19 de mayo de 2018

Soplar la Ceniza 25. El Mayo Francés

12 de mayo de 2018

Una elección por la paz y la ratificación del rumbo de Hugo Chávez



El próximo domingo 20 de mayo se realizarán, en Venezuela, elecciones para elegir Presidente de la República, diputados en los Consejos Legislativos estaduales y miembros de los Concejos Municipales. Las elecciones han sido el resultado de un intenso proceso de negociación con distintos sectores de la oposición al oficialismo chavista, negociación de la que se autoexcluyeron los dirigentes y partidos que conformaban la MUD y que, en su gran mayoría, se han exilado en Colombia, desde donde lanzan pedidos de intervención militar contra el gobierno. Los argentinos memoriosos recordarán, sin duda, los llamados realizados, en 1951, por el abogado Walter Beveraggi Allende, un notorio y declarado antisemita, solicitando, desde Montevideo, la intervención militar norteamericana contra el gobierno de Juan Domingo Perón. La indignidad manifiesta de la proclama motivó que el Congreso de la Nación le quitara al provocador su ciudadanía argentina, lo que significó el primero y único caso de medida semejante contra una persona nacida en el país.
Venezuela enfrenta estas elecciones en una difícil y complicada situación económica. Más allá de ciertos errores que puedan haberse realizado en materia de política económica desde el gobierno nacional, el país está siendo atacado económicamente por agencias imperialistas, con la complicidad de sectores de su burguesía compradora. El congelamiento de sus depósitos en bancos extranjeros, la imposibilidad consiguiente de realizar las transferencias necesarias para el pago de sus importaciones -Venezuela ha tenido tradicionalmente una gran dependencia del sector externo para sus consumos más elementales-, una permanente y orquestada campaña financiera contra el bolívar, la moneda nacional, y a favor del dólar, ha depreciado la divisa venezolana y ha significado permanentes problemas en la entrega de dinero efectivo en los cajeros y ventanillas bancarias. Simultáneamente, las dificultades en la importación han generado escasez en los remedios, importados en su gran mayoría, con el consecuente desabastecimiento en farmacias y centros de salud.
El gobierno de Nicolás Maduro ha logrado, en ese marco, mantener, con un esfuerzo organizativo y económico muy grande, un continuo abastecimiento de alimentos indispensables a su población, a la vez que, con una intensa prédica, se ha logrado aumentar la propia producción agrícola, cosa que no se había logrado ni aún bajo la prosperidad de los gobiernos del comandante Hugo Chávez.
A su vez, con la ayuda técnica de Rusia, Maduro lanzó semanas atrás un dinero virtual, el Petro, destinado a solucionar en el plazo mediato, sus dificultades de pagos internacionales. Sobre la tecnología de Blockchain, han creado una moneda virtual o electrónica, cuyo respaldo son los recursos naturales de Venezuela. Para Rusia, por su parte, el experimento adquiere la función de una prueba piloto para una eventual implementación ulterior que desplazaría al dólar como medio internacional de pago.
La agencia Misión Verdad, desde Caracas, ha publicado recientemente:
Esta es la única elección de la historia de Venezuela en que una de las partes (el fascismo proempresarial) sabe que va a perder y no está dispuesto tan siquiera a intentar capturar unos votos, como lo hicieron cuando enfrentaron a Chávez y como lo hicieron cuando lograron la mayoría parlamentaria en 2015. La maquinaria electoral con sello adeco y financiamiento transnacional que suele activarse en este tipo de eventos está desmovilizada. Esos elementos, que renunciaron a capitalizar electoralmente las rabias e inconformidades de la población, y ni tan siquiera serán capaces de intentarlo, andan invirtiendo tiempo y energía en otras tareas; por ejemplo, en la búsqueda y negociación de otro tipo de fuerzas, distintas a la electoral, para intentar un derrocamiento violento del Gobierno de Venezuela”.
Henri Falcón, un antiguo colaborador de los tiempos iniciales del chavismo, es el principal candidato opositor, al que la oposición en el “exilio”, principalmente en Colombia, ha boicoteado sistemáticamente, sin ofrecer alternativa alguna.
La periodista argentina Stella Calloni ha denunciado en estos días un plan militar tendiente a derrocar al presidente Maduro con la intervención de una fuerza militar integrada por Colombia, Panamá y Brasil, conducida por los EE.UU. En mi opinión, más allá de lo que algunos sectores del aparato de defensa norteamericano piensen, el presidente Trump, cada vez que se ha tocado el tema, ha proferido sus consabidos improperios pero no ha tomado medida alguna en el sentido solicitado por la oposición belicista.
Las encuestas predicen un triunfo de Maduro en las elecciones presidenciales y una normal distribución de cargos en las Legislaturas estaduales y los concejos municipales. Pero el suspenso está puesto en la reacción de los grupos golpistas y prointervencionistas que han boicoteado la elección.
Todo ello lo podré observar personalmente, ya que el gobierno venezolano me ha invitado a presenciar los comicios en carácter de veedor internacional, por lo que, desde el sábado 19 estaré en tierra venezolana.
Es de destacar que Maduro sigue contando con el apoyo de dos sectores esenciales: por un lado, la unidad de las Fuerzas Armadas Bolivarianas alrededor del proyecto y programa enunciado por Hugo Chávez y de la legalidad institucional de Venezuela. Y por el otro, un sólido apoyo, pese a las enormes dificultades de una inmensa mayoría de la sociedad, tanto en sectores populares como en sectores medios, dotados de una singular conciencia política que les ha permitido entender la gravedad de la hora y lo que está en juego.
Hay que dejarlo claro: un triunfo de los partidos de la MUD en el exilio significará inevitablemente un espantoso baño de sangre y una salvaje revancha sobre los venezolanos de pata al suelo.

10 de mayo de 2018

Soplar la Ceniza 24. De vuelta al FMI

28 de abril de 2018

En el Paralelo 38 terminó el siglo XX



En el año 1593, casi cien años después de la llegada de Colón a América, un discípulo de Iñaki de Loyola, el jesuita español Gregorio de Céspedes, escribe cuatro cartas a sus superiores informándoles que está en Busan, en el sur de la península de Corea. Ha llegado hasta allí acompañando a un “kirishitan damyō, un señor feudal japonés cristiano a las ordenes de Toyotomi Hideyoshi, el prominente samurai que se ha convertido en el hombre fuerte del Japón. El padre Gregorio había logrado convencer al propio jefe de la expedición y a algunos de sus soldados sobre el misterio de la encarnación del hijo de Dios, por lo menos lo suficiente como para que lo aceptasen en la expedición conquistadora.
Se ignora si logró realizar alguna tarea evangélica entre el pueblo ocupado por las mesnadas japonesas, pero se supone que no, ya que su paso por la península no dejó ningún otro rastro más que esas cuatro cartas.
No obstante, el padre Gregorio de Céspedes se convirtió en el primer occidental en tomar contacto con el antiguo reino de Goryeo, un monarca del siglo X del que deriva el actual nombre de Corea. Toyotomi Hideyoshi, el samurai japonés, continuó su conquista, arrasando la península en su camino hacia China. No fue la última vez que los japoneses conquistaron la tierra de Goryeo, convirtiendola en uno de sus “han”, como llamaban a las colonias del Celeste Imperio.
Porque ese ha sido el sino de ese pequeño apéndice del gigantesco bloque euroasiático, la península de Corea: ser disputado por su gigante vecino del continente o su ambicioso vecino del archipiélago cercano. Resistió secularmente a la colonización japonesa. Su pueblo fue despreciado y considerado esclavo por el miserable código Bushido, practicado por esa casta de bandoleros y mercenarios que eran los samurai, a los que Akiro Kurosawa idealizó en su célebre película. Los coreanos estuvieron condenados por décadas a producir arroz para sus amos japoneses, aún cuando ellos mismo carecían del alimento suficiente para sobrevivir.
Primero el budismo y varios siglos después el confucianismo, esa rígida ética estamental, reglamentarista de administración del estado, conformaron su cultura dominante. Pero, justamente su estructura social resistió con tenacidad toda forma de modernización. A la invasión manchú, desde el norte, sucedió una nueva invasión japonesa que duraría hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial. Corea ni siquiera formaba parte del llamado Manchukuo, el estado títere creado por los japoneses en el noroeste de China. Era una simple posesión colonial japonesa y sus habitantes eran tratados como esclavos.
El siglo XX y el nacionalismo coreano
Es en esas condiciones que resurge un fuerte movimiento nacionalista coreano. El 1° de marzo de 1919, un pequeño grupo se reunió en el parque Tagpol , en Seúl, y declaró la independencia. El movimiento se extendió velozmente por todo el país y fue brutalmente reprimido por los ocupantes japoneses. Estos respondieron además con un intento de niponizar culturalmente a los coreanos, imponiendo obligatoriamente su idioma, obviamente su escritura y hasta su vestimenta.
Ya sobre el final de la Segunda Guerra Mundial, el ejército soviético, entrando por el norte, desaloja a los japoneses de la península y consigue su control definitivo. Con el Ejército Rojo, entró en Corea Kim Il Sung, un antiguo dirigente guerrillero antijaponés, quien, refugiado en China, se había incorporado a las unidades guerrilleras del Partido Comunista Chino y, posteriormente, había hecho una carrera militar en el Ejército Rojo, donde había ascendido a comandante.
Mientras tanto, en el sur del país el movimiento nacionalista era liderado por Syngman Lee. Este era un hombre de una generación anterior a Kim il Sung y formado, después de su educación confuciana en Seúl, por los norteamericanos. Syngman había constituído un gobierno coreano en el exilio, ya bajo la influencia de los EE.UU. y logró establecer fluídas relaciones con el presidente Wilson y, luego, con Franklin Delano Roosevelt. Ni bien los japoneses se retiran de la península, Syngman voló a Tokio y de la mano del general Douglas Mac Arthur se instaló en Seúl. Sobre la base de su furibundo anticomunismo, se convirtió en el hombre de los norteamericanos en la región.
De hecho, los soviéticos y los norteamericanos establecieron dos claras zonas de influencia separadas por el paralelo 38°, lo que dio nacimiento a los dos estados que hoy conocemos: Corea del Norte y Corea del Sur. La solución, como toda solución establecida por un poder extranjero no satisfizo a ningún coreano, ni a los dirigidos por Kim il Sung y su Partido del Trabajo, convertido en líder de la República Popular de Corea, ni a Syngman Lee quien en 1948 se convierte en presidente de la República de Corea del Sur.
Una vez más, las aspiraciones por constituir una sola Corea habían sido abortadas por la injerencia extranjera. Pero esas aspiraciones nacionales se mantenían vivas.
La Guerra de Corea
El 25 de junio de 1950 las tropas de Kim il Sung cruzaron el paralelo 38 e iniciaron una ofensiva que casí llegó hasta la ocupación de la totalidad de la península. Philip Short, el biógrafo inglés de Mao Zedong, cuenta cómo se gestó esa decisión y los dolores de cabeza que le acarreó al Secretario General del Partido Comunista Chino.
El lider de Corea del Norte, Kim il Sung, había acudido a Pekín para comunicarle que Moscú había aprobado una iniciativa militar para reunificar la península. Stalin, tan astuto como siempre, había impuesto una condición: Kim debía obtener primero el visto bueno de Mao. «Si te pega una patada en el culo», le dijo el dirigente soviético, «no moveré ni un dedo». Ello implicaba que Mao tendría que hacer de valedor de los coreanos. Durante sus encuentros en China, Kim omitió esa parte de la conversación con Stalin”1.
A regañadientes y previa consulta con Moscú, para corroborar la versión de Kim, los chinos, que estaban preparando su invasión a Taiwan, debieron resignar esta y aceptar la propuesta coreana. El peso de los cien mil compatriotas de Kim il Sung que habían luchado en la liberación del Manchukuo pesaron como plomo en la decisión de Mao. Este nunca quedó conforme con el casi fait accompli que le impuso el dirigente coreano. Entre otras cosas, por el alivio que le significó a Chiang Kai-shek. Este ya había sido anoticiado por Truman que EE.UU. no intervendría para proteger a los nacionalistas.
Ese mismo año, George Orwell había hecho conocer su concepto de “Guerra Fría”. En Corea, había comenzado un cruentísimo enfrentamiento bélico en el que las potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial, divididas por aparentes motivos ideológicos, se enfrentaban a través de una guerra civil en un país periférico. Para la República Popular de Corea la guerra significó el exterminio del 15 % de su población civil, una total devastación de su territorio a consecuencia de los bombardeos norteamericanos y una casi regresión a las condiciones del reino de Goryeo en el siglo X de nuestra era. La intervención de China Popular impidió que los norteamericanos se hiciesen de la totalidad de la península y las tropas norteamericanas, amparadas equívocamente bajo la bandera de las Naciones Unidas, sufrieron un duro revés.
La situación se prolongó durante más de dos años hasta que finalizaron las hostilidades sin firmarse nunca la paz entre ambos estados coreanos.
A las tropas norteamericanas se sumaron algunas tropas latinoamericanas, principalmente de Colombia y de Puerto Rico. Fue esto último lo que lo llevó al poeta cubano Nicolás Guillén a escribir:
¿Cómo estás Puerto Rico,
tú de socio asociado en sociedad
(...)
de un empujón te hundieron en Corea,
sin que supieras por quién ibas a pelear.
En el Río de la Plata es de destacar la gran campaña llevada adelante por el jefe del Partido Nacional uruguayo, el partido Blanco, Don Luis Alberto de Herrera, contra la adhesión de su país a la Guerra de Corea, a la que el oficialismo de Luis Batlle pretendía meterlo. El gobierno de Juan Domingo Perón, en nuestro país, garantizaba la no injerencia argentina en una guerra imperial.
La construcción de una nación
La historia posterior de las dos Coreas constituye un claro ejemplo de una voluntad en construir una nación, incluso bajo las condiciones internacionales más difíciles.
Si Kim il Sung logró mantenerse independiente tanto de los designios de Moscú como de Pekín, pese a la importancia militar y económica que ese respaldo le significaba, no es menos cierto que la conducción de Seúl supo explotar para beneficio de su país la importancia geoestratégica que significaba para los EE.UU. El sucesor de Syngman Lee, Park Chung-hee logró que esa dependencia política se convirtiera en factor de desarrollo, modernización e industrialización de su país, que, hasta su llegada al poder, sobrevívía de los aportes de las agencias yanquis para el desarrollo. Con métodos cercanos a los de una dictadura militar, Park creó la prodigiosa Corea que hoy conocemos, la de Hyundai, LG, Samsung y la del nuevo cine coreano. Bajo su régimen, hubo reiterados intentos de acercamiento con la otra parte de la nación dividida, frustrados en la mayoría de los casos por la injerencia imperialista y las tensiones generadas por la Guerra Fría.
El régimen de Kim il Sung logró estabilizarse y encontró en su hijo, primero, y en su nieto, actualmente, una continuidad de criterios y objetivos. Acuñó su idea de un socialismo independiente tanto de China como de la entonces Unión Soviética, al que llamó “la idea Juche” que se ha traducido como de autoconfianza. Logró atravesar incólume, pero no sin grandes esfuerzos, la caída de la Unión Soviética y la transformación de China Popular en una gran potencia económica, sobre la base de un gran ejército, un estado permanente de amenaza de guerra y una gran unidad política de su pueblo.
Hoy, el nieto del guerrero de la Manchuria, Kim Jong-un y el presidente Moon Jae-in se han convertido en dos estadistas que están construyendo una nueva historia. Con su encuentro en el paralelo 38 han cerrado el siglo XX. Y al hacerlo han dado inicio a la construcción de una poderosa nación asiática, que, por primera vez en su historia, ha alcanzado semejante nivel de desarrollo. La integración definitiva de una Corea industrial, con una gran organización estatal, con un poderoso ejército y con capacidad nuclear modifica el mapa mundial y contribuye decisivamente a ese desplazamiento del centro del mundo que comenzó a manifestarse en el nuevo siglo XXI.
Kim Jong-un y Donald Trump, como dos jugadores fulleros, gesticularon, se insultaron, se hicieron bromas pesadas, se amenazaron recíprocamente con la hecatombe final. Seguramente ambos sabían que el final del juego sería algo parecido a esto.
Lo hemos dicho varias veces en los últimos años. La conducción política de los EE.UU. está decidida a un repliegue de sus fuerzas. Sabe que es un gigante con grandes pies de barro amenazado, ya no por el fantasma del comunismo, sino por el espectro del capital financiero, ante el que están sucumbiendo las principales economías industriales de Occidente. Es casi seguro que esto presente a nuestro continente nuevos problemas, nuevas dificultades y desafíos. Pero el nuevo mundo que se está construyendo ofrece también, si sabemos aprovecharlo creativamente, grandes oportunidades para nuestra integración continental y nuestra impostergable e imprescindible industrialización en las condiciones del gran salto civilizatorio que vive el género humano.
Buenos Aires, 28 de abril de 2018
1Mao, Philip Short, página 587 y ss. Crítica, Barcelona, 1999.

21 de abril de 2018

Hoy somos aún más débiles y sometidos



Como no podía ser de otra forma, la ola de gobiernos contrarrevolucionarios en una parte muy significativa de América Latina ha producido una muy lamentable escisión en la UNASUR, la primera institución regional que logró reunir a los países del área sin la presencia, siempre amenazante y extorsiva de los EE.UU.
La decisión anunciada ayer, aunque no hay precisiones acerca de su implementación, por parte de Argentina, Brasil, Colombia, Chile, Paraguay y Perú, de retirarse de la UNASUR significa un enorme golpe a esta organización y un retorno al protagonismo de la OEA y su lacayuna obediencia a los dictados del Departamento de Estado yanqui.
Desde nuestra perspectiva de la Unidad Continental, la decisión es manifestación de un enorme fracaso. La UNASUR fue el producto de la marea transformadora e integradora que maduró a fines del siglo XX y se desarrolló durante los primeros quince años del nuevo siglo. Un impulso, que venía de la historia y que era encarnadado por los pueblos de la región, puso en el orden del día la necesidad de reconstituir la unidad perdida después de las guerras de la Independencia. El Mercosur, que había surgido durante la hegemonía neoliberal en el continente, en los '80, se había convertido, en estos años, en un motor de la integración.
Pero, con todo lo alcanzado en estos años, prevaleció siempre un criterio ideológico por sobre las imprescindibles medidas estructurales que consolidaran y dieran carnadura y sostén a esos acuerdos de principio y objetivos que cada uno de los gobiernos de la región encarnaban. Fue casi imposible, por mezquindades regionales, por presión imperialista, por voracidad de las burguesías y oligarquías locales, avanzar sobre transformaciones estructurales -Banco del Sur, moneda propia para el intercambio comercial en la región, grandes proyectos viales, ferroviarios y fluviales que consolidasen el hinterland suramericano, creación de grandes entidades regionales que unifiquen las políticas de energía y recursos naturales, etc.- que hubieran hecho mucho más difícil esta nueva ola balcanizadora. Con solo comparar las dificultades que tiene el Reino Unido para llevar a cabo lo que fue una decisión brotada de un proceso electoral, el Brexit, y la facilidad con que estos nuevos y viejos gobiernos proimperialistas rompen esas instituciones y desmontan quince años de esfuerzos políticos, diplomáticos y económicos, se hace evidente la debilidad de nuestros logros.
El imperialismo yanqui, vuelto sobre sí mismo para reconstruir su poder económico perdido, enfrentado a una guerra comercial con China y en un ajedrez fatal con la Federación Rusa, que busca vías de salida del pantano del Medio Oriente, ante la ya evidente derrota, necesita, como es obvio, ordenar su patio trasero, Latinoamérica. Ha encontrado gobiernos mercenarios dispuestos a cumplir esa vil tarea. La cumbre de Lima dejó en evidencia esta situación. Peleles de un amo que ni siquiera vino a la cita, Mauricio Macri, Michel Temer, Juan Manuel Santos y el desconocido presidente del Perú, Martín Vizcarra, pretendieron acorralar a los gobiernos de Venezuela y Bolivia, los únicos que expresan y sostienen la voluntad de Patria Grande.
Lo que está en juego no es tan solo una cuestión diplomática. Estas miserables oligarquías carecen de un proyecto para el conjunto de nuestros pueblos y su idea es el desvencijado panamericanismo de la entreguerra en el siglo pasado. Walt Disney dio representación simbólica a esa política: Pepe Carioca, ese lorito simpático y charlatán pretendía representar al pueblo brasileño, los cuervos haraganes y dormilones expresaban al pueblo mexicano y un Goofy disfrazado de peón de campo saludaban alegres la llegada de Mr. Ponsomby, como Methol Ferré llamaba a los nuevos colonizadores yanquis.
Es necesario tomar en cuenta los errores cometidos para evitarlos en el nuevo ciclo integrador que, más temprano que tarde, volverá a recorrer el continente. Más Perón que Che Guevara, más ATLAS (Agrupación de Trabajadores Latinoamericanos Sindicalizados) que Foro de San Pablo, más Methol Ferré y Francisco que István Mészáros.
Porque hay una cosa que es insoslayable: o nuestros pueblos se unen y constituyen el gran bloque continental que llamamos Patria Grande o nuestros hijos y nietos serán ilotas, esclavos, material de descarte del mundo que hoy se está constituyendo.
Buenos Aires, 21 de abril de 2018