodistas y militantes de nuestra unidad latinoamericana. Amigo y cumpa de discusiones y whiskys de Tucho Methol Ferré, la vida de Vignolo es una buena paráfrasis del destino de un patriota continental en nuestro balcanizado continente, en la segunda mitad del siglo XX.

Luis Vignolo nació en Montevideo el 12 de julio de 1927. Su padre era constructor y eso le permitió conocer desde niño el olvidado interior de la “tacita de plata”, el Uruguay producto de la hegemonía del partido Colorado. En el Liceo Bauzá, donde hace la escuela secundaria, ingresó a la Federación de Estudiantes Universitarios del Uruguay (FEUU), como representante de los estudiantes secundarios, cargo que previamente había logrado imponer. Y en la misma época ingresa en las Juventudes Libertarias –la organización juvenil anarquista- donde llegaría a ser alma mater y Secretario General. Me cuenta Luisito Vignolo, su desolado hijo, que de esa época conservó algunas de sus más entrañables amistades que lo acompañaron hasta el final. Tres veteranos anarquistas lo llamaban permanentemente en sus últimos días: Dante D'Ottone, Pablo Capanno y el "Coco" González Chiesa. El destacado médico Dante D'Ottone, con sus noventa y pico de años, estuvo en el velorio y algunos de los veteranos compañeros de armas decían, al verlo: ahí está el "Mariscal"...

Es de sus tiempos de anarquista que el sanducero Alberto Carbone, de inolvidable memoria en este lado del Plata, conoció a estos hombres.

Y fue la conducción de Luis Vignolo –según me cuenta su hijo - que las Juventudes Libertarias se convirtieron en la más poderosa organización anarquista del Uruguay a fines de los ’40 y comienzos de la siguiente década. Pero las peleas internas –caracterizadas por una fuerte impronta ideologista- terminan por agotarlo y se aleja de la organización. Pero llevaba consigo las reflexiones y escritos de Eliseo Reclus sobre la Guerra del Paraguay y los artículos de Barrett sobre la brutal explotación de los obrajes paraguayos. Encuentra Vignolo en sus orígenes familiares saravistas –sus tíos Montecoral y Coirolo habìan peleado en la revolución de 1904 y uno de sus tío abuelos era Rafael Zipitría, Comandante de la 16ª División del Ejército Revolucionario de ese año- un cauce nacional profundo a su afán libertario.

El padre de Luis Vignolo había sido blanco seguidor de Lorenzo Carnelli, en los años 20: una especie de izquierda del partido que terminó siendo expulsada, básicamente por acción de Luis Alberto de Herrera. No obstante ello, Vignolo, desde una perspectiva heterodoxa, que reunía en “una mezcla pampeadamente rara” –como ha escrito Homero Manzi- sus convicciones ácratas con su naciente admiración por el peronismo argentino y el MNR boliviano, se acercó al herrero-ruralismo que logra la victoria electoral en 1958. Sobre este período Methol Ferré nos dejó un escrito esclarecedor, “La crisis del Uruguay y el imperio británico”, que Peña Lillo editara en la célebre colección La Siringa.

Y para mantener sus ideales se convirtió en periodista. Alcanza con decir que fue uno de los periodistas más famosos y exitosos del Uruguay. Trabajó en el diario de Batlle y en el de los blancos. Fue justamente en El País donde se destaca. En una época en que el matutino no era el pasquín oligárquico pronorteamericano que hoy indigesta la cabeza de los uruguayos, Vignolo se convierte en el virtual director del diario. Simultáneamente es columnista de política internacional en el Canal 12, de la misma empresa que El País.

Deja, en 1964, este diario al que había convertido en un éxito de ventas para dirigir un proyecto político periodístico de Zelma Michelini, el diario Hechos al que también convirtió en un éxito de ventas, aunque el fracaso electoral de Michelini lo obligó a venderlo, con lo que Vignolo se aleja de la redacción.

Pasa a la Secretaría de Redacción del viejo diario El Debate, fundado por don Luis Alberto de Herrera, aunque ahora bajo la dirección política del “Toba” Gutiérrez Ruiz, el gran blanco latinoamericanista asesinado por la dictadura, y Diego Terra Carve. Se cuenta que algunos lingotes de oro “expropiados” por los Tupamaros a los Mailhos, y que el Toba había tomado en depósito, ayudaron a la financiación del matutino.

Posteriormente se vincula a Inter Press Service, la Agencia de Noticias internacionales italiana, la que inicialmente tenía su sede latinoamericana en Montevideo, en la casa de Methol Ferré, en la calle Brecha, frente al Templo Inglés, al que le alquilaban un piso de su casona. Luego la sede pasó a Buenos Aires y Vignolo se radicó entre nosotros.

Fue colaborador de la primera revista Nexo, que publicaron Methol Ferré, Ares Pons y Reyes Abadie. En 1964 publica el ensayo "Reencuentro con la tradición española en la pintura de Torres García", una visión de la historia de la cultura desde nuestra América. Este artículo constituye, según considera Luis Vignolo hijo, un acercamiento del autor a la religión católica en la que había sido educado por su madre y su abuela. Pero este acercamiento está signado por sus viejas convicciones anarquistas. Sólo el Concilio Vaticano II y el estado deliberativo que se produce en la vieja estructura romana lo conquistan para la fe. A partir de ello comienza a colaborar en la también célebre revista Vísperas que dirige Methol Ferré, una publicación católica, vinculada al CELAM, que pone como punto central de su visión teológica la unidad latinoamericana. El peronismo y la revolución peruana de Velazco Alvarado serían sus temas preferidos.

Militó en la formación del Frente Amplio y se convierte en el anónimo secretario de redacción del diario La Idea, sostenido por las fuerzas frentistas más vinculadas a los Tupamaros. Allí hizo la primera denuncia del plan de invasión preventiva al Uruguay por parte del ejército brasileño, el Plan 30 Horas, cuya existencia había filtrado un general argentino, en historia que Luis Vignolo hijo ha prometido contarme personalmente. Denunció duramente el fraude en las elecciones de 1971, fraude que ahora los documentos norteamericanos desclasificados reconocen. Puede agregarse a su biografía que uno de esos documentos desclasificados sostiene que los únicos tres medios de prensa por los que la embajada norteamericana se preocupaba eran: el semanario Marcha de Carlos Quijano, el diario El Popular del Partido Comunista, y el diario La Idea, dirigido desde las sombras por Luis Vignolo. Fue cerrado varias veces hasta que Pacheco Areco o el presidente fraudulento Juan Marìa Bordaberry terminan por clausurarlo. Y con ello, Vignolo vuelve a Buenos Aires y a Inter Press Service IPS donde se convierte en el Director para América Latina.

Luis Vignolo vivió en Argentina hasta 1991. Vuelve a Montevideo empujado por una de las últimas hiperinflaciones. Y la política de Menem, al que había votado como tantos de nosotros, _tenía nacionalidad uruguaya y argentina y votaba, por lo tanto, en las dos riberas del Plata- lo escandalizó y amargó profundamente.

En el 94 se suma junto con Tucho Methol Ferrè a las huestes blancas de Alberto Volonté, quien le rindió un merecido homenaje en el programa de Radio Espectador de Montevideo “En Perspectiva”, uno de los programas de radio más escuchados e de la radio uruguaya.

Está fue, en brevísima síntesis, la rica vida de este compatriota y compañero que acaba de dejarnos. Su mote de “El Profe” le venía de los tiempos en El País, gracias a un irascible obrero gráfico que lo veía permanentemente hablando con sus colegas más jóvenes: “Ahí está el Profe, otra vez hablando y no trabaja nunca”, habría dicho el iracundo linotipista, bautizando para siempre a nuestro amigo.

El Uruguay, por muy diversas razones, es un país donde las ideas sobre la unidad latinoamericana no entran con facilidad. Un agotado sentido de la excepcionalidad de sus condiciones materiales, una ideología nacional basada en la creencia de una esencialidad nacional uruguaya, una tendencia a actuar como engranaje local de una gran potencia extraña –el Reino Unido o EE.UU.- han generado formidables anticuerpos al saludable virus de la Patria Grande. Todos los intelectuales y políticos que pugnaron por la integración de la Cuenca del Plata predicaron, hasta ahora, en el desierto. Ferryra Aldunate, Gutiérrez Ruiz, Methol Ferré, Reyes Abadie y este Luis Vignolo que nos ha dejado, dedicaron su vida, y hasta la entregaron, a ese difícil empeño.

Luis Vignolo fue un amigo dilecto de los argentinos y un ferviente oriental amigo, como Herrera y Haedo, de Perón y el peronismo.

Estas líneas tienen el propósito de que el olvido no borre de nuestra frágil memoria la presencia, la acción y las ideas de un notable pensador, un solidario amigo de los perseguidos y un argentino oriental por decisión intelectual y política. Los argentinos le debemos un homenaje al Profe Luis Vignolo.

Buenos Aires. 26 de julio de 2010

Todas las precisiones biográficas de este artículo han sido producto de una comunicación personal con Luis Vignolo hijo. Es mi deseo no solamente honrar la memoria de su padre, sino hacer evidente el respeto, estima y amor filial del hijo del gran intelectual fallecido, quien, ante mi pedido, no vaciló en dedicar horas a su duelo para comunicarme una suscinta, pero completa, biografía personal y política de este gran uruguayo.

25 de julio de 2010

La Patria Grande debe zanjar el enfrentamiento entre Venezuela y Colombia

La declaración del presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Hugo Chávez, rompiendo relaciones con Colombia, no es un hecho de poca importancia. Por cierto, es de una importancia trascendental, porque pone en el centro de la escena la posibilidad de una guerra fratricida en el marco de un proceso de integración continental que no tiene parangón en la historia, si no nos retrotraemos al día anterior a la batalla de Ayacucho.

La actual República de Colombia, cuya bandera es, con excepción de algunos detalles, igual a la de Venezuela, lleva el nombre que el precursor Francisco Miranda -creador de los colores de dichas enseñas- había propuesto para la gran nación continental por la que pugnaba en sus escritos. Como homenaje al genovés que había integrado este continente al curso de la historia europea, para el caraqueño, prófugo de todos los servicios de inteligencia de las coronas del viejo continente, Colombia era el nombre de América Latina y colombianos sus habitantes.

Cuando el otro caraqueño universal, Simón Bolívar, se lanza a la emancipación de estas tierras, el gran estado que propone lleva el nombre de Gran Colombia. Todas las regiones, capitanías y gobernaciones que se estructuran en las faldas de los Andes hacia el sur conforman esta extensísima y flamante nación. Es un proyecto gigantesco, por encima de las posibilidades materiales de la época. Pero es por ello que lucha y da su vida el Libertador Bolívar. Las actuales geografías de Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia eran parte de su gigantesca nación continental. Desde Córdoba, un cura patriota, el Deán Funes, lo representaba en las Provincias Unidas del Río de la Plata. Paradojas de nuestra lucha por la Independencia: mientras iracundos jacobinos sostenían en el norte del continente el programa de Bolívar, en las lejanas tierras platinas, un cura, formado en Suárez y Victoria, representa y defiende la política más radical jamás pensada en estas tierras.

Santander, el Rivadavia del norte
Para Bolívar, el viejo reino de Nueva Granada fue el nido de la resistencia más tenaz a su afán unificador. Para sostener la unidad de su Gran Colombia se ve obligado a negociar y ceder frente a la oligarquía bogotana, sus jurisconsultos y sus obispos. El vicepresidente de la Gran Colombia es el representante de esa clase de holgazanes dueños de hacienda: Francisco de Paula Santander, una especie de Rivadavia tropical, un frío y seco hombre de leyes. Desconfía de los sueños de su superior, Bolívar, y siente como si fuera su propia carne, los costos y presupuestos que tal empresa significa.


Fueron Santander y la oligarquía bogotana el primer Judas de la gesta bolivariana. El nido de la conspiración contra el Libertador era el palacio de gobierno de Bogotá y su acción unificadora se veía permanentemente interrumpida por la necesidad de viajar –por lo menos un mes de travesía- a aquella ciudad capital de la Gran Colombia. Es en Bogotá y por designio de esa misma clase social que sufre el atentado del que lo salva la Libertadora Manuela Sáenz, haciéndolo saltar en paños menores a una acequia para evitar a sus asesinos.

Fue esa misma clase social y su representante Santander, quienes pusieron fuera de la ley a Manuela Sáenz, cuando el Libertador muere en la finca de Mier.

Chávez, que es uno de los políticos latinoamericanos con mayor conciencia histórica, sabe todo esto. Sabe que la clase dominante colombiana se siente representada por Santander y su antibolivarianismo. Sabe que su proyecto ataca la raíz histórica, ideológica, económica y política de la oligarquía de Colombia, que siempre ha sido hostil a cualquier propuesta de unidad latinoamericana.

Quizás sea su carácter bioceánico –único en Suramérica-, o la particular naturaleza goda de su clase dominante, o el régimen latifundista con su correlato jurídico, o el hecho de producir cosas tan valiosas como las esmeraldas o la cocaína, o todo ello junto, el hecho es que la Colombia oficial ha sido, a lo largo del siglo XX, uno de los países más conservadores del continente. La OEA se creó en Bogotá, el mismo día que asesinaban al líder liberal popular, Eliécer Gaitán. La revista Visión –durante años vocero de las propuestas norteamericanas para la región y donde nuestro Mariano Grondona fue columnista permanente- tenía su sede en Bogotá y sus editores pertenecían a la más rancia oligarquía, la de los Lleras y los Camargo.

La guerrilla colombiana es producto directo de esta brutal hegemonía oligárquica sobre un país de campesinos empobrecidos. El cultivo de la coca y el narcotráfico sobreviniente también. Esto último requiere un análisis.

La narcoligarquía y la guerrilla
Los grupos vinculados a la producción y comercialización de la cocaína constituyeron una especie de oligarquía “marginal”, de “lumpen” oligarquía, determinada y creada, como la oligarquía tradicional, por el mercado internacional. Si la necesidad de consumo de carne vacuna a bajos precios determinó y permitió el desarrollo de la oligarquía argentina, el mercado norteamericano y europeo de cocaína y las ventajas comparativas de Colombia para cultivarla, fueron la base material de la aparición de esa nueva clase, la burguesía narcotraficante. Hay una novela de García Márquez -Noticia de un Secuestro- que refleja con bastante exactitud el odio que la oligarquía tradicional e, incluso, sectores de la clase media ilustrada manifiestan hacia esta nueva oligarquía, a la que EE.UU declara ilegal, pero que en Colombia goza de los beneficios de una relativa legalidad garantizada por su enorme poder económico.

Hemos dicho en otras notas que el fenómeno de la guerrilla colombiana es, más que la expresión de un movimiento en ascenso, la manifestación de un callejón sin salida. Tengo la impresión de que la sociedad colombiana de las ciudades –y no sin osadía me atrevo a decir que del campo- está harta de la violencia guerrillera. Las FARC son hoy una herencia inútil de la Guerra Fría. Sin capacidad militar ni política, su mayor problema es cómo replantear su lucha en términos políticos, abandonando paulatinamente el estado de insurgencia. El propio Fidel Castro y hasta Hugo Chávez han tomado nota de esto, expresándose en reiteradas oportunidades sobre la necesaria búsqueda de nuevas formas de lucha que prescindan de la guerrilla armada.

También es cierto, y con experiencias dramáticas y sangrientas, que el sistema oligárquico ha impedido e impide una integración de los insurgentes a la vida política del país. Los asesinatos de los grupos paramilitares oligárquicos a ex guerrilleros y dirigentes políticos que se han presentado a elecciones fue y es un escollo crucial sobre el que las autoridades colombianas no hablan. Los grupos paramilitares, vinculados notoriamente a los terratenientes, con estrechas relaciones con el gobierno y las FF.AA. continúan operando en todo el campo colombiano.


Uribe y Santos
Por otra parte, el actual presidente Uribe pretendía ser reelecto. La resistencia a ello, y la aparición de su ex ministro de Defensa como candidato presidencial, no son hechos gratuitos. Uribe no pertenece al grupo oligárquico tradicional. Oriundo de la provincia de Antioquia, es un “paisa”, es un miembro de un sector marginal de la oligarquía colombiana. El núcleo tradicional de la oligarquía tiene sus raíces en la provincia de Cundinamarca y su sede está en Bogotá. No se puede descartar que sea este hecho el que explique las denuncias sobre relaciones con distintos sectores del narcotráfico, tanto por parte de la prensa, como de sectores políticos del partido gobernante y de la oposición.

Lo que sí es un dato corroborado por la prensa colombiana es que su imposibilidad de presentarse a elecciones y el resultante triunfo de Santos –su ex ministro de Defensa- no le resultó grato al presidente Álvaro Uribe. En la lógica de la política colombiana, éste sabe que la presidencia de Santos puede serle de riesgo. Pueden aparecer juicios contra él. Pueden reabrirse juicios por sus vinculaciones con el narcotráfico. Puede haber una revisión de todo lo actuado durante su período.

Muchos sectores colombianos especulan que ha sido esto lo que llevó a Uribe a denunciar una muy hipotética y difícilmente probable presencia de guerrilleros de la FARC en territorio venezolano. Hay gran coincidencia en que su intento fue dejar un caballo de Troya a su sucesor, quien ya había manifestado su deseo de invitar a Hugo Chávez y a Rafael Correa a las ceremonias de asunción.

Hay de hecho una integración económica –no virtuosa, pero integración al fin- entre Colombia y Venezuela. Las relaciones comerciales entre los dos países son de una gran intensidad. El petróleo y su exportación han generado en Venezuela el llamado “efecto Holanda”, es decir la fantasía de producir una mercadería que compra todas las otras y la ilusión de no tener necesidad de producirlas y las iniciativas del gobierno no han logrado revertir este fenómeno. Colombia abastece a Venezuela de indumentaria, zapatos y alimentos, entre otros productos. La frontera entre ambos países es un prodigioso ir y venir de mercaderías, del que Colombia tiene necesidad, en mayor medida, quizás, que Venezuela, cuyo petróleo le permitiría comprar esos productos en cualquier parte.

El problema es que en Colombia hay una enorme cantidad de tropas norteamericanas y que el país es el principal aliado de los EE.UU en la región. Uribe es un político al que no se puede despreciar. Es hábil, inteligente e inescrupuloso. Es la principal ficha del Departamento de Estado en la región. Y esto es lo que vuelve todo este conflicto en algo tan peligroso.

Una ruptura de relaciones con un país limítrofe implica necesariamente un fortalecimiento militar de las fronteras, desplazamiento de tropas y una preparación para la guerra. Los argentinos lo vivimos, en los ’80, con la disputa con Chile. Una cosa trae la otra y la posibilidad de una guerra deja de ser una fantasía para convertirse en una realidad ominosa.

Aquí es donde hay que jugar al máximo las instancias regionales que hemos podido construir en estos años. El presidente Lula de Brasil se ha ofrecido como mediador. El Unasur y su secretario general Néstor Kirchner, tienen la oportunidad de poner a prueba al organismo. Coincidimos con las declaraciones de Kirchner que hemos podido ver en la televisión: hay que hablar con el próximo presidente de Colombia. Quien hoy ejerce la presidencia tiene un reemplazante al que no puede, so pena de ser considerado un asesino de la unidad continental y un vulgar provocador, dejarle una guerra como herencia.

Pero también es necesario tener una cabeza fresca y un corazón ardiente. El presidente Chávez, en la conferencia de prensa, dijo algo estratégico: “Podemos coexistir gobiernos de derecha y de izquierda en nuestra Patria Grande”. Eso es lo que venimos sosteniendo desde hace tiempo y escucharlo de boca de Chávez no hace sino ratificar este concepto. En toda guerra entre dos países de la Patria Grande el resultado no puede ser otro que la derrota de ambos y el estallido del proceso integracionista.

Buenos Aires, 24 de julio de 2010

28 de mayo de 2010

Fue un 17 de Octubre cultural













Fue un 17 de Octubre cultural

El viernes 21 de mayo comenzó como de costumbre, en Buenos Aires.

Mayor cantidad de autos, importantes atascamientos de tránsito que la televisión comercial no se cansaba de adjudicar a las tareas de preparación de unos festejos que, en la voz de los locutores, sonaban a desmesurados, faraónicos, inútiles. Un infatuado escriba, con pretensiones de Zaratustra, escribe en un pasquín opositor: “En varios sentidos, las muchedumbres porteñas miran de reojo y con fastidio el desparramo en una ciudad colapsada por preparativos de gruesa teatralidad. Se nos informa que estamos de fiesta” (Pepe Eliaschev, Perfil, 22/05/10).

Ese mismo viernes, a las ocho de la noche, la ciudad era ya otra. Como si hubieran estado esperando el discurso presidencial con el que se inauguró el Paseo del Bicentenario, miles y miles de hombres y mujeres, niños, jóvenes, adultos y ancianos comenzaron a volcarse a la 9 de Julio. Llegaban con banderitas argentinas o portando orgullosos sus escarapelas. En el correr de media hora, Buenos Aires comenzó a ser una ciudad ocupada por el propio pueblo de la República, haciendo replegar el malhumor de los protestones taxistas, desalojando el fastidio de “los apisonadores de adoquines”, alentado por la mala gramática de los movileros.

Y a partir de ese viernes a la noche, la tantas veces ajena Buenos Aires, la capital fenicia donde “la Cobardía suele atar a los hombres junto al río moroso” se transformó, durante cuatro días inolvidables en el rostro oscuro y diverso de esta Patria tantas veces negada. Si en 1820 las tropas de López y Ramírez ocuparon durante unos días la Plaza de Mayo, con sus caballadas y sus lanzas; si el 17 de octubre de 1945 el pueblo argentino condensado en sus columnas obreras impuso su decisión política y cambió la historia del país durante cincuenta años, durante estos días tres o cuatro millones de argentinos de todas las provincias, de todos los orígenes, de todas las tonadas y de todas las vertientes de nuestra gran fragua cultural llenaron el centro de Buenos Aires que volvió a ser la Capital Federal impuesta a la oligarquía porteña por las tropas provincianas -los cuicos- conducidos por el tucumano Julio Argentino Roca.

Como con exactitud política, histórica y sociológica lo expresara el Secretario de Cultura de la Nación, Jorge Coscia: “Estamos en presencia de un 17 de Octubre cultural”.

El pueblo argentino profundo estaba esperando, contra todas las premoniciones derrotistas, contra el desánimo inoculado por los medios de comunicación venales, contra la prosa despreciativa de Eliaschev, Sarlo o Lanata, contra la amoralidad disfrazada de pasatiempo de una televisión “tinellizada”. Y cuando Cristina puso a su disposición la facilidad de unas calles dedicadas exclusivamente a la celebración patria, a la fiesta colectiva de saberse un “nosotros”, el pueblo -no la gente- salió a ocuparlas para expresar con su presencia festiva el orgullo de una historia de doscientos años, la conciencia de estar celebrando una historia que nuevamente lo tiene como protagonista exclusivo y excluyente, como se evidencia al comparar la patética reapertura del Teatro Colón.

Nuestro gran teatro de ópera fue construído por el gobierno nacional, con fondos de todo el país, para solaz de los porteños y, en especial, de sus sectores oligárquicos. La Constitución regiminosa de 1994 lo convirtió en propiedad exclusiva de la ciudad y Macri y su pandilla de irresponsables “chicos bien” lo adoptaron como escenario de su desprecio al pueblo, no sólo del resto del país, sino de la propia ciudad. Ni Lugano, ni Barracas, ni las villas estuvieron en esa apertura. Tan sólo 2.700 estólidos figurones, ancianas actrices en decadencia y millonarios ignorantes fueron quienes acompañaron la mentada noche de gala, mientras dos millones de argentinos pata al suelo celebrábamos en el Paseo del Bicentenario.

La Revolución de Mayo, ese primer intento de formar con todos los americanos una nueva nación, vuelve a estar en buenas manos. Leopoldo Marechal, a quien hemos citado a lo largo de estas líneas, escribió en soneto memorable “era Octubre y parecía Mayo”. A sesenta cinco años de escritas podemos afirmar que, durante estos días, Mayo parecía Octubre en Buenos Aires. Como entonces el pueblo profundo de la Patria salió a cambiar con su presencia el rumbo de la historia.

Grandes y victoriosas jornadas tenemos por delante.

4 de abril de 2010







Cristina en Perú y en Bolivia
En la senda del Nuevo ABC de Perón

En la década del 50, el general Juan Domingo Perón estableció las bases de la primera política de integración latinoamericana, realista y posible. Afirmaba el presidente argentino, en su memorable discurso del 11 de noviembre de 1953, ante los oficiales del Estado Mayor del Ejército:

“La República Argentina sola, no tiene unidad económica; Brasil solo, no tiene tampoco unidad económica; Chile solo, tampoco tiene unidad económica; pero estos tres países unidos conforman quizá en el momento actual la unidad económica más extraordinaria del mundo entero, sobre todo para el futuro, porque toda esa inmensa disponibilidad constituye su reserva. (…) Esto es lo que ordena, imprescriptiblemente, la necesidad de la unión de Chile, Brasil y Argentina”.

“Es indudable que, realizada esta unión, caerán a su órbita los demás países sudamericanos, que no serán favorecidos ni por la formación de un nuevo agrupamiento y probablemente no lo podrán realizar en manera alguna, separado, o juntos, sino en pequeñas unidades”
(América Latina en el año 2000: unidos o dominados, pág. 71, Ediciones de la Patria Grande, Casa Argentina de Cultura, México, 1990).

Este proyecto que se llamó el Nuevo ABC –aludiendo al que fuera el primer ABC pensado por el canciller brasileño Barón do Rio Branco- tenía dos componentes inescindibles.

Por un lado, el Nuevo ABC significó el planteamiento crudo y descarnado de una alianza estratégica con el Brasil, lo que constituía una revolución copernicana en el paradigma tradicional no sólo de nuestra cancillería y nuestras Fuerzas Armadas, sino también en la concepción tradicional del radicalismo de cuño yrigoyenista y del nacionalismo popular argentino. Sí para aquellos, la idea de establecer una unión con el Brasil era visto como una ofensa a las pequeñas soberanías parroquiales de nuestros fragmentados países, para estos Brasil era todavía el verdugo del pueblo paraguayo, el aliado del mitrismo antifederal, el predador de la heroica Paysandú, a la que cantara Gabino Ezeiza. Para la visión continentalista de Juan Domingo Perón, por el contrario, era la conclusión necesaria y evidente del peso geográfico, político, económico, demográfico y cultural de los dos países. Brasil y Argentina eran las dos columnas sobre las que se levantaría firme la arquitectura integradora.

Por el otro lado, la alianza con Chile, Paraguay y Bolivia significaba, en esta arquitectura, el contrapeso necesario para evitar la tentación hegemónica que podía brotar en Brasil, por obra de su tamaño y su potencialidad productiva. Así, Argentina encabezaba la voluntad integradora de los países hispanohablantes, convocando a sus vecinos más cercanos. Si el Uruguay no estuvo en la invitación fue tan sólo por la abierta orientación antiperonista del gobierno colorado de entonces –Luis Batlle-. No obstante y para hacer evidente la coyuntural ausencia del Uruguay en aquella propuesta, es necesario mencionar la invitación que el recientemente electo presidente Perón le formulara al doctor Luis Alberto de Herrera, respondiendo a su saludo: “Hay que realizar el sueño de Bolívar. Debemos formar los Estados Unidos de Sudamérica”. Conocedor de los mecanismos objetivos del poder y de los Estados, Perón se adelantaba a cualquier posibilidad hegemónica, tanto de un Brasil que volviese a sus orígenes imperiales, como a una Argentina porteña que intentase –como en el siglo XIX- reemplazar al virrey español.

El recientemente fallecido pensador uruguayo Alberto Methol Ferré expresaba en las últimas conversaciones con amigos y discípulos su preocupación porque la Argentina no parecía haber entendido esa expresa indicación de Perón. Desde su atalaya montevideana, no veía Methol Ferré, en la cancillería argentina una clara decisión y una firme voluntad de convocar a todos los países hispanohablantes, sobre todo a los del Pacífico. “Una integración entre desiguales termina en hegemonía”, advierte desde su último libro. Y agrega a continuación: “Se trata de llevar una delicada política que evite una hegemonía brasileña, porque una hegemonía traería la destrucción de América del Sur y de América Latina como posibilidad” (Los Estados Continentales y el Mercosur, Ediciones Instituto Superior Arturo Jauretche, Buenos Aires, 2009).

Perú y Bolivia, el arco del Pacífico

Los recientes viajes de la presidente Cristina Fernández de Kirchner a Lima y a La Paz y lo expresado en sus discursos y declaraciones, se inscriben en lo mejor de aquella política propuesta por el general Perón y cierran el círculo iniciado con el Mercosur y el acercamiento a la República Bolivariana de Venezuela.
Los argentinos debíamos al Perú un desagravio. Alguna vez, la miserable aldea, barrosa y maloliente, del Plata, había sido parte del extenso virreinato con sede en Lima. El Perú fue liberado del yugo español por el hijo de las Misiones Occidentales, José de San Martín. Por el Perú había peleado el joven argentino Roque Sáenz Peña, antes de ser presidente de nuestro país. Había sido el Perú el primero en alistarse en nuestra guerra anticolonial contra el ocupante de Las Malvinas. Emocionados recibimos los argentinos las demostraciones de lealtad continental y de afecto fraternal cuando salieron pilotos y aviones de los hangares peruanos para sumarse a la lucha en los cielos australes. Y mil veces agradecidos estuvimos ante los esfuerzos del peruano Pérez de Cuellar, secretario general de las Naciones Unidas, para evitar el choque de las armas colonialistas con los defensores argentinos.

Solamente la depravada inmoralidad de un gobernante venal y sin patria pudo ensuciar estos siglos de hermandad, al venderle armas al Ecuador, enfrentado ocasionalmente en una guerra insensata con el Perú. Solamente un espíritu corrompido por la avaricia pudo en un sólo acto traicionar a dos pueblos hermanos y enturbiar un afecto sin mancha entre tres pueblos suramericanos. Esa ignominia, ese delito –cuyo encubrimiento hizo volar, en nuestro propio país, una ciudad por los aires- interrumpió de hecho, durante todos estos años, nuestra relación con el Perú. Poco podíamos conversar sobre política suramericana con el Perú, si no tomábamos el toro por las astas y pedíamos humildemente perdón. ¿Por qué iban a confiar los peruanos en un país que prometiendo garantizar la paz entre Perú y Ecuador le vendió armas a uno de los beligerantes? Hasta ese lugar de abyección llevó Menem la herencia política de Perón.

Cristina hizo lo único que podía hacer para que la voz de la Argentina volviera a tener valor en el Perú. Fue y pidió disculpas. Y con ello no sólo reparó la afrenta cometida por el miserable, sino que cumplimentó el aspecto que le faltaba a su gran política latinoamericana, restablecer el diálogo con hispanohablantes, abrirse a uno de los principales países del Pacífico y cerrar el círculo de la bioceanidad continental. No es de poca significación que el viaje y la reparación se hayan realizado en el año del bicentenario de los primeros gritos independentistas del continente.

Pero no se limitó a ello. Al homenajear, en su discurso, a Víctor Raúl Haya de la Torre y recordar el parentesco de su ideario con el del General Perón, Cristina expuso la génesis de su propio pensamiento y visión acerca del proceso de integración latinoamericano. Haya de la Torre y Perón conforman los más importantes antecedentes en el siglo XX de la política integradora que hoy viven nuestros pueblos. Mencionarlo, por otra parte, frente al presidente Alan García, era ponerlo frente al espejo de la historia de su propio partido.

El viaje inmediato a Bolivia completa el movimiento que planteara Perón y que nos reclamaba Methol Ferré en imborrables conversaciones. Bolivia ha iniciado un nuevo proceso institucional, intentando que la república cobije y sea expresión de todas las vertientes que conforman su ciudadanía. Es, por otra parte, un país que requiere del apoyo sincero y fraterno de sus vecinos para consolidar su sistema democrático y su nueva constitución. El homenaje brindado a la nueva Generala del Ejército Argentino, Juana Azurduy de Padilla, evoca necesariamente nuestro pasado común, del que debemos recordar, en este año en que se cumplen doscientos años de nuestro primer gobierno patrio, que su presidente, Don Cornelio Saavedra, era hijo de aquellas tierras altas.

Ya no es tan sólo Venezuela nuestra amiga suramericana, con todo lo importante que ha sido y es. Estas visitas de Cristina a Perú y Bolivia deben ser interpretadas en el sentido integrador que le ajudicaba Perón. Estamos dispuestos a una gran y estrecha alianza con el Brasil. Sin ella, ni Brasil ni Argentina tendrán cabida en el mundo que se está conformando. Pero para que ello no se frustre en un intento hegemónico, Argentina invita a todos los hispanohablantes del continente para realizar el sueño de Bolívar junto al gigante que habla portugués.

Buenos Aires, 4 de abril de 2010

1 de marzo de 2010

Enrique Oliva, el viejo guerrero del 45


Enrique Oliva, el viejo guerrero del 45

Ya han pasado sesenta y cinco años. Los protagonistas del 17 de octubre de 1945 han comenzado a galopar en las praderas de Manitú o donde quiera que se vayan los guerreros de aquella jornada histórica. Hoy le tocó partir a Enrique Oliva, un gigante nacido a la historia argentina aquella tarde de sol.

Enrique Oliva fue peronista desde el día en que los trabajadores ocuparon la Plaza de Mayo y entregó su enorme inteligencia, su indoblegable voluntad y cada hora de su vida a la causa de la liberación argentina y la unidad de la Patria Grande.

Cuando la reacción oligárquica, la misma que hoy intenta maniatar y, de ser posible, voltear al gobierno de Cristina Kirchner, con la complicidad de sedicentes peronistas, Enrique Oliva no dudó. Siguió a Perón en la soledad de su exilio, en la debilidad del caudillo alejado de su pueblo, y no hubo dudas en su nacionalismo popular acerca de quien representaba la aspiración histórica del pueblo y los trabajadores argentinos. Desde Madrid y al lado del caudillo popular proscripto y en el ostracismo, Enrique Oliva fue un militante fiel y honrado de Perón, tal como lo eran los millones de argentinos tan proscriptos como el jefe expatriado.

Fue testigo y actor de los últimos sesenta y cinco años de política argentina, a la que le dedicó todo su luminoso cerebro y su patriotismo sin fisuras.

Cuando lo consideró necesario a los elevados fines de la causa nacional y popular, Enrique Oliva se convirtió en François Lepot, un periodista de Clarín, estacionado en París, desde donde iluminaba, con información fidedigna, a los argentinos sobre un mundo que se hacía ancho y lejano bajo la implacable censura de Videla y Martínez de Hoz. Su ejercicio de la profesión hizo evidente que es posible ser periodista y patriota, que no es necesario sacrificarse al becerro de oro que ofrecen los grandes monopolios mediáticos para comprar las conciencias. Si Enrique Oliva pudo hacerlo, todos podemos.

Patriota como era, su nacionalismo popular –la razón profunda de lo que es el arcano de la política argentina: la sobrevivencia del peronismo- le permitió comprender las razones históricas de la gesta de Malvinas. Desde su lugar privilegiado escribió informaciones y análisis que sólo contribuyeron a consolidar la doctrina nacional sobre esta causa, la más trascendental de los argentinos.

Imbuido de un fuerte espíritu testimonial, convirtió su labor periodística en una obligación de cubrir, para y en nombre del conjunto de los argentinos, los escenarios centrales de cada momento: la invasión soviética a Afganistán, el Pakistán de Zia Ul Haq o la India de Indira Gandhi. Sus reportajes –que deberían ser de estudio obligatorio en las escuelas de periodismo-, sus informes sobre los países en cuestión estaban atravesados por su patriotismo argentino y suramericano, para analizar con ojos propios la realidad lejana.

Ya en la Argentina dedicó sus últimos años a las causas fundamentales: la cuestión de Malvinas, la unidad latinoamericana, la reivindicación de la Batalla de la Vuelta de Obligado.

Fue siempre y por sobre todo un militante. Es decir tuvo, hasta el triste día de su partida, lúcido y rebelde, la energía y la voluntad de un joven veinteañero. Seguramente, ese era su pacto misterioso que le permitió irse prometiendo su artículo sobre el petróleo en Malvinas para mañana.

Afortunadamente, Enrique, las nuevas generaciones te conocieron y admiraron tu fervoroso espíritu argentino, esa especie de “punk” irreductible que, cuando muchos prefieren las pantuflas y el sofá, te permitía estar presente, bajo la lluvia, en un acto a don Juan Manuel, a los caídos en Malvinas o a los asesinados el 16 de junio de 1955 por la Marina de Guerra.

Hoy te hemos acompañado hasta tu descanso final. Nos encontramos viejos y nuevos militantes y hablamos de proyectos y propuestas para seguir el combate. No te lloramos porque sabíamos que no era eso lo que querías de nosotros. Te recordamos llenos del humor y el respeto que se les debe a los grandes guerreros.

Enrique Oliva, hay una nueva generación que, con hidalguía y valor, se hará merecedora de tu memoria, la memoria de los jóvenes del 17 de octubre de 1945.

1º de Marzo de 2010.