1942
fue un año de agonía en la Argentina. En marzo de ese año había
fallecido Marcelo Torcuato de Alvear, el radical galerita que había
capitulado ante el régimen oligárquico de la Década Infame. En
enero del año siguiente, moriría Agustín P. Justo. “Desaparecían
así de la escena las dos figuras más funestas de la Década Infame:
Justo y Alvear, la medalla y la contramedalla del sistema moribundo”,
relata con magistral pluma Jorge Abelardo Ramos.
En
julio del mismo año muere, ciego e incapaz, Roberto Marcelino Ortiz,
quien fuera ungido presidente por la Concordancia, la alianza de los
radicales antipersonalistas con los conservadores, después de un
escandaloso fraude. El presidente era, en reemplazo, el catamarqueño
Ramón Antonio Castillo, un abogado y juez conservador de San
Nicolás, que condenó al célebre gaucho Hormiga Negra por un crimen
que no había cometido, y que tuvo sus lauros académicos llegando
ser decano de la Facultad de Derecho de la UBA, la mayor incubadora
de pensamiento antinacional del país.
La
2° Guerra Mundial se estaba desarrollando a pleno y aún no era
seguro cual de los dos bandos saldría airoso. Todo el sistema
dominante se sentía hermanado con los aliados y, sobre todo, con el
Reino Unido y Francia, considerados entonces el non plus ultra
político y cultural. Como también ha escrito, con vívidos colores,
Jorge Abelardo Ramos:
“Agentes
británicos, radicales cadistas, stalinistas apátridas, diplomáticos
del imperio, hipócritas amaestrados de la judicatura, las <<fuerzas
vivas>> y la universidad colonial, desteñidos socialistas,
intelectuales dóciles y profesionales del fraude dominaban con su
estrépito venal a la Argentina de 1942. La democracia inglesa y las
homilías de Roosevelt, la verba desafiante de Churchill en los
Comunes y el genio militar de Stalin, los tres compases de la Quinta
Sinfonía y la V de la Victoria, constituían la simbología de la
República Oligárquica que marchaba hacia su ocaso”.
La
situación, brevemente descripta, encajaba como un guante en la
célebre reflexión de Gramsci: “El
viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro
surgen los monstruos”.
Mientras
que en Europa y en el Pacífico se disputaba la hegemonía
internacional para los próximos cien años y el viejo mundo colonial
anglo-francés se disolvía ante la emergencia de dos nuevos
jugadores -EE.UU. y la URSS-, la Argentina profunda sufría cambios
estructurales, silenciosos, ocultados por los titulares de los
grandes diarios, y el viejo régimen inglés se disolvía en la
impotencia. Los instrumentos generados por el movimiento nacional y
popular de 1916 habían comenzado a agotarse. El radicalismo, que con
sus claroscuros había logrado incorporar a la política argentina a
los restos de las viejas luchas federales y una vasta clase media de
inmigrantes y primeros hijos argentinos que se constituyeron en su
base social, ya había alcanzado sus límites dentro de la Argentina
agroexportadora, dominada por los dueños de la tierra de la pampa
húmeda y el sistema exportador-importador. Algo nuevo estaba
reclamando la política, que, como la física, aborrece el vacío.
Pero nadie, en 1942, podía describir o explicar qué era eso nuevo
que no terminaba de nacer.
El
otro día le comenté a un amigo que tenía la sensación de que
estábamos viviendo un fin de un largo ciclo político, que estamos
inmersos en un mundo con puntos de contacto con aquel del año 1942.
El
mundo en una crisis de hegemonía
Por
un lado, en la escena internacional se ha puesto nuevamente en
discusión la hegemonía.
En
la década del '40 del siglo pasado, el Reino Unido se retiraba como
el gran imperio colonial que supo forjar entre el reinado de Isabel I
y la independencia de la India, en 1947. Su poder en los mares había
sido reemplazado por otra potencia talasocrática -que había sido su
colonia-, su capacidad industrial era desplazada por la infinita
capacidad de los Estados Unidos, cuya estructura económica salía
indemne de la guerra, mientras Europa quedaba en manos del Plan
Marshall. La Argentina, que a partir del golpe de estado oligárquico
contra Hipólito Yrigoyen, en 1930, se había convertido en una
especie de Sexto Dominio británico, con un banco central creado por
la plutocracia inglesa, perdía su horizonte estratégico. Si los
aliados ganaban la guerra, como era el deseo manifiesto del
establishment argentino -no olvidar que siempre ha sido “democrático”
y “antitotalitario”-, ya no sería la Union Jack quien dominaría
los mercados internacionales, sino la más plebeya bandera de las
estrellas y las barras, el símbolo nacional de ese país que
producía el mismo trigo, el mismo maíz, la misma carne que nuestra
pampa húmeda. Y, en palabras del ministro de Hacienda del
fraudulento Agustín P. Justo, Federico Pinedo, “Nosotros
somos pequeños satélites en la órbita de las grandes naciones
mundiales”.
Entonces, como hubiera dicho el Chapulín Colorado, de haber
existido: “¿Quién
podrá defenderme?”
Hoy
estamos atravesando un enfrentamiento político, económico y, por
ahora tangencialmente, militar entre una potencia declinante, como
los EE.UU., y un grupo de países, encabezados por China, que han
logrado generar el más extraordinario desarrollo económico,
científico y social de los últimos cuarenta años. Pero que además
ha ocupado el lugar del nicho que para nuestra economía
agroexportadora tenía el Imperio Británico: son nuestros
principales clientes. Y ello, sin convertirse en nuestro principal
proveedor de importaciones industriales, ni estableciendo un vínculo
orgánico con ninguna clase social predominante en el país, como sí
lo hizo la Vieja Raposa, como llamaba León Felipe a Inglaterra.
Dispersadas las nubes ideológicas que dificultaban la comprensión
de la Guerra Fría, hoy los EE.UU -bajo la presidencia demócrata- en
la OTAN son la cabeza de un ariete provocador que busca generar
condiciones bélicas en Europa Oriental, fundamentalmente en la
frontera rusa. Mientras que, en el Mar de la China, la flota
norteamericana genera permanentes roces y provocaciones que tienen
como objetivo forzar a China a alguna medida militar contra Taiwan,
que es simplemente un protectorado yanqui.
Eso,
por un lado, favorece la capacidad de la Argentina para resolver sus
cuestiones intestinas, ya que ha sido siempre en los momentos de
crisis de hegemonía cuando las fuerzas nacionales han encontrado
espacio para desplegarse. Pero, por otro lado, el declinar
norteamericano, su, por así decir, repliegue hace que se le vuelva
estratégico su patio trasero. Esto es lo que generó el
endurecimiento del gobierno de Trump hacia América Latina, a la par
que relajaba las tensiones en Asia y Medio Oriente.
Esto
en el plano de la política internacional.
La
Argentina en una crisis de hegemonía
En
el plano interno los argentinos nos encontramos también, a mi modo
de ver, en un fin de ciclo largo.
¿Qué
quiero decir con esto?
Por
un lado, el espectáculo de la oposición es absolutamente novedoso.
Aún cuando los medios siempre cumplieron un importante papel en la
imposición de criterios políticos e ideológicos generados por los
sectores dominantes, nunca como ahora esto había alcanzado el grado
de cinismo, hipocresía, falsedad y desinformación que hoy produce.
Aquel antiguo “dice
La Nación, dice La Prensa”,
que Arturo Jauretche incluyó en sus Zonceras, hoy es un bombardeo
cotidiano de 24 horas sobre un público confundido, en crisis,
aislado y profundamente ideologizado, aunque crea que es tan solo
sentido común. La Unión Cívica Radical es un partido de alcance
nacional que está presidido por un gobernador cuyo principal mérito
es haber metido presa a una dirigente social, pobre, mestiza y mujer,
que construyó un prodigioso sistema de bienestar para los hombres,
mujeres y niños de los sectores invisibles de Jujuy. Gerardo
Morales, el carcelero de Milagro Sala, es hoy el jefe del partido de
Leandro Alem, Hipólito Yrigoyen y Amadeo Sabattini, el partido de
Hipólito Solari Yrigoyen, de Mario Amaya y de Sergio Karakachoff,
asesinados por la dictadura cívico militar por defender a detenidos
políticos y denunciar sus crímenes.
Los
restos del naufragio de ese partido histórico hoy tomaron una
decisión criminal. Junto con los agentes del capital financiero
internacional, con los generadores de la más gigantesca deuda
externa de la historia, que llevaron al país a un horrible
desaguisado que significó desocupación, cierre de empresas,
disminución del salario e inflación, dejaron al gobierno sin
presupuesto para el año 2022 y en el medio de una difícilísima
discusión con el Fondo Monetario Internacional, por una deuda que el
gobierno no contrajo.
Una
Corte Suprema de Justicia, con solo cuatro miembros, dos de los
cuales fueron designados por decreto presidencial -aunque luego
fueron nombrados por el Senado-, sin que se les cayese la cara de
vergüenza, sancionaron la inconstitucionalidad de una ley dictada
hace quince años, para reconstruir el corrupto sistema que el
menemismo aplicó en la conformación y funcionamiento del Consejo de
la Magistratura. Esta miserable Corte, cuestionada y con miembros
seriamente sospechados, se erige en un suprapoder con el mero
propósito de imponerse sobre el Poder Ejecutivo.
Y
por último, un sistema de partiditos de izquierda, gritones y
quilomberos que, al final del día, terminan votando con el capital
financiero, el sistema exportador y los más ricos de la sociedad
argentina en el Congreso de la Nación. Hijos putativos de Juan B.
Justo y Nicolás Repetto, repetidores incansables de fórmulas ajenas
a la realidad del país, esa izquierdita cipaya, que como bosta de
paloma ensucia pero no da olor, completan el cuadro de la oposición
al gobierno.
El
oficialismo
Intuyo
que el sistema instrumental político y económico que el movimiento
nacional encontró en su despliegue a partir de aquel año 1942 está
agonizando. Por un lado, la estructura de la sociedad argentina ya no
es la de aquellos años. Ni siquiera es la de la década del '70 del
siglo pasado. Los 7 años de la dictadura liberal cívico militar,
los diez años de menemismo y la yapa del inepto pero destructivo
gobierno de de la Rúa, y los cuatro años de macrismo han generado
una dictadura del capital financiero, una desnacionalización
completa del propio sistema financiero y un proceso de concentración
monopólica, a los que los doce años de gobierno peronistas de
Néstor y Cristina no pudieron terminar de desmontar y neutralizar.
Los sectores altos y medios -y medios hasta niveles bastante bajos de
los índices de ingreso- tienen un perfil de consumo que no condice
con las reales condiciones económicas del país.
Para
ponerlo en un solo ejemplo. Es casi increíble el nivel de
fetichización que ha asumido el dólar en el espíritu de muchos de
nuestros compatriotas. Es un bien importado más, es como un
frasquito de Carolina Herrera o un paraguas de James Smith &
Sons. Algo que se produce fuera de nuestras fronteras, con la única
diferencia, con los ejemplos dados, que lo necesitamos para pagar la
descomunal deuda que nos dejaron los anteriores inquilinos de la Casa
Rosada, para los insumos que necesita nuestra producción y como
reservas para mantener nuestro tipo de cambio. Es necesario, por lo
tanto, evitar que se conviertan en alguna de las dos mercancías
nombradas -o cualquier otra-, que, de hecho, no nos sirven para nada
como comunidad humana, como sociedad.
En
este país no se le prohibe a nadie que, por ejemplo, viva en Palermo
Chico, si cuenta con el dinero suficiente para comprar allí una
casa, pagar los impuestos y gravámenes correspondientes y las
comisiones del caso. De la misma manera, tampoco se le niega a nadie
su derecho a viajar al exterior si está en condiciones de adquirir
esa mercancía llamada dólar -repito, el dólar en Argentina es una
mercancía importada más- con los impuestos, recargos, gravámenes y
comisiones que la legislación establece sobre la misma.
La
Argentina necesita, imperiosamente, hacer crecer sus exportaciones,
multiplicar sus rubros exportables, aprovechar todas las posibilidad
de generar dólares que permitan sortear el eterno cuello de botella
del sector externo, las crisis stop and go de la sustitución
de importaciones. El crecimiento y desarrollo del mercado interno no
puede ser más la única respuesta. Es necesario impulsar sectores de
la actividad industrial y de servicios dirigidos a la exportación.
El ejemplo del INVAP es, en ese sentido, paradigmático. El estado
creó allí las condiciones para un desarrollo científico
tecnológico que genera la producción de exportaciones de alto valor
agregado.
Es
obvio que todo esto debe ser acompañado por una política fiscal, de
finanzas y aduanera que impida la fuga de capitales, el contrabando
de commodities o los fraudes con las cartas de embarque.
La
Argentina necesita imperiosamente ser reindustrializada, de modo de
absorber paulatinamente tanto a los compatriotas desocupados, como a
los que trabajan en negro y bajo distintas formas de explotación sin
control por parte del estado y los sindicatos.
Estoy
convencido que debemos recuperar con tasas “chinas” nuestra
capacidad industrial y que, por lo tanto, debemos profundizar nuestra
capacidad industrial exportadora. Vaca Muerta es el ejemplo.
Tenemos la obligación histórica de generar, en el medio de esta
desesperante crisis, las condiciones que permitan la explotación a
pleno de las riquezas argentinas. Son ridículas y antinacionales las
resistencias a la gran minería, a la ganadería porcina en
criaderos, a la cría de salmones. La Patagonia no puede ser
solamente un paisaje pintoresco o bello. Ahí hay condiciones para
grandes explotaciones extractivas mineras, petroleras y gasíferas y
sus correspondientes derivados industriales. Están los yacimientos
de litio y la capacidad argentina de producir baterías que
permitiría valor agregado a nuestra producción y a la de Bolivia.
Repito,
lo dicho al principio de esta nota que se ha alargado por demás. Hay
en el aire, para quien quiera percibirlo, algo como un final de ciclo
largo, lo que implica el comienzo de otro. Obviamente no sabemos por
donde saldrá nuevamente el topo. Pero en el seno del pueblo
argentino algo está por nacer.
Buenos
Aires, 17 de diciembre de 2022.
La
Factoria Pampeana, tomo IV de
Revolución y Contrarrevolución en la Argentina.
Jorge Abelardo Ramos. Edición del Senado de la Nación, Buenos
Aires, 2006, pág. 296.
Idem,
pág. 294.