10 de diciembre de 2012

La muerte de un canalla

Desde principios de la década del sesenta hasta hace tan sólo unos años, Bernardo Neustadt fue el periodista que, desde la televisión, la radio y la prensa escrita defendió el interés económico y político de las empresas imperialistas radicadas en la Argentina, el de la oligarquía de la Sociedad Rural Argentina y el de la embajada norteamericana.

Cómplice con todos y cada uno de los gobiernos de facto que se sucedieron a partir de la contrarrevolución de 1955, Neustadt, Bernie para sus amigos y para sus enemigos, fue la cara que en su programa de televisión justificaba la entrega de los intereses nacionales, la represión de la voluntad popular mientras hacía sistemática apología del imperialismo yanqui.

Su completa adhesión al llamado Proceso Militar iniciado en 1976 con la presidencia del chacal Videla, lo hizo el vocero y apólogo de la desaparición de personas, de apropiación de niños, de la tortura y el asesinato.

Hijo de puta, con cara de hijo de puta, su tono melifluo, resbaloso, escurridizo y obsecuente con el poder oligárquico, lo hizo blanco del odio popular más intenso y objeto de sistemática burla y desprecio.

Ocurre que el muy hijo de puta fue, según algunas biografías, hijo de una prostituta de las que traía la maffia judía a la Argentina durante la década del veinte y del treinta del siglo pasado, desde los empobrecidos campos de Polonia y Rumania. Al llegar, entregó su hijo a una congregación de religiosos, quienes lo educaron en algún colegio de curas de Buenos Aires, como el despreciado rusito de padres ignotos.

Posiblemente esto marcó su repugnante rastacuerismo, su obsecuencia hacia la clase social cuyos hijos, cuando niño, lo despreciaban y ridiculizaban su nariz azhkenazim o su miopía.

En su juventud, y a las postrimerías del segundo gobierno del general Perón, integró el grupo de colaboradores del vicepresidente de entonces, el Almirante Alberto Teissaire, expresión de los sectores más corrompidos y claudicantes del gobierno, a punto que éste último se convirtió en dócil instrumento del régimen usurpador instaurado en 1955.

Fue así como la Revolución Libertadora lo contó entre los soplones que traicionaban a quienes habían sido sus recientes amos y de ahí se proyectó al periodismo. Acuñador de vulgaridades convertidas en tópicos, hizo popular al personaje de Doña Rosa, la encarnación simbólica de la buena señora, anciana, algo gorda, de origen inmigratorio, que con la bolsa de red hace cola en la verdulería. Toda la ignominiosa defensa que realizó a la entrega de los teléfonos, el petróleo, la línea aérea, la minería y hasta las jubilaciones al imperialismo y al capital financiero, durante el gobierno de alguien antropológicamente parecido a esta basura, el ex presidente Menem, la hizo en nombre de Doña Rosa, quien con el neoliberalismo más hambreador y desnacionalizador podría tener teléfono, podría viajar en avión como resultado del desborde de riqueza que sobrevendría al enriquecimiento de los ya ricos. Tuvo razón. Doña Rosa obtuvo su teléfono, pero al poco tiempo se lo cortaron por falta de pago. Con el dólar uno a uno pudo viajar a Paraguay, pero los aviones comenzaron a caerse, a demorarse, los vuelo a suspenderse y la aerolínea de bandera se convirtió en la porquería que es hoy, tal como lo puede atestiguar cualquiera que viaje con cierta frecuencia entre Buenos Aires y Caracas.

Este rastrero trepador ganó mucho dinero con su infamia. Se convirtió en un hombre rico y llegó a casarse con una heredera -de blasones y apellido- de la vieja oligarquía argentina, lo que le dio entrada al hijo de la meretriz rumana en los salones del Jockey Club, sin por ello impedir la mirada de desprecio antisemita con que los viejos socios lo recibían y saludaban.

Fue la síntesis de la peor Argentina: la de los fusilamientos, el bombardeo a Plaza de Mayo, los secuestros, las desapariciones, el asesinato y el robo de niños. Fue el lenguaraz pago, complaciente y agachado, de quienes convirtieron el gran país de la década del cincuenta en el monoproductor de soja y millones de excluidos que es hoy.

Este Día del Periodista, esta jornada en homenaje y recuerdo al gran Mariano Moreno, ha traído a los periodistas honestos de la Argentina esta noticia que ha hecho mucho más respirable el aire de nuestra profesión.

Que la tierra pese sobre el miserable cadáver de Bernardo Neustadt.

Buenos Aires, 7 de junio de 2008

El guerrero herido





Hugo Chávez es el hombre que puso a Latinoamérica nuevamente de pie.

Como venezolano, llevó adelante una singular revolución de la física: convirtió en opacos a los millones de pobres de su país, que hasta ese momento habían sido transparentes para una “maiamizada” burguesía compradora. Y esos cuerpos, en los que ahora rebota la luz, ocuparon el centro de la política, el centro de la economía y comenzaron a decidir sobre su propio destino. Hombres y mujeres de tez oscura, hijos y nietos de aquel brutal y apasionado mestizaje que pobló nuestro continente y fue la tropa de las batallas de la Independencia, se reconocieron como ciudadanos de primera clase, como obstinados sujetos de derechos largamente postergados.
  
Como suramericano, hizo virar en 180 grados la visión estratégica de su país. Giró su mirada, puesta en el mar Caribe con su norte en Florida, hacia el extensísimo sur, hacia las riquezas del Orinoco, hacia la abundancia torrencial del Amazonas, hacia el Brasil potente, hacia la lejana Cuenca del Plata. Sus compatriotas descubrieron que formaban parte esencial de un inmenso continente y que ese balcón abierto al topacio del Mar de las Antillas era también la piedra angular capaz de revincular la patria de Petion, Morazán y Martí a la de Perón, Allende, Vargas y Haya de la Torre.

Este hijo de la Venezuela profunda, con un gran conocimiento de su pueblo, con la facundia de Cantaclaro y de los hombres del llano, se convirtió, por lealtad a su pueblo, en el caudillo popular suramericano más querido por su pueblo.

Y por gallardía y valor, el comandante llegó a ser el caudillo indiscutido de las fuerzas armadas venezolanas. La representatividad de su pueblo y la jefatura de las FF.AA han sido y son los dos grandes soportes de su liderazgo revolucionario.

Y por visión continental, Hugo Chávez es el nuevo estratega de nuestra Patria Grande. La gran batalla de Mar del Plata lo tuvo, junto con el gran hijo de la Patagonia que fue Néstor Kirchner, como protagonista central. En esas históricas sesiones de la Cumbre Americana, frente a las cámaras televisivas del mundo entero, Chávez y Kirchner pulverizaron el intento yanqui del ALCA que convertiría nuestros países en meros espectadores, sin voz ni voto, del dominio imperialista. Nunca como hasta ese momento el gigante, al que se enfrentaron Santa Anna y José Martí, Manuel Ugarte y Albizu Campos, había sufrido una derrota semejante. Los manes de diez generaciones de hispanoamericanos fueron reivindicados en las discusiones de Mar del Plata. Los Estados Unidos de América, que según Simón Bolívar “parecen destinados por la Providencia para plagar de miserias la América en nombre de la libertad”, se retiraron del balneario del sur derrotados y casi sin aliados.

El comandante Hugo Chávez, este hombre, acaba de reconocer públicamente la posibilidad tan temida por millones de compatriotas de América Latina de no poder continuar con su mandato. Chávez es plenamente conciente del papel que juega en la consolidación de un futuro de justicia y dignidad para su pueblo y de unidad para la Patria Grande. Y con esa responsabilidad sobre sus hombros, Chávez ha enfrentado la emboscada de la enfermedad y de la muerte con la misma hidalguía y firmeza con que asumió la representación de los postergados de su tierra. El cáncer, al que seguramente le dio la ventaja de una incansable y triunfante campaña electoral, se ha tomado una revancha. Chávez les ha hecho saber a los suyos que la cosa es seria y ha mencionado al hombre que, de manera indiscutible, considera el único capaz de llevar adelante su legado venezolano y continental: el antiguo conductor de omnibus Nicolás Maduro.

La revolución bolivariana no quedará acéfala. Las ambiciones menores no prevalecerán porque el gran caudillo, con serenidad y sabiduría, ha aventado toda discusión.

Alguna compañera, conmovida por la inmensidad de la noticia, exclamó: “¡Qué mala suerte tenemos los latinoamericanos!”

Creo que la dolorida expresión no corresponde exactamente a nuestra realidad. Los suramericanos hemos tenido la suerte sin par de tener contemporáneamente una pléyade de extraordinarios dirigentes a la altura del destino histórico de nuestros pueblos, de enorme estatura moral, de singulares capacidades de conducción, de aguda visión e indoblegable voluntad. Pocos lugares en el mundo pueden exhibir un cuadro semejante. Esa contemporaneidad que nos había sido esquiva desde los tiempos de la Independencia, esa presencia simultánea de Chávez, Néstor, Lula, Cristina, Dilma, Correa, Evo, Santos, Mujica, Lugo, Humala ha sido una extraordinaria fortuna, una suerte sin parangón. Estos doce años del siglo XXI, gracias a estos hombres y mujeres, le han dado al continente el empujón definitivo para iniciar un camino de grandeza, soberanía y prosperidad sin posible retorno.

Hemos sido afortunados los latinoamericanos. El futuro ha vuelto a estar en nuestras manos. Mientras tanto, los pueblos al sur del Río Grande -“la América ingenua que tiene sangre indígena, / que aún reza a Jesucristo y aún habla en español”- están orando a su Dios y a sus dioses, por la salud del guerrero herido.

Buenos Aires, 10 de diciembre de 2012

4 de diciembre de 2012

Vigencia y sentido actual del Encuentro de Guayaquil


Vigencia y sentido actual del Encuentro de Guayaquil


El 29 de noviembre pxmo. pdo. se realizó la mesa redonda “Bolívar y San Martín nos unen para siempre”, organizada por la Embajada de la República Bolivariana de Venezuela, en el marco del Foro Latinoamericano por la Identidad y la Integración, convocado por el Ministerio de Relaciones Exteriores de la República Argentina. La misma se llevó a cabo en el auditorio Manuel Belgrano de la Cancillería. Participaron también el embajador venezolano, General de Brigada Carlos Martínez Mendoza, y el primer secretario de la Embajada, Juan Eduardo Romero. Esta fue mi participación:

Señoras, señores, amigas y amigos:

Ha sido poco lo que el embajador historiador nos ha dejado para agregar, pero algunas reflexiones creo que se pueden hacer.

Lo primero que se me ocurre, y que se me viene ocurriendo desde hace ya un tiempo, -participé hace unos veinte días en una reunión similar aquí en la Cancillería con la presencia del embajador del Ecuador, doctor Wellington Sandoval Córdoba, quien también expuso de manera erudita y con gran fineza de análisis sobre el Encuentro de Guayaquil-, la reflexión, digo, sobre lo que ha ocurrido en nuestra patria y en nuestro continente en los últimos veinte o veinticinco años. Hemos empezado a juntarnos embajadores, políticos, historiadores, intelectuales y encontramos enormes coincidencias. Descubrimos que lo que cada uno de nosotros venía pensando, estudiando, analizando, discutiendo, peleando muchas veces, y creía que lo hacía de una forma aislada, individual, que era un fenómeno que pasaba aquí -en la Argentina con el revisionismo histórico- y que teníamos todo el sistema académico oficial en contra y resistiendo, era un fenómeno que venía pasando en toda América Latina, en cada uno de sus pueblos, en cada uno de sus países. Y de pronto, con esa dosis de sorpresa que tiene la historia, aparecemos en el escenario personas que, con distinto nivel, con distinta capacidad, con distinta elocuencia, están pensando, juntamente, los mismos problemas, las mismas cuestiones que habíamos pensado individualmente cada uno de nosotros durante todos estos años, y hoy lo hacemos colectivamente.

Las diferencias entre San Martín y Bolívar, que las había como hay diferencias entre Hugo Chávez y Pepe Mujica, entre Cristina Fernández de Kirchner y Dilma Roussef, como hay diferencias entre todos los seres humanos, fueron, en realidad, exacerbadas, caricaturizadas, en muchos casos, a partir del fracaso de eso que mencionaba el embajador Carlos Martínez Mendoza: el proyecto de la unidad.

Ha dicho Alberto Methol Ferré muchas veces -nos lo ha dicho personalmente, lo ha escrito- que las guerras de la Independencia tenían una doble finalidad. Por un lado, lograr la libertad, la independencia de la corona española y, por otro lado, la unidad política de este continente. Y lo que la fuerza de las armas patriotas lograron en Ayacucho fue la independencia. Y a partir de ese momento comenzó a fracasar el proyecto de la unidad. En la misma noche de Ayacucho las tendencias centrípetas de los puertos de América Latina, de sus oligarquías regionales, comenzaron ese lento pero efectivo proceso de división, de balcanización, como ha sido llamado en el siglo XX. Con ese proceso de balcanización aparecieron los así llamados “héroes nacionales”. Cada uno de ellos correspondía, de una manera platónica, a las virtudes y excelencias de cada uno de esos pueblos.

Así los argentinos teníamos un San Martín austero, enjuto, prudente, de costumbres espartanas. Desinterado -según la historiografía oficial- de la política y sus bajezas. Los venezolanos tenían a un Bolívar enamorado del baile y las mujeres, dicharachero. Los chilenos tenían un O'Higgins de gran patriotismo chileno. Cada uno de nosotros, cada uno de nuestros pueblos elaboró un héroe en el que, abstractamente, sus virtudes correspondían a las virtudes que cada uno de esos pueblos se adjudicaba y los defectos de los otros correspondían a los defectos que cada uno de los pueblos le adjudicaba a los otros pueblos de América Latina.
Ricardo Rojas, que fue un gran historiador y una descollante personalidad de nuestra cultura, escribió un gran libro que tiene, lamentablemente, un título un poco ñoño, que es El Santo de la Espada. Es un libro cuyo contenido es mucho mejor, mucho más rico que su título. Rojas imagina en esta historia de San Martín una especie de obsesión del Libertador, quien en sus reflexiones le dice a Simón Bolívar: “Hagámosnos simultáneos”. Actuemos de conjunto, imagina Ricardo Rojas que era el desvelo de don José de San Martín. Porque si actuamos de conjunto, en un gran movimiento de pinzas, vamos a derrotar al ejército español.
En una película que, hace ya muchos años hicimos Jorge Coscia y yo, imaginamos un encuentro onírico entre San Martín y Bolívar, en el cual lo primero que le dice nuestro Libertador al caraqueño es: “Dichoso usted, Simón, que conoció a su tierra. Usted nació allá, usted vivió allá y conoció sus playas doradas y sus montes de esmeralda. Yo no. Yo nací en estas tierras, pero no tengo más que un vago recuerdo de la infancia”.

Esto marca, desde la historia personal de cada uno de ellos, dos personalidades, dos figuras, de distinto carácter, de distinta formación. Bolívar, un político apasionado, raptado por la fuerza que emanaba de la Revolución Francesa, con ese juramente en el Monte Sacro para cumplir los ideales formulados por la Revolución Francesa, junto a su amigo y maestro Simón Rodríguez.
Y un San Martín que es un militar formado en los rigores de las academias españolas, que a los trece o catorce años sufre en el norte de África un sitio por hambre. Es decir que, desde los catorce años, vive una dura y sacrificada vida de militar sin fortuna, y cuya concepción del mundo no corresponde exactamente a la de Simón Bolívar. Si la personalidad política de Bolívar correspondía a la de un jacobino, la personalidad política de San Martín correspondía más bien a la de un girondino, a la de un hombre que le tenía cierta desconfianza a las multitudes y un gran temor, fundamentalmente, a la anarquía. La grave amenaza que San Martín veía sobrevolar sobre la independencia y la unidad era, justamente, la de la anarquía.

Pero no son estas razones -políticas, ideológicas, de formación intelectual- las que determinan el Encuentro de Guayaquil. Como tan bien lo ha explicado el embajador Martínez Mendoza, y me ahorra toda otra explicación, San Martín carecía en absoluto de un apoyo político estratégico que le permitiese sostener hasta las últimas consecuencias la tarea de la liberación. Buenos Aires no lo apoyaba, y no sólo eso sino que conspiraba contra él. Rivadavia era el gran enemigo de San Martín y el que impedía que pudiese desarrollar su proyecto suramericano. Esa burguesía comercial porteña se desinteraba del hinterland continental, preocupada solamente en la administración de sus almacenes y su puerto.
Pero estas diferencias son las que hicieron que, durante los siglos XIX y XX, los historiadores enfrentaran a esas dos personalidades decisivas de nuestra independencia. Ese enfrentamiento no era más que la expresión ideológica del proceso de balcanización, del proceso de creación de esos pequeños países que no pudieron constituir -como era el deseo y la voluntad de San Martín y Bolívar- una gran nación latinoamericana.

Aún hoy, en un país hermano y tan cercano a la Argentina como es el Perú, se siguen contraponiendo ambas figuras. Se sigue teniendo a San Martín como el gran libertador y a Bolívar como una amenaza tiránica sobre los peruanos. En realidad, ambas concepciones faltan a la verdad. Ni San Martín era un desinterado del poder político como lo quieren pintar los historiadores peruanos, ni Bolívar era el déspota que aparece en esos libros. Ambos tenían una distinta visión política, ambos tenían un distinto modo de manejar y expresar el poder político del estado. Pero estas diferencias, que hoy llamaríamos ideológicas, nunca constituyeron un elemento que disociara la acción libertadora y unificadora de ambos hombres.

No fueron diferencias ideológicas, no fueron diferencias personales. En Guayaquil, el Libertador José de San Martín entrega el mando del ejército patriota a Simón Bolívar, porque éste es, como decía el embajador, el que coyunturalmente estaba en mejores condiciones de llevar adelante la tarea. Y esto era lo que se imponía por encima de toda otra aspiración personal.

Creo yo que la reflexión sobre Guayaquil, sobre Bolívar y San Martín, en estos inicios del siglo XXI, no puede estar separada de lo que fue la epopeya y el intento unificador de ambos héroes y el intento unificador que en el siglo XXI están llevando adelante la inmensa mayoría, si no la totalidad, de los gobiernos y los pueblos de nuestro continente.

Mientras el continente americano estaba, entonces, dividido en dos grandes bloques, uno dependiente de España y el otro, no ya dependiente, sino cabeza de un imperio europeo, como era el Brasil, necesariamente toda la estrategia libertadora se hacía a lo largo de los Andes, sobre la costa del Pacífico. La gran costa del Atlántico no estaba al alcance de las fuerzas libertadoras, porque el enorme bloque brasileño-portugués impedía que este espacio integrase la estrategia patriota. Toda la estrategia de Bolívar y de San Martín converge sobre la costa del Pacífico y los Andes.
El siglo XXI, por el contrario -y esto, creo, es una de las grandes decisiones geopolíticas tomadas por el presidente Hugo Chávez en su oportunidad-, asume la herencia bolivariana, ya no desplegándola por la costa del Pacífico, sino incorporando al conjunto de la costa atlántica y, sobre todo, al Brasil, como eje estructurador de ese nuevo proyecto unificador suramericano del siglo XXI.

De ahí la importancia trascendental que para este proyecto tiene y ha tenido la incorporación de la República Bolivariana de Venezuela al Mercosur. En los años 50 el general Perón planteó en un famoso discurso el proyecto estratégico entre Argentina y Brasil. Si estos dos países que, en ese momento, constituían el peso específico político, económico, social y poblacional más importante del continente, establecían una alianza estratégica, el resto de los países del continente, a consecuencia de la enorme gravitación de este bloque, irían sumándose y adecuándose a esa situación geopolítica, sumándose así a un proceso unificador.
Ese proyecto planteado en 1950 por el general Perón fue prematuro para los tiempos que se vivían. Toda esa visión de Perón fue considerada por Brasil, por Chile y sus oligarquías locales, como un intento imperialista, expansionista de la Argentina. Pero la idea del Brasil y Argentina como núcleo orgánico capaz de generar y hacer renacer en las condiciones del siglo XXI el proyecto de San Martín y Bolívar reaparece con viva luz y con enorme fuerza ya a fines del siglo XX. El Mercosur se convierte en el motor esencial capaz de atraer al conjunto de los pueblos suramericanos.

Lo que Chávez, a mi modo de ver, tiene de lucidez y visión estratégica, desde el principio de su llegada al poder en Venezuela, son dos cosas. Una, bautizar a Venezuela como República Bolivariana, es decir, darle desde su misma denominación la función unificadora que tuvo Bolívar en el siglo XIX. En segundo lugar, girar la cabeza estratégica de Venezuela desde la costa del Pacífico y de los Andes hacia ese gran vecino que tiene en el Sur, que es Brasil. Para Venezuela, hasta el fin del siglo XX, Brasil era un enorme desconocido. Para la cancillería venezolana el Brasil carecía de significación estratégica. Es Chávez el que incorpora a Brasil a ese proyecto.

Y lo hace de una manera ingeniosa y creativa. Si algo es muy difícil de “vender” en Brasil de manera masiva es Bolívar. Porque Bolívar no formó parte de la historia brasileña. Los brasileños han podido hacer todos los niveles de su educación y no han oído hablar nunca de Bolívar, porque no integró el ciclo histórico del Brasil, como tampoco lo integró San Martín. La manera de meter a Bolívar y a estas ideas bolivarianas y sanmartinianas de integración suramericana por parte del gobierno venezolano fue poner una gigantesca estatua de papier maché de Bolívar en una scola do samba en el carnaval carioca. Fue la Scola do Samba Santa Isabel que, ese año, logra obtener con esa estatua de Bolívar y un tema de integración suramericana, el premio a la mejor scola do samba de ese Carnaval. Y, de paso, haciendo conocer a Bolívar al conjunto del pueblo brasileño.

Toda esta tarea cultural de la que estamos participando en este ciclo es, a mi modo de ver, la tarea más importante que tiene nuestra generación o lo que queda de nuestra generación. Aprender a conocernos cada uno de los latinoamericanos, a conocernos los unos a los otros, porque solamente se puede amar, se puede respetar, se puede querer ser amigo de aquello que se conoce.
Guayaquil significó, por así decir, la apoteosis de Bolívar, en cuanto a sus capacidades políticas y militares. Guayaquil significó también la apoteosis de San Martín en cuanto a su responsabilidad y visión estratégica sobre las grandes responsabilidades que pesaban sobre sus hombros. Hoy, San Martín y Bolívar, y esto es lo que tiene de importante hablar de historia, poder venir al presente, han incorporado a Abreu de Lima nuevamente a sus filas. Brasil no es ya aquel imperio esclavista y europeo implantado en el continente.

Venezuela, Brasil y el Río de la Plata están logrando forjar, en las condiciones del siglo XXI, ese afán, esa lucha por la unidad que expresaron los protagonistas del Encuentro en Guayaquil.

26 de noviembre de 2012


Magnetto ha mostrado 
su verdadero y monstruoso rostro

La Corriente Causa Popular se solidariza con todos los periodistas y funcionarios denunciados por el Grupo Clarín y su CEO Héctor Magnetto.
La denuncia es jurídicamente mendaz y políticamente perversa y totalitaria.
La inminencia del vencimiento para la adecuación a la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual significará una profunda derrota política al monopolio que durante años fanfarroneó sobre su capacidad para poner y sacar gobiernos. Desesperado, impotente y furioso, Héctor Magnetto pretende movilizar toda la maquinaria judicial por un delito conspicuamente inexistente. En su agónica ceguera pretende convertir las declaraciones periodísticas, políticas e institucionales a favor de la aplicación de una ley aprobada por una amplia mayoría parlamentaria y una inmensa mayoría popular, en violaciones al derecho penal. Si, de alguna manera, algún sector del poder judicial se convierte en cómplice de esta miserable patraña se hará evidente que en su seno todavía anidan los peores elementos políticos e ideológicos de la dictadura cívico militar de Videla y Martínez de Hoz.
Por primera vez en la historia, en negro sobre blanco, un monopolio mediático pretende penalizar el delito de opinión. A eso ha llegado la llamada libertad de prensa que encubre la voracidad de las empresas.
La Corriente Causa Popular denuncia el silencio cómplice de las instituciones argentinas e internacionales que se llenan la boca con los supuestas y falsas violaciones a la libertad de prensa de parte de nuestros gobiernos. No se ha visto a la SIP y a entidades semejantes protestar contra el atropello del Grupo Clarín. Ese silencio expresa con locuacidad su verdadera naturaleza: ser vocero de los elementos más reaccionarios, proimperialistas, antipopulares y antinacionales de la Argentina y América Latina.
Frente a un gobierno que ha hecho de la libertad de opinión una bandera, al punto de derogar el delito de calumnia e injuria contra funcionarios públicos, y que ha soportado los ataques más alevosos y despreciables, el Grupo Clarín, cuyo poder tiene fecha de vencimiento, se ha convertido en el principal enemigo de la libertad de opinión.
Son los últimos estertores. Ya no pueden ni vencer ni convencer.

Buenos Aires, 25 de noviembre de 2012


Mesa Nacional de la Corriente Causa Popular
Luis Gargiulo (Necochea), Eduardo González (Córdoba), Julio Fernández Baraibar (Cap. Fed.), Eduardo Fossati (Cap. Fed.), Laura Rubio (Cap. Fed.), Juan Osorio (GBA), Cacho Lezcano (GBA), Marta Gorsky (Gral. Roca), Ismael Daona (Tucumán), Alberto Silvestri (Esquina), Magdalena García Hernando (Cap. Fed.), Marcelo Faure (La Paz ER), Tuti Pereira (Santiago del Estero), Ricardo Franchini (Córdoba), Liliana Chourrout (GBA), Oscar Alvarado (Azul); Ricardo Vallejos (Cap. Fed.), Alfredo Cafferata (Mendoza), Juan Luis Gardes (Cipoletti), Omar Staltari (Bahía Blanca), Gabriel Claverí (Cnel. Dorrego), Rodolfo Pioli (Jujuy) y Horacio Cesarini (GBA).

15 de noviembre de 2012

Entrevista en Radio Nihuil, Mendoza, con Miguel García Urbani, realizada el miércoles 14 de noviembre del 2012 a las 10 de la noche, segunda parte

Entrevista en Radio Nihuil, Mendoza, con Miguel García Urbani, realizada el miércoles 14 de noviembre del 2012 a las 10 de la noche, primera parte