25 de octubre de 2012

Unidos y organizados contra el Leviatán de los poderes fácticos

La insubordinación del monopolio mediático

Unidos y organizados contra el Leviatán de los poderes fácticos

El período que estamos atravesando, cuyo final es el 7 de diciembre, es, sin duda alguna, el de la mayor conflictividad política de este gobierno de Cristina Fernández de Kirchner. 

Contra lo que fue usual en todo el período constitucional posterior a 1983, la presidenta de la República ha enfrentado sin conmiseración el poder hegemónico de la Argentina formado en los últimos treinta y cinco años: la rosca integrada por el gran capital concentrado, rural y urbano, y el monopolio de los medios de comunicación social. 

Clarín y La Nación, fortalecidos al amparo de la dictadura cívico militar, y favorecidos por las generosas concesiones otorgadas por Carlos Menem, se convirtieron en el verdadero poder ecónomico, político e ideológico de la Argentina. Contrariamente a lo que suponen los ideologizados liberales semicoloniales, no es el Estado el verdadero poder que amenaza y constriñe las libertades individuales. El poder en la Argentina -y podríamos decir en todo el mundo capitalista- está en manos de estos sectores oligárquicos que, desde 1976 hasta el 2003, en Argentina manejaron el Estado a su antojo y provecho. Con la asunción del presidente Néstor Kirchner se produjo, inesperadamente para estos grupos, un tenaz intento de recuperar la función del Estado nacional al servicio de la soberanía popular que es su fundamento. Por primera vez, desde la última presidencia del general Perón, el estado nacional intentaba ejercer su legítima soberanía sobre ese poder paraestatal. 

Ese poder -el verdadero poder de la Argentina semicolonial, repetimos- ha respondido con ferocidad e inescrupulosidad, propia de un sistema mafioso acostumbrado al amparo de un estado amistoso y enfrentado al poder de la soberanía popular.

Estamos atravesando un período en el cual lo que está en discusión es qué sector, cuáles interes se impondrán en la administración del Estado nacional.
A lo largo del siglo XX, la Argentina vivió esta misma situación. 

El triunfo electoral de Hipólito Yrigoyen, en 1916, puso a los sectores populares, incluída la clase media de origen inmigratorio, en el poder del Estado. Don Hipólito expresó a los viejos federales derrotados en Pavón, junto a los argentinos de primera generación que exigían su derecho electoral. La vieja Argentina oligárquica vio en el caudillo popular el hombre que cuestionaba su hegemonía y privilegio. Conspiraron contra él y lograron derrocarlo con un golpe de Estado -el primero del siglo XX- en 1930.

El extraordinario proceso que se inicia el 17 de octubre de 1945 vuelve a plantear una lucha por poner al Estado nacional al servicio de las nuevas clases y sectores de la Argentina industrial, con un concepto de la justicia social que convirtió a la Argentina en una de las sociedades latinoamericanas más signadas por el principio de la igualdad. Ello significó enfrentar a las viejas fuerzas de la Argentina para pocos: la Argentina oligárquica del proyecto agroexportador, sometida a las condiciones de las grandes potencias imperialistas, fundamentalmente el Reino Unido.

En 1955, esos mismo sectores sociales y políticos de la Argentina dependiente derrocaron, en un nuevo golpe de Estado, al gobierno constitucional y popular de Juan Domingo Perón y ocuparon dictatorialmente el poder del estado para restaurar el viejo país exportador de commodities agrarias. No fue posible, tal como lo pretendían, porque el mundo había cambiado. Su fundamento político fue la proscripción del peronismo, es decir, de la gran mayoría del pueblo argentino, con el argumento de la incapacidad de las grandes masas argentinas de decidir sobre su destino. Todos los gobiernos del período 1955-1973 se caracterizaron por su ilegitimidad e irrepresentatividad. El resultado electoral que convirtió en presidente al radical Umberto Illia, en elecciones en las que el peronismo fue proscripto, le dio al ganador el 22 % de los votos, mientras que los votos en blanco eran mayoritarios.
Recién en 1973, y como resultado de una gigantesca lucha del pueblo argentino, expresada en formidables insurrecciones en el interior del país, los argentinos pudimos volver a ejercer en plenitud la soberanía popular. Perón pudo ser candidato a presidente y el voto popular volvió a ser el fundamento político del Estado.

Y, nuevamente, volvió a disputarse una gigantesca lucha por el poder político en la Argentina , una lucha para establecer si es el Estado, al servicio de los sectores populares y el interés nacional, o son los sectores del privilegio, vinculados, ya entonces, al poder mediático, quienes imponen las grandes decisiones políticas. En el medio de esa gigantesca lucha de poder, falleció Juan Domingo Perón.

Desde 1976, estos mismos grupos que hoy desafían el poder del Estado, que ha vuelto a estar comprometido con el interés nacional y popular gobernaron el país a su antojo y se convirtieron en el verdadero Leviatán, que ha ahogado el desarrollo económico del país, que hasta el 2003 sometió al pueblo argentino a la desocupación y la miseria. Frente a este monstruo, solo el Estado puede defender el interés de las mayorías.

Y, como decíamos más arriba, por primera vez desde 1976 un gobierno está dispuesto a poner al Leviatán en caja, a limitar su voracidad y al poder mediático desde el cual se enorgullecía de poner y sacar gobiernos. 

La influencia que tradicionalmente estos sectores oligárquicos han tenido sobre el Poder Judicial se ha hecho evidente a lo largo de estos meses de vigencia de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. Si en el siglo pasado, en el poder Judicial se agazapaban los sectores más recalcitrantes de la vieja oligarquía vacuna, para frenar toda iniciativa del Estado en dirección a una modernización y democratización de la vida económica argentina, hoy, en los sombríos pasillos de los tribunales se oculta la resistencia más enconada y reaccionaria. Y esa resistencia no solo se manifiesta en las escandalosas chicanas leguleyas de los abogados de Clarín, sino en las artimañas tribunalicias que intentaron impedir el legítimo y legal aborto de una ciudadana que había sido sometida a la trata, a la privación ilegítima de la libertad, a la esclavitud y, finalmente, a reiteradas violaciones.

El Leviatán rugirá y hará temblar la tierra de aquí a diciembre. La firmeza en el rumbo, la profundización de las políticas en curso y el apoyo de los sectores más profundos de nuestro pueblo son la garantía de que el gobierno de Cristina podrá prevalecer sobre estos viejos enemigos. Unidos y organizados es la consigna.
Buenos Aires, 18 de octubre de 2012
Publicado en Caminopropio N° 8, noviembre 2012

2 de octubre de 2012

La historia de Europa y nuestras Malvinas

Ante el fallecimiento de Eric Hobsbawm
La historia de Europa y nuestras Malvinas

El inevitable fallecimiento del historiador inglés Eric Hobsbawm, a los 95 años de edad, es un momento oportuno para reflexionar sobre su obra, en general, y sobre su pensamiento en relación con la Argentina y América Latina, en particular.

Hobsbawm fue, posiblemente, el último de los grandes historiadores del siglo XX, heredero de la tradición iluminista europea que tuvo en el materialismo histórico pensado por Carlos Marx su expresión más alta. Esa tradición, consecuencia del particular desarrollo del capitalismo en el Viejo Continente y de su sistemático saqueo del mundo colonial, fue capaz de dar a la humanidad las obras de Vico, Lessing, Hegel, Goethe y Croce, en el terreno del pensamiento histórico, y las de Quesnay, Say, Smith, Stuart Mill, List y Marx en el de la economía, que han tenido decisiva influencia en la construcción del mundo contemporáneo.

E. H. Carr, E.P. Thompson y Eric Hobsbawm fueron, juntos con muy pocos más, grandes historiadores ingleses que echaron su mirada sobre la sociedad que comenzó a desarrollarse a partir de la revolución política llevada adelante por Francia y la revolución productiva puesta en movimiento por Inglaterra. Los tres libros cumbres de Hobsbawm, La Era de las Revoluciones, La Era del Capital y la Era del Imperio, son hoy ineludibles para la comprensión del mundo que termina con la implosión de la Unión Soviética, en 1990.

Fue Blas Alberti, en 1972, quien por primera vez me mencionó su nombre y La Era de las Revoluciones. Lo compré en una voluminosa edición de tapas duras y lo que en ella leí me ha acompañado el resto de mi vida. La descripción de la Francia prerrevolucionaria, el mundo de la campiña inglesa en la época de las Enclosure Acts, la dispersión de la Alemania anterior a Bismarck, son las imágenes que formaron, hasta ahora, mi representación del Viejo Mundo. Su relato sobre la creación de los estados nacionales europeos, sobre todo los tardíos, siguen siendo paradigmas -relativos y dialécticos, pero paradigmas al fin- de nuestra gran tarea de unificación continental. La Era del Capital lo leí en inglés y La Era del Imperio, en sueco, cuando estudiaba en la Universidad de Estocolmo, en el largo invierno de la dictadura.

Pero el fin del exilio significó, en gran parte, el fin del idilio con Hobsbawm. La Guerra de Malvinas, con nuestra consiguiente derrota, puso fin a la dictadura cívico militar de 1976 y abrió paso a una democracia colonial y condicionada que, al menos, nos permitió volver a la patria.

Las consideraciones que Hobsbawm formuló acerca de la Guerra pusieron límite a mi admiración por el historiador londinense. En efecto, en enero de 1983, la revista Marxism Today publicó una conferencia de Hobsbawm sobre “Las consecuencias de Malvinas”. Y en ella quedó de manifiesto lo poco que le interesaba el mundo semicolonial y qué lejos de la tradición del marxismo periférico -Lenin, Trotsky, Mao, Ho Chi Minh o Fidel Castro- estaba su pensamiento.

Decía Hobsbawm, en esa conferencia: “Dado que el gobierno y todo el mundo carecían de interés en las Falklands, el hecho de que fueran de urgente interés en la Argentina, y hasta cierto punto en América Latina como un todo, fue pasado por alto. Estaban muy lejos, en verdad, de ser insignificantes para los argentinos. Eran un símbolo del nacionalismo argentino, especialmente desde Perón. Nosotros podíamos posponer el problema de las Falklands para siempre, o creíamos que podíamos, pero no los argentinos. (…) Como muchas reivindicaciones nacionalistas similares, no resiste demasiada investigación. Está basado esencialmente en lo que uno podría llamar 'geografía de escuela secundaria' –todo aquello que pertenece a la plataforma continental debería pertenecer al país más cercano–, pese al hecho de que ningún argentino ha vivido allí”.

La cantidad de errores e ignorancias que encierran estos párrafos es abrumadora. Sostener que el reclamo argentino de Malvinas fuera un símbolo “especialmente desde Perón” es prueba de que Hobsbawm no sabía de qué estaba hablando. Su desprecio por lo que llama “geografía de escuela secundaria” es propia de una mentalidad colonialista y el hecho de que ningún argentino hubiera vivido allí solo es cierto a partir de 1833, cuando, justamente, los ingleses desalojan por la fuerza a los habitantes rioplatenses.

Refiriendose a la patriotera reacción de los ingleses a la ocupación argentina, dice Hobsbawm: “una casi universal indignación en un montón de personas, la idea de que uno no podía simplemente aceptarlo, de que había que hacer algo. Este era un sentimiento que se extendió hasta las bases sociales y era no político, en el sentido de que atravesaba todos los partidos y no estaba confinado a la derecha o la izquierda. Conozco mucha gente de la izquierda dentro del movimiento, incluso en la extrema izquierda, que tuvo la misma reacción que la de la derecha. (…) Puede no ser un sentimiento particularmente deseable, pero afirmar que no existió es carecer de realismo”.

Y ¿qué reflexión le merece esta reacción del pueblo inglés? “Nosotros, en la izquierda, siempre habíamos predicado que la pérdida del Imperio y la declinación general llevaría a alguna reacción dramática más temprano o más tarde en la política británica. No habíamos previsto esta reacción en particular, pero no hay dudas de que esta fue una reacción a la decadencia del Imperio Británico tal y como había sido predicho durante tanto tiempo”.

Nada de diferenciar, como lo hicieran Lenin o Trotsky, a principios del siglo XX, entre el nacionalismo de los pueblos oprimidos y el nacionalismo opresor de las potencias imperialistas, nada de recordar las palabras de Marx, citando al Inca Yupanqui: “Un pueblo que oprime a otro no puede ser libre”. Quien, en sus libros y desde la cátedra, elaboró el concepto de el estado nación como relato mítico de las clases dominantes, no tiene otra reflexión que el simple y oportunista reconocimiento del patriotismo colonialista de sus compatriotas. “En si mismo, no fue mero patrioterismo. Pero, aunque este sentimiento de humillación nacional fue más allá del simple patrioterismo, fue fácilmente capturado por la derecha y controlado por lo que creo fue, políticamente, una muy brillante operación de Mrs. Thatcher y los thatcherianos”. El patrioterismo del autor se hace evidente en este párrafo ya que prescinde por completo en su análisis -entiéndase que se trata de un análisis que pretende responder a los valores del internacionalismo- del interés del pueblo argentino y latinoamericano, y denuncia una captura por parte de la derecha de su país, como si, ese mismo patrioterismo, hubiese podido ser conducido de otra manera por los laboristas. La tarea central de un revolucionario en el mundo imperialista era y sigue siendo el de unir -si ello es posible- la causa de los oprimidos de ese mundo con las reivindicaciones nacionales del mundo colonial y semicolonial.

Hobsbawm no pudo -o no quiso- romper su estrecho eurocentrismo, en el momento en que una clase obrera brutalizada por la renta imperialista se unió a los más vulgares reclamos colonialistas, haciendo un frente único con el partido de Thatcher. Decía Hobsbawm, entonces: “Estos peligros son particularmente grandes allí donde el patriotismo puede ser separado de otros sentimientos y aspiraciones de la clase obrera, o aún allí donde puede ser contrapuesto a ellos: donde el nacionalismo puede ser contrapuesto a la liberación social. (...) Inversamente, cuando las dos van juntos, multiplican no sólo la fuerza de la clase obrera sino su capacidad de colocarse a la cabeza de una amplia coalición por el cambio social e incluso dan la posibilidad de arrancar la hegemonía a la clase enemiga”. Lo que Hobsbawm prescindía de analizar es que una cosa es el patriotismo del pueblo inglés ante los bombardeos de las V2 alemanas, durante la Segunda Guerra Mundial, y otra muy distinta el ramplón patrioterismo colonialista frente a la pérdida de un territorio ocupado por la fuerza y a diez mil millas de las islas británicas. Y agrega para dejar más claro su punto de vista ante el público inglés y ante nosotros, los argentinos que produjimos la “comprensible” reacción británica: “Los marxistas no han hallado fácil lidiar con el patriotismo de la clase obrera en general y con el patriotismo inglés o británico en particular. Británico, aquí, significa el lugar donde el patriotismo de los pueblos no ingleses viene a coincidir con el de los ingleses; donde no coincide, como es, a veces, en el caso de Escocia y Gales, los marxistas han estado más conscientes sobre la importancia del sentimiento nacionalista o patriótico”.Ni se le ocurre preguntarse por el nacionalismo argentino o latinoamericano que, seguramente en su visión, tiene un rango todavía inferior al de los escoceses o los galeses. Y completa su argumento: “Es peligroso dejar el patriotismo exclusivamente a la derecha”. Cuál hubiera sido la situación para los argentinos de haber sido la izquierda inglesa la que hubiera llevado adelante ese patriotismo lo pudimos ver en todos los gobiernos de esa bandería que sucedieron al de Thatcher. A excepción del solitario diputado Tony Benn, el laborismo ha sido tan colonialista como los tories.
Esta conferencia de 1983 puso fin, como ven, a mi idilio intelectual con el anciano historiador a la vez que me confirmaba en la necesidad de construir nuestra propia visión de la historia para argentinos y latinoamericanos.

Buenos Aires, 1 de octubre de 2012

21 de agosto de 2012

Pedro Godoy, el amigo chileno de los argentinos

Pedro Godoy, el amigo chileno de los argentinos

Parece ser, según he escuchado aquí, en Santiago de Chile, que hace unos años Alberto Methol Ferré le dijo a Pedro Godoy, mi amigo y compañero de este lado del Ande, lo siguiente:
- Pedro, imagínese un gran bol lleno de leche, blanca, inmaculada, y una mosca, negra y ominosa, flotando en el medio. ¿Se lo imaginó? Bueno, esa mosca es usted aquí, en Chile.

Y esa es la más cruda descripción que se puede hacer de Pedro. Desde hace más de cincuenta años se ha dedicado a explicar, defender, sostener ante sus demasiadas veces sordos compatriotas, la necesidad de la integración de Chile al contexto latinoamericano, el estrechamiento de sus relaciones con la Argentina y la solución definitiva de su absurdo y decimonónico conflicto limítrofe con Bolivia -tema este que ha impedido durante todo el siglo XX y lo que va del nuevo que el país altiplánico tenga una salida al mar. 

Ha sido un admirador del peronismo en un país que, por derecha e izquierda, condenó al movimiento que no entendía. Se enfrentó, en años mozos, con la dirección del partido comunista que no comprendía estos pujos continentales. Discutió con la Unidad Popular cuando el dogmatismo y el sectarismo minaban la política de Salvador Allende. Y sufrió los embates del golpe proimperialista de 1973. Todo ello no le ha impedido sostener que el dictador Pinochet no fue derrotado por las fuerzas populares, sino por los EE.UU., que consideraron peligrosa su continuidad y que el actual sistema político chileno es producto de una brutal derrota popular y no de una victoria. 

Pedro tiene una juventud eterna. Está atravesado por su pasión latinoamericanista y dedica cada minuto de su vida, de su actividad docente e intelectual, a esa pasión. Es uno de esos inoxidables, insumergibles que, bajo cualquier circunstancia, cualquiera sean las condiciones políticas de su país, ha dado una batalla política e intelectual para que la patria de O'Higgins abandone su secular y reaccionario aislamiento, esa actitud de isleños que describía con genio Methol Ferré. Este chileno de pura cepa, enjuto, decidor, pletórico de refranes cervantinos, se levanta cada día, desde su viaje iniciático a Buenos Aires en los inicios de los '60, pensando cómo puede conmover la conciencia y el espíritu de su compatriotas, como los puede provocar para correrlos de cien años de ideología portalina y disolver el arraigado mito del Chile amenazado por argentinos, peruanos y bolivianos que todavía es doctrina en los estados mayores de su país y, lo que es aún peor, en su dirigencia política. Y con ese objetivo en su conciencia escribe infinidad de folletos, cartas a los grandes diarios de Santiago y de las distintas regiones de su país, genera discípulos en su concepción latinoamericanista, recibe a sus amigos argentinos y bolivianos en su vieja y enorme casa, les ofrece lo mejor que Chile tiene para comer y beber y los obliga -en obligación que se convierte en placentera- a contar, a explicar, a informar sobre lo que pasa más allá de esa gigantesca muralla en que la oligarquía histórica de su país ha convertido a la hermosa Cordillera de los Andes. 

Es admirable Pedro Godoy. En una sociedad clasista, racista y cipaya como es la chilena, en la que la Concertación y la llamada derecha han desplegado los peores aspectos de la herencia de Diego Portales, el frío y calculador almacenero chileno del siglo XIX, este chileno de pura cepa ha logrado mantener viva la llama que iluminó a O'Higgins, la lucidez continental de Francisco Bilbao y la solidaridad con la Bolivia invadida, violada y sometida en la guerra del Pacífico.

Mi anfitrión, el hombre que me presenta gente y amigos en tierra chilena, es, entonces, un héroe de los de nuevo tipo. De esos que, sin someterse, aguantaron con los dientes apretados los terribles años de la reacción momia, mantuvieron, no obstante, sus ideales integracionistas, y han llegado a la nueva época con la espalda erguida y mucho que aportar a las nuevas generaciones.

El profesor Pedro Godoy Perrin es ya un patriota suramericano de estos nuevos tiempos de integración y Patria Grande. 

Es una gloria que pueda ver la época que se avecina.

Santiago de Chile, 21 de agosto de 2012

2 de agosto de 2012

Con Venezuela en el Mercosur se consolida la Patria Grande


Con Venezuela en el Mercosur 

se consolida la Patria Grande

La Corriente Causa Popular celebra el ingreso definitivo de la República Bolivariana de Venezuela al Mercosur. Con ello se completa no sólo un gran acuerdo económico, comercial y político sino que se consolida el más importante proyecto geopolítico intentado en nuestro continente desde los tiempos de la Gran Colombia.
En 1951 el presidente argentino teniente general Juan Domingo Perón lanzó su propuesta de integración con Brasil y el resto de Suramérica a la que llamó el Nuevo ABC. La misma implicaba no solo una alianza estratégica de nuestro país con el gran vecino lusoparlante, sino también una articulación con el resto de los países hispanohablantes de la región para equilibrar la relación con el Brasil.
Los tiempos no estaban lo suficientemente maduros y el poder del imperialismo y las oligarquías regionales desbarataron el proyecto derrocando a los gobiernos nacionales y populares que lo sustentaban.
La firma del Tratado de Asunción, en 1991, puso nuevamente en marcha aquel proyecto, que significó una resistencia de hecho al llamado Consenso de Washington, aún cuando las políticas neoliberales que entonces se aplicaban dificultaron su cristalización y profundización.
El siglo XXI, tal como lo había profetizado Perón, le dio un nuevo impulso al Mercosur. A su vez, desde Venezuela comenzó a plantearse una osada revisión del viejo proyecto bolivariano. Si el Libertador Simón Bolívar, determinado por las condiciones de su época, había lanzado su estrategia a lo largo de los países andinos y de la costa del Pacífico, el presidente Comandante Hugo Chávez Frías proyectaba un bolivarianismo que integrase la costa atlántica de nuestro continente.
La visión de Perón, la propuesta de Nación Latinoamericana de Jorge Abelardo Ramos y la concepción estratégica del uruguayo Aberto Methol Ferré han terminado de hacerse realidad con esta integración.
Venezuela aporta su extraordinaria reserva petrolera -la más grande del mundo- a un bloque continental suramericano que necesita una soberanía energética regional para impulsar de manera autárquica su imperioso desarrollo industrial. Pero esto no es, con la importancia que tiene, lo más trascendente. La incorporación de la patria de Bolívar permite, tal como lo pensaba Perón, equilibrar en la región el enorme peso específico de la economía brasileña y su ambiciosa burguesía. Presenta una unidad política, económica y militar sobre el Atlántico que es nuestra línea de frontera con el continente africano, con el cual ya hemos comenzado a establecer relaciones de un riquísimo potencial político, económico y comercial. Consolida además la independencia y soberanía de Venezuela, cuya riqueza petrolera la convierte en presa potencial del imperialismo norteamericano. Ofrece, además, al conjunto de los países de la región un extraordinario y eficiente modelo de integración que ha logrado superar enormes dificultades, poderosas presiones y permanentes conspiraciones de los sectores vinculados al privilegio oligárquico de raíz antisuramericana.
Esta importante y estratégica victoria no puede hacernos olvidar que el Paraguay, el querido Paraguay víctima de la infame Guerra de la Triple Alianza, no ha podido celebrar como debiera esta incorporación. La reintegración del Paraguay a la comunidad del Mercosur, en el plazo más perentorio, debe ser la primera y patriótica tarea de este bloque hoy repotenciado con la presencia de una Venezuela libre, justa y soberana.
Buenos Aires, 2 de agosto de 2012

MESA NACIONAL de la CORRIENTE CAUSA POPULAR

Luis Gargiulo (Necochea), Eduardo González (Córdoba), Julio Fernández Baraibar (Cap. Fed.), Eduardo Fossati (Cap. Fed.), Laura Rubio (Cap. Fed.), Juan Osorio (GBA), Cacho Lezcano (GBA), Marta Gorsky (Gral. Roca), Ismael Daona (Tucumán), Alberto Silvestri (Esquina), Magdalena García Hernando (Cap. Fed.), Marcelo Faure (La Paz ER), Tuti Pereira (Santiago del Estero), Ricardo Franchini (Córdoba), Liliana Chourrout (GBA), Oscar Alvarado (Azul); Ricardo Vallejos (Cap. Fed.), Alfredo Cafferata (Mendoza), Juan Luis Gardes (Cipoletti), Omar Staltari (Bahía Blanca), Gabriel Claverí (Cnel. Dorrego), Rodolfo Pioli (Jujuy) y Horacio Cesarini (GBA).

Ateneo Arturo Jauretche - Jujuy

22 de julio de 2012

Evita: entre la mujer y el símbolo

 Publicado en Miradas al Sur

Evita: entre la mujer y el símbolo

Año 5. Edición número 218. Domingo 22 de julio de 2012

El 26 de julio se cumplen 60 años de la muerte de María Eva Duarte de Perón. Aquí se anticipa lo que será el programa televisivo Historia en debate (CN23, hoy a las 22), un homenaje a “esa mujer” –como señalara Rodolfo Walsh en su cuento– que revolucionó la sociedad argentina con su manera de pensar la realidad y de actuar sobre ella. Las voces de la actriz Esther Goris, del escritor Julio Fernández Baraibar y de los investigadores Marcela Castro y Roberto Vacca. También se reproducen fragmentos de los nuevos libros de Felipe Pigna y Norberto Galasso. Y la opinión del historiador Alberto Lettieri. Por eso, por Ella.
Entrevista. Esther Goris y Julio Fernández Baraibar .
Esther Goris es, sin dudas, la imagen cinematográfica más reconocida de Eva Perón. Julio Fernández Baraibar (político, escritor, periodista y guionista cinematográfico) es miembro fundador del Frente de Izquierda Popular que liderara Jorge Abelardo Ramos. Los dos tienen mucho para decir de quien cambió los destinos de la Argentina. Los dos, a su vez, fueron modificados por la vida y el pensamiento de “esa mujer”.
–Esther, ¿cuánto te cambió protagonizar a Evita en el cine?
Esther Goris:
–Cambió la proyección de mi carrera como actriz y tuve la enorme suerte de encarnarla. Lo digo porque, en todo momento, las actrices de 15 a 70 años, y no sólo las argentinas, queríamos encarnarla. De modo que haber sido la elegida para ponerle el cuerpo a un personaje fundamental en el imaginario de todo un pueblo significó una gran responsabilidad. No tuve mucho tiempo para ensayar ser ella. Fue una película de escaso presupuesto que se rodó en cinco semanas. Y eso contribuyó a que me lanzara al abismo. Pero, claro, el personaje lo ameritaba.
–La figura de Evita, para vos Julio, que venís de la izquierda nacional, ¿es más fácil o compleja que otras del peronismo por toda la reconstrucción de su vida mitificada y más llevada a los sacramental que a lo político?
Julio Fernández Baraibar:
–En las conversaciones que tuve con Jorge Abelardo Ramos, que fue en ese sentido el principal maestro, él tenía una alta estima de Eva Perón y comprendía, como pocos en la época, el valiosísimo papel que había jugado para la integración de las mujeres en la política. Digamos el papel igualitarista e incorporado que Evita había jugado. Él tiene una página extraordinaria donde cuenta la vida de esas mujeres de negro, que llegaban de las provincias a trabajar de empleadas domésticas en las casas y cómo Evita y el peronismo las lanza a las fábricas. Convierte a esas chicas con destino de sirvientas en obreras de fábricas, les da sindicatos, buenos salarios, aguinaldo, vacaciones. Dice Ramos que nunca hubo tantas mujeres rubias en la Argentina como cuando apreció Evita: todas las chicas que tenían buen salario podían y querían ir a la peluquería a teñirse para ser como ella.
–¿Qué se mira a la hora encarar a Evita?
E. G.:
–En ese momento no había tanta documentación como ahora. Yo fui al Archivo General de la Nación y pedí que me pasaran todos los pedacitos de Sucesos Argentinos una y otra vez. Incluso hubo biógrafos de Evita que vinieron a conversar conmigo para saber datos de ella. Y también hablé mucho con algunas personas que estuvieron a su lado, como la enfermera que la cuidó en los últimos momentos. Pero el aspecto amoroso era una cuestión a decidir. Juan Carlos Desanzo, el director de la película, y José Pablo Feinmann, el guionista, lo habían dejado librado a nuestra voluntad. Había una cuestión importante a definir: ¿qué pasa con esta mujer y este hombre? ¿Evita lo amaba a Juan? Indefectiblemente sí, y eso era lo más importante para mí. Creo que fui lo bastante objetiva respecto de lo que siente una mujer con la que ya no tenemos oportunidad de hablar. Eva tenía un gran desamparo. Perón hace con Eva como hizo con su pueblo, se caracteriza por descubrir aquello que necesitan. Ése fue su gran talento. Y es esa sed de amparo de su pueblo que termina de convertirlos a ambos en quienes fueron. Hay un instante decisivo en toda pareja en la que el destino los define. Y Eva aparece en la vida de Perón en el momento exacto.
–Desanzo es un director que, en sus películas, se preocupa por las cosas del pueblo...
J. F. B.:
–Desanzo es un gran arquitecto de la industria del cine. Logró hacer esa película de las dos grandes figuras del siglo XX con poco dinero y muchísimo talento.
E. G.: –No sólo eso. Vamos a develarlo, ya que nadie nos puede hacer ningún problema: esa película fue filmada uno a uno. Es decir, como no había dinero para celuloide, cada toma que se filmaba quedaba y no había lugar a errores ni a repeticiones. Además, él dijo: “Yo elijo a quienes creo aptos para hacer los personajes. No los dirijo”. Era mentira, claro, porque si bien no nos dio indicaciones todo el tiempo, preparó todo el terreno para desarrollarnos.
–¿Tuviste trato con Feinmann?
E. G.:
–Ahora somos amigos, antes no. Recuerdo que él llegó con su mujer, María Julia Bertotto, a la filmación y yo estaba desesperada. Ya había rodado casi toda la película y lo vi y lo saludé con mucho respeto y admiración. Pero me puse tan nerviosa pensando que había estado mal que le dije: “Ay, Feinmann, me saludás porque no viste cómo te hice mierda esta película”.
–Julio, con el libro de Jorge Coscia y la película de Paula de Luque volvieron a escena las figuras de Perón y de Evita.
J. F. B.:
–Volvieron en momentos en que el pueblo argentino vive jornadas como las que vivieron Perón y Evita en la década del ’50. Es evidente que hay una gran pasión de las nuevas generaciones por conocer la figura de ambos personajes. Lo interesante de la novela de Jorge Coscia y la película de Paula de Luque es que toma la parte no histórica de Juan y Eva. Uno dice que la historia comienza el 17 de octubre de 1945, cuando se hacen públicos y dirigentes de un proceso transformador, pero esa parte secreta que narraron en la película es muy linda porque es una forma de encarar la intimidad no conocida.
E. G.: –Debo decir que Julieta Díaz encarnó muy bien el personaje. Es la Eva antes del poder, la que no estaba tan segura de sí misma. Sucede con la inteligencia más o menos lo mismo que con la belleza: una mujer que se cree bella termina siéndolo y una mujer o un hombre que se siente inteligente termina por tener algún acierto. Evita reconocía su belleza, pero no le sucedía lo mismo con la inteligencia. Tal vez por su origen, se sentía varios escalones más abajo quizá de lo que debía representar. Proviene de una clase social que estaba habituada a que vinieran los de arriba a decirle qué hay que pensar, cuál es el buen gusto.
–Pensemos cuántas figuras del siglo XX patrtieron desde abajo y llegaron a jugar en las grandes ligas de la política...
J. F. B.:
–Es interesante. Hay una novela de Manuel Puig, Boquitas pintadas, emblemática. Yo tengo la sensación de que Evita es una de esas chicas de las historias de Puig. Esas mujeres de mediados del siglo XX tenían un único objeivo, el matrimonio. Y si fracasaban porque el candidato no era todo lo exitoso que se pensaba, la vida se convertía en una derrota cotidiana. Del seno de esas mujeres simples, de pueblos pequeños como era Junín, salió esta Evita que, de alguna manera, se parece a nuestras madres.
E. G.: –Yo no coincido con esa visión, quizá demasiado masculina y muy argentina. Me parece que Eva Perón no se parecía a ninguna madre de aquel momento. Mi madre fue mucama y mi padre estibador. Mi madre tuvo un gran coraje pero Eva tuvo uno superior a todas las mujeres, excepción de una que ahora está presente, y fue el de construir su propio destino. Sobre todo cuando el destino le marca que tiene que hacerse cargo de un pueblo.
–Eso que decís me recuerda a las cartas del Che Guevara a su madre. Allí uno se encuentra a un pibe de barrio. Y años después, cuando lo vemos en Cuba o en África, es notorio el cambio del hombre que camina alzando pueblos...
E. G.:
–Seguro. Es el mismo paso de aquella niña de 14 años, que quería ser famosa, actriz, a la mujer que acepta el papel que Perón comienza a otorgarle y luego brinda ese salto gigante. En ese cabildo abierto del 22 de agosto, donde un pueblo entero le pide la vicepresidencia, aunque sabe que había grandes intereses para que no lo fuera, ella contribuye con su acto. Sabemos, hoy, que el juego en la pareja era un gran silencio. Perón elegía el silencio y Evita hacía lo que podía. O, mejor dicho, lo que ella pensaba que Perón otorgaba con ese silencio aunque no siempre lo hiciera.
–¿Qué tenía Evita para ser la gran comunicadora que fue? Perón dice que asumió con toda la prensa en contra, pero la prensa no eran todos los medios.
J. F. B.:
–La prensa escrita estaba en contra. El cine era la otra gran herramienta.
–Ellos era los dos grandes protagonistas de esos nuevos escenarios de los medios de comunicación.
J. F. B.: –Sobre todo Eva, que tenía un alto grado de representatividad. Las mujeres humildes se sentían representadas y expresadas por esa mujer. Ella sabía usar esa sensación de representatividad. Además era actriz. Creo que ella se ponía en un lugar expresando un personaje histórico.
E. G.: –Pero también en algún momento se alude a Perón como el macho de Eva Duarte, como el que la domina.
–Claro. No Evita como la mujer de Perón y Perón el primer actor, sino a la inversa. Se dio una situación muy particular con las figuras de Néstor y Cristina. Algo que va más allá del sexo.
J. F. B.:
–No tiene que ver con la relación personal de ellos dos sino con la política. Creo que Evita fue creada, en cierta manera, por Perón. Nada de lo que hacía, creaba o conducía Evita estaba hecho sin la anuencia de Perón.
E. G.: –Yo diría que Penélope teje porque Ulises tarda en volver. Esa trama del tejido de Penélope es porque Ulises está viajando. Creo que hay ahí una historia entre Eva y Perón y también entre Néstor y Cristina.
–Hoy estamos en un terreno más árido pero en democracia. ¿Estamos a la altura indicada para transmitirles a los jóvenes con rigor histórico y con pasión, con equilibrio, la figura de Evita o ellos tienen que reconstruirla y descubrirla?
J. F. B.:
–Creo que ese camino son las dos vías. Si tomamos la experiencia de mi generación, a los 17 años nos hacíamos preguntas y salíamos a buscar respuestas. Y encontramos respuestas en la generación que nos antecedió, en libros que nos permitieron comprender. Y eso es lo que está pasando en estos momentos. Aquí hay toda una generación que accede masivamente a la política con la desaparición física de Néstor Kirchner y que sale a la búsqueda de respuestas. Y elaborarán una nueva manera de pensar la Argentina.
E. G.: –La nueva incursión de los jóvenes en la política tiene que ver un poco con lo que prometió la Presidenta y cumplió: la revolución cultural y poner la política sobre la mesa. Todas las otras bondades son hijas de eso.

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