17 de octubre de 2016

La Lealtad, Los Montoneros que se quedaron con Perón

Este libro hacía falta. Quienes comenzamos nuestra militancia política a fines de la década del '60 del siglo pasado -militancia que afortunadamente hemos podido continuar, en el nuevo siglo, con las mismas banderas, la misma convicción y firmeza, aunque quizás con menos resuello- teníamos necesidad de un estudio histórico documentado de uno de los momentos cruciales de aquellos años.
Por razones políticas, de concepción ideológica y de valoración de la política de masas, quien esto escribe se alejó muy joven de las propuestas que entonces se formulaban con ahínco acerca de “la lucha armada” y de las teorías que entonces llegaban desde Cuba, de la mano de la admiración al martirio del Che Guevara. Proveniente de las filas del catolicismo postconciliar, me aparté tempranamente de un camino que me pareció políticamente errado e inconducente y desde una alternativa que privilegiaba la política y la lucha de masas, discutí privada y públicamente con las propuestas “guerrilleras” que, desde el marxismo y el peronismo, ilusionaban a nuestros, entonces juveniles, contemporáneos. Desde la Izquierda Nacional -de Jorge Abelardo Ramos y Jorge Enea Spilimbergo- criticamos tanto al ERP como a Montoneros, convencidos que ese camino terminaba necesariamente en una masacre de las fuerzas populares y, en el caso de Montoneros, en un enfrentamiento con quien expresó hasta su muerte la voluntad popular: el General Juan Domingo Perón.
De ahí que la aparición de la JP Lealtad fue recibida por nuestro sector con alegría y entusiasmo. Pude estar presente en el palco montado bajo la Casa Rosada aquella tarde en que el por tercera vez presidente de los argentinos, con una furia que se le veía en el rostro, calificó de “imberbes” a quienes, desde la Plaza de Mayo, entonaban insultantes cánticos contra Perón y su esposa. Y fui testigo del abandono de la Plaza por parte de esos sectores.
El libro “La Lealtad, los Montoneros que se quedaron con Perón” (de Aldo Duzdevich, Norberto Raffoul y Rodolfo Beltramini, Sudamericana, 2015) ilumina el duro camino que aquellos jóvenes recorrieron para evitar lo que fue inevitable: que la conducción de la organización armada pretendiese reemplazar al anciano líder en la conducción del movimiento nacional. Pretensión que tuvo, como corolario a una suma de nefastos errores de concepción, el asesinato cobarde del Secretario General de la CGT, José Ignacio Rucci.
Ahí podemos leer, con gran profusión documental, los intensos debates, las sórdidas roscas y maniobras que precedieron a ese día terrible. Y también encontramos la pasión revolucionaria, las profundas convicciones humanistas e igualitarias que llevaron a gran parte de una generación -la mía- a dedicar su vida a la militancia política en el seno de la fuerza que desde hace más de 70 años expresa los ideales de independencia, soberanía y justicia del pueblo argentino.
Algunas de las cosas que en él se cuentan las sabíamos desde entonces de primera mano. Muchas otras no, ya que se producían en el seno de una difícil situación de semiclandestinidad y de enfrentamientos diversos. Y el libro permite recordar a unas y conocer las otras, poniendo una necesaria luz a ese momento de nuestra vida política.
El renacimiento de la lucha política generado durante los gobiernos peronistas de Néstor y Cristina trajo aparejado un renacimiento de una visión idílica de aquellas organizaciones armadas y su dirección. Las nuevas generaciones, que no conocieron aquellos hechos, corren el riesgo de idealizar el accionar de aquellos grupos, como respuesta a la criminal visión impuesta por la dictadura cívico militar y su “guerra sucia” contra el pueblo argentino. El libro, sus testimonios, la génesis del enfrentamiento en el seno de Montoneros, aporta otra interpretación más completa y equilibrada sobre aquellas jornadas y pone realismo a una idealización que, como tal, no puede sino generar confusión y nuevos desvaríos. Desde su mismo título, los autores ponen el correcto eje de todo intento hermenéutico de las decisiones políticas en la Argentina desde 1945.
La Lealtad” es una lectura imprescindible tanto para quienes se acerquen por primera vez a la acción política en el seno del movimiento nacional, como para quienes se den a la tarea de escribir la historia de aquellos años.

Buenos Aires, 17 de octubre de 2016

13 de octubre de 2016

IDENTIDAD CULTURAL LATINOAMERICANA, BASE DE NUESTRA INTEGRACIÓN

Este es el texto de mi ponencia presentada en la Asamblea de la Confederación de Parlamentarios de las Américas, realizada en la Cámara de Diputados de Salta, el 12 de octubre de 2016

Honorables parlamentarias y parlamentarios presentes, señoras y señores, amigas y amigos:

En primer lugar quiero agradecer al senador mexicano y presidente de COPA, don Miguel Angel Chico Herrera, y a la Licenciada Yizbeleni Gallardo por esta gentil invitación a participar en esta Asamblea Anual de COPA.

Celebro también que en la misma haya un lugar para reflexionar sobre lo que quizás sea la más acuciante y decisiva de las siempre acuciantes y decisivas cuestiones que involucran a nuestro continente: la integración latinoamericana, la unidad política y económica de los pueblos que hablamos las lenguas de Camões y de Cervantes, sin la cual se hace imposible todo encuentro real, equitativo y verdadero con los pueblos que heredaron su lengua de Chaucer y Shakespeare.

Y no puedo dejar de mencionar que agradezco a la casualidad - “la necesidad se abre paso a través de la casualidad”, se afirmó alguna vez en el siglo XIX- de que el día para este encuentro haya sido el 12 de octubre, el día en que, en 1492, por primera vez se obtiene la experiencia del mundo como comunidad universal, el día en que el mundo descubrió un Nuevo Mundo, un mundo completo.

Y este hecho tiene directamente que ver con esta identidad cultural latinoamericana que, con sus riquísimos matices y vertientes, ha conformado una unidad histórica a lo largo de más de cinco siglos.

Tres son, en principio, los elementos que han nutrido y nutren esta cultura latinoamericana.

En primer lugar, por preeminencia histórica, las culturas originarias, las de esas civilizaciones que precedieron a la llegada de los europeos y que encontraron en Rodolfo Kusch -que conoció tanto este Noroeste argentino- un afanoso intento de interpretación y comprensión. Hombres que oponían al “ser”, núcleo central del pensamiento europeo, el “mero estar”. “Vivir, consiste entonces, en mantener el equilibrio entre orden y caos, que son las causas de la transitoriedad de todas las cosas y ese equilibrio está dado por una débil pantalla mágica que se materializa en una simple y resignada sabiduría o en esquemas de tipo mágico”, dice Kusch en su América Profunda.

Ese sustrato teogónico, femenino, resignado y cuestionador radical de la existencia aún vive en los versos de las copleras andinas:

“Canten, canten, compañeros,

de qué me están recelando,

yo no soy más que apariencia,

sombra que anda caminando”.


Sobre ella se impuso la cultura europea hispánica, tanto española como lusitana, en un dramático y sangriento encuentro, en un mestizaje que implicó dominación y saqueo, pero que dejó una prodigiosa y única unidad religiosa y lingüística, donde el conocimiento científico y el afán utópico de los jesuitas, puso gramática y escritura a las lenguas ancestrales, nos llenó de formas mestizas con el milagro del barroco colonial, de los ángeles arcabuceros y de violines indios que interpretaban Las Cuatro Estaciones de Vivaldi en lo profundo de la fronda paraguaya.

Y, quizás sin proponérselo, el afán de Bartolomé de las Casas en proteger a sus feligreses chiapanecos logró que los esclavizados africanos dotaran a nuestro continente de una cultura que fue capaz de ocultar sus viejos “orixás” del amor, de la fertilidad, de la guerra, del trueno, del mar y de los bosques, tras las máscaras de dioses y santos nuevos y extraños, que forma parte constitutiva de la cultura latinoamericana.

En estos momentos, uno de esos pueblos traídos a la fuerza desde África sufre nuevamente el precio de haber sido la única rebelión de esclavos triunfante en la historia de la humanidad. El pueblo de Haití y los latinoamericanos lloramos hoy los más de 900 muertos por la furia de un huracán y la miseria que un injusto sistema imperial ha descargado en la tierra de Petion, nuestro primer Libertador.

Esta cultura transculturada, producto de un secular proceso de mixtura, de fagocitación recíproca, de feroz y salvaje penetración mutua, logró producir ese misterio que, con sorpresa, descubre Simón Bolívar en su Carta de Jamaica: "Nosotros somos un pequeño género humano; poseemos un mundo aparte... No somos indios ni europeos, sino una especie mezcla entre los legítimos propietarios del país y los usurpadores españoles".

A esa mezcla, no sin una gran dosis de optimismo humanista y algo de determinismo genético, el mexicano José Vasconcelos llamó “la raza cósmica”. Mas cerca de nosotros, el argentino Ramiro Podetti la describe como “la utopía antropológica de síntesis de todas las razas”.

Nacimos, entonces, unidos por el idioma, por el catolicismo de Ignacio de Loyola, por la dominación española, por un sistema colonial que sometía a los hijos de todo el continente. Y unidos y simultáneamente nos lanzamos a la independencia y a la creación de un gran estado continental.

Nuestro himno patriótico, escrito por un político metido a poeta, Vicente López y Planes, declara ante el mundo:

“Se levanta a la faz de la tierra

una nueva y gloriosa Nación”.


El himno venezolano, escrito también por otro político convertido en poeta por su pasión criolla, Vicente Salias, define el espacio de esta vocación nacional:

"Unida con lazos

que el cielo formó,

la América toda

existe en nación".


El norteamericano Waldo Frank, nacido en New Jersey, impactado por esta realidad hispanoamericana y huésped reiterado en Perú, en Santiago, en Río y en Buenos Aires, escribía en 1929: “Hace un siglo, al emprender su marcha las Repúblicas, aunque el camino era oscuro y difícil, nada parecía oponerse al lógico resultado de un nacimiento cultural. Estaban menos divididos que las partes innumerables de la Roma pagana que formaron últimamente la armonía de la Europa católica; estaban mucho menos en desacuerdo que las baronías y los condados de unidades modernas estatales como Francia, España, Alemania, Inglaterra. Y había razones suficientes para creer que el proceso natural de cambios y de conflictos produciría un concierto cultural -fuerte e individual- de la América Hispana”.

El chileno Felipe Herrera, creador del Banco Interamericano de Desarrollo, escribía en la década del 60 del siglo pasado: “Las fuerzas negativas de la geografía, la pobreza, el caudillismo, la estrecha dependencia colonial precedente y el aislamiento en que ella nos mantuvo entre nosotros, impidieron que el ideal de los Libertadores se hiciera realidad, y que la independencia política fuera a la vez el nacimiento y consolidación de una gran asociación de pueblos, porque —al revés que en otras jóvenes nacionalidades en otros escenarios— las fuerzas de la dispersión pudieron más que las de cohesión”.

Como tantas veces nos lo enseñara el gran pensador uruguayo Alberto Methol Ferré, dos eran, entonces, las grandes banderas de nuestros Libertadores: la Independencia y la Unidad nacional a escala continental. De ellas sólo una ha quedado en pie, a veces ajada y en hilachas, a veces altiva y limpia, la de la Independencia.

La realización de esa unidad es, todavía, materia pendiente, una bandera política que arrastra multitudes y un deber patriótico de esta nueva generación de latinoamericanos.

Estamos convencidos, y este es el objeto central de esta charla, de que esta identidad cultural , que es herencia, pero que también es patrimonio actual y en crecimiento, es el cimiento que da solidez y el núcleo operativo que nos impulsa y permite a los latinoamericanos la construcción de la Patria Grande que hoy se nos reclama desde la misma Roma, en la voz de Francisco.

Ante nuestros ojos, la escena mundial nos hace evidente que los viejos estados nacionales han dado paso a grandes formaciones continentales. Ya Friedrich Ratzel había descubierto en el siglo XIX que el escenario internacional estaba marcando la declinación de aquellos pequeños estados continentales surgidos de la Paz de Westfalia y la aparición de formaciones estatales superiores. Estados Unidos, al finalizar la Guerra de Secesión, era ya un pueblo continental y bioceánico. El dilatado territorio bicontinental de Rusia también era, para el el pensador alemán, una prefiguración de los nuevos paradigmas en la política internacional. Hoy, estos dos países, más China, la India y el Sudeste Asiático se han transformado definitivamente en naciones continentales, producto de la integración de amplias zonas geográficas, incluyendo en su seno varias y muy distintas naciones. De todas ellas, posiblemente sólo EE.UU. posea una unidad cultural basada en la expansión e imposición de las trece colonias sobre el vasto territorio, ocupado por pueblos originarios, por españoles, franceses y latinoamericanos. Hoy, en el país de los puritanos del Mayflower, una población superior a la población argentina habla español como lengua materna y tiene profundas vinculaciones culturales con la América Latina al sur del Río Grande.

Nuevamente traemos las palabras de Felipe Herrera. En 1962 decía en Salvador de Bahía: “No es una entidad ficticia la nación latinoamericana. Subyace en la raíz de nuestros Estados modernos, persiste como fuerza vital y realidad profunda. Sobre su singular material indígena, diverso en sus formas y maneras pero similar en su esencia, lleva el sello de tres siglos de dominación ibera. Experiencia, instituciones, cultura e influencias afines la formaron desde México hasta el Estrecho de Magallanes. Así, unitaria en su espíritu y en su fuerza, se levantó para su independencia”.

Señoras y señores:

Esta cultura es algo único en el mundo de hoy. Los parlamentarios mexicanos, para mencionar un solo ejemplo, tomaron a la noche un avión en el aeropuerto Benito Juárez de México, donde se han despedido con un “Buenas noches” de sus amigos o familiares, y ocho o nueve horas después han llegado al Aeropuerto General Pistarini de Ezeiza y los han recibido con un cordial “Buenos Días”, y si hubieran viajado cuatro o cinco horas más, hasta Ushuaia, igual habría sido el saludo de recepción. Comparen ustedes con la cantidad de lenguas que hubieran atravesado si el viaje, de tan solo cinco horas, hubiera sido entre Madrid a Moscú.

Sor Juana Inés de la Cruz, Miguel Angel Asturias, Rómulo Gallegos, Octavio Paz, Pablo Neruda, Jorge Luis Borges, Gabriela Mistral, José Rodó, Rachel de Queiroz,Nicolás Guillén, Guimaraes Rosa, Augusto Céspedes, Gabriel García Márquez oAugusto Roa Bastos, para mencionar solo algunos nombres, no son sólo hijos del solar que los vio nacer, sino producto de esta asombrosa cultura continental forjada durante más de quinientos azarosos años.

Todos nuestros músicos, de los más exquisitos a los más simples, desde el abstruso Juan Carlos Paz hasta el melodioso Juan Gabriel, pasando por todos esos maravillosos músicos y cantantes que expresan la sensibilidad de sus paisanos, deben sus armonías, su inspiración y y su tonalidad a estas tres fuentes originarias que se enriquecieron con tanto árabe, polaco, ruso, italiano, español, portugués o alemán que entreveró su sangre y sus sudores en nuestras praderas, selvas y montañas.

¿Y en las artes plásticas? Desde los paisajes pampeanos de Prilidiano Pueyrredón o desde esos legendarios telamones aztecas que fueron Rivera, Orozco y Siqueiros, cuya vinculación a nuestra cultura y a nuestras pasiones civiles no necesitan explicación, hasta el ecuatoriano Guayasamín, el maracucho Gabriel Bracho, el paulista Candido Portinari, el cubano Wilfredo Lam -ese chino hijo de la santería y el cubismo-, Roberto Matta -el chileno sin pasaporte de la dictadura- o el mendocino Carlos Alonso hasta llegar a Tarsila do Amaral en Brasil y a Marcia Schwartz y su implacable galería de personajes urbanos porteños y paisajes fluviales guaraníes, todos ellos son la manifestación más bella y rotunda de esta cultura latinoamericana que nos ha dado una personalidad definitiva en el mundo contemporáneo.

El argentino Jorge Abelardo Ramos, con concisión epigramática y precisión
quirúrgica, formuló hace ya más de cincuenta años, refiriéndose a nuestro país: “Somos un país porque no pudimos integrar una nación y fuimos argentinos porque fracasamos en ser latinoamericanos. Aquí se encierra todo nuestro drama y la clave de la revolución que vendrá”.

Aquí se encierra nuestro drama porque no logramos entrar al siglo de la industrialización, de los milagros científicos y tecnológicos, al de la universalización del planeta, con una poderosa organización social que nos permitiera dialogar en pie de igualdad con el resto de las naciones.

Cuando pueblos que hoy son muy poderosos, como EE.UU., Alemania o Italia,
lograban su unificación nacional, construyendo el espacio necesario para el pleno desarrollo de sus recursos, de sus capacidades productivas, para la eclosión del espíritu de sus hombres y mujeres, nuestro continente se fragmentaba en débiles, muchas veces escuálidos, pedazos que remedaban simiescamente las instituciones allá forjadas, pero sin la fuerza militar ni el poderío económico que respaldara con fábricas, con siderurgia y con creciente bienestar su presencia en la escena internacional. Como lo expresara, mucho más bellamente de lo que lo que yo podría hacerlo, Gabriel García Márquez, en su discurso al recibir el Premio Nóbel de Literatura: “Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos -terminaba Gabo-, el nudo de nuestra soledad”.

En este nudo de nuestra soledad se encierra nuestro drama y la clave de la revolución que vendrá no es otra que el de nuestra integración. Solo en una escala continental, con una sola voz que llegue desde el Río Bravo a la Bahía de Lapataia, estos pueblos  nuestros podrán, por fin, ser comprendidos, ser vistos como iguales, tener voz propia y estentórea.

El gran José Martí escribía, poco antes de morir en combate: “Hay que devolver al concierto humano interrumpido la voz de América, que se heló en horas triste en la garganta de Netzahuacóyotl y Chilam; hay que armar los pacíficos ejércitos que paseen una misma bandera desde el Bravo undoso, en cuya margen jinetea el apache indómito, hasta el Arauco cuyas aguas templan la sed de los invictos aborígenes, como si la arrogante América debiera, por sus lados de tierra, tener por límites como símbolo sereno tribus desde hace tres siglos no domadas; y por Oriente y Occidente, mares sólo de Dios y de las aves propias”.

Y no puedo dejar pasar la oportunidad de traer a esta Asamblea la voz del general Juan Domingo Perón, tres veces presidente argentino, profeta y apóstol de nuestra gran nación continental. Tan temprano como en 1951, cuando Europa aún se levantaba de los escombros de la Segunda Guerra Mundial y comenzaba a pensar en la construcción de la Comunidad Europea, el presidente argentino escribía: “Unidos seremos inconquistables; separados, indefendibles. Si no estamos a la altura de nuestra misión, hombres y pueblos sufriremos el destino de los mediocres”.

Nuestra unidad cultural es la piedra basal de nuestra integración continental. Podrán ser arduos, escarpados y trabajosos los caminos o los senderos que permitan una plena y autónoma industrialización de nuestras sociedades y pueblos, que es la garantía material del éxito de la misión unificadora. Largas y dificultosas podrán ser las jornadas que permitan a nuestros pueblos gozar de esas tres T que nos propone Francisco en su Reunión con los Movimientos Sociales en Bolivia: Tierra, Trabajo y Techo. 

Y mucha paciencia deberemos tener los hijos de Atahualpa, Hidalgo, Cuauhtémoc, Bolívar, San Martín y Güemes en una tarea que ha tenido y tiene grandes avances y profundos retrocesos, generosos amigos y poderosos enemigos.

Pero contamos, como hemos tratado de explicar, con una herramienta espiritual fuerte como la obsidiana y el basalto: una cultura nacional latinoamericana con una irresistible vocación universal. Es este regalo de la historia, este pueblo continental “que aún reza a Jesucristo y aún habla en español”, como escribiera Rubén Darío, el cimiento granítico que nos ha permitido resistir invasiones y tiranías y que fecunda de vida, pasión y fortaleza a más de 600 millones de latinoamericanos.

Nacimos a la vida independiente con las palabras del Inca Yupanqui, dirigida a los diputados españoles, en las Cortes de Cádiz: “Un pueblo que oprime a otro no puede ser libre”. La admonición ha sobrevivido doscientos años y hoy se dirige a todos las naciones con vocación imperial.

Dos grandes pulmones tiene nuestro continente. Uno de ellos es Estados Unidos, que como nos dijera Darío, “son potentes y grandes. / Cuando ellos se estremecen hay un hondo temblor / que pasa por las vértebras enormes de los Andes”.

El otro es Latinoamérica, cuyos alvéolos no terminan de conformarse en un órgano simétrico, ahogados repetidas veces por el poderoso pulmón del Norte. Solo hay que permitirle que respire profundamente, que tome resuello y se nutra de este aire de orquídeas y tucanes. Quinientos años de alteridad, de ser el otro desconocido y temible, deben dar paso al reconocimiento, al saber qué somos, al conocer en profundidad la naturaleza de nuestro sufrimiento y el origen de nuestra apasionada exigencia de independencia, respeto y dignidad, para que este pecho del mundo pueda tener sus dos buenos y potentes pulmones simétricos.

Para terminar quiero citar a un gran poeta popular de esta tierra, el salteño Jaime Dávalos, que en su Canto a Sudamérica, recoge la secular herencia de nuestro drama y nuestra redención:

"El hambre, la miseria, la injusticia,
la voluntad del pueblo traicionada,

no harán más que aumentar su rebeldía,
no harán más que apurar en sus entrañas

al hijo de la luz que viene a unirnos 
en una sola espiga esperanzada;

Porque América!, -- tierra del futuro-- ,
igual que la mujer, vence de echada".


Muchas gracias.

Salta, 12 de octubre de 2016.

8 de septiembre de 2016

A propósito de la “renovación”


Alma, a quien todo un dios prissión ha sido,
venas, que humor a tanto fuego han dado,
medulas, que han gloriosamente ardido;
su cuerpo dejarán, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.
Francisco de Quevedo
Como ocurriera a partir de 1983, cuando el peronismo perdió por primera vez una elección presidencial, la derrota electoral del año pasado ha generado en las filas de los perdedores la invocación a una palabra que tiene un poder casi cabalístico en la política: la renovación.
La palabra despierta significaciones múltiples y polisémicas en los distintos niveles de la dirigencia peronista que van desde la incorporación en primer plano de rostros más jóvenes y menos traqueteados en los medios de comunicación, apelando a lo que Perón llamara “el trasvasamiento generacional”, hasta el replanteo de concepciones estratégicas que, por su supuesta rigidez frente al liberalismo económico y los sectores concentrados del poder económico, habrían sido causales del revés en los comicios.
Esto se hizo evidente en el acto de homenaje al triunfo electoral del doctor Antonio Cafiero como candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires, en 1987. La idea de aquella Renovación, que tuvo en Cafiero su expresión más nítida, surgió como antecedente al cual apelar en la actual coyuntura.
En otra parte he publicado mi opinión sobre la personalidad de Antonio Cafiero 1, de donde extraigo la siguiente cita:
El ‘reformismo’ justicialista que Cafiero expresó y por el que recibió fuertes críticas de sectores autodenominados ortodoxos, nunca tuvo, ni en las palabras, ni en los hechos, el carácter de cínica aceptación del status quo vigente y de resignación a la hegemonía imperialista que adquirió la política de gobierno de quien lo derrotase en las internas de 1988. Y cualquier intento ucrónico de suponer su eventual gobierno no es más que un ejercicio de la imaginación.
Su papel, en defensa del gobierno constitucional, durante los sucesos del levantamiento carapintada, siendo presidente del Partido Justicialista, enfrentado políticamente con el gobierno de Ricardo Alfonsín, muestran la diferencia que siempre existió entre el peronismo y los partidos liberales, de izquierda o derecha. No vaciló en concurrir a la Casa Rosada y manifestar con su presencia la solidaridad peronista con un gobierno constitucional amenazado. No fue, en esa oportunidad, un dirigente “de la democracia”, como si fuera una excepción a una regla. Fue un peronista experimentado en sufrir la cárcel y la persecución en cada momento en que la voluntad popular fue pisoteada por el despotismo oligárquico”.
Dicho esto, creo necesario traer a la memoria la suma de elementos que jugaban en aquellas jornadas, hoy tan lejanas. Para ubicarnos de alguna manera en el significado del tiempo transcurrido es necesario puntualizar que los años que hoy nos separan de aquellas jornadas (30 años) son más o menos los mismos que separaban a quienes votamos la fórmula Cámpora-Solano Lima o Perón-Perón en 1973 de la jornada del 17 de octubre de 1945. El país, América Latina y el mundo de la década del 80 eran distintos al de 2016. Y el gobierno con el cual tenía que enfrentarse el peronismo en aquellos años, pese a la presencia del radicalismo en el actual gobierno, era también de naturaleza muy distinta. Y ello obliga a pasar revista a las diversas fuerzas en juego en los años ‘80.
La Renovación Cafierista
El Partido Justicialista resultante de la derrota de 1983 había perdido la amplia representatividad social y política que caracterizara al peronismo. Una dirigencia cerrada sobre sí misma, heredada en gran parte de los oscuros años de la dictadura cívico militar, no había comprendido, a mi entender, el profundo hastío de los amplios sectores populares -clase obrera, empleados, desocupados, pequeños y medianos empresarios- que el despotismo le había producido. Aún cuando en su seno pugnaban fuerzas y tradiciones leales al mandato histórico, tanto en el movimiento obrero como en las estructuras políticas, Herminio Iglesias había logrado convertir su nombre y su estilo en síntesis de los peores excesos burocráticos y autoritarios, lo que era sentido por los sectores populares como una manifestación de tendencias no democráticas.
La “democracia” y el discurso formalmente democratizador habían ganado a amplísimas mayorías populares, en un operativo mediático que centraba toda la crítica al Proceso en sus brutales crímenes contra los Derechos Humanos, incluyendo arteramente en ello la gesta de Malvinas, e ignoraba la política económica liberal de saqueo, endeudamiento, desnacionalización y empobrecimiento conducida por Alfredo Martínez de Hoz y los hermanos Roberto y Juan Aleman. A ello debe sumarse el permanente intento del presidente Raúl Alfonsín de destruir el movimiento obrero y sus organizaciones sindicales, que tuvieron en la llamada Ley Mucci su expresión más corrosiva. El espíritu de la época -es decir, los grandes medios, el imperialismo y las universidades- ofrecía como panacea a las llagas de la dictadura oligárquica el bálsamo de una suerte de socialdemocracia -con base en la clase media urbana y agraria, a diferencia de su original europeo- que pusiese fin al militarismo, al sindicalismo peronista y, llegado el caso, al régimen presidencialista, supuestas taras de nuestro desarrollo político. El régimen español post franquista, con su pacto de la Moncloa y sus héroes Adolfo Suárez y Felipe González, se presentaba como el mecanismo capaz de terminar no sólo con los resabios de la dictadura, sino con esa excrecencia fascistoide periférica, llamada peronismo, que impedía la vigencia de una sana democracia y de la Constitución Nacional de 1853. El ministro de Relaciones Exteriores de Alfonsín, el hasta ese momento ignoto licenciado Dante Caputo, sostenía ante los socios de la UIA:
El peronismo (provocó una) enorme confusión… sobre el sistema económico argentino. El estilo político que impuso el peronismo, su estilo demagógico, su estilo autoritario, creó un límite muy claro al desarrollo económico de este país”.
EE.UU. había decidido reemplazar los gobiernos militares, con los que había impuesto su talón de hierro sobre la región, por una democracia condicionada -”democracia colonial” fue la caracterización que le dio la Izquierda Nacional-, sin censura cinematográfica, con divorcio -reivindicaciones obviamente legítimas-, pero sin soberanía nacional ni independencia económica. En 1985, el pueblo del Brasil elige por primera vez a un presidente, desde 1961, Tancredo Neves, a quien su repentino fallecimiento le impidiría asumir. Unos años antes, en 1980, el Perú ya había salido del régimen militar, mientras que, recién en 1989, el Paraguay lograría derrocar al dictador Alfredo Stroessner.
En ese marco local e internacional, en esa atmósfera política, se planteó la Renovación Peronista.
La misma consistió en generar una estructura política peronista al margen de la dirección enquistada en el Partido Justicialista. Cafiero convocó a reorganizar el peronismo con figuras de todo el país a las que el PJ había congelado en sus aspiraciones. Se trataba en general de hombres y mujeres dirigentes surgidos durante los últimos años de la dictadura cívico militar, muchos de ellos de una o dos generaciones posteriores y que asumían el juego democrático como el único posible en las nuevas condiciones del país y del estado de conciencia de las grandes mayorías. La convocatoria no dejaba de tener sus riesgos, puesto que existía una cantidad de dirigentes, en general más jóvenes que el propio Cafiero, que planteaban una revisión general de los elementos doctrinarios del peronismo, asumiendo una posición en la que los pujos democratistas diluían el contenido transformador de sus tres banderas históricas. Para muchos de estos nuevos dirigentes, ahora llamados “renovadores”, el papel que el peronismo histórico había asignado al movimiento obrero sindical era severamente cuestionado, así como el papel asignado a las FF.AA. durante el decenio peronista y la función decisiva del Estado en la actividad económica. Estas opiniones no eran, necesario es decirlo, las de Antonio Cafiero, un hombre que estuvo en la Plaza el 17 de Octubre de 1945, y cuya formación y convicciones en materia económica eran las de un peronista “histórico”, ni las de miles de dirigentes y militantes territoriales, sobre todo de la Provincia de Buenos Aires, que encontraron en esta convocatoria la posibilidad de recuperar el voto peronista. Pero la invectiva de “socialdemócrata” sobrevoló permanentemente a la Renovación debido, sobre todo, a dirigentes que acompañaban a Cafiero. Carlos Grosso, Jose Manuel de la Sota, Eduardo Vaca, Julio Bárbaro, Eduardo Amadeo, entre otros, expresaban una crítica a la “ortodoxia” peronista y una declarativa modernidad -muy influída por los textos de Alvin Toffler, un gurú yanqui de la época- que los acercaba peligrosamente a la visión alfonsinista. El caso de Carlos Menem fue casi singular, ya que, si bien formó parte de la Renovación y logró derrotar a la UCR en su provincia, en las elecciones a diputados de 1985, siempre expresó un matiz diferenciado del de los dirigentes bonaerenses o porteños, influído, quizás, por el caudillo catamarqueño don Vicente Saadi.
Aquella Renovación, de la que estuve muy cerca ya que colaboré en la campaña a diputado del FREJUDEPA de Antonio Cafiero en la provincia de Buenos Aires, produjo un debate político muy rico, con muchos matices, e involucró a figuras del peronismo de larga experiencia política, junto a representantes de nuevas generaciones a las que el Proceso había impedido salir a la luz pública. Antonio Cafiero tenía, en 1985, 63 años, y muchos de quienes lo acompañaban andaban por los 50.
Y mientras el proyecto renovador del justicialismo adquiría fuerza y volumen para enfrentar al alfonsinismo, del cual se delimitó claramente, la CGT, conducida por Saúl Ubaldini, se hacía cargo de la dura lucha por el trabajo, el salario, el nivel de vida de la clase obrera y las reinvindicaciones de los sectores excluídos. Las movilizaciones callejeras convocadas por Ubaldini fueron el núcleo de la resistencia social a los distintos experimentos alfonsinistas en materia económica.
¿Es aquella renovación lo que necesita hoy el peronismo?
Hoy la situación del peronismo, del país y del mundo es muy diferente a entonces.
El frente nacional -y el peronismo, por ende- ha perdido una elección después de 12 años de exitosos gobiernos que lograron sacar al país del marasmo y la desintegración que vivía en el 2001, que desplegaron -con todas las limitaciones que se quiera, pero de manera harto evidente- las banderas históricas de Soberanía Política, Independencia Económica, Justicia Social e Integración Continental, que reconstruyeron el tejido social argentino y elevaron el nivel de vida del conjunto de la sociedad, sobre todo de los sectores más humildes y de las provincias más castigadas por el neoliberalismo.
Los errores que, sin duda, se cometieron desde el poder no fueron muy distintos a los que cometió el peronismo en los años previos a su derrocamiento en 1955, con la diferencia de que no hubo el enfrentamiento con la Iglesia que, en aquellos años, debilitó al movimiento nacional. Por el contrario, Cristina Fernández de Kirchner supo ver con mirada estratégica la extraordinaria significación de la elección del Papa Francisco y suavizó todas las rispideces que la política local hubiera generado, acertada o erróneamente, con el entonces Cardenal Bergoglio.
Durante todos esos años, convivieron en el peronismo y en el Frente para la Victoria distintos puntos de vista, en algunos casos muy disímiles, que, sin embargo, concurrían al sostenimiento de un gobierno definidamente peronista, en sus valores y programa.
Se sabe que el peronismo nació desde el poder político del Estado y se reconstruye y ordena desde ese mismo poder político. Y se sabe también que encierra en su historia y doctrina políticas los instrumentos conceptuales y operativos que lo condenan a ser una alternativa “asistémica” a los partidos tradicionales. Es el único movimiento político con arraigo en las grandes masas que tiene una concepción del país enfrentada al sistema agroexportador, financiero y de sometimiento internacional que expresan el PRO, la UCR y sus socios menores, es decir la Unión Democrática que ha logrado ganar una elección presidencial.
La presente invocación a la Renovación de la década del 80 tiene, en mi humilde opinión, más de márketing que de contenido político concreto. Refleja, por lo menos en las apelaciones públicas que a ella se han hecho, una lucha por posicionarse ante las próximas elecciones parlamentarias y una pugna en la que la edad de los dirigentes adquiere más importancia que sus puntos de vista sobre el país, su economía y su política.
Como sostiene Renato Meari, en un artículo aparecido días atrás en Página 12: Antonio jamás imaginó escenarios de descarte, etapas en las que tal o cual dirigente, o referente político, no podía concurrir o integrar un colectivo de renovación política. Era un hombre que, por el contrario, precisaba de los disensos incluso dentro de su propio gobierno provincial, porque los imaginaba como espacios para escuchar nuevos aportes, impresiones y reflexiones que conformaran un escenario de diferencias donde instalar un pensamiento para la transformación” 2.
Los diversos agrupamientos, que la prensa regiminosa amplía  y distorsiona, no terminan de expresar, porque sus contenidos políticos no son claros y explícitos, la necesidad del pueblo argentino de reencontrarse con el instrumento político que le “pare la mano” a la desvergonzada y fracasada política económica que los torpes CEOs le dictan al más torpe presidente Macri. Faltan precisiones políticas, del tipo a las que enunció la Declaración de Formosa, para dar un ejemplo, faltan definiciones claras, que no tienen porque ser rupturistas o provocativas, frente a la política oficial en curso y sobran resquemores, silencios y enconos hacia los dos últimos presidentes peronistas.
La cita al clásico soneto de Quevedo, al iniciar estas líneas que ya se han extendido demasiado, pretenden reflejar el espíritu con el que, creo, debemos lanzarnos a los nuevos combates cuya formación ya estamos viendo.
Esas venas que tanto fuego han dado y esas médulas que con gloria han ardido forman parte esencial e inescindible de estas cenizas que hoy estamos atizando para reavivar el fogón. El peronismo, asumiendo lo mejor de su historia, la fuerza de su doctrina y este reciente pasado le encontrará nuevamente sentido a ese polvo enamorado capaz de reconquistar el fervor y los intereses de las grandes mayorías argentinas.
Buenos Aires, 8 de septiembre de 2016.
1http://fernandezbaraibar.blogspot.com.ar/2014/10/desde-el-el-17-de-octubre-al-siglo-xxi.html

2Renovar en la Unidad, http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-308680-2016-09-06.html

2 de septiembre de 2016

El Guardián de los Recursos Naturales de Bolivia ha muerto

Andrés Soliz Rada



Ha fallecido, en La Paz, Andrés Soliz Rada. Heredero de las mejores tradiciones revolucionarios del viejo Alto Perú y del país fundado por Simón Bolívar, Andrés fue la expresión política e intelectual de la Izquierda Nacional en Bolivia. Heredero del gran Sergio Almaraz Paz y de Jorge Abelardo Ramos, Andrés dedicó su vida, desde los 18 años, a la independencia, soberanía y dignidad de su país y a la unidad de la Patria Grande.

A poco de iniciarse en la vida política, Soliz Rada se vinculó al círculo político e intelectual de Sergio Almaraz Paz. Este había sido un destacado dirigente juvenil del Partido de Izquierda Revolucionaria (PIR), de orientación stalinista, de Bolivia. Al surgimiento de la Revolución Boliviana del MNR, Almaraz renuncia al comunismo y se convierte en uno de los más sólidos defensores del proceso encabezado por el MNR, desde una perspectiva marxista y socialista.

En una de las frecuentes visitas que Jorge Abelardo Ramos realizara a Bolivia, Soliz Rada tomó contacto con él y asumió las ideas de la Izquierda Nacional Latinoamericana y, a la muerte de Almaraz Paz, funda el centro político que llevó su nombre y que se convirtió en fuente de irradiación de este pensamiento socialista en Bolivia.

En 1970, apoyó al gobierno de los generales Ovando y Torres, y desde el sindicato de los periodistas de La Paz llevó adelante una intensa campaña política e ideológica en defensa de las medidas de nacionalismo económico de ambos gobiernos.

Tuve el honor de conocer personalmente a Soliz Rada en el I Congreso del Frente de Izquierda Popular (FIP) que se llevó a cabo en el Hotel Rama, de la ciudad de Río Ceballos en Córdoba, donde participó como invitado junto al uruguayo Alberto Methol Ferré.
Al caer el General Juan José Torres, por un golpe militar encabezado por Hugo Banzer, Andrés Solíz Rada estuvo exiliado en nuestro país en 1972, perseguido por la dictadura cívico-militar que derrocó aquel intento nacionalista. Fuimos muchos los compañeros que disfrutamos de sus charlas en el departamento, a medio terminar, que ocupaba en la calle Chile al 1800.

Cuando regresó a Bolivia fundó, con “El Compadre” Carlos Palenque, el movimiento nacionalista CONDEPA (Conciencia de Patria) siendo su gestor ideológico, llegando a ser diputado nacional en dos ocasiones (1989 y 1997), senador de la República y presidente de la Comisión de Política Internacional de la Cámara de Diputados (1997-1998).


Varias veces visitó la Argentina. En 2005 presentó el libro de su autoría “Jorge Abelardo Ramos y la Unión Sudamericana – Del Mercosur a la Patria Grande” en un acto que desbordó de público el Salón Ignacio Rucci de la sede de la CGT de la calle Azopardo.
Fue, como se ha dicho, un tenaz defensor de los gobiernos patrióticos de Ovando Candia y Juan José Torres y un militante opositor a los gobiernos cipayos que los sucedieron.
Realizó una prolífica tarea de investigación y reflexión sobre Bolivia y el destino de su pueblo, así como una constante prédica en defensa de la soberanía de sus recursos naturales, tarea que llevó adelante desde el libro y la prensa.

Al asumir como presidente Evo Morales, nombra a Soliz Rada como ministro de Hidrocarburos y le encarga la tercera nacionalización del petróleo boliviano.

Por algunos desacuerdos con el presidente Evo, renunció a su cargo, después de la nacionalización y se convirtió en figura relevante en las luchas sociales y políticas de Bolivia, en la defensa del campesinado cocalero, batallador por la salida a mar y un predicador incansable de la unidad de la Patria Grande, a punto que así se llamó el último proyecto periodístico en el que estaba embarcado junto a su hijo y sus compañeros de ideario.

Fue un gran amigo de la Argentina y un admirador del peronismo, en donde encontró amigos y compañeros que recibían con admiración y entusiasmo sus permanentes reflexiones desde su atalaya altoperuano.

Andrés Soliz Rada forma parte ya de esa galería de patriotas que dio la tierra del mariscal Santa Cruz, junto con Belzú, Carlos Montenegro, Almaraz Paz, René Zavaleta Mercado y Marcelo Quiroga Santa Cruz.

Quienes lo conocimos honramos a su memoria, intentamos seguir su ejemplo y su prédica.

Sus familiares dilectos y sus amigos y compañeros bolivianos saben que su país y la Patria Grande tienen hoy un prócer más a quien tributar honores.

Buenos Aires, 2 de septiembre de 2016.

2 de agosto de 2016

Raimundo Ongaro, el proletario de la Patria Liberada

Fui a despedir a uno de los hijos más preclaros del proletariado argentino. Fui a despedir a Raimundo Ongaro.

En el año 1968, hace casi cinco décadas, me acerqué como estudiante de derecho de la Universidad Católica Argentina a la Federación Gráfica Bonaerense, a ese primer piso, donde hoy fue velado, para formar parte de los miles de estudiantes que la convocatoria de Raimundo Ongaro y de la CGT de los Argentinos había formulado para acercarnos al mundo desconocido de la clase obrera y el movimiento sindical.

En ese mismo salón lo conocí a él, a Atilio Santillán, a Benito Romano (dirigentes legendarios de la FOTIA), a Pancho Gaitán -al que hoy volví a abrazar emocionado-, a Ricardo de Luca, a Alfredo Ferraresi y a toda esa generación de dirigentes obreros, de gremios pequeños y medianos, que nos habían llamado para luchar contra la dictadura de Onganía y Krieger Vassena.

En ese mismo salón que hoy atronó de aplausos de adiós y de gracias al longevo gigante que partía, conocí a Rodolfo Walsh y a Pajarito García Lupo, los redactores del mítico periódico de la CGT de los Argentinos. Ahí tomé contacto, por primera vez, con unos compañeros que repartían el periódico Lucha Obrera, del Partido Socialista de la Izquierda Nacional. Sus nombres aún me acompañan: Horacio Cesarini, Roberto Vera, Rodolfo Balmaceda. Y ese encuentro con ellos determinó toda mi vida adulta. Ahí me asumí como un hombre de la Izquierda Nacional, definición que aún me acompaña.

La presencia de Cristina Fernández de Kirchner, esta mañana, en ese mismo salón, puso un lazo entre aquellos años juveniles, aquellas luchas en las que fuimos tantas veces derrotados, y los últimos doce años, en los que muchos de esos ideales que llenaban esa casa de sueños y aspiraciones, se vieron realizados como políticas de Estado.

Ese mismo salón estaba hoy tan repleto de gente como lo estaba entonces, y muchos, pero muchos de ellos éramos los mismos, como yo, más grandes, con más golpes y cicatrices, más experimentados y, quizás, más sabios, pero con la misma confianza en la la victoria final de las banderas de la Patria y los trabajadores. Despedíamos a uno de los mejores, a un obrero de viejo cuño, de aquellos obreros que leían a Dostoyevsky en la linotipo mientras componían las galeras, de cuyas manos y de su artesanal capacidad salían libros, periódicos de combate, volantes insurreccionales y llamamientos a aplastar al monstruo burgués. Despedíamos a un hombre con una vida cruzada por la lucha, por el enfrentamiento último y decisivo entre explotadores y explotados, lucha en la que había perdido todo o casi todo, menos el diamante resplandeciente de su voluntad y su compromiso con sus hermanos de destino.

Con Raimundo Ongaro se ha ido una parte riquísima de la historia de la clase obrera argentina, de la columna vertebral del peronismo, de la que saldrá a la calle con los dirigentes a la cabeza o con la cabeza de los dirigentes, como rezaba su consigna convertida en banderola, en cuadros de Carpani, en cánticos callejeros, en piedras contra la opresión del país de la oligarquía y el imperialismo.
Hoy volvimos a encontrarnos, como digo, muchos de los que llenábamos ese salón donde despedimos al gigante. Pero también encontramos a muchos, muchos más que habían nacido veinte, treinta años después de esos días y que, sin embargo, volvían a dar sus votos por la misma lucha que encabezó de modo ejemplar el inolvidable Raimundo Ongaro. Solo la muerte inevitable pudo vencerlo. Pero el milagro de la vida se extendía en los miles de jóvenes, hombres y mujeres, que hoy también le dieron el adiós al dirigente sin par.


Buenos Aires, 2 de agosto de 2016

1 de agosto de 2016

La entrevista de Cristina Fernández de Kirchner con Roberto Navarro



Finalmente, Cristina Fernández de Kirchner fue entrevistada frente a frente por el periodista Roberto Navarro. El encuentro fue largo, amplio y bastante exhaustivo. Es decir, tocó buena parte de los temas que preocupan a los ciudadanos y algunos que preocupan a sus seguidores más fervorosos. Y dejó de tocar otros, por prudencia política en algunos casos, y por astucia, en otros.
Es necesario reiterar aquí lo que dijimos con respecto a Cristina en la entrevista con algunos corresponsales extranjeros: es muy difícil sustraerse a la admiración intelectual que produce esta mujer. Lo primero que impacta a un espectador es eso, su prodigiosa memoria en cuestiones de detalle, su permanente manejo de lo que está diciendo -no habla para llenar el silencio-, su visión del conjunto político, nacional, latinoamericano e internacional, y su capacidad para transmitirlo. Una sola de esas virtudes ya bastaría para convertirla en una figura destacada. La suma de ellas, más su gestión presidencial, la han convertido en la principal figura política del país, con una presencia -positiva o negativa, no importa- en la opinión pública solo comparable a la del presidente.
De modo que estas reflexiones surgen sobreponiéndose al, insisto, magnetismo que provoca su personalidad.
La entrevista con los corresponsales extranjeros -casi podríamos decir latinoamericanos, ya que la representante de Al Jazeera, la única agencia extracontinental presente, es argentina-, en mi opinión, intentó dirigirse al público extranjero y, casi diría, a los políticos extranjeros, a quienes fueron sus interlocutores durante ocho años de gobierno, defendiéndose de los mendaces ataques de la prensa monopólica y del sistema judicial corporativo.
Por el contrario, esta entrevista estuvo claramente destinada al público argentino. Intentó, en mi entender, hacer conocer qué piensa, cómo ve el presente, el futuro inmediato y qué papel cree que le compete en estos tiempos.
Respecto al gobierno y a sus políticas, Cristina hizo hincapié en los efectos económicos desastrosos que las medidas oficiales tenían en la vida de los argentinos. Defendió, obviamente, su administración y el núcleo central de sus políticas de gobierno, reivindicando una política que caracterizó como capitalista, de desendeudamiento, de reindustrialización y crecimiento del consumo interno. Ratificó sus políticas de subsidios sobre los servicios esenciales -electricidad y gas- y rechazó las críticas acerca tanto de la inflación como de la corrupción durante sus gobiernos.
A una pregunta de Navarro sobre algún tipo de autocrítica a los aspectos económicos de su gestión, Cristina eludió la respuesta y se refirió a cierta mala relación con el mundo empresarial.
En el plano político, los puntos más destacados, en mi opinión, fueron:
Primero que todo, su afirmación de que no tiene planes. Más allá del carácter personal que le dio a esta reflexión, creo que la expresión, de boca de una política avezada y astuta, tiene el sentido de un “iremos viendo”. La realidad le irá aconsejando que papel cumplir, dónde y cómo jugar.
Su rechazo a ser oposición y su deseo de construir poder de masas. Con esto, creo, aleja toda idea de convertirla en conductora, ya sea del peronismo, como de la oposición en general. Como hemos dicho en otra oportunidad, Cristina es la dirigente con mayor perspectiva de votos, cuya opinión, gestos y movimientos generan hechos políticos y con el activo de seguidores más importante. Pero no se ha propuesto ni quiere conducir otra cosa que no sea su espacio.
Su idea acerca de que los límites para esa construcción es el mapa y los genocidas. Esto abre un interesante espacio para la reorganización política y las alianzas en vistas a las elecciones de 2017 y vuela por los aires el esquematismo que impregnó la política entre los militantes del kirchnerismo en los últimos meses.
Su escasa consideración acerca de las estructuras políticas vigentes, tantos sea políticas como sindicales. Con respecto al movimiento sindical, la comparación con el accionar de los estudiantes secundarios y su idea acerca de que los dirigentes gremiales dejan mucho que desear, aunque hay excepciones, ratificaron la poca importancia que la ex presidenta otorga al movimiento obrero. En este punto, el mensaje que quedó de sus palabras es una mayor confianza en la aparición de movimientos de base de tipo asambleístico que en las organizaciones gremiales.
Este último es, sin duda, uno de los puntos de mayor conflictividad en el seno del movimiento nacional y popular, en general, y del peronismo en particular. Cuando es evidente que se está haciendo un verdadero esfuerzo por encontrar puntos de coincidencia que permitan unificar la organización de los trabajadores, cuando se habla de una convocatoria a una huelga general -que el propio Roberto Navarro mencionó en el reportaje- esta pertinacia en el juicio crítico a los sindicatos y sus direcciones -elegidas, como se sabe, por sus propias bases- aleja a un actor principalísimo en la construcción de esa mayoría y descoloca a los dirigentes amigos o con simpatías con su persona en la discusión interna del sindicalismo.
En suma, en mi opinión, la entrevista aclara y consolida nuestra apreciación anterior acerca de su intención de no incidir en el movimiento peronista, en su voluntad de construir un nuevo espacio y en su apelación a formas no organizativas de luchas de tipo asambleístico y de base.
Consolida también la impresión de que la ex presidenta sigue estando muy por encima del promedio de los políticos argentinos.
Buenos Aires, 1° de agosto de 2016