9 de mayo de 2020

La extraña resignación de los suecos

Me dice un amigo sueco, respecto a la situación de la pandemia en su país:

"Suecia no ha cerrado tanto como Noruega. Cuando Noruega ahora abre, por ejemplo, escuelas, no está claro qué está sucediendo. En Suecia, tenemos una gran proporción de personas fallecidas en viviendas para ancianos, que están organizadas de manera diferente que en Noruega. Aquí, quienes viven en geriátricos son mas frecuentemente "multienfermos" que en Noruega. Y tenemos una mayor proporción de viviendas para personas mayores de gestión privada con menos densidad de personal que en Noruega. Por lo tanto, hay grandes diferencias".

O sea, mi amigo, un socialdemócrata activo, una persona llena de sentido común, capaz de protestar por injusticias que ocurren en cualquier parte del mundo, tiene tal confianza en el sistema que no cuestiona un ápice lo que es, a todas luces, una política errónea y de graves consecuencias. Esto es lo que me sorprende vivamente de lo que está ocurriendo en Suecia: la incapacidad de cuestionar una política estatal, pese a sus resultados notoriamente negativos, aún en comparación con sus vecinos.

Tengo otro ejemplo.

En este caso es una muy conocida autora de novelas policiales. Una mujer de mediana edad, culta, también capaz de ver y denunciar las injusticias en cualquier parte del mundo. A mi pregunta sobre si la comparación entre Suecia y Noruega que hizo el presidente Alberto Fernández es correcta me contesta:

"Imposible de decir si está bien o mal. Se puede tratar de otras cosas totalmente diferentes, como quienes han viajado o cómo el primer contagio entró al país".

Nunca he visto negación de lo evidente tan brutal.
Sencillamente están convencidos que el Estado Sueco no puede equivocarse.

La oposición ha quedado definitivamente dividida



Reflexionemos juntos.
¿Es importante la presencia de Rodríguez Larreta al lado del presidente de la República, Alberto Fernández y del gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof?
En mi opinión, altamente politizada, es lo más importante de la jornada. Alberto Fernández, el presidente por el Frente de Todos cuya vicepresidenta es Cristina Fernández de Kirchner, logra sentar a su lado al administrador del principal distrito de la oposición, la histórica ciudad de Buenos Aires, la ciudad que ni siquiera Juan Domingo Perón logró ganar -ganó la elección a senador en 1973 un tal Fernando de la Rúa-. Sentado a su lado, descarga su crítica, contenida, pero filosa y clara, a la oposición que ha venido bombardeando desde los medios y las redes sociales la política contra la pandemia. Y ese jefe de gobierno habla durante largos minutos tomando como referencia de sus palabras las dichas por el presidente de la República.
Desde una mirada estrictamente política, de análisis del poder, hoy Alberto Fernández es el dirigente indiscutido del país, nadie con poder político lo discute ni discute su liderazgo nacional.
¿Esto da más poder a la gestión del intendente de la ciudad de
Buenos Aires, pomposamente llamado Jefe de Gobierno de la Ciudad Autónoma? ¿Esto soslaya la pelea política en el seno del distrito de la Capital Federal? ¿Esto soslaya la crítica al carácter elitista de las políticas públicas del Jefe de Gobierno de la CABA? ¿Disminuye su responsabilidad en los brotes de la pandemia en geriáticos y en las pocas villas de la orgullosa ciudad-estado?
En mi humilde opinión, para nada.
Es responsabilidad de quienes llevan adelante la política opositora en la Ciudad convencer a la mayoría del electorado del desatino, despilfarro de recursos y cosmética política que el PRO lleva adelante desde hace años en el distrito. Es responsabilidad de los políticos porteños opositores de establecer un correcto eje de enfrentamiento con el oficialismo. No estoy seguro que el gobierno de Rodríguez Larreta no haya hecho políticas de mejoras en, por lo menos, algunas de las villas de la CABA. Y sí, es cierto, que esas políticas no lograron generar una corriente mayoritaria a favor del oficialismo en las últimas elecciones.
Pero la presencia, en la conferencia de prensa de hoy, de las autoridades de los dos distritos más castigados por la pandemia, implicó para el gobierno de Alberto Fernández un reconocimiento político que no se lograba en el país desde las jornadas del levantamiento carapintada, más allá del juicio que el levantamiento y la política alfonsinista nos merezca. En ese punto, todos saben mi opinión.
Pero, lograr una imagen de unidad nacional ante una amenaza como la de la pandemia y a la que debe sumarse la de la negociación de la deuda externa es un capital político que Alberto Fernández ha logrado acumular.
Ha logrado dividir al partido político de la plutocracia argentina al que derrotó hace cinco meses en una primera vuelta. Horacio Rodríguez Larreta y, posiblemente, el radicalismo son hoy la oposición democrática, negociadora, que acompaña el desafío nacional. Macri y su pandilla, el monopolio mediático y el gorilismo psiquiátrico han quedado expuestos como verdaderos lastres, irresponsables y demenciales.
Todavía está faltando un golpe de gracia a su poderío extra político, el que se basa en la injusta y enorme capacidad económica de, tan solo, doce mil ciudadanos. Esa oligarquía -dominio de pocos- es el único escollo de nuestra democracia y nuestra consolidación como sociedad industrial, moderna y dinámica.
Buenos Aires, 9 de mayo de 2020

7 de mayo de 2020

Decile a Abelardo que se venga a comer un bife a la UOM

Era el mes de septiembre de 1973. En la Argentina estábamos de elecciones para volver a poner a Juan Domingo Perón en la presidencia de la República después de 18 años de proscripción. De repente en Chile un furioso golpe de estado ametralla el palacio de La Moneda y el presidente Salvador Allende prefiere pegarse un balazo, antes de caer en manos de los verdugos del pueblo chileno.

El Frente de Izquierda Popular tenía, entonces, su local central en la esquina de Jujuy y Alsina, una casa de dos pisos de alto que aún está. Inmediatamente, al enterarnos de estas terribles noticias, un grupo de militantes, en ese momento todos teníamos 25 años, salimos con un altavoz portátil a la Plaza Once para armar un pequeño acto espontáneo con discursos que mezclaban la campaña electoral con los sucesos chilenos.

Los compañeros me piden que cierre el acto y comienzo mi discurso caracterizando lo que estaba ocurriendo en Santiago como una réplica de lo que había ocurrido en Buenos Aires en junio y septiembre de 1955, precisando la similitud parasitaria de las clases sociales que estaban detrás del crimen y en lo que eso había significado para el pueblo argentino.

De pronto veo que entre el numeroso corrillo de público que se había juntado espontáneamente-eran unas cuatrocientas o quinientas personas que pasaban rumbo a la estación de tren- estaba, ni más ni menos, que Lorenzo Miguel, el legendario secretario general de la UOM, el hombre que había sucedido a Augusto Timoteo Vandor después de su asesinato. Allí, rodeado de algunos colaboradores, a pie, estaba el principal dirigente del, en ese momento, poderoso gremio de los metalúrgicos.





El primer pensamiento, al verlo, fue preguntarme si había dicho durante mi discurso alguna invectiva contra la burocracia sindical, mientras seguía con mi improvisada agitación electoral. La conclusión fue que, hasta ese momento, no, pese a que la condena a la dirigencia sindical formaba parte de la retórica de ese momento de la campaña del FIP, "Vote a Perón desde la izquierda".

Me extendí otros minutos sobre el golpe chileno y las elecciones argentinas y el fin de la proscripción a Perón y al peronismo y un cerrado aplauso coronó mis palabras. Miré hacia el público y vi que Lorenzo Miguel aplaudía entusiasmado.

Me dirigí hacia él y le extendí la mano para saludarlo.

- Hola compañero Miguel, le dije, gracias por su atención.

- Le estaba diciendo a los muchachos, me dijo, que era así tal cual vos lo había dicho. El golpe en Chile es el mismo golpe que nos hicieron en el 55. Muy bien. Muy bien.

- Bueno, gracias, atiné a decir.

Con su mano derecha me dio una suave palmada en la mejilla, mientras me decía:

- Decíle a Abelardo que me llame, que se venga a comer un bife a la UOM. Chau, pibe.

Estás últimas palabras fueron textuales. Me llamaron la atención tres cosas: primero la confianza con Jorge Abelardo Ramos. Nadie le decía Abelardo. Dos, nombrar la UOM, no mi oficina, el local. La UOM, la institución de los trabajadores metalúrgicos. Tres, la precisión en el menú. No dijo que se venga a comer algo. Que se venga a comer un bife, una comida como la gente, lo que comemos los argentinos.

Hoy, en medio de la cuarentena y al despertar de una breve siesta, este recuerdo apareció en mi cabeza. Nunca lo había escrito.

Buenos Aires, 7 de mayo de 2020. 

2 de mayo de 2020

24 de abril de 2020

Por qué recordamos a Lenin





Para dirigir una revolución sin precedentes en la historia de los pueblos, como la que se produce en Rusia, es evidentemente necesario hallarse en una conexión orgánica indisoluble con la vida popular, una conexión que brota de los orígenes más profundos”.
León Trotsky
Este 22 de abril se cumplieron 150 años del nacimiento, en una pequeña ciudad a orillas del Volga, Simbirsk, ubicada en lo profundo del territorio ruso, de un hombre que, en sus 54 años de edad, cambió el curso de la historia del siglo XX y cuyo nombre legendario, cuya inconfundible imagen, su vasta obra bibliográfica y sus electrizantes propuestas políticas conmovieron durante todo el siglo a las nuevas generaciones que se sumaban a la lucha por transformar el destino de millones de explotados en el mundo entero: Vladimir Illich Ulianov, Lenin
¿Qué sentido tiene después de tanto años recordar a Lenin? ¿Hay algo de su abrumadora labor político-literaria que mantenga alguna validez en este nuevo siglo? ¿Dejó su principal obra, la Revolución de Octubre, la primera revolución obrera triunfante en el país más atrasado de Europa, alguna lección útil en el siglo de las computadoras, el teléfono inteligente, el 5G y la Internet de las cosas? ¿Tienen sus principales libros que, a mi entender, son el Qué Hacer, El Imperialismo, etapa superior del Capitalismo y El Izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo, algo que aportar a la lucha política por nuestra independencia nacional y unidad latinoamericana?
Intentaré, brevemente, responder a estas preguntas.
En primer lugar, Lenin, seudónimo derivado del río Lena que cruza la vieja capital zarista fundada por Pedro el Grande, era un ruso profundo. Su rostro, de rasgos extrañamente orientales, sintetizaba la confluencia de pueblos y sangres que se mezclaron a lo largo de siglos para formar el alma y la naturaleza del hombre ruso. Suecos, mogoles, alemanes, judíos y eslavos se arracimaban en su árbol genealógico. Tenía un profundo conocimiento de la secular cultura de esos millones de campesinos explotados durante siglos y de la geografía de su país, el más extenso del mundo. Pese a vivir y viajar por muchos años en Europa occidental -en Alemania, en Londres, en Suiza, en Suecia, en Finlandia- y aún cuando hablaba y dominaba con distinta intensidad varios idiomas, su principal preocupación durante esos años de exilio fue mantener lo más fluida posible su vinculación con los hombres y mujeres del pueblo ruso que se organizaban en el país.
León Trotsky, quizás el más aparentemente cosmopolita de sus compañeros en la Revolución de Octubre, describió así a Lenin:
Lenin encarna el proletariado ruso, una clase joven, que políticamente tiene apenas la edad de Lenin y es, además, una clase profundamente nacional, porque involucra todo el desarrollo pasado de Rusia y contiene todo el futuro de Rusia, porque en ella vive y muere la nación rusa. Sin rutina ni ejemplo que seguir, libre de falsedad y de compromiso, pero firme en el pensamiento e intrépido para actuar, con una intrepidez que nunca degenera en incomprensión; así es el proletariado ruso y así es Lenin”.
Lenin refleja en sí la clase obrera rusa, no sólo en su presente político, sino también en su pasado rústico tan reciente. Este hombre, sin disputa el jefe del proletariado, parece un campesino; en él hay algo que lo sugiere vivamente”.
Cuando Lenin, cerrado el ojo izquierdo, recibía por radio el discurso parlamentario de un jefe de prosapia imperialista o la nota diplomática esperada -un cierto tejido de reserva sanguinaria y de hipocresía política.- parecía un 'mujik' de temple orgulloso, al que no hay manera de reducir. Un campesino terco y avisado que llega a los límites de la genialidad con las últimas adquisiciones de un pensamiento de estudioso”.1
No había frivolidad cosmopolita ni mandarinato académico en su personalidad. Cercanía, intimidad y conocimiento del pueblo cuya voluntad quería expresar eran los rasgos notorios de su personalidad política. Y ese profundo realismo que nutría el pensamiento de Lenin fue lo que permitió uno de sus grandes hallazgos. Los socialdemócratas europeos, los reformistas y los revolucionarios, estaban convencidos que el decurso de la caída del modo de producción capitalista sería una consecuencia, compleja y trabajosa, del propio desarrollo capitalista. De modo que concebían, quizás un tanto mecánicamente, que serían los trabajadores de los países más desarrollados quienes encabezarían esa revolución europea que no sería más que la continuación, a un nuevo nivel de desarrollo, de la revolución de 1789, de la de 1830, la de 1848 y la de 1871. Y aní aparecía Alemania, con sus sindicatos, sus obreros altamente politizados, su prodigiosa organización política, como el escenario donde comenzaría ese Armageddon del capitalismo.
Fueron Lenin y sus amigos quienes llegaron a la conclusión de que el eje de la revolución de los pueblos se había corrido hacia la periferia. La mecha encendida en San Petersburgo en 1917 no corría hacia Occidente, sino hacia el incógnito Oriente, el de los pueblos bárbaros sometidos a la explotación colonial. No eran ya los obreros alemanes con su carnet socialdemócrata, ni los laboristas ingleses quienes asaltarían el futuro y transformarían el desarrollo de los hombres y mujeres del siglo XX. Eran los campesinos turcos, los maestros rurales del Turquestan, los pequeños burgueses y los artesanos hindúes, con sus tradiciones y sus dioses, con sus turbantes y sus sayas, los que habían recibido la llama del Octubre Rojo. Eran las naciones en proceso de liberación y construcción estatal, eran los pueblos que para Occidente no tenían historia quienes protagonizarían realmente la historia que la osadía de Lenín había iniciado.
En 1920, en plena guerra civil rusa, organizaron en Bakú, la capital de Azerbaiján, la primera Reunión del los Pueblos de Oriente. Casi 3.000 delegados se reunieron para discutir la mezcla de tareas democráticas, de liberación nacional, sociales y económicas que el siglo XX planteaba a sus pueblos y naciones.
Ya en su Imperialismo, fase superior del capitalismo, Lenin había avizorado este fenómeno. El capitalismo en su expansión imperialista se había convertido en un cerrojo que impedía a los pueblos coloniales y semicoloniales recorrer el camino que habían seguido las metrópolis imperiales. La respuesta de esos pueblos no podía demorarse. El genio de Lenin hizo que, de una vez y para siempre, la voluntad histórica de esos nuevos agentes históricos fuese asumida por el conjunto de los explotados.
Mi generación le debe a Lenin haber tenido la posibilidad de leerlo en clave periférica, en clave semicolonial. Le debe a Lenin el convencimiento de que los explotados requieren y son capaces de generar una organización que los represente y conduzca. Le debe a Lenin la gran ayuda de entender que la causa de nuestros pueblos, la causa de los argentinos, del sur, del norte, del este y del oeste, la causa de nuestros trabajadores es y debe ser el principal objetivo de nuestra reflexión política.
Yo, personalmente, adhiero al recuerdo de este ruso cuyo nombre seguirá siendo por siglos bandera de lucha de los humillados y explotados.
Buenos Aires, 24 de abril de 2020
1 Lenin como tipo nacional, León Trotsky, discurso de 1920. Publicado bajo ese título por Editorial Coyoacán, Buenos Aires, 1968.

22 de abril de 2020

La reacción de los jurisconsultos de los millonarios


En octubre del año 2006, el entonces gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Felipe Solá, elevó a la Junta Electoral de su distrito, en un escrito de 49 páginas, un pedido de declaración de certeza acerca de si estaba o no autorizado para presentarse nuevamente a elecciones. En 2002, Solá era vicegobernador. Asumió como titular del Ejecutivo provincial en reemplazo de Carlos Ruckauf, ue renunció en medio del polvaderal de diciembre de 2001. En 2003 fue elegido gobernador y el pedido apuntaba a que la Junta Electoral se expidiese, previo a todo otro trámite, si podía presentarse nuevamente o el interinato del 2001 al 2003 podía considerarse como un primer mandato. Obviamente, el punto de vista sostenido en el escrito era que ese período no correspondía constitucionalmente ser considerado como un primer mandato. Posteriomente, el desarrollo del acontecer político y la presión opositora contra las reelecciones hicieron desistir a Solá de presentar su candidatura.
La vicepresidenta de la República y presidenta del Senado Nacional, a través de la Directora de Asuntos Jurídicos del Senado, la doctora Graciana Peñafort, elevó a la Corte Suprema de la Nación un pedido de declaración de certeza sobre si es constitucionalmente válida o no una sesión no presencial de dicha cámara, es decir a través de instrumentos electrónicos que permitan el debido debate parlamentario y la correspondiente votación, sin necesidad de reunir, en medio de la cuarentena a 72 senadores y senadoras, mucho de ellos en clara zona de riesgo, más sus asesores y empleados necesarios para dicha sesión. Como es sabido, el principal tema de esa sesión será el paquete impositivo preparado por el poder Ejecutivo para enfrentar la crisis del Covid 19 y sus consecuencias económicas y sociales. Ello significa, en buen romance, un impuesto a las 12.000 personas más ricas de la Argentina.
¿Y cuál es el propósito de ese pedido de declaración de certeza que formula la presidenta del Senado? Habida cuenta del papel de custodio de las grandes fortunas que, tradicionalmente, se ha fijado la Corte Suprema de la Nación -salvo contadísimos casos-, el objetivo es impedir que, posteriormente a la sanción de dicha ley impositiva, el sistema mafioso de los grandes estudios, sus grandes clientes y la miríada de abogados a sueldo de estos proponga una inconstitucionalidad de dicha ley, por no haberse sancionado de manera presencial por el parlamento nacional.
Eduardo Casal: "Y soy abogado", respondió cuando le preguntaron por qué había actuado de manera tan artera.

Conocedora de las mañas trapisonderas de sus excelencias, de su orgánica prosternación ante el poder económico, de su afán de emulación a la Corte Suprema de los grandes plutócratas de los Estados Unidos, Cristina Fernández de Kirchner pretendió, tan solo, curarse en salud. Y lo bien que ha hecho, porque las respuestas no han tardado en salir publicadas en el sistema mediático de la Rosca oligárquica y financiera. El devaluado presidente de la Corte, el especialista en Derecho de Clarín, Carlos Rosenkrantz, intentando sacarle el culo a la jeringa, sin valor para decir que no se puede y sin interés en decir que sí se puede, posterga la reunión que debería tratar el pedido. A su vez, el procurador general de la Nación interino, el macrista Eduardo Casal -de quien solo Dios sabe por qué continúa en ese cargo- se pone la toga de Ulpiano y el porte de Papiniano para declarar, con vos engolada, que la Corte no tiene por qué responder a eso, ya que no se trata de un contencioso. Y, evocando la memoria augusta de Montesquieu afirma que una intervención del máximo tribunal como la que pidió la vicepresidenta “importaría indefectiblemente”, de parte de la Justicia, “una intromisión en las atribuciones propias del Senado de la Nación”. Por supuesto, simultáneamente considera, aunque no lo mencione, que declarar una eventual inconstitucionalidad de una ley dictada bajo esas condiciones sería simplemente un maravilloso acto de ejercicio de la división de poderes establecida por la sacrosanta constitución del 53 y del 94, además del necesario ejercicio de control que el augusto cuerpo tiene como misión.
La hipocresía suele disfrazarse de sobriedad pretoriana. Sinvergüenzas que se niegan a pagar impuestos como todos los ciudadanos, cretinos que estuvieron a punto de aceptar miembros impuestos por un decreto presidencial, marrulleros de cafetines de Tribunales, pequeros de dados cargados, su única tarea es defender con argumentos prestigiosos la fortuna delictuosa de evasores, lavadores, especuladores y usureros.
Que se reúna virtualmente el Congreso y que el número de los representantes populares les imponga a estos verdugos del pueblo argentino la necesaria distribución de su mal habida riqueza.
Buenos Aires, 21 de abril de 2020