1 de julio de 2011

1974-2010, dos despedidas de dolor y llanto

Hace 37 años, alrededor del mediodía, estábamos esperando una llamada telefónica. Estábamos en la sede central del Frente de Izquierda Popular, en Alsina y Jujuy, en el primer piso. En la sala se encontraban, entre los que me acuerdo, Jorge Abelardo Ramos, Jorge Enea Spilimbergo, Blas Alberti, Luis Alberto Rodríguez, Fernando Carpio, Jorge Raventos y quien esto escribe.

Suena el teléfono, la compañera que se ocupaba de la secretaría le pasa una llamada a Ramos:

- De la residencia presidencial de Olivos, quieren hablar con Ud.

Ramos toma el teléfono, conversa unos minutos y con rostro serio y adusto, nos mira a cada uno de los presentes:

- Ha muerto el General Perón. Han convocado a los presidentes de los partidos a Olivos.

Recuerdo perfectamente que todos quedamos demudados y en silencio. Nos mirábamos sin saber qué decir, qué comentario hacer.

Inmediatamente Ramos se preparó para ir hasta Olivos y, dirigiendose a Raventos y a mí, nos dijo:

- Vengan conmigo, ustedes son periodistas, tienen que ver este momento histórico.

En ese momento Raventos y yo dirigíamos el periódico Izquierda Popular, que era el vocero oficial del partido.

Subimos a su Falcon -Ramos se había comprado el auto hacía unos meses y tenía hacia él un cariño especial, lo consideraba una de las mejores creaciones del capitalismo, cuyo único defecto era que había que ponerle nafta- y nos condujo hasta la entrada de la Quinta por Libertador.

Recuerdo que en el viaje Ramos alternaba sus permanentes ironías con recuerdos del viejo caudillo. Su encuentro con él en Puerta de Hierro, las tres o cuatro veces que se entrevistaron en Buenos Aires, al regreso del jefe popular. Unos meses atrás, el 25 de mayo, había muerto otro enorme argentino, su amigo e interlocutor permanente, Arturo Jauretche. El propio padre de Ramos, el antiguo anarquista, hijo de un cantor de fogones y de una institutriz austríaca, también había muerto en Montevideo hacía pocas semanas.

La muerte ondeaba sus trapos sucios sobre el país y comenzaba ya su siniestra cosecha.

“1974, el año de la Peste” titularía poco después en la tapa de Izquierda Nacional, aquella notable publicación que tuvo en la calle durante, por lo menos, diez años. La muerte de Juan José Hernández Arregui en septiembre del mismo año puso mayor dramatismo al terrible título.

Llegamos a la residencia presidencial y sólo Ramos pudo entrar a los interiores. Nos quedamos en el parque, donde nos encontramos con cantidad de hombres y mujeres de la política y el sindicalismo. Poco había para hablar. Sabíamos que muchos de los que allí estaban con aire compungido, en la intimidad de sus corazones gorilas celebraban la muerte del creador de la Argentina moderna. Después de un rato de apretones de manos y abrazos, sinceros e insinceros, nos volvimos en taxi al local de Alsina y Jujuy.

Había comenzado un gigantesco luto popular. El pueblo argentino, que había creado al gran líder, lo acompañó con dolor infinito en las frías y lluviosas días, noches y madrugadas que duró el velorio en el Congreso. Los rostros desencajados por llanto, los ojos que se negaban al hecho aciago, las manos que retorcían inútilmente un rosario, un pañuelo, una bufanda que había perdido su misión de abrigo para convertirse en sedante de unos nervios destrozados por la desazón.

Eso, desazón, desasosiego, desesperanza era el sentimiento que se imponía en la multitud acongojada. Sobre ella volaban las aves negras de la orfandad. El futuro se presentaba como el cumplimiento de una venganza prometida. Vendrían los profetas del odio y no habría nadie que lo protegiese de la sangrienta revancha. El hombre que había defendido a la multitud de sus enemigos no dejaba sucesor. El trono de la voluntad popular había quedado vacío

Este sentimiento de derrota fue la gran diferencia entre la muchedumbre que acompañó a Juan Domingo Perón y la que acompañó a Néstor Kirchner, hace menos de un año.

Había tristeza en la Plaza de Mayo el 27 de octubre, había dolor. Había viejos con manos sarmentosas retorcidas por la pérdida. Había mujeres de pueblo, humildes, silenciosas, oscuras que contenían el llanto mientras esperaban entrar a la capilla ardiente. Había jóvenes, como en 1974, que ponían vibración política con sus gritos y consignas. Pero no había el desasosiego de aquel año fatídico. No había sentimiento de derrota sobre las masas doloridas. El sentimiento era de esperanza, de fe en el futuro y de confianza en que la tarea de ese gran argentino que se marchaba para siempre podría ser continuada sin mengua por quien ejercía la presidencia de la República.

La historia no permitiría que los argentinos sufriésemos de igual manera la desaparición física del caudillo. Clío, la musa de la historia y de la épica, había tejido otro final al viejo relato del héroe moribundo. Cristina le ofrecía a ese pueblo la sensación de que, por ahora, y mientras ella estuviese, nadie lo volvería a derrotar. El convencimiento de que no caería sobre la república una nueva noche de revancha oligárquica.

Esa fue la diferencia entre dos dolores que marcaron a fuego el alma de los argentinos.

Mensaje para mi amiga Carola Chávez y todos mis compañeros venezolanos

Algo me temía, querida Carola, en esos días de silencio. Pero creo que la cosa no es grave.

Eso para hablar de lo secundario. También podría agregar que por el mismo o peor trance pasaron Lugo y Roussef y ahí están en medio de la batalla.


Pero lo importante es lo que ha dicho el eremita de San Antonio, el querido amigo Lizardo Sánchez, con quien estuve en Córdoba hablando, obviamente, de vos.

El pueblo venezolano, por primera vez en su historia, asaltó el cielo, tocó el cielo con las manos, se miró al espejo y vio su imagen reflejada. De esa experiencia no volverá jamás a ser el mismo.

Chávez es quien hizo el milagro físico de volver opaco lo transparente, para que la luz rebote en lo que antes atravesaba: los millones de oscuros desdentados que vi felices, gastando guita en ropa linda y en morfi bueno, llevando a la rastra a morenitos felices con la franela roja o el gorrito de beisbol que llevaba inscripto el nombre del demiurgo.

Ese pueblo, si llegara a ocurrir algo, digo, es un decir -como decía Vallejos- no hará otra cosa que lo que ordenaba el gran peruano:

si la madre
España cae -digo, es un decir-
salid, niños del mundo; id a buscarla!...

que no es otra cosa que lo que han hecho y harán todos los pueblos del mundo.

Pero, por ahora, Chávez vive, en carne y hueso. y vivirá para siempre cuando -digo, es un decir- la horrible guadaña tronche su vida prodigiosa.

Con Chávez vivo, querida Carola, seguiremos ganando batallas.

Te quiero mucho.

25 de mayo de 2011

Buenos Aires debe volver a ser de todos los argentinos



-->Filmus-Tomada a la Capital Federal
Buenos Aires debe volver a ser de todos los argentinos

La decisión presidencial de designar la fórmula de Daniel Filmus y Carlos Tomada para las elecciones de Jefe de Gobierno de la Capital Federal ha puesto al conjunto de las fuerzas nacionales y populares en campaña para derrotar a Mauricio Macri.
Las próximas elecciones en la ciudad de Buenos Aires serán decisivas para la marcha del proyecto nacional y popular impulsado por el gobierno nacional. La campaña interna de varios meses, que tuvo como protagonistas a los tres candidatos del Frente para la Victoria -Amado Boudou, Daniel Filmus y Carlos Tomada-, permitió desplegar en toda su potencialidad la voluntad de sacar de Bolívar 1 al reaccionario e inepto Mauricio Macri y poner en su lugar a un legítimo representante del gobierno nacional, votado por la mayoría de los capitalinos.
Cristina ha repetido en cada uno de sus discursos sobre este tópico que “Buenos Aires es de todos los argentinos”. Conociendo la fina conciencia histórico-política de la presidenta esas palabras no son simplemente un lugar común sino una necesaria aclaración sobre la distorsión que se ha producido a partir de la reforma constitucional de 1994.
La vieja ciudad-puerto
La ciudad de Buenos Aires no fue siempre de todos los argentinos. Desde el 25 de mayo de 1810, la ciudad-puerto -como la llamó Cristina en su discurso de inauguración del magnífico Museo del Bicentenario- lejos de ser de todos los argentinos fue la base política y económica de la burguesía comercial porteña desinteresada en la lucha por la Independencia y ejecutora de un proyecto de sujeción de los gobiernos provinciales a su hegemonía. Durante esos setenta años que van de 1810 a 1880, Buenos Aires y los representantes de su burguesía comercial defendieron a sangre y a fuego el monopolio sobre la Aduana porteña y se negaron a compartir sus beneficios con el resto del país. El partido rivadaviano, primero, en parte el rosismo y, por último, el mitrismo intentaron -con diferentes métodos- que la ciudad, puerto y provincia de Buenos Aires fuese la que condujese al conjunto del país, sin tocar el privilegio aduanero. Y lo de sangre y fuego no es una mera expresión retórica. Desde las campañas militares contra José Artigas, en la Banda Oriental, hasta el asesinato del Chacho Peñaloza, la Guerra del Paraguay y la represión a Felipe Varela, el partido porteño asoló a las provincias del interior. La ciudad-puerto se negó a ser sede del gobierno nacional en 1853 cuando se aprueba la Constitución Nacional y se separa del gobierno nacional asentado en Paraná. Durante siete años Buenos Aires se convierte en una especie de Hong-Kong platina, busca reconocimiento internacional y hasta intenta contratar tropas cipayas de la India -aunque esto suene como una exageración revisionista- para enfrentar militarmente al gobierno nacional. Incluso, cuando después de Cepeda, Buenos Aires se reincorpora a la Confederación en 1860, bajo el gobierno de Mitre, lo hace a condición de que los derechos de exportación no serían considerados como rentas nacionales, sino como rentas de la ciudad-puerto. Todo lo que pagaban los productores del país para salir por el puerto de Buenos Aires y todo lo que pagaban los productos que entraban al puerto y se distribuían en todo el país era propiedad de Buenos Aires.
La Capital Federal
Recién en 1880, con la acción del ejército del General Julio A. Roca, formado por hombres del interior, las provincias logran aplastar a la ciudad-puerto. El jefe militar porteño era Carlos Tejedor, gobernador de la provincia, un acérrimo centralista que había declarado que el gobierno nacional era “un huésped suyo”. Los llamados “cuicos” de Roca triunfan sobre las formaciones porteñas en dos sucesivas batallas que ponen fin a la guerra civil: la batalla de Puente Alsina, en Pompeya, y la batalla de los Corrales Viejos, en Caseros y Rioja. Más de tres mil argentinos cayeron en esas dos batallas. Su sacrificio permitió que la ciudad fundada por Garay se convirtiera en Capital Federal y que la renta del puerto integrase las arcas del gobierno nacional. Por primera vez desde 1810, la ciudad de Buenos Aires se integraba al conjunto del país. Miles de argentinos habían muerto a lo largo de esos 70 años, las provincias se habían empobrecido, las producciones regionales habían desaparecido y el Paraguay era una selva poblada de valerosos espectros. En esta historia y en estos dolorosos acontecimientos se basó la figura jurídica por la cual el presidente de la República nombraba un delegado suyo como intendente de la ciudad. El gobierno nacional, y sobre todo cuando expresaba políticas nacionales, no podía volver a ser huésped -metáfora que encubre la de prisionero- de la egoísta oligarquía porteña.
El pacto Alfonsín-Menem, que dio origen a la infausta reforma constitución de 1994, modificó irresponsablemente ese equilibrio, con la finalidad, no explícita en ambos jugadores fulleros, de que ambos partidos -la UCR alfonsinista y el PJ menemista- se repartirían la ciudad, el primero, y el país, el segundo.
Capitalinos con el país
Todo esto recordó Cristina al usar la antigua denominación de ciudad-puerto para nombrar a Buenos Aires. Y todo esto es lo que los candidatos elegidos deberán poner sobre sus hombros.
No se trata, por supuesto, de quitar al ciudadano capitalino -como, por otra parte, gustaba decir Néstor Kirchner, para referirse a los porteños, haciendo hincapié en su condición de habitantes de una ciudad capital de todos los argentinos- su derecho a elegir. Se trata de que la mayoría de los ciudadanos de Buenos Aires, los más humildes, los más desprotegidos, los que necesitan viviendas, hospitales y escuelas, logren poner nuevamente a la ciudad como Capital Federal, asiento de un gobierno de todo el país, en armonía con la política de reparación nacional y popular que se despliega desde la Casa Rosada.
Como nunca antes están dadas las condiciones para un estratégico triunfo popular en la ciudad de Buenos Aires. El gobierno de Macri -este Carlos Tejedor frívolo y poco dotado- ha sido incapaz de dar satisfacción a los votantes de su propio sector social. La avidez por los negocios rápidos, la búsqueda de lucro donde hay una necesidad, no sirve ni siquiera para mantener limpia la zona de la Recoleta. Daniel Filmus exhibe en su trayectoria un importante antecedente de gestión en materia educativa, con grandes realizaciones. Carlos Tomada ha sido el hombre que logró, como ministro de Trabajo, los más grandes avances de los trabajadores desde la muerte de Perón y una paz social basada en la justicia que garantizan su futura gestión.
Cristina Fernández de Kirchner triunfará en las elecciones capitalinas. Y los porteños volveremos, como José Hernández, a ser también nacionales.
25 de mayo de 2011

13 de mayo de 2011


La conducción de este frente nacional,
popular y democrático es de Cristina


En el momento en que se hace evidente el triunfo de las fuerzas nacionales y populares encabezadas por Cristina Fernández de Kirchner en las próximas elecciones a presidente, los sectores del privilegio y el sometimiento han iniciado todo tipo de operaciones.

Una huelga irracional de un sector muy bien pago de los trabajadores -cuyos patrones son fundamentalmente extranjeros- amenaza el abastecimiento de combustible lo que es aprovechado por los monopolios mediáticos para pintar con sus acostumbrados tonos sombríos el futuro inmediato. Una discusión por lugares en las listas de diputados es utilizado livianamente por un dirigente sindical para amenazar con romper el frente encabezado por la presidenta.

Los sucesivos fracasos de todas las operaciones destituyentes, desde aquella que se montó a partir de la Resolución 125 sobre las retenciones, encuentran en estas maniobras una perversa repetición.

La presidenta Cristina, la única en condiciones de liderar el gran frente nacional, popular y democrático, ha pronunciado hoy una certera definición -en el estilo de las grandes definiciones del peronismo- sobre el papel de los sindicatos, sobre su base ética que es la solidaridad y sobre la diferencia que deben mantener con las corporaciones.

La Corriente CAUSA POPULAR adhiere a las palabras de la Presidenta en su discurso en José C. Paz. En uno de los distritos más empobrecidos del conurbano bonaerense, frente a un pueblo humilde y leal, Cristina puso en claro quien conduce y hacia donde al movimiento nacional. El pueblo y los trabajadores se encargarán de repudiar a los dirigentes que crean ser más representativos que quienes han sido capaces de dejar atrás las peores llagas de la dependencia y el privilegio, como lo han sido Néstor y Cristina.

Buenos Aires, 12 de mayo de 2011

Mesa Nacional de la Corriente Causa Popular

18 de abril de 2011

De como el Dr. Jekyll se convirtió en Mr. Hyde


La escena fue retransmitida varias veces en distintos programas de televisión, circuló por la Internet y llegó a miles y miles de casillas de correo.

La periodista de C5N pregunta al candidato presidencial de Proyecto Sur:

- ¿Y cómo explica la elección de Urtubey con números tan elevados?

- Y... bueno... todo eso es dependencia laboral... dependencia es... clientelismo... todo eso. Y también poca forma... también poblaciones con muy poco acceso... con muy poco nivel cultural... Todas esas cosas cuentan...

La periodista insiste:

- Pino, ese análisis que Ud. hace, por ejemplo, de la situación en la provincia de Salta y de la reelección de Urtubey con números históricos, ¿no es subestimar un poco al electorado también? Desde el punto de vista de la participación ciudadana...

- Bueno... no sé cómo llamarlo... Creo que está mal... yo creo que está mal... pero, en general, todas esas provincias... Las provincias más pobres no se caracterizan por tener la mejor calidad del voto, eh...

Los periodistas, un hombre y una mujer curtidos de escuchar todo tipo de respuesta quedaron en silencio. Habían tocado una cuerda cuyo sonido les resultó inesperado. Ignoraban si habían hecho bien o mal, si habían metido la pata o habían descubierto la cuadratura del círculo.

Para que no quedasen dudas, viendo el azoro de sus entrevistadores y tratando de justificar su lapidario juicio el candidato que supuestamente representará a lo más avanzado y radical del espectro político argentino agregó:

- Es así...

Como quien dice qué quiere que le haga.

¿Fue un traspié producto de la irritación del momento? ¿Fue una zancadilla que le jugó su presuntuosa personalidad que le hizo decir cosas que no pensaba?

El general Héctor Solanas Pacheco fue ministro de Ejército del presidente Arturo Frondizi. Según los comentarios de la época su nombramiento tuvo como finalidad poner una cuña entre los altos mandos gorilas del Ejército surgido de la Revolución Libertadora. En efecto, existía en esos generales rabiosamente antiperonistas una sorda lucha interna: quienes habían participado en la asonada de 1951 despreciaban a los generales de 1955 -como Pedro Eugenio Aramburu- por considerarlos “antiperonistas de última hora”. Héctor Solanas Pacheco militaba con los de 1951. Con su designación, Frondizi intentó circunscribir el poder de los “libertadores” enfrentándolos a sus propias contradicciones y que ello le permitiese actuar con mayor autonomía. Todo este malabarismo se desmoronó rápidamente. Los gorilas de 55 comenzaron con sus planteos, mientras Francisco Manrique, desde El Correo de la Tarde, acusaba al coronel Raimundes, un amigo de Solanas Pacheco, de apoyar al peronismo y a los sindicalistas como Andrés Framini.

La historia viene a cuento porque de esa familia surgió el cineasta y , por ahora, candidato a presidente de la república, Fernando Ezequiel Solanas Pacheco. El pequeño Fernando creció en un ambiente conservador, con antepasados que se remontan a las guerras de la Independencia, con tíos militares y antiperonistas. En algún momento de su adolescencia, Fernando rompe con esa tradición política en la que toda su familia se había formado y, con los vientos radicalizados de los años '60, se hace peronista y simpatizante de la revolución cubana.

Abandona su carrera de músico e intérprete del violín, se dedica al cine político y publicitario y se va convirtiendo en Pino Solanas.

Todas sus películas iniciales, incluída La Hora de los Hornos que filmó con Octavio Getino, dejan traslucir un cierto elitismo en su concepción de la política, un cierto aroma a vanguardia esclarecida, una casi imperceptible distancia del pueblo raso.

Pino Solanas nunca se enroló en ninguna tendencia organizada del vasto campo peronista. Se mantuvo a distancia de todos los encuadramientos, con un pequeño grupo de selectos amigos y prefirió siempre el reducido espacio de un living -por amplio que fuese- a las asambleas desordenadas y multitudinarias.

Si bien, en plena reacción de los años 90 sus posturas y declaraciones le valieron convertirse en un momentáneo referente para quienes sosteníamos posturas enfrentadas al proceso de privatización y desmantelamiento industrial desplegado desde el gobierno, Solanas comenzó a alejarse, conceptual y políticamente, del gran movimiento de masas que constituye el peronismo en la Argentina. Su antimenemismo se deslizó hacia el antiperonismo. Y la desazón que compartíamos entonces ante el apoyo electoral multitudinario que obtenían esas medidas que combatíamos fue instalando en la cabeza de Solanas una desconfianza hacia el voto popular como única legitimación democrática de la política.

Uno de los graves problemas que acarreó la aparición del menemismo, en el seno del principal movimiento popular del país, fue, precisamente, el peligro que significaba tomar distancia de la política que ese movimiento impartía desde el poder del Estado, sin alejarse ni romper con la base social y política que le daba sustento al mismo.

Pertenecientes al riñón mismo del sindicalismo peronista, el MTA de Hugo Moyano y Juan Manuel Palacios, entre otros, logró sortear ese difícil escollo. Pudo hacer una política de resistencia al neoliberalismo de Menem-Cavallo, sin apartarse del movimiento del cual surgían. Algo parecido ocurrió con la revista Línea, dirigida por Rubén Contesti, que desde la primera presidencia de Menem sostuvo un punto de vista crítico al rumbo adoptado por el gobierno de Menem, trató de nuclear a su alrededor sectores nacionales también críticos y, por la lógica de los acontecimientos, se convirtió en un vocero oficioso del MTA. Esta posición difirió radicalmente de la adoptada por la CTA que, de la mano de Víctor De Gennaro, se alejó sin retorno del peronismo.

Un viejo proverbio de la política revolucionaria enseña que es preferible equivocarse acompañando a las grandes masas en su equivocación que acertar declarativamente y aislarse de la experiencia concreta de los trabajadores y el pueblo. La primera permitirá, seguramente, asumir y elaborar los errores para que, en un nuevo momento, sean superados. La segunda lleva a un alejamiento de las grandes masas y a una concepción elitista que desdeña su experiencia y participación.

Y esto es lo que ha ocurrido con Pino Solanas. Su distanciamiento del peronismo en su conjunto, su alejamiento del único gobierno que desde la muerte del general Perón ha vuelto a enfrentar los problemas irresueltos de la Argentina semicolonial, su incapacidad típicamente antiperonista de diferenciar los aspectos estratégicos de una política nacional transformadora de aquellos meramente instrumentales y tácticos, lo han ido llevando en esta cuesta abajo que hoy resulta casi bochornosa.

Las patéticas declaraciones con que comienza esta nota no son el mero resultado de una traición o la aparición de un inconsciente reaccionario en su protagonista. Son la consecuencia de ese primerizo y lento alejamiento del único campo nacional posible: el que habitan las grandes masas argentinas.

Los expertos en cohetería saben que una pequeñísima diferencia de décimas de segundo en el ángulo de tiro implica, en la proyección al espacio, una distancia de miles de kilómetros, un alejamiento irreversible del objetivo buscado. Pino Solanas no supo entender esa ínfima diferencia y el tiempo, la vida, esas cosas, quien sabe lo que, lo ha convertido sin remedio en Fernando Ezequiel Solanas Pacheco, en la búsqueda del voto de calidad de Barrio Norte, Recoleta y Palermo Chico.

Buenos Aires, 17 de abril de 2011

4 de abril de 2011

El discurso de Cristina en Río Gallegos este 2 de Abril

No hubo muchos comentarios ni en la prensa opositora ni en la oficialista, pese a que el 2 de abril de 2010 deberá ser recordado como la jornada en la que la máxima autoridad del Estado argentino, elegida democráticamente por el voto popular, asumió, en su totalidad y sin ambages, la Gesta de Malvinas como la gran causa nacional.

Tuvieron que pasar 29 años y cinco presidentes surgidos del voto popular, para que, desde Río Gallegos, en la Patagonia a la que pertenecen nuestras islas, Cristina Fernández de Kirchner estableciera un principio político que es con el que se ha regido la Izquierda Nacional desde el 2 de abril de 1982.

Afirmó Cristina, el sábado pasado: “Nosotros -y cuando hablo de nosotros hablo de los argentinos- debemos saber diferenciar las cosas que ocurrieron, poder separar quienes gobernaban bajo formas no democráticas, del hecho en sí que es el ejercicio de la soberanía nacional y el rechazo al colonialismo que aún avergüenza a la humanidad en el siglo XXI”.

Jorge Abelardo Ramos escribió,por ejemplo, poco después del 2 de abril, a propósito del desagrado que la Guerra de Malvinas produjo en algunos demócratas que no vacilaron en llamarla ilegítima: “Pero cuando está en juego el suelo de la patria, sólo un cipayo puede preguntarse si el gobierno que conduce la guerra le gusta o no. Si San Martín hubiese renunciado a luchar contra el Imperio español al descubrir a su llegada a Buenos Aires la catadura de Rivadavia y Pueyrredón, quizás seríamos todavía subditos del rey de España”. Y en general, el conjunto de los hombres y mujeres formados en la Izquierda Nacional hemos reivindicado, muchas veces contra la incomprensión y el silencio del establishment de derecha e izquierda, el carácter nacional, patriótico de la reconquista de Malvinas. Nos negamos sistemáticamente, enfrentándonos al progresismo porteño, a confundir el legítimo y necesario ejercicio de nuestra soberanía, incluso con el uso de la fuerza militar, con la naturaleza político-social del gobierno que la llevaba a cabo. Decía Ramos, en aquel artículo: “No tengo benevolencia hacia Galtieri ni hacia ninguno de sus colegas anteriores o posteriores. Pero comprendo muy bien a la partidocracia sucesora de Saturnino Rodríguez Peña (aquel que ayudó a escapar al general Beresford, cuando la primera invasión inglesa). No falta entre ellos quienes proponen el día 2 de abril como día de luto”.

Ese derrotismo proinglés disfrazado de democratismo ha sido condenado explicitamente por la Presidenta. Cristina no sólo estableció un principio general de patriotismo, que desde hacía tiempo no se escuchaba de boca de un presidente argentino, sino que fue mucho más precisa. Afirmó que esa reivindicación debía hacerse incluso cuando ese gobierno nos persiguiese, nos metiese presos o intentase quitarnos la vida. Dijo Cristina: “Tan es así, tan está hecho carne, por lo menos adentro nuestro, de quien fuera mi compañero y de esta Presidenta, esta situación, que también debo contarles -y algunos lo recordarán- que también durante esos meses en los cuales en Río Gallegos no se movía una mosca sin que fuera absolutamente controlado, porque era necesario, también se produjo un atentado contra el estudio en el cual mi compañero y yo ejercíamos nuestra profesión.

Sin embargo, eso nunca nos llevó a confundir las cosas, porque es imprescindible que los hombres y mujeres que tenemos responsabilidades institucionales y también todos los argentinos, aprendamos, hagamos el duro aprendizaje de poder diferenciar las cosas y saber comprender que la patria y sus derechos están por sobre toda otra cualquier circunstancia o episodio que nos haya tocado vivir a cada uno de nosotros”.

Con estas palabras, alejadas tanto del buen pensar ramplón como de la tremebunda retórica izquierdista, la presidenta ha hecho una trascendental obra de docencia política. Ha puesto punto final a todas la teorías sobre la “ilegitimidad”, la “inoportunidad” o “el aventurerismo” de la Guerra de Malvinas. Con sus palabras ha remalvinizado a la política argentina, proponiendo a los argentinos los superiores derechos de la Patria por sobre las meras circunstancias institucionales. Ha puesto un abismo de distancia entre su visión estratégica, no sólo sobre Malvinas sino sobre el conjunto de los grandes objetivos nacionales, y la mirada calculadora y sumisa ante el poder imperial de quienes juzgan con reservas y un supuesto derecho de inventario aquellas heroicas jornadas.

Cristina ha reiniciado, con sus palabras y sus actos, las horas de gloria patria que los argentinos vivimos hace 29 años. La expresión democrática de la voluntad popular ha vuelto a reunirse con la voluntad de construir un país soberano en toda la extensión de su territorio.

Buenos Aires, 4 de abril de 2011