21 de noviembre de 2016

Trump o el discreto encanto de una criminal serial

Los norteamericanos, antes que especialistas y estadistas, son entusiastas y deportistas, y sería contrario a la tradición norteamericana realizar un cambio fundamental sin que se tome partido y se rompan cabezas.
León Trotsky, carta al pueblo norteamericano. 23 de marzo de 1936.

En los Estados Unidos hay una gran cantidad de médicos, ingenieros, abogados, dentistas, etc., unos prósperos y otros camino de la prosperidad, que comparten sus horas de ocio entre los conciertos de celebridades europeas y los asuntos del partido socialista.
León Trotsky, Mi Vida, 1928.


Las elecciones presidenciales de los EE.UU. me trajeron a la memoria estas citas del revolucionario ruso enterrado en suelo latinoamericano. Recordé otra, que no pude hallar en mi biblioteca, por lo que la cito de memoria. En algún lado, Trotsky sostenía que los norteamericanos eran el único pueblo sobre la tierra que había llegado al capitalismo sin haber pasado por el Renacimiento. Quería decir con ello que la burguesía norteamericana no se había forjado a lo largo de un prolongado período que implicó no solo el desarrollo de las fuerzas productivas sino una secular acumulación cultural, una sedimentación de tradiciones humanísticas que se remontaban a los griegos, como lo hizo la burguesía europea, sino que pasó, en el curso de menos de un siglo, de una economía agraria a la más desarrollada economía industrial y a un prodigioso desarrollo técnico.
Carecía esa burguesía del refinamiento espiritual de la burguesía inglesa, esos gentilhombres rurales convertidos en fabricantes industriales que describe John Galsworthy en La Saga de los Forsyte. Ni tampoco poseía el “spleen” de esos “flaneurs” a los que Baudelaire representa y Walter Benjamin describe y analiza. La burguesía norteamericana, la que protagoniza los libros de Henry James, es simple, vital, arrolladora, mal educada, guaranga, para usar un adjetivo caro a Don Arturo Jauretche.
O para decirlo con palabras de Rubén Darío: “Sois ricos. / Juntáis al culto de Hércules el culto de Mammón; / y alumbrando el camino de la fácil conquista, /la Libertad levanta su antorcha en Nueva York”.
El New Deal
En 1930, esa burguesía que no había cesado de crecer y enriquecerse desde el final de la Guerra de Secesión y que ya había abandonado ese proteccionismo que Ulyses Grant soñaba para doscientos años1, se encuentra con que las nociones del libre mercado y la espontánea armonía que genera la ley de la oferta y la demanda han dejado de servir. El desplome del mercado bursátil, producto de una crisis cíclica del capitalismo, ha dejado a EE.UU frente a millones de desocupados, familias empobrecidas lanzadas a la calle por los bancos que ejecutan, por incumplimiento, las hipotecas sobre sus viviendas, compañías electricas privadas más preocupadas por la cotización de sus acciones en Wall Street que por aumentar la producción y distribución del fluído.
Una grieta gigantesca dividió a la sociedad norteamericana, pero sobre todo a su clase dominante. La preeminencia del sector financiero había destruído las fuerzas vitales del país y amenazaba al sector industrial. Una crisis de hegemonía entre las clases dominantes dió como resultado la presidencia de Franklin Delano Roosevelt y la aparición de las políticas económicas que se conocieron como el “New Deal”, traducido generalmente como el Nuevo Trato, pero que debería ser el Nuevo Acuerdo, ya que expresa la propuesta que Roosevelt le hace a los norteamericanos en su discurso de asunción.
Por primera vez, desde los tiempos del viejo Grant, el Estado se convertía en motor esencial del desarrollo económico y no solo eso, sino también, con la creación de la Autoridad del Valle de Tennessee, en el principal productor de energía eléctrica. Con esta empresa estatal federal, EE.UU. proporcionaron energía electrica a los estados, municipios y cooperativas locales. Permitió la navegación de las ríadas del río Tennesse y el aprovechamiento de sus saltos de agua, a la vez que acercó energía electrica con precios subsidiados a las áreas rurales y a las empresas creadas a partir del impulso estatal. El estado se convirtió en el principal productor de energía, pero también en el más importante distribuidor de la misma, sirviendo, además, como regulador de su precio.
También se puso en marcha un gigantesco plan de infraestructura, así como beneficios directos a las empresas y un proceso de sindicalización de los trabajadores que, a partir de ese momento, se sentirían tradicionalmente representados por el Partido Demócrata.
Este histórico partido norteamericano pasó de representar a los sectores esclavistas durante la Guerra de Secesión, a una expresión de los sectores medios norteamericanos, a principios del siglo XX, defensor del aislacionismo en su política internacional. Lo paradójico fue que, justamente, el apóstol del aislacionismo en las cuestiones europeas, Woodrow Wilson, fue quien hizo entrar a EE.UU. en la primera guerra mundial. Wilson también fue el creador y protagonista del llamado “imperialismo moral”, una visión que autorizaba a los EE.UU. a intervenir, sobre todo en América Latina, en todos aquellos países donde no se respetasen, según su opinión, los intereses norteamericanos. Wilson fue tambien quien inició las obras del canal de Panamá.
Será recién con Franklin D. Roosevelt que el Partido Demócrata comenzará a ser visto como el más cercano a los intereses del pueblo norteamericano y, sobre todo, de su clase obrera. Hay que puntualizar que la crisis del 30 y los años posteriores vieron una creciente combatividad de la clase trabajadora industrial norteamericana, un gran crecimiento del partido comunista y otras organizaciones socialistas, que ayudaron sin duda al triunfo electoral de Roosevelt. La literatura americana expresó, en escritores como John Steinbeck, John Dos Passos o Edmund Wilson, la dureza, la miseria y la desesperanza de esos años conocidos en la historia norteamericana como “la Gran Depresión”. El argentino Liborio Justo viajó como becario a Nueva York y registró en notables fotografías de un descarnado realismo social los rostros de esos trabajadores deshauciados.

En 1930, sobre la base de esta nueva concepción del papel del estado en la economía, la burguesía norteamericana adquirió un nuevo aliento, controló al sector financiero y bancario, impuso objetivos y metas en la actividad económica y refrescó en el pueblo norteamericano su adhesión a los ideales nacionales que la crisis había puesto en juego.
La guerra consolidaría la economía que el New Deal había puesto de pie y la posguerra, con su demanda postergada, ofrecería ante el mundo a unos EE.UU. triunfantes, arrolladores e imperialistas, reemplazando al viejo Imperio Británico en retirada.
Pero los criterios elaborados durante el New Deal que dieron lugar al llamado Estado de Bienestar continuaron vigentes en los EE.UU., a lo que se sumó una creciente incorporación social y política de la población afroamericana, después de una dura lucha política, que incluyó desde Martin Luther King hasta Stokely Carmichael, los Panteras Negras y Malcolm X.
El Neoliberalismo
En 1981, el triunfo de Ronald Reagan puso en marcha un proceso que pondría fin al Estado de Bienestar que caracterizara a las sociedades imperialistas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Paulatinamente el sector financiero pasó a hegemonizar una nueva etapa de un capitalismo que, con la caída de la Unión Soviética, se convirtió en global, en planetario.
A partir de ese momento, se descarga sobre el mundo un proceso de financierización del viejo capitalismo rescatado por Keynes de la crisis del '29. Una actualización de las viejas teorías liberales smithianas, reinterpretadas por Fridrich Hayek y la Escuela deEconomía de Chicago, con Milton Friedman y George Stigler, quienes habían obtenido el Premio Nobel de Economía en 1976 y 1982 respectivamente. Fue en esos años que aparecieron dos conceptos nuevos en la política mundial, neoliberalismo y neoconservadurismo (o neocons, en su abreviación periodística). El primero, como se sabe, se refiere a esa reinterpretación brutal, darwinista y, sobre todo, imperialista y monopólica del autor de La Riqueza de las Naciones. El segundo se refiere a una actualización del viejo conservadurismo norteamericano, con la incorporación, en buena medida, del viejo “imperialismo moral” de los tiempos de Wilson. EE.UU., según esto, tiene el derecho y la obligación de intervenir militar y políticamente en todos los lugares donde, en su opinión, se estén violando la democracia, el libre mercado y los intereses norteamericanos.
La desaparición del bloque soviético, en el plano de la política, y el desarrollo de la computación y robotización en los procesos productivos ofreció la ilusión de que el capitalismo había triunfado en su guerra fría con el desafío colectivista. La fantasía de la desaparición del trabajo humano y la posibilidad de convertir a D en D', sin pasar por M, es decir salteando el necesario proceso de producción, llenó miles de páginas de libros, revistas y periódicos. En la Argentina aparecieron, como un reflejo simiesco de estas elucubraciones, los admiradores de la pareja formada por Alvin y Heidi Toffler, una especie de Bonnie & Clyde de la industria editorial2.
Con el gobierno de George Bush, padre, se desplegó la política neocons, con la intervención en Panamá, para derrocar a Noriega, y la primera Guerra del Golfo como expresión del neoimperialismo moral. Mientras tanto, el economista del Banco Mundial, John Williamson, acuñaba el concepto Consenso de Washington: las normas que los organismos de créditos internacionales imponían como las políticas económicas a seguir por los países periféricos: liberalización de los mercados comerciales y financieros, la estabilidad macroeconómica, la reducción drástica del Estado y la confianza en las fuerzas del mercado como regulador de la economía. Esto, que tendría dramáticas consecuencias en las economías latinoamericanas, comenzó a minar en el mediano plazo a las economías centrales. La firma del NAFTA, en 1990, fue entonces la culminación de un proceso de globalización regional dictado por las grandes empresas y el capital financiero. Con ello comenzará también una paulatina desindustrialización de los EE.UU. con empresas que se trasladan a México buscando mano de obra barata y produciendo, simultáneamente, una descomunal descomposición social tanto en este país, como en los propios EE.UU.
Los ocho años del presidente William Clinton consolidaron la tendencia. EE.UU. destruyó la antigua Yugoslavia y fortaleció, dentro de la OTAN, una política de hostilidad sobre Rusia. Con Clinton se estabilizó plenamente el control del sector financiero sobre la economía norteamericana y mundial. La Unión Europea lanzó el euro como moneda regional y toda la economía de la región comienza a sentir el rigor del Banco Europeo controlado por Alemania. Los países del Este europeo que se iban incorporando a la Unión vieron sus economías regidas por el neoliberalismo y vivieron, transitoriamente, las mieles de una moneda fuerte que genera la ilusión de fortaleza económica. Los efectos embriagadores del “uno a uno” del menemismo fueron comunes a toda la Europa regida por el Euro. La crisis financiera mexicana de 1994 puso en cuestión todo el andamiaje conceptual, pero el capital financiero pudo imponer su corsé de hierro. La región se endeudó a niveles casi incontrolables, mientras se producía un gigantesco proceso de desocupación, marginación y desindustrialización fomentado por importaciones baratas y un dólar que paulatinamente se había devaluado, por la improductividad de nuestras economías financierizadas.
Los gobiernos de Bush hijo no hicieron más que profundizar estos rasgos en la economía y en la sociedad norteamericanas. A la vez se destruía Irak, con la Segunda Guerra del Golfo, y los EE.UU. privatizaban sus fuerzas armadas, con la aparición de las empresas militares como la ex Blackwater, hoy Academi, especie de ejército condotiero del poder financiero de Wall Street y Londres.
Lentamente, los trabajadores norteamericanos comenzaron a sufrir un proceso de empobrecimiento, pero, además, de desclasamiento. Pasaron de ser trabajadores industriales, con altos salarios y poderosos sindicatos, a desocupados subsidiados, en condiciones de enorme precariedad, en barriadas en decadencia, sin porvenir, sin salud pública y sin educación ni cultura. Los hijos de aquellos obreros de Illinois, que en la década del 50 y del 60 habían protagonizado históricas huelgas, que alcanzaron ocupaciones de fábricas reprimidas por la Guardia Nacional, vegetan en empleos de repositores de Wall Mart o vendedores de McDonald's.
Los gobiernos de Barack Obama, un hombre de color -no descendiente de esclavos, es necesario aclarar, ya que su padre era nacido en Kenya-, escogido y formado por el influyente Zbigniew Brzezinski -el ideólogo del acoso a la URSS, en su momento, y a Rusia, en la actualidad, y el gestor de la terrible guerra de Irán e Irak- no hicieron otra cosa que ratificar y afianzar el poder financiero. Después de su fallido intento de imponer un sistema de salud que contemplase las ingentes necesidades del pueblo norteamericano, Obama no hizo sino ceder espacio al capital financiero, entregar dinero público a los bancos, después del estallido de las burbujas especulativas, abandonando, hacia adentro del país, toda preocupación vinculada al empobrecimiento de la clase media, blanca, negra y latina.
En el plano internacional, el inexplicable Premio Nóbel de la Paz lanzó guerras criminales contra Libia, en primer lugar, uno de los países de mayor estabilidad política de la región, y, posteriormente, contra Siria, otro país que a lo largo de los últimos cincuenta años había mantenido una singular estabilidad. Es inolvidable, por lo tenebrosa, la escena de su Secretaria de Estado, Hillary Clinton, celebrando impúdicamente el vil asesinato de Mohamed Ghadaffy, que convirtió su país en un espantoso lodazal, despedazado por enfrentamientos tribales que sus agentes han fomentado.
Mientras en Europa, el mismo virus del neoliberalismo globalizador financiero fue imponiendo exactamente los mismos resultados. El conjunto de los países que conforman la UE han achicado sus estructuras industriales productivas y la especulación y los negocios financieros han reemplazado a las fábricas y los talleres. Los terribles bombardeos y la constante guerra contra los países del Medio Oriente han generado la más explosiva situación de migraciones de poblaciones enteras sobre el presunto y presumido bienestar europeo. Los países de su periferia -Irlanda, Portugal, Grecia, España- comenzaron hace ya un tiempo a sentir el cinturón de acero del Banco de Europa y las dificultades que cada uno de estos países encuentra para solucionar sus problemas. Los remedios que han dado sus organismos financieros no han hecho más que echar nafta al fuego, imponiendo el cerrojo de una deuda creciente con la consiguiente pérdida de soberanía.
Es en esta situación, y después de este desarrollo, que el pueblo de los EE.UU. decidió elegir a Donald Trump y su discurso productivista, aislacionista y proteccionista contra la hipocresía de Hillary Clinton que le aseguraba continuar con el empobrecimiento, la desocupación y los empleos basura. Repatriar las empresas fabriles que se fueron del país buscando mano de obra barata, alejarse de los conflictos mundiales, abandonar a Europa y acercarse a Rusia, replantear la relación con China fueron los temas centrales de su campaña. Una impronta racista contra la inmigración mexicana y la insistencia en terminar un muro en la frontera sur del país -que el gobierno de Obama ya construyó en sus dos terceras partes- permitieron al conglomerado monopólico mediático presentar al rubio millonario como una amenaza contra la armonía de las naciones y la paz mundial. Esta campaña, en defensa de una verdadera criminal de guerra, una cínica desalmada como la candidata demócrata, movió a una parte de los sectores de clase media de las grandes ciudades, pero no logró la simpatía de los EE.UU. profundos, de sus estados “flyover”, como recordó el historiador Daniel James, en una nota iluminadora por lo singular de sus opiniones, en el diario Página 123.
El pensador y politólogo brasileño Roberto Mangabeira Unger decía en un reportaje publicado por la BBC4: “En resumen, la elección de Trump es la rebeldía de la mayoría trabajadora blanca del país contra su abandono. Ahí la crítica debe ser: Trump no es una respuesta adecuada. Pero en política todo tiene que ver con las alternativas. Entonces, ¿qué es mejor? ¿Continuar con esa ortodoxia conservadora del Partido Demócrata o dar vuelta la mesa? Esas son las alternativas reales de la política real. A partir de esa revuelta en Washington, los americanos deben buscar una respuesta más adecuada y seria para el problema que la elección de Trump revela”.
Y a otra pregunta, contesta Mangabeira Unger: “La base esencial de la elección de Trump fue el gran vacío creado en la política americana, hace medio siglo, por el abandono de los intereses de la mayoría trabajadora blanca del país. El Partido Demócrata substituyó el proyecto del New Deal por concesiones a los intereses de las minorías y por la representación de una visión del mundo de la clase que vive en los suburbios ricos”.
Conclusión
La campaña electoral y el resultado de las elecciones han hecho evidente una crisis de hegemonía dentro de las clases dominantes globales. Eso es un acontecimiento de importancia transcendental, tan poco frecuente como el paso del cometa Halley. Ha sido a través de estas grietas aparecidas en el sistema hegemónico como nuestros países y nuestros pueblos han encontrado un camino para su independencia y soberanía.
Para nuestros países de América Latina implica un replanteamiento de las políticas llevadas adelante por los sectores oligárquicos, agroexportadores y financieros. Y para los sectores populares implica una ratificación de la búsqueda de caminos basados en la autarquía del capital imperialista, de autonomía de nuestras economías y, una vez más, de recreación de un gran espacio continental para el desarrollo de nuestras fuerzas productivas.
Todo indica que tanto el NAFTA como el TISA y otros tratados globalizadores serán revisados, si no simplemente desarticulados. Ya, pocos días después del martes del triunfo de Trump, caía el Tratado Transpacífico (TTP), un engendro supraestatal que ponía a nuestros estados nacionales bajo la jurisdicción de los grandes monopolios norteamericanos.
El desconcierto se ha impuesto sobre el gobierno argentino que, como el mexicano, hizo campaña por Hillary Clinton. La canciller argentina de nacionalidad extranjera, Susana Malcorra, tuvo que tocar el portero eléctrico de la Trump Tower para intentar hablar con uno de los cinco hijos del presidente electo. Toda política de fortalecimiento industrial de EE.UU. significará un aumento de las tasas de interés a la vez que un fortalecimiento del dólar frente al peso. El cacareado blanqueo de capitales encontrará escollos para su implementación, mientras que la irresponsable política de endeudamiento se enfrentará a un aumento del interés, poniendo al gobierno, y a nuestra economía, en situación crítica. La lluvia de capitales, postergada semestre tras semestre, seguramente deberá sufrir nuevas postergaciones, mientras en el mundo se construyen nuevas alianzas que pueden cambiar el escenario mundial.
Sin duda, el triunfo de Trump y, sobre todo, la puesta en marcha de las políticas prometidas en campaña ofrecen un nuevo punto de lanzamiento para las políticas nacionalistas, de industrialización autónoma y justicia social del peronismo. Así lo entendió rápidamente Cristina Fernández de Kirchner, con gran incomprensión por parte de buena parte de sus colaboradores más cercanos, preocupados por los toscos gestos, el desenfado machista y el histrionismo del nuevo presidente norteamericano. Es momento de reflexionar en términos estratégicos con el convencimiento de que el mundo ha cambiado.
Buenos Aires, 21 de noviembre de 2016.

1“Durante dos siglos Inglaterra ha usado el proteccionismo, lo ha llevado hasta sus extremos, y le ha dado resultados satisfactorios. Después de esos dos siglos, Inglaterra ha considerado conveniente adoptar el librecambio, por asumir que el proteccionismo ya no le puede dar nada. Pues bien, señores, mi conocimiento de mi patria me hace creer que, dentro de doscientos años, cuando Norteamérica haya obtenido del régimen protector todo lo que este puede darle, adoptará firmemente el librecambio”. Arturo Jauretche, Política Nacional y Revisionismo Histórico, página 32, Corregidor, 2011, Buenos Aires.
2 En 1985 publiqué un artículo en el periódico Izquierda Nacional donde decía: “Rodolfo Terragno, un periodista radicado en Londres -y que alguna vez supo entender la naturaleza dependiente de nuestro país y el carácter parasitario de su clase dominante- es el apóstol vernáculo y sus seguidores se reclutan, fundamentalmente, entre los innumerables licenciados y doctores salidos de nuestras universidades. Y su público lo forman diputados, senadores -oficialistas y opositores-, ministros y hasta el propio presidente. Como poco dotados Habsburgos, pierden horas invalorables escuchando a los modernos curanderos”.
3 Desde 1980, el único grupo demográfico de la población estadounidense cuya tasa de mortalidad aumentó es el de la clase trabajadora blanca de más de cuarenta años, concentrado en lo que despectivamente se llama “flyover country”, el país sobre el que se pasa en avión. Cada vez más estadounidenses de clase trabajadora coinciden con el gran comediante George Carlin cuando dijo, sobre el sueño americano del que Ariel habla con tanta nostalgia: “Se llama sueño americano porque para creer en él tenés que estar dormido”. https://www.pagina12.com.ar/3944-america-se-rebela

18 de noviembre de 2016

El día que se reanudó el reposo por yerros alterado

Era un día horrible. Llovía sin parar. Soplaba un viento frío y el presidente usurpador había movilizado más tropas que la campaña del Desierto de Julio Argentino Roca. El aeropuerto General Pistarini de Ezeiza estaba rodeado por miles de soldados, oficiales, tanques de guerra y armamento pesado. El objetivo de ese impresionante despliegue militar de un ejército que hacía más de cien años que no luchaba contra el extranjero -si consideramos como tal a los hermanos paraguayos en la devastadora Guerra de la Triple Alianza- tenía como finalidad impedir que el pueblo de la República pudiera llegar hasta las instalaciones del aeropuerto para recibir al general Juan Domingo Perón quien, después de 17 años de exilio y proscripción, volvía a su patria. Lo ocurrido esa jornada con las columnas de peronistas cruzando el río Matanzas, con millones de argentinos esperando ver por televisión la llegada de Perón, forma parte ya de la historia. Vale la pena, creo, reflexionar sobre el significado que tuvo ese día, habida cuenta de que las generaciones posteriores a esa fecha no pudieron vivir su trascendente impacto en la conciencia popular argentina.

Juan Domingo Perón fue el proscripto y el desterrado de la Argentina. Las dictaduras militares golpistas y los gobiernos civiles surgidos de la proscripción eran, en muchos casos, permisivos y tolerantes. Establecieron, por ejemplo, la plena autonomía universitaria -hasta 1966-, donde estudiantes y profesores podían votar democráticamente a quien quisieran. El Instituto Di Tella y Marta Minujin podían escandalizar a los transeúntes de Florida y Charcas y, aún escandalosamente, Monseñor Podestá podía reclamar su derecho a amar legítimamente a una mujer. Lo único que verdaderamente no se podía hacer en la Argentina era votar a Perón, que era el único candidato a quien nuestras multitudes querían votar. Durante 17 años, los peronistas -es decir, la mayoría del país-, hizo huelgas, tomó fábricas, saboteó maquinarias, repartió panfletos, llenó las asambleas sindicales, ocupó plazas de todo el país tras el mítico símbolo de la P puesta sobre una V, Perón Vuelve. El presidente radical Arturo Illia, ungido como el paladín de la democracia, no vaciló, en diciembre de 1964, en solicitar a la dictadura brasileña que detuviese al general Perón en el Aeropuesto del Galeão, para impedir que abordase el avión que lo traería a la Argentina.

La información que con mayor avidez leían los estados mayores de las tres Fuerzas Armadas eran los diagnósticos médicos sobre la salud del general radicado en Madrid. Los espías que enviaban a España se convertían en especialistas médicos, que debían interpretar análisis de sangre, de orina y, hasta, de materia fecal de un hombre ya anciano cuyo fallecimiento era esperado día tras día. En su ceguera gorila, solo la muerte del exilado podría permitir la plena vigencia de los derechos constitucionales de los argentinos.

Esa jornada, la del 17 de noviembre de 1972, era la culminación de años de enconada lucha, era el primer paso hacia la plena vigencia de la soberanía política de los argentinos. El presidente militar Alejandro Agustín Lanusse había desafiado al proscripto a presentarse a la Argentina antes del 25 de agosto, con el solo objeto de imponerle su voluntad. “A Perón no le da el cuero” para venir, había desafiado en el Colegio Militar. La mayoría del país había recogido el guante del desafío y el regreso de Perón, en el momento en que él lo determinara, se había convertido en bandera y estaba decidida a garantizarlo.

Esa tarde lluviosa, inclemente como la historia, millones de argentinos lloraron de emoción, de orgullo. Perón había vuelto, estaba pisando tierra argentina y se lo podía ver, en blanco y negro, por los canales de televisión. La historia había recomenzado y el pueblo argentino podía decir, por fin, con Miguel Hernández:

Lo que haya de venir, aquí lo espero
cultivando el romero y la pobreza.
Aquí de nuevo empieza
el orden, se reanuda
el reposo, por yerros alterado,
mi vida humilde, y por humilde, muda.

Y Dios dirá, que está siempre callado.


17 de octubre de 2016

La Lealtad, Los Montoneros que se quedaron con Perón

Este libro hacía falta. Quienes comenzamos nuestra militancia política a fines de la década del '60 del siglo pasado -militancia que afortunadamente hemos podido continuar, en el nuevo siglo, con las mismas banderas, la misma convicción y firmeza, aunque quizás con menos resuello- teníamos necesidad de un estudio histórico documentado de uno de los momentos cruciales de aquellos años.
Por razones políticas, de concepción ideológica y de valoración de la política de masas, quien esto escribe se alejó muy joven de las propuestas que entonces se formulaban con ahínco acerca de “la lucha armada” y de las teorías que entonces llegaban desde Cuba, de la mano de la admiración al martirio del Che Guevara. Proveniente de las filas del catolicismo postconciliar, me aparté tempranamente de un camino que me pareció políticamente errado e inconducente y desde una alternativa que privilegiaba la política y la lucha de masas, discutí privada y públicamente con las propuestas “guerrilleras” que, desde el marxismo y el peronismo, ilusionaban a nuestros, entonces juveniles, contemporáneos. Desde la Izquierda Nacional -de Jorge Abelardo Ramos y Jorge Enea Spilimbergo- criticamos tanto al ERP como a Montoneros, convencidos que ese camino terminaba necesariamente en una masacre de las fuerzas populares y, en el caso de Montoneros, en un enfrentamiento con quien expresó hasta su muerte la voluntad popular: el General Juan Domingo Perón.
De ahí que la aparición de la JP Lealtad fue recibida por nuestro sector con alegría y entusiasmo. Pude estar presente en el palco montado bajo la Casa Rosada aquella tarde en que el por tercera vez presidente de los argentinos, con una furia que se le veía en el rostro, calificó de “imberbes” a quienes, desde la Plaza de Mayo, entonaban insultantes cánticos contra Perón y su esposa. Y fui testigo del abandono de la Plaza por parte de esos sectores.
El libro “La Lealtad, los Montoneros que se quedaron con Perón” (de Aldo Duzdevich, Norberto Raffoul y Rodolfo Beltramini, Sudamericana, 2015) ilumina el duro camino que aquellos jóvenes recorrieron para evitar lo que fue inevitable: que la conducción de la organización armada pretendiese reemplazar al anciano líder en la conducción del movimiento nacional. Pretensión que tuvo, como corolario a una suma de nefastos errores de concepción, el asesinato cobarde del Secretario General de la CGT, José Ignacio Rucci.
Ahí podemos leer, con gran profusión documental, los intensos debates, las sórdidas roscas y maniobras que precedieron a ese día terrible. Y también encontramos la pasión revolucionaria, las profundas convicciones humanistas e igualitarias que llevaron a gran parte de una generación -la mía- a dedicar su vida a la militancia política en el seno de la fuerza que desde hace más de 70 años expresa los ideales de independencia, soberanía y justicia del pueblo argentino.
Algunas de las cosas que en él se cuentan las sabíamos desde entonces de primera mano. Muchas otras no, ya que se producían en el seno de una difícil situación de semiclandestinidad y de enfrentamientos diversos. Y el libro permite recordar a unas y conocer las otras, poniendo una necesaria luz a ese momento de nuestra vida política.
El renacimiento de la lucha política generado durante los gobiernos peronistas de Néstor y Cristina trajo aparejado un renacimiento de una visión idílica de aquellas organizaciones armadas y su dirección. Las nuevas generaciones, que no conocieron aquellos hechos, corren el riesgo de idealizar el accionar de aquellos grupos, como respuesta a la criminal visión impuesta por la dictadura cívico militar y su “guerra sucia” contra el pueblo argentino. El libro, sus testimonios, la génesis del enfrentamiento en el seno de Montoneros, aporta otra interpretación más completa y equilibrada sobre aquellas jornadas y pone realismo a una idealización que, como tal, no puede sino generar confusión y nuevos desvaríos. Desde su mismo título, los autores ponen el correcto eje de todo intento hermenéutico de las decisiones políticas en la Argentina desde 1945.
La Lealtad” es una lectura imprescindible tanto para quienes se acerquen por primera vez a la acción política en el seno del movimiento nacional, como para quienes se den a la tarea de escribir la historia de aquellos años.

Buenos Aires, 17 de octubre de 2016

13 de octubre de 2016

IDENTIDAD CULTURAL LATINOAMERICANA, BASE DE NUESTRA INTEGRACIÓN

Este es el texto de mi ponencia presentada en la Asamblea de la Confederación de Parlamentarios de las Américas, realizada en la Cámara de Diputados de Salta, el 12 de octubre de 2016

Honorables parlamentarias y parlamentarios presentes, señoras y señores, amigas y amigos:

En primer lugar quiero agradecer al senador mexicano y presidente de COPA, don Miguel Angel Chico Herrera, y a la Licenciada Yizbeleni Gallardo por esta gentil invitación a participar en esta Asamblea Anual de COPA.

Celebro también que en la misma haya un lugar para reflexionar sobre lo que quizás sea la más acuciante y decisiva de las siempre acuciantes y decisivas cuestiones que involucran a nuestro continente: la integración latinoamericana, la unidad política y económica de los pueblos que hablamos las lenguas de Camões y de Cervantes, sin la cual se hace imposible todo encuentro real, equitativo y verdadero con los pueblos que heredaron su lengua de Chaucer y Shakespeare.

Y no puedo dejar de mencionar que agradezco a la casualidad - “la necesidad se abre paso a través de la casualidad”, se afirmó alguna vez en el siglo XIX- de que el día para este encuentro haya sido el 12 de octubre, el día en que, en 1492, por primera vez se obtiene la experiencia del mundo como comunidad universal, el día en que el mundo descubrió un Nuevo Mundo, un mundo completo.

Y este hecho tiene directamente que ver con esta identidad cultural latinoamericana que, con sus riquísimos matices y vertientes, ha conformado una unidad histórica a lo largo de más de cinco siglos.

Tres son, en principio, los elementos que han nutrido y nutren esta cultura latinoamericana.

En primer lugar, por preeminencia histórica, las culturas originarias, las de esas civilizaciones que precedieron a la llegada de los europeos y que encontraron en Rodolfo Kusch -que conoció tanto este Noroeste argentino- un afanoso intento de interpretación y comprensión. Hombres que oponían al “ser”, núcleo central del pensamiento europeo, el “mero estar”. “Vivir, consiste entonces, en mantener el equilibrio entre orden y caos, que son las causas de la transitoriedad de todas las cosas y ese equilibrio está dado por una débil pantalla mágica que se materializa en una simple y resignada sabiduría o en esquemas de tipo mágico”, dice Kusch en su América Profunda.

Ese sustrato teogónico, femenino, resignado y cuestionador radical de la existencia aún vive en los versos de las copleras andinas:

“Canten, canten, compañeros,

de qué me están recelando,

yo no soy más que apariencia,

sombra que anda caminando”.


Sobre ella se impuso la cultura europea hispánica, tanto española como lusitana, en un dramático y sangriento encuentro, en un mestizaje que implicó dominación y saqueo, pero que dejó una prodigiosa y única unidad religiosa y lingüística, donde el conocimiento científico y el afán utópico de los jesuitas, puso gramática y escritura a las lenguas ancestrales, nos llenó de formas mestizas con el milagro del barroco colonial, de los ángeles arcabuceros y de violines indios que interpretaban Las Cuatro Estaciones de Vivaldi en lo profundo de la fronda paraguaya.

Y, quizás sin proponérselo, el afán de Bartolomé de las Casas en proteger a sus feligreses chiapanecos logró que los esclavizados africanos dotaran a nuestro continente de una cultura que fue capaz de ocultar sus viejos “orixás” del amor, de la fertilidad, de la guerra, del trueno, del mar y de los bosques, tras las máscaras de dioses y santos nuevos y extraños, que forma parte constitutiva de la cultura latinoamericana.

En estos momentos, uno de esos pueblos traídos a la fuerza desde África sufre nuevamente el precio de haber sido la única rebelión de esclavos triunfante en la historia de la humanidad. El pueblo de Haití y los latinoamericanos lloramos hoy los más de 900 muertos por la furia de un huracán y la miseria que un injusto sistema imperial ha descargado en la tierra de Petion, nuestro primer Libertador.

Esta cultura transculturada, producto de un secular proceso de mixtura, de fagocitación recíproca, de feroz y salvaje penetración mutua, logró producir ese misterio que, con sorpresa, descubre Simón Bolívar en su Carta de Jamaica: "Nosotros somos un pequeño género humano; poseemos un mundo aparte... No somos indios ni europeos, sino una especie mezcla entre los legítimos propietarios del país y los usurpadores españoles".

A esa mezcla, no sin una gran dosis de optimismo humanista y algo de determinismo genético, el mexicano José Vasconcelos llamó “la raza cósmica”. Mas cerca de nosotros, el argentino Ramiro Podetti la describe como “la utopía antropológica de síntesis de todas las razas”.

Nacimos, entonces, unidos por el idioma, por el catolicismo de Ignacio de Loyola, por la dominación española, por un sistema colonial que sometía a los hijos de todo el continente. Y unidos y simultáneamente nos lanzamos a la independencia y a la creación de un gran estado continental.

Nuestro himno patriótico, escrito por un político metido a poeta, Vicente López y Planes, declara ante el mundo:

“Se levanta a la faz de la tierra

una nueva y gloriosa Nación”.


El himno venezolano, escrito también por otro político convertido en poeta por su pasión criolla, Vicente Salias, define el espacio de esta vocación nacional:

"Unida con lazos

que el cielo formó,

la América toda

existe en nación".


El norteamericano Waldo Frank, nacido en New Jersey, impactado por esta realidad hispanoamericana y huésped reiterado en Perú, en Santiago, en Río y en Buenos Aires, escribía en 1929: “Hace un siglo, al emprender su marcha las Repúblicas, aunque el camino era oscuro y difícil, nada parecía oponerse al lógico resultado de un nacimiento cultural. Estaban menos divididos que las partes innumerables de la Roma pagana que formaron últimamente la armonía de la Europa católica; estaban mucho menos en desacuerdo que las baronías y los condados de unidades modernas estatales como Francia, España, Alemania, Inglaterra. Y había razones suficientes para creer que el proceso natural de cambios y de conflictos produciría un concierto cultural -fuerte e individual- de la América Hispana”.

El chileno Felipe Herrera, creador del Banco Interamericano de Desarrollo, escribía en la década del 60 del siglo pasado: “Las fuerzas negativas de la geografía, la pobreza, el caudillismo, la estrecha dependencia colonial precedente y el aislamiento en que ella nos mantuvo entre nosotros, impidieron que el ideal de los Libertadores se hiciera realidad, y que la independencia política fuera a la vez el nacimiento y consolidación de una gran asociación de pueblos, porque —al revés que en otras jóvenes nacionalidades en otros escenarios— las fuerzas de la dispersión pudieron más que las de cohesión”.

Como tantas veces nos lo enseñara el gran pensador uruguayo Alberto Methol Ferré, dos eran, entonces, las grandes banderas de nuestros Libertadores: la Independencia y la Unidad nacional a escala continental. De ellas sólo una ha quedado en pie, a veces ajada y en hilachas, a veces altiva y limpia, la de la Independencia.

La realización de esa unidad es, todavía, materia pendiente, una bandera política que arrastra multitudes y un deber patriótico de esta nueva generación de latinoamericanos.

Estamos convencidos, y este es el objeto central de esta charla, de que esta identidad cultural , que es herencia, pero que también es patrimonio actual y en crecimiento, es el cimiento que da solidez y el núcleo operativo que nos impulsa y permite a los latinoamericanos la construcción de la Patria Grande que hoy se nos reclama desde la misma Roma, en la voz de Francisco.

Ante nuestros ojos, la escena mundial nos hace evidente que los viejos estados nacionales han dado paso a grandes formaciones continentales. Ya Friedrich Ratzel había descubierto en el siglo XIX que el escenario internacional estaba marcando la declinación de aquellos pequeños estados continentales surgidos de la Paz de Westfalia y la aparición de formaciones estatales superiores. Estados Unidos, al finalizar la Guerra de Secesión, era ya un pueblo continental y bioceánico. El dilatado territorio bicontinental de Rusia también era, para el el pensador alemán, una prefiguración de los nuevos paradigmas en la política internacional. Hoy, estos dos países, más China, la India y el Sudeste Asiático se han transformado definitivamente en naciones continentales, producto de la integración de amplias zonas geográficas, incluyendo en su seno varias y muy distintas naciones. De todas ellas, posiblemente sólo EE.UU. posea una unidad cultural basada en la expansión e imposición de las trece colonias sobre el vasto territorio, ocupado por pueblos originarios, por españoles, franceses y latinoamericanos. Hoy, en el país de los puritanos del Mayflower, una población superior a la población argentina habla español como lengua materna y tiene profundas vinculaciones culturales con la América Latina al sur del Río Grande.

Nuevamente traemos las palabras de Felipe Herrera. En 1962 decía en Salvador de Bahía: “No es una entidad ficticia la nación latinoamericana. Subyace en la raíz de nuestros Estados modernos, persiste como fuerza vital y realidad profunda. Sobre su singular material indígena, diverso en sus formas y maneras pero similar en su esencia, lleva el sello de tres siglos de dominación ibera. Experiencia, instituciones, cultura e influencias afines la formaron desde México hasta el Estrecho de Magallanes. Así, unitaria en su espíritu y en su fuerza, se levantó para su independencia”.

Señoras y señores:

Esta cultura es algo único en el mundo de hoy. Los parlamentarios mexicanos, para mencionar un solo ejemplo, tomaron a la noche un avión en el aeropuerto Benito Juárez de México, donde se han despedido con un “Buenas noches” de sus amigos o familiares, y ocho o nueve horas después han llegado al Aeropuerto General Pistarini de Ezeiza y los han recibido con un cordial “Buenos Días”, y si hubieran viajado cuatro o cinco horas más, hasta Ushuaia, igual habría sido el saludo de recepción. Comparen ustedes con la cantidad de lenguas que hubieran atravesado si el viaje, de tan solo cinco horas, hubiera sido entre Madrid a Moscú.

Sor Juana Inés de la Cruz, Miguel Angel Asturias, Rómulo Gallegos, Octavio Paz, Pablo Neruda, Jorge Luis Borges, Gabriela Mistral, José Rodó, Rachel de Queiroz,Nicolás Guillén, Guimaraes Rosa, Augusto Céspedes, Gabriel García Márquez oAugusto Roa Bastos, para mencionar solo algunos nombres, no son sólo hijos del solar que los vio nacer, sino producto de esta asombrosa cultura continental forjada durante más de quinientos azarosos años.

Todos nuestros músicos, de los más exquisitos a los más simples, desde el abstruso Juan Carlos Paz hasta el melodioso Juan Gabriel, pasando por todos esos maravillosos músicos y cantantes que expresan la sensibilidad de sus paisanos, deben sus armonías, su inspiración y y su tonalidad a estas tres fuentes originarias que se enriquecieron con tanto árabe, polaco, ruso, italiano, español, portugués o alemán que entreveró su sangre y sus sudores en nuestras praderas, selvas y montañas.

¿Y en las artes plásticas? Desde los paisajes pampeanos de Prilidiano Pueyrredón o desde esos legendarios telamones aztecas que fueron Rivera, Orozco y Siqueiros, cuya vinculación a nuestra cultura y a nuestras pasiones civiles no necesitan explicación, hasta el ecuatoriano Guayasamín, el maracucho Gabriel Bracho, el paulista Candido Portinari, el cubano Wilfredo Lam -ese chino hijo de la santería y el cubismo-, Roberto Matta -el chileno sin pasaporte de la dictadura- o el mendocino Carlos Alonso hasta llegar a Tarsila do Amaral en Brasil y a Marcia Schwartz y su implacable galería de personajes urbanos porteños y paisajes fluviales guaraníes, todos ellos son la manifestación más bella y rotunda de esta cultura latinoamericana que nos ha dado una personalidad definitiva en el mundo contemporáneo.

El argentino Jorge Abelardo Ramos, con concisión epigramática y precisión
quirúrgica, formuló hace ya más de cincuenta años, refiriéndose a nuestro país: “Somos un país porque no pudimos integrar una nación y fuimos argentinos porque fracasamos en ser latinoamericanos. Aquí se encierra todo nuestro drama y la clave de la revolución que vendrá”.

Aquí se encierra nuestro drama porque no logramos entrar al siglo de la industrialización, de los milagros científicos y tecnológicos, al de la universalización del planeta, con una poderosa organización social que nos permitiera dialogar en pie de igualdad con el resto de las naciones.

Cuando pueblos que hoy son muy poderosos, como EE.UU., Alemania o Italia,
lograban su unificación nacional, construyendo el espacio necesario para el pleno desarrollo de sus recursos, de sus capacidades productivas, para la eclosión del espíritu de sus hombres y mujeres, nuestro continente se fragmentaba en débiles, muchas veces escuálidos, pedazos que remedaban simiescamente las instituciones allá forjadas, pero sin la fuerza militar ni el poderío económico que respaldara con fábricas, con siderurgia y con creciente bienestar su presencia en la escena internacional. Como lo expresara, mucho más bellamente de lo que lo que yo podría hacerlo, Gabriel García Márquez, en su discurso al recibir el Premio Nóbel de Literatura: “Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos -terminaba Gabo-, el nudo de nuestra soledad”.

En este nudo de nuestra soledad se encierra nuestro drama y la clave de la revolución que vendrá no es otra que el de nuestra integración. Solo en una escala continental, con una sola voz que llegue desde el Río Bravo a la Bahía de Lapataia, estos pueblos  nuestros podrán, por fin, ser comprendidos, ser vistos como iguales, tener voz propia y estentórea.

El gran José Martí escribía, poco antes de morir en combate: “Hay que devolver al concierto humano interrumpido la voz de América, que se heló en horas triste en la garganta de Netzahuacóyotl y Chilam; hay que armar los pacíficos ejércitos que paseen una misma bandera desde el Bravo undoso, en cuya margen jinetea el apache indómito, hasta el Arauco cuyas aguas templan la sed de los invictos aborígenes, como si la arrogante América debiera, por sus lados de tierra, tener por límites como símbolo sereno tribus desde hace tres siglos no domadas; y por Oriente y Occidente, mares sólo de Dios y de las aves propias”.

Y no puedo dejar pasar la oportunidad de traer a esta Asamblea la voz del general Juan Domingo Perón, tres veces presidente argentino, profeta y apóstol de nuestra gran nación continental. Tan temprano como en 1951, cuando Europa aún se levantaba de los escombros de la Segunda Guerra Mundial y comenzaba a pensar en la construcción de la Comunidad Europea, el presidente argentino escribía: “Unidos seremos inconquistables; separados, indefendibles. Si no estamos a la altura de nuestra misión, hombres y pueblos sufriremos el destino de los mediocres”.

Nuestra unidad cultural es la piedra basal de nuestra integración continental. Podrán ser arduos, escarpados y trabajosos los caminos o los senderos que permitan una plena y autónoma industrialización de nuestras sociedades y pueblos, que es la garantía material del éxito de la misión unificadora. Largas y dificultosas podrán ser las jornadas que permitan a nuestros pueblos gozar de esas tres T que nos propone Francisco en su Reunión con los Movimientos Sociales en Bolivia: Tierra, Trabajo y Techo. 

Y mucha paciencia deberemos tener los hijos de Atahualpa, Hidalgo, Cuauhtémoc, Bolívar, San Martín y Güemes en una tarea que ha tenido y tiene grandes avances y profundos retrocesos, generosos amigos y poderosos enemigos.

Pero contamos, como hemos tratado de explicar, con una herramienta espiritual fuerte como la obsidiana y el basalto: una cultura nacional latinoamericana con una irresistible vocación universal. Es este regalo de la historia, este pueblo continental “que aún reza a Jesucristo y aún habla en español”, como escribiera Rubén Darío, el cimiento granítico que nos ha permitido resistir invasiones y tiranías y que fecunda de vida, pasión y fortaleza a más de 600 millones de latinoamericanos.

Nacimos a la vida independiente con las palabras del Inca Yupanqui, dirigida a los diputados españoles, en las Cortes de Cádiz: “Un pueblo que oprime a otro no puede ser libre”. La admonición ha sobrevivido doscientos años y hoy se dirige a todos las naciones con vocación imperial.

Dos grandes pulmones tiene nuestro continente. Uno de ellos es Estados Unidos, que como nos dijera Darío, “son potentes y grandes. / Cuando ellos se estremecen hay un hondo temblor / que pasa por las vértebras enormes de los Andes”.

El otro es Latinoamérica, cuyos alvéolos no terminan de conformarse en un órgano simétrico, ahogados repetidas veces por el poderoso pulmón del Norte. Solo hay que permitirle que respire profundamente, que tome resuello y se nutra de este aire de orquídeas y tucanes. Quinientos años de alteridad, de ser el otro desconocido y temible, deben dar paso al reconocimiento, al saber qué somos, al conocer en profundidad la naturaleza de nuestro sufrimiento y el origen de nuestra apasionada exigencia de independencia, respeto y dignidad, para que este pecho del mundo pueda tener sus dos buenos y potentes pulmones simétricos.

Para terminar quiero citar a un gran poeta popular de esta tierra, el salteño Jaime Dávalos, que en su Canto a Sudamérica, recoge la secular herencia de nuestro drama y nuestra redención:

"El hambre, la miseria, la injusticia,
la voluntad del pueblo traicionada,

no harán más que aumentar su rebeldía,
no harán más que apurar en sus entrañas

al hijo de la luz que viene a unirnos 
en una sola espiga esperanzada;

Porque América!, -- tierra del futuro-- ,
igual que la mujer, vence de echada".


Muchas gracias.

Salta, 12 de octubre de 2016.