19 de mayo de 2015

Los presidentes argentinos que eligieron sus sucesores

El primer presidente argentino que pudo determinar quién sería su sucesor fue Julio Argentino Roca. 

Dueño del poder después de haber derrotado militarmente al mitrismo porteño, en la figura de Carlos Tejedor, el tucumano, respetuoso del precepto constitucional que impedía la reelección, comienza a pergeñar quién lo sucederá en el cargo. Roca, que ha consolidado verdaderamente el poder presidencial y extendido su influencia provincia por provincia, quiere asegurarse que sus acechantes contendores, refugiados tras la figura patriarcal de Mitre -nunca demasiado lejos, nunca demasiado cerca de los pasos de contradanza del Zorro- no se alcen con un poder que le ha costado mucho esfuerzo y sangre argentina conquistar y afianzar y, con ese poder, el orden como objetivo del imperio de la ley o, por lo menos, de la legalidad.

Ante sus ojos, atentos y recelosos, se presentaba una especie de cuadratura del círculo que su pericia debería resolver. Su sucesor tiene que ser, obviamente del Partido Autonomista Nacional (PAN), esa paradójica creación roquista. “Aquí me encuentro, mi amigo con un gran partido. ¡Quién lo creyera! Un provinciano crudo y neto sucediendo y recogiendo el disperso partido de Adolfo Alsina”, escribe en 1880. Y debe ser un provinciano  que impida una recuperación del poder perdido por la provincia y que hoy se concentra en la ciudad Capital. Pero también tiene que ser alguien que garantice la continuidad de su influencia decisiva sobre el conjunto del país a través del PAN.

Y se decide por su concuñado, el cordobés Miguel Ángel Juárez Celman, amigos desde su época de residencia en Córdoba y de sus años de romance con las hijas de los Funes. Clara, la mayor se casaría con el tucumano y Benedicta Elisa, la menor, con el cordobés. Con los Juárez, Marcos y Miguel Ángel había preparado Roca su tesonero camino hacia la presidencia, habían sido sus confidentes, tanto en charlas familiares como a través de una frondosa correspondencia. Juntos habían tejido la espesa red, provincia tras provincia, que lograría derrotar a la Ciudad Puerto y establecer definitivamente la paz sobre el pobre país, sangrado en una interminable contienda civil.

El segundo presidente en condiciones de elegir a su sucesor fue don Hipólito Yrigoyen. También, y en mucha mayor medida que en el caso de Roca, la autoridad de Yrigoyen era de naturaleza personalísima. Su juego de silencios y medias palabras propio de una sibila, la distancia y fascinación casi religiosa que producía en sus seguidores el misterio de su hermética personalidad le habían dado el poder más personal que conocía el país desde los tiempos de don Juan Manuel, pero en condiciones totalmente novedosas, en donde las masas que lo adoraban no eran ya las caballerías pampeanas o los hombres y mujeres del barrio del Tambor. Eran multitudes nuevas y complejas, formadas por criollos e hijos de la inmigración, hombres de pañuelo al cuello, modistillas, maestras y empleados públicos. 

Tampoco don Hipólito, al igual que Roca, forzó el límite constitucional. La Constitución de 1953 y la idea alberdiana de la no reelección como forma de evitar y combatir el “caudillismo”, era para estos hombres y su generación la última frontera de la legalidad que garantizaba el orden de lo que alguien llamó “la república posible”.

Su elección recayó en Marcelo T. de Alvear, el nieto del héroe de Ituzaingó, el hombre más cercano al régimen que “la causa” acababa de poner fin.

Y nadie más.

Es obvio que en aquellas épocas la política tenía formas y mecanismos muy distintos a los de ahora. En primer lugar, el electorado era infinitamente menor en cantidad y, aun cuando el yrigoyenismo había introducido una forma de democracia de masas, podría decirse que en realidad era tan sólo de “de media masa”, ya que las mujeres quedaban fuera del padrón. No existían los medios masivos de comunicación  que hoy conocemos y los que había no tenían la penetración y el papel decisivo que hoy han adquirido en la manipulación de la información y opinión públicas. No existía la sociología electoral ni las encuestas y estudios de opinión, ni siquiera el mecanismo hoy conocido de boca de urna. De manera que los protagonistas se lanzaban a la aventura electoral con una gran dosis de imprecisión en los resultados, más allá del olfato político de los “punteros” y la fina intuición de los caciques locales y los resultados finales de las elecciones se conocían recién varias semanas después de realizadas.

Ambas decisiones fueron adversas a quienes las tomaron.

A poco de la “elección canónica” de Juárez Celman, éste desplaza a Roca de la presidencia del PAN y la asume él mismo, con lo que reestablece el Unicato instaurado por su “concuñadísimo” antecesor, en la idea de que su autoridad política no sería cuestionada mientras fuese presidente. Roca, al poco tiempo, le suelta la mano y es así que ante la primer crisis económica de su gobierno, queda solo y aislado ante la misma, sin el apoyo de un PAN que había dejado de existir como tal y de su astuto concuñado, dispuesto a dejarlo caer solo. De ese vendaval surgió lentamente el partido que terminaría por poner fin a la república posible, la República Oligárquica.

En 1923, un año después de asumir, Marcelo T. de Alvear se encuentra enfrascado en una pelea con los senadores yrigoyenistas y hasta con su propio vicepresidente, Elpidio González, también de la carpa de don Hipólito. Había nacido el “antipersonalismo”, la tendencia que terminaría por acercar al partido del Parque con los conservadores del “régimen falaz y descreído”.

Cuando, dividida la UCR, el viejo caudillo de Balvanera vuelve a ocupar la presidencia, ganando las elecciones a los “antipersonalistas” de la UCRA, a quienes apoyan los conservadores que declinaron la candidatura de Julio A. Roca (h), algunos hombres de don Hipólito le gritaron “Traidor!” al presidente saliente. Posiblemente haya sido la primera vez que se escuchó ese grito en el Salón Dorado de la Casa Rosada.

El otro gran caudillo popular argentino, tres veces presidente de la Nación, Juan Domingo Perón quizás pensaba en estas experiencias cuando proclamó “Mi único heredero es el pueblo”.


Buenos Aires, 19 de mayo de 2015

18 de mayo de 2015

Marcelo Sánchez Sorondo y nuestro laberinto

Marcelo Sánchez Sorondo, don Marcelo, fue un dirigente histórico del nacionalismo argentino, director de Azul y Blanco, un periódico doctrinario con el que intentaba influir en las FF.AA. Allí fue secretario de redacción Juan Manuel Abal Medina (padre), hasta que se convirtió, en 1972, en Secretario General del Movimiento Peronista, por decisión de Perón. En su regreso al país, el general Perón reconoció a esta corriente intelectual y política e invitó a Sánchez Sorondo a ser candidato a senador nacional por la Capital Federal en las elecciones de 1973. Integró, entonces, la lista del FreJuLi y compitió, en ballotage, con el candidato a senador por la UCR, el joven profesor de Derecho Procesal, el cordobés Fernando de la Rúa. La ciudad de Buenos Aires prefirió votar a un cordobés liberal, que a un verdadero porteño nacionalista. Así se inició la carrera política del procesalista que terminó en el helicóptero del 2001.
Don Marcelo, fallecido en 2012, pocos días antes de cumplir sus cien años, era un brillante escritor y un cultísimo historiador político. Obviamente alejado del marxismo y de toda concepción materialista, sus interpretaciones sobre nuestra historia contienen siempre el agregado de un conocimiento de los personajes y del ambiente social al que pertenecieron, con una mirada proustiana, como si se tratara de viejos recuerdos o historias familiares contadas en la mesa. Miembro de la clase dominante que surge con Julio Argentino Roca, Sánchez Sorondo ve el proceso histórico argentino, sobre todo a partir de 1853, con el sentimiento de formar parte de esa casta de hombres que intentaron forjar lo que el llama “la República posible”, pero tiene la inteligencia y largueza en la mirada que le permite, además, percibir los límites sociales, políticos, ideológicos y económicos de ese intento.
Estoy llegando a las últimas páginas de lo que, creo, ha sido su último libro, “La Argentina por dentro”, editado por Sudamericana en 1987, que tenía desde hace tiempo en mi biblioteca y cuya lectura había postergado injustificadamente.
Quiero transcribir un largo párrafo de ese libro, para ofrecer al lector una muestra del estilo preciso, de relojería de don Marcelo, y la pulcritud de las reflexiones psico-sociales de un hombre cuya experiencia vital está en las antípodas de las innúmeras masas que se expresaron tras estos dos caudillos, Yrigoyen y Perón:
Nada más distinto, más opuesto incuso por sus temperamentos respectivos y sus formas de actuación, que las dos personalidades de Yrigoyen y Perón. Son dos mundos individuales, dos cosmovisiones que no guardan entre sí semejanza alguna. Desde luego, Yrigoyen pertenece en cuerpo entero al siglo XIX, cuya vigencia se extiende aquí hasta la primera posguerra, al paso que Perón es decididamente un hombre del siglo XX. Mientras aquel se escuda en su reserva, ceñida por su introversión, éste, en apariencia llano y accesible, ostenta una prodigalidad verbal desbordante que se fue derramando, estrepitosamente, en la vida pública argentina. En Yrigoyen, pues, la nota original y más llamativa era el misterioso ascendiente que a pesar, o mejor dicho, a causa de su retraimiento ejercía sobre las masas a las cuales jamás se dirigió directamente. Perón, en cambio, para tomar posesión de la mayoría y convertirse a su vez, en el ídolo del pueblo se valdría del instrumento de la palabra que se concertaba con una sonrisa gardeliana y un matiz sentimental, a su modo inédito en el escenario de nuestra política. Contribuía a ello la presencia en verdad insólita de Evita, cuya incorporación a esas faenas viriles, que hubiera sido inconcebible para el estilo de Yrigoyen, marca la inmensa distancia psicológica que media entre el relativo anacronismo del uno y la imperiosa modernidad del otro”.
Yrigoyen transmitía sus consignas como si fueran secretos en el trato directo con los correligionarios a los cuales seducía por contagio, por trasmisión traslativa de su imagen efectuada, paso a paso, y de individuo a individuo. Con otro ritmo, Perón desde el balcón y la voz estentorea del megáfono o através de la radio, que penetraba hasta en los hogares más cautivos por la distancia y la soledad, difundía sus mensajes con la potencia vertiginosa de un huracán. Yrigoyen desde el llano con sortilegios milagreros conquistó al pueblo y luego, en andas del sufragio, al Estado. Perón, a la inversa, fue aupado primero por el proceso militarque se inicia en 1943 y le entrega algunos resortes decisivos del gobierno -la Secretaría de Trabajo, el Ministerio de Guerra, la Vicepresidencia- y merced a su utilización oportuna y copiosa desde el poder alcanza su enorme proyección popular. Ambos eran “populistas”, pero Yrigoyen si no en doctrina, en la práctica era tolerante frente a sus contestarios, mientras Perón se deslizó por una pendiente autoritaria que lo indujo a la represión de los opositores. A pesar de su mesianismo mayoritario, Yrigoyen no deprimió las libertades ni extendió las dimensiones del Estado porque no fue, por cierto, un dictador, y aunque en su decadencia tuvo favoritos no consintió exprofeso la adulación. A la inversa, Perón se propuso montar un enérgico y pragmático sistema de poder, acrecentó con nuevos cometidos y controles el volumen de la administración y permitió sin repugnancia que a su alrededor fermentara un tufo de adulonería insoportable. Yrigoyen no transgredió los fueros del Poder Judicial y al menos durante su primer período no manejó a su antojo a los parlamentarios del radicalismo ni pretendió nunca acallar la oposición de los grandes diarios. Perón, que al través del jucio político renovó la composición de la Suprema Corte, dispuso discrecionalmente de la mayoría parlamentaria y controló los medios de información, contralor que el manejo discrecional y burocrático de las cuotas de papel hizo aun más exigente respecto de la prensa escrita, algunos de cuyos órganos no vaciló en clausurar o “expropiar”.
Mas adelante, en el mismo capítulo, Sánchez Sorondo se refiere al supuesto fascismo de Perón:
Ahora bien, afirmar que Perón y el fenómeno político que engendró son una especie criolla dentro del género contemporáneamente alumbrado por los totalismos es una interpretación que a fuer de simplista añade poco o nada al análisis del tema y, por lo tanto, no ayuda a ofrecer evidencias acerca de las significaciones del nuevo movimiento de masas y de esa seducción con que lo atrajo y lo formó a su vera el joven coronel del 43. Toda jefatura personal de tipo aglutinante tiene características similares expresadas en la relación carismática. Pero ese denominador común, considerado en abstracto, no permite auscultar las diferencias proporcionadas por la riquísima diversidad de los procesos políticos; no suministra el conocimiento de los contenidos existenciales. Incluso el desencuentro cronológico que separa al peronismo de las dictaduras europeas, es es, el sincronismo entre los comienzos peronistas y el descalabro inminente de aquellas, muestra a las claras cómo la reminiscencia fascista en aquella etapa de nuestra política nacional fue una vibración póstuma, un eco tardío y falto de resuello. Tales reflejos de un estilo asequible al temperamento de Perón no trascendieron a la masa de los y corifeos, al espíritu festival del pueblo”.
Así, aunque contagiosa, resulta a la postre estéril la asociación de ideas que forzando rezagadas conexiones de época pretende inducirnos a creer que la experiencia peronista es tan sólo un calco de las precedentes autocracias occidentales y que, en consecuencia, no hubiera siquiera existido sin ellas. Por el contrario, en la medida en que las derivaciones de la posguerra acentuarán la soledad y el ensimismamiento de nuestro país, el peronismo fue mostrando su perfil nativo, sus elementos de actualidad nacional. En este sentido, la autonomía del proceso peronista respecto delas influencias foráneas ofrece pruebas incontrastables: no hay como hechura del pueblo argentino nada más nuestro y, por ende, más intransferible. De ahí que por ser la revelación de una circunstancia argentina Peón no tuvo émulos en nuestra América. La indudable disonancia de Perón respecto de los valores del Estado de Derecho responde, pues, a connotaciones exclusivamente nacionales”.
Hasta aquí, y a modo de muestra gratis, la prosa de don Marcelo Sánchez Sorondo. Como se ve hay aquí más conocimiento del país, más solidez argumentativa y consistencia analítica que en las tonterías acumuladas en millones de “papers” por Halperín Donghi, Romero y sus epígonos. Y no faltan en la descripción que hemos leído, y en la totalidad del capítulo en cuestión, juicios críticos al modo con que Perón ejerció ese poder que había creado. Ni el enfrentamiento con la Iglesia, ni la quema de algunos templos, fueron episodios gratos a la memoria de este inteligente y pródigo hijo del “ancien régime”, ni la prisión de los dirigentes opositores, como Ricardo Balbín o Federico Pinedo fueron celebrados por él y sus conmilitones. Pero hay en estos párrafos, y en todo este libro, un profundo hálito argentino y una, hoy escasa, visión del “continuum” histórico que significa una sociedad, un delgado pero firme cabello de Ariadna que guía al Teseo contemporáneo a adentrarse en nuestro propio laberinto.
Cuando el presidente de los EE.UU. reprocha a nuestros presidentes latinoamericanos por su machacón historicismo, releer a Marcelo Sánchez Sorondo, como releer a Jorge Abelardo Ramos, a José María Rosa o a Fermín Chávez, es un necesario ejercicio de autonomía intelectual. Porque eso somos, el producto de ese laberinto, y del conjunto de tradiciones de pensamiento que se metieron en él para enfrentar al Minotauro mitrista.
Buenos Aires, 18 de mayo de 2015.

29 de abril de 2015

Accastello - Buenaventura: dispuestos a ganar

La decisión de Eduardo Accastello de lanzar, para las elecciones provinciales de Córdoba, un nuevo frente más amplio que el mero rejuntado kirchnerista de la provincia, y llevar como compañero de fórmula al conocido humorista Cacho Buenaventura ha generado, parece, una fuerte polémica entre los seguidores del Frente para la Victoria, en el orden nacional.
Algunos amigos cordobeses me han pedido mi opinión y, con humildad, aquí la expongo.

La provincia de Córdoba ha sido un hueso muy duro de roer para los candidatos provinciales proclives a la orientación del gobierno nacional, tanto de Néstor como de Cristina. En cada elección local los resultados le han dado un puesto muy lejos del que, en esa misma provincia, ha obtenido Cristina en las dos oportunidades en que se presentó. 

La provincia ha experimentado grandes cambios económicos y sociales en los últimos treinta años, a la vez que el peronismo cordobés, articulado alrededor de la conducción provincial de José Manuel de la Sota, ha logrado ganar cada vez que se han dirimido cargos locales. Ello indica que, en el orden provincial, el oficialismo nacional no cuenta con la estructura político-electoral que, en otras provincias, le proporciona triunfos de un porcentaje avasallante.

Pero, como he dicho, curiosamente, este triunfo del peronismo delasotista cordobés no se expresa en las elecciones nacionales en dicho distrito, donde el lanzamiento de la idea fuerza del “cordobesismo”, manifestada por el gobernador De la Sota, antes de las elecciones nacionales del 2012, fue rápidamente sepultada por el excelente resultado obtenido por la presidenta Cristina en su reelección.

Se pueden dar argumentos economicistas o sociologizantes acerca del papel jugado por el crecimiento de la economía agraria fundada en la producción de soja y en la disminución del peso específico de la clase obrera industrial en los años 60 y 70. Pero esas consideraciones suelen entretenidas pero inútiles a la hora de las elecciones.

También es cierto, y hay que destacarlo, que la provincia tuvo y tiene una profunda tradición radical que, como ha demostrado en sus estudios el cordobés Roberto Ferrero, tiene un origen clerical y antiyrigoyenista, nutrido del enfrentamiento con los gobiernos de los Juárez a fines del siglo XIX. Parte de ese radicalismo fue el que proveyó de presencia de clase media no estudiantil en las jornadas de 1969 y parte de ese mismo radicalismo terminó ofreciendo intendentes radicales a la dictadura cívico-militar instaurada en 1976. Justamente, el candidato a gobernador  Oscar Aguad, del Pro-UCR, expresa los sectores más procesistas de su partido.

Hasta ahora, en 12 años, ninguno de los candidatos provinciales lanzados por el FpV lograron horadar el oligopolio político cordobés formado por el delasotismo, el juecismo y el radicalismo. Sus candidatos a cargos provinciales dieron testimonio de su acuerdo ideológico con el gobierno nacional pero no pudieron gravitar seriamente en los resultados electorales.

Accastello es un hombre de larga actuación política en la provincia que ha militado siempre en el seno del peronismo provincial. Sus dos victorias  que lo convirtieron en intendente de la importante ciudad del sur de Córdoba, Villa María, le han dado relevancia suficiente para representar al FpV en las elecciones a gobernador de este año. Justamente su prestigio como un administrador eficaz y su amplio conocimiento del peronismo provincial hicieron que contase con el apoyo nacional para lanzar su candidatura a gobernador, para disputar con Schiaretti y Aguad el futuro político de la provincia.

Pero, si sus antecedentes lo hacían un buen candidato, su decisión de formar el binomio con Cacho Buenaventura lo presenta como el primero en estar dispuesto a disputar realmente la hegemonía del delasotismo y del rejunte macrista-radical.

En primer lugar, en un escenario altamente polarizado, con un oficialismo provincial dispuesto a retener la gobernación para su sistema conservador -las aspiraciones presidenciales de De la Sota son simples escaramuzas para determinar su porvenir como senador nacional- y una alianza anticristinista que verdaderamente intenta disputar el máximo poder nacional, en la que el radicalismo en su versión más procesista tiene un papel central, la presencia de Buenaventura abre su propuesta a amplios sectores cordobeses a los que su figura resulta de un enorme atractivo. Se trata de sectores populares del interior y de la capital a los que el mensaje del FpV no ha podido llegar y abrirse paso.

Por otra parte, su origen radical popular, opuesto a la maquinaria heredada del proceso y de las trapisondas del angelocismo, abre su mensaje a amplios sectores también populares y que pueden intentar sacar al FpV de su lejanía de los primeros puestos el día del escrutinio.

Poner el eje en la naturaleza mediática de Cacho Buenaventura es errarle al vizcachazo. Es un hombre honrado, que ha sido seducido por las otras fuerzas políticas y que se decidió por acompañar a Accastello. Como radical no ha tenido manifestaciones antiperonistas y ha apoyado la política nacional de Derechos Humanos. El senador Nito Artaza y el diputado (MC) Luis Brandoni también son de profesión escénica y la actriz y cantante Nacha Guevara acompañó nada menos que a Néstor Kirchner en la lista de diputados nacionales con la que llegó al último cargo electivo de su vida. El carácter más popular del arte que Buenaventura practica no puede ser motivo de rechazo, a no ser que se establezca alguna elitista diferencia entre actores serios y actores de peña folklórica. Por otra parte, y sólo como un ejemplo más, sin ninguna otra valoración, fue la candidatura de Palito Ortega la que permitió sacar para siempre del gobierno de la provincia de Tucumán al genocida Antonio Domingo Bussi.

El comicio es un momento en la lucha política donde lo único que cuenta es el resultado. Accastello ha demostrado con su inteligente decisión que está dispuesto a que el resultado le sea lo más favorable posible y acaudillas a todos los sectores dispuestos a seguirlos. Cuenta para ello con el apoyo explícito de la señora presidenta y la campaña electoral seguramente nos deparará grandes chistes cordobeses.

20 de abril de 2015

Caracas, 19 de abril de 1810 - Buenos Aires, 25 de mayo de 1810

Discurso pronunciado en el 205 aniversario del 19 de abril de 1810, fecha que da inicio a la lucha por la independencia venezolana.

El 19 de abril del año 10, las clases decentes de Caracas destituyen al Gobernador y Capitán General de la provincia de Venezuela, Vicente Emparán, e instauran una Junta de Gobierno que desconoce al Consejo de Regencia establecido en Cádiz y asume la representación de la autoridad en nombre del rey Fernando VII, a la sazón, como se sabe, en manos de los franceses. Los protagonistas principales de ese histórico Jueves Santo son entre otros: Francisco Salia, quien obliga al gobernador y Capitán General, tomándolo fuertemente del brazo, a volver al Cabildo Abierto del cual se había retirado para ilegitimar su sesión; el ignoto jefe de la guardia del Capitán General, que ordena a su tropa a no repeler la agresión física sobre la máxima autoridad; José Felix Ribas, el agitador que se arrogaba la representación de todos los partidos; el cura chileno Cortés de Madariaga, cuyo discurso llevó al Capital General, Vicente Emparán, a la renuncia final.
La historia ha inmortalizado un momento que, como en una fotografía, se condensa la complejidad de los hechos. Rojo de ira, por el discurso del canónigo chileno, Emparán declaró que si no lo querían estaba dispuesto a abandonar inmediatamente el cargo. Y mientras hablaba, se dirigió al balcón del cabildo y no se sabe si por audacia o por desconcierto, preguntó a la gente que se había reunido a las puertas del edificio si estaban o no conformes con su gobierno. Al parecer, el pícaro y rebelde chileno, como un moderno productor de televisión, dudando sobre la lealtad de los presentes –muchos de ellos sirvientes y esclavos de los cabildantes- hizo, detrás de Emparán, con su dedo índice la seña de la negación dirigida a algunos de los que pertenecían a la conjura. Un tumultuoso “¡No!” respondió a la retórica pregunta del Capitán General, quien se retiró del recinto, exclamando: “¡Pues yo tampoco quiero seguir mandando” .
Los mantuanos –la clase social de propietarios criollos cuyas mujeres tenían derecho exclusivo al uso del manto- habían logrado ese día, y bajo la máscara de Fernando VI –artificio político que se expandió como un reguero de pólvora por todos los cabildos hispanoamericanos- lo que sus anteriores pronunciamientos y rebeliones no habían obtenido.

El ejemplo que Caracas dio”

En 1810, ese año crucial para Hispanoamérica, los criollos lograron imponer una autoridad de origen local por un tiempo más largo y convocando a hacerlo a todos los cabildos del país que, ya en el mismo mes de abril, comienzan a formar sus propias Juntas. Cumaná, Margarita, Barinas, Trujillo y Mérida serán los cabildos que responden afirmativamente a la convocatoria de Caracas.
Y un poco más de un mes después, en la lejana Buenos Aires, en el confín de la América española, una sociedad menos estamental y racista que la venezolana de entonces, siguió el ejemplo de Caracas.
La Junta porteña, la Primera Junta, tenía en su seno españoles europeos y españoles americanos, y su presidente era un gran hijo del Alto Perú.
Ni la de Caracas, ni la de Buenos Aires, se pensaban a sí mismas como embriones de pequeñas e indefensas naciones. Ambas, y todas las que surgieron en ese glorioso año de 1810, eran manifestaciones de la misma nación que asomaba, con brutales contradicciones y enormes dificultades, a la faz de la tierra.
Por eso es que, cuando la Asamblea del año 13 convierte la marcha de López y Planes en himno de guerra de las provincias del Sur, y cuando el dominio español había aplastado a sangre y a fuego la independencia venezolana, el fervor patriótico del autor pregunta indignado:
¿No los véis sobre el triste Caracas
luto , llantos y muerte esparcir?
¿No los veis devorando cual fieras
todo pueblo que logran rendir?
Es que el poema que Vicente Salia le hiciera a las jornadas del 19 de abril, al calor mismo de los hechos, dejaban a las claras que la lucha no era de parroquia, sino continental.
Decía el caraqueño:
Unida con lazos
que el cielo formó,
la América toda
existe en Nación;
y si el despotismo
levanta la voz,
seguid el ejemplo
que Caracas dio.
Y en eso andamos los suramericanos últimamente, junto a Caracas, a Quito, a La Paz, a la Habana, a Panamá.
Las nuevas amenazas que “devorando cual fieras / todo pueblo que logran rendir” nos vuelve a encontrar juntos como nunca lo habíamos estado desde aquel año glorioso.