8 de septiembre de 2009


Preocupaciones de una ex-izquierdista de La Nación

La señora Beatriz Sarlo ha vuelto a cumplimentar desde las páginas de La Nación, en su suplemento Enfoques, la obligación que tan honroso lugar le genera: enfrentar -y denunciar- desde la izquierda, con erudición académica y pujos gramscianos, el intento del gobierno de retomar la iniciativa en el campo de la cultura y el debate intelectual.

Bajo el título En el país de los fiscales ideológicos, la profesora retirada toma como centro de su ataque las claras referencias políticas del Secretario de Cultura de la Nación, Jorge Coscia, y los enunciados y definiciones de Carta Abierta.

En su crítica a este último movimiento político intelectual, originado en los ámbitos universitarios, prima un aburrido formalismo idealista y un desprecio reconcentrado a todo intento del gobierno, de la presidenta o de sus defensores de expresar un sistema de ideas de antigua tradición, al que el liberalismo, al cual hoy adscribe Beatriz Sarlo, ha denigrado sistemáticamente. Que la presidenta declare no ser “sarmientina” o que reivindique a Manuel Dorrego contra su asesino Juan Lavalle, significa, para la ex maoísta del partido comunista revolucionario de los sesenta y setenta, una ingenua expresión de adolescencia radicalizada.

La crítica a Jorge Coscia adquiere, a su vez, un servicial matiz de denuncia, donde abundan las referencias al trotskismo y al comunismo. Acostumbrada al silenciamiento que los medios de la reacción liberal impusieron sobre la Izquierda Nacional y sus intelectuales más destacados, Beatriz Sarlo recupera la memoria de las discusiones de su juventud y la ferocidad con que estos puntos de vista eran enfrentados por la izquierda universitaria. En efecto, la Izquierda Nacional se caracterizó por la intransigente crítica al socialismo de Juan B. Justo y sus avinagrados seguidores, al comunismo de Victorio Codovilla y, en general, a toda la izquierda que coincidió con la Sociedad Rural en su condena al peronismo y las masas trabajadoras del 17 de octubre, y en su participación en la Revolución Libertadora y en el golpe cívico militar del 24 de marzo de 1976. En ese sentido, los autores de la Izquierda Nacional que menciona Sarlo -Ramos, Spilimbergo, Alberti, Galasso-, así como Puiggrós y Hernández Arregui, cumplieron un importantísimo papel en la conformación de un pensamiento crítico y revolucionario en el momento en que se produjo la confluencia de amplios sectores de la clase media urbana con los trabajadores y el peronismo. Junto con peronistas como Arturo Jauretche, Fermín Chávez, Muñoz Azpiri y otros, los autores antes citados facilitaron en aquellos años la comprensión del fenómeno peronista a las generaciones posteriores a la Revolución Libertadora.

En esa tarea, la explicación de cómo los partidos de la izquierda tradicional –el stalinismo ruso, el socialismo de Repetto y Juan B. Justo y el trotsquismo pronorteamericano- habían enfrentado a los trabajadores y a Perón, habían rechazado el aguinaldo y habían constituido la Unión Democrática con Ramón Santamarina y Victoria Ocampo, fue un capítulo insoslayable. Beatriz Sarlo deja ver las cicatrices que ese debate dejaron en su delicada piel al decir que Jorge Abelardo Ramos “no puede ser más cruel con los socialistas a quienes acusa de todas las mezquindades: pequeña gente ilustrada pero irremediablemente tonta, extranjerizante y, como los comunistas y los gorilas, despreciativa de las masas populares”. Sin embargo, no da un solo argumento que desmienta esta acusación ratificada por la experiencia histórica.

Sarlo intenta soslayar, con evasivas retóricas, que, efectivamente, existía y existe “una izquierda que no entendía la Nación y una derecha que decía entenderla pero despreciaba la Nación popular concreta”.

Que Jorge Coscia, desde el lugar del Estado dedicado a las políticas culturales, hoy reivindique la validez de esta disyuntiva, no puede sino inquietar a los dueños de La Nación y sus sucriptores. Beatriz Sarlo sale, entonces, a dar la batalla tras la máscara de su impoluto academicismo. Pero la máscara no puede ocultar su pelambre gorila.

¿Dije pelambre?

Quise decir raigambre.

Buenos Aires, 7 de setiembre de 2009

3 de agosto de 2009

A propósito de la Patria

Leopoldo Marechal nos dejó un poema que, a quienes amamos esta Patria con nombre platino, nos ha marcado para toda la vida.

La Patria era una niña de voz y pie desnudos. 
Yo la vi talonear los caballos frisones 
en tiempos de labranza, 
o dirigir los carros graciosos del estío, 
con las piernas al sol y el idioma en el aire. 
(Los hombres de mi estirpe no la vieron: 
sus ojos de aritmética buscaban 
el tamaño y el peso de la fruta.) 

La Patria era un retozo de niñez 
en el Sur aventado, en la llanura 
tamborileante de ganaderías. 
Yo la vi junto al fuego de las yerras 
estampando su risa en los novillos; 
o junto al universo de los esquiladores, 
cosechando el vellón en las ovejas 
y la copla en las dulces guitarras de setiembre. 
(No la vieron los hombres de mi clan: 
sus ojos verticales se perdían 
en las cotizaciones del Mercado de Lanas) 

Con las cuartillas escritas por Felipe Noguera y Alberto Berro –según informa La Nación de este domingo- el presidente de la Sociedad Rural Argentina, Hugo Biocatti, afirmó: “La Patria es nuestra historia y también nuestra conciencia de esa historia”. Con ello, el estanciero pretendió, con sus palabras, desplegar la concepción del “Campo” sobre la Patria. 

De repente “los ojos de aritmética”, que sólo ven el tamaño y el peso, “los ojos verticales”, que sólo perciben la suba y la baja de los precios, se sintieron en la obligación de explicarnos a los argentinos qué es la Patria. 

Es bueno que, por fin, se acepte el desafío de discutir sobre nuestra historia y sobre la conciencia de nuestra historia, porque es, justamente la conciencia de esa historia, la huella que ha dejado en las generaciones vivas, lo que hace evidente que la Patria a la que se refiere Biolcatti es una Patria muy distinta a la que está dibujada en el corazón y la memoria colectiva de la inmensa mayoría de los argentinos. 

Dicen Noguera y Berro, a través de Biolcatti: “Cuando el campo dice Patria, piensa con nostalgia en aquel magnífico granero del mundo capaz de alimentar a la humanidad entera, hoy convertido en presa de la voracidad fiscal y la falta de políticas adecuadas”

En cambio, cuando el pueblo argentino dice Patria recuerda con dolor y con indignación histórica aquel Centenario del “granero del mundo”, regido con estado de sitio, con la Ley de Residencia y donde, un año antes, los “cosacos” de la policía de Ramón Falcón reprimieron un acto del 1º de Mayo dejando tendidos 8 muertos y 105 heridos. Aquel 25 de mayo de 1910 se celebró con la redacción de las publicaciones obreras La Protesta, La Batalla y La Acción Socialista presos, junto a un centenar de militantes populares. Mientras la Argentina de la Sociedad Rural saludaba embelesada a la obesa representante de la corona española, la “infanta” Isabel, patotas oligárquicas empastelaban imprentas anarquistas, apaleaban a trabajadores desarmados y generaban terror blanco en las barriadas humildes. 

Aquella Argentina no era “capaz de alimentar a la humanidad entera”, como sus escribas le hacen fantasear a Biolcatti, sino que apenas era capaz de alimentar a los argentinos viejos del interior postrado y a los nuevos argentinos que se hacinaban en los oprobiosos conventillos. Tan sólo alimentaba a los ingleses con su chilled beef, y a cambio de ello les entregaba el control de sus puertos, sus ferrocarriles, sus frigoríficos, su prensa y su gobierno. 

Esa Argentina, a cuya añoranza se suma, con aire de hijo bastardo, Eduardo Buzzi, es la que llevó dos años después al proceso de sindicalización agraria, enfrentado a la clase terrateniente tradicional, que se conoció como “Grito de Alcorta”. Ni siquiera para los fundadores de la Federación Agraria Argentina, chacareros criollos, italianos y españoles, la Argentina del Centenario tenía un lugar. La incorporación de la Argentina rural al mercado internacional y los recursos generados por la renta diferencial se convirtieron en fanfarronerías de nuevo rico, en dilapidación suntuaria, en viajes a Europa con la familia y la vaca, en tirar manteca al techo con cocottes franchutas de besos lentos y manos rápidas. 

Esa es la nostalgia que le dictan Noguera y Berro al parvenu Biolcatti. Es simplemente un adorno retórico a la exigencia perentoria de esa clase social, que, en sus pretensiones, no ha cambiado desde el Centenario: la renta agraria es nuestra y hacemos con ella lo que queremos. 

Vuelve Biolcatti a la historia, cuando dice: “Pienso en Manuel Belgrano, en José de San Martín, en Domingo Faustino Sarmiento, en Juan Bautista Alberdi. Hombres que le dieron a la Patria todo, sin pedirle nada. Hombres que fundaron y construyeron esta Nación sin necesitar superpoderes. Que murieron en la dignidad de su pobreza, sin tener que presentar declaraciones juradas. Pienso en ellos y me avergüenzo.” 

Vuelve a vigilar Mitre desde lo alto de la noche el examen de historia del estanciero lechero. ¡Pobre Manuel Belgrano! Quería desarrollar la industria textil para hacer velas y sogas para nuestros barcos, y estos tipos reniegan de una Argentina industrial, que sólo puede construirse con la apropiación por parte del Estado de sus excedentes rentísticos. 

¡Y que San Martín no necesitó superpoderes! Los tuvo y los usó discrecionalmente. Los tuvo en Mendoza, como gobernador militar, y los tuvo en Perú como Protector. Es muy linda la historia de las damas mendocinas entregando su tiempo y sus joyas a la causa de la Independencia. Y es útil para falsear la verdadera imagen del Libertador. En uso de las atribuciones que le exigió al gobierno de Buenos Aires para aceptar su nombramiento, San Martín expropió a las clases pudientes cuyanas para usar sus bienes sobrantes en beneficio de la causa independentista. 

Aquí se ve, en su manifestación práctica, la utilidad que la historia de Mitre tiene para el sistema de dominación argentino. ¡Qué bueno es ocultar que San Martín fue un gobernante dotado de plenos poderes, sin control parlamentario alguno! 

El sanjuanino está muy bien en boca de Biolcatti, que desde su cargo hace evidente la crítica observación sarmientina de que el poder en la Argentina de entonces tenía “olor a bosta de vaca”. Y, podemos agregar, la Sociedad Rural Argentina quiere que vuelva a tenerlo. 

En cuanto a lo de la pobreza de Alberdi no podemos sino aceptarlo. El gobierno de los ganaderos y los importadores de la ciudad de Buenos Aires le negaba el pago de sus sueldos como representante argentino en París. “La dignidad de su pobreza” tenía mucho más de castigo mitrista que de virtud republicana. Hace bien Biolcatti en avergonzarse de ello. 

Cuando el pueblo argentino dice Patria recuerda con orgullo y dolor la sangre gaucha derramada por los soldados criollos a lo largo y lo ancho de América del Sur, cuando Rivadavia –a quien los asesores de Biolcatti se olvidaron de nombrar o quizás su nombre ya no tiene el impacto publicitario de otras épocas- le quitaba su apoyo al ejército de San Martín, obligándolo a retirarse de Perú. Rememora la firmeza de Juan Manuel de Rosas defendiendo la soberanía de la Confederación, frente al asedio de ingleses y franceses, y saluda con devoción a los héroes de la Vuelta de Obligado. La palabra Patria para los argentinos pobres, para los asalariados –obreros y maestros- es el levantamiento gaucho contra la tiranía porteña, es el exilio, la tuberculosis y la muerte de Felipe Varela, es la cabeza del Chacho clavada en la plaza de Olta. 

Esa palabra nos recuerda con orgullo los levantamiento de Yrigoyen contra el “régimen falaz y descreído” de la oligarquía del campo y nos alegra con el desborde arrabalero de los votos radicales de 1916. Patria es para nosotros, los argentinos que estamos fuera del predio ferial, de la estancia y de la inversión en soja, la sangre obrera derramada en las calles de Barracas y Parque de los Patricios durante la Semana Trágica y el levantamiento de Paso de los Libres contra la dictadura justista. 

Nosotros no tenemos que avergonzarnos, como Biolcatti. Nos pone orgullosos el recuerdo de los obreros bien pagos del 17 de octubre y nos alegra la insolencia plebeya de Evita, nombrando a su madre al frente de la Sociedad de Beneficencia. 

La Patria, en suma, ha sido para nosotros una larga lucha por la Independencia, por construir una sociedad soberana, por reparar la injusticia, por dar voz a los desheredados. Desde el 2001, que son los años que Biolcatti mejor conoce, hemos tenido que dar una dura lucha para sacarnos de encima las políticas que nos impuso la Sociedad Rural Argentina desde su participación en el golpe de 1976 y dar trabajo a los desocupados, blanquear a los trabajadores informales y mejorar el salario de todos. La preocupación por la pobreza en boca del presidente de la SRA tiene el mismo valor que la preocupación del verdugo por la salud del condenado a muerte. 

En suma: 

La Patria no ha de ser para nosotros 
nada más que una hija y un miedo inevitable 
y un dolor que se lleva en el costado 
sin palabra ni grito. 

Por eso, que la Sociedad Rural mejor no hable de la Patria.

Buenos Aires, 2 de agosto de 2009

31 de julio de 2009

Alto en la noche, Mitre vigila

Alto en la noche, Mitre vigila

Cuentan que Homero Manzi se enojó un día con uno de estos nacionalistas empiringotados, de buena pluma y apellido eufónico, peleador y bueno para las diatribas, y le lanzó: “¡Vos que te metés con todos los próceres, menos con el que dejó un diario de guardaespaldas!”

Y esto no fue una metáfora más del gran poeta popular. Quien se mete con don Bartolomé Mitre, se encuentra cara a cara con la prosa soporífera de los editoriales de La Nación o con la pluma alquilada de alguno de sus escribas. Y a su vez el poderoso guardaespaldas se encargó de sepultar en el silencio o el olvido a todos aquellos que se metieron con el fundador.

Bastó que el flamante secretario de Cultura de la Nación, Jorge Coscia, nombrase en el salón Miguel Cané –el diputado impulsor de la siniestra Ley de Residencia que habilitó al gobierno a expulsar a inmigrantes sin juicio previo-, los nombres y la memoria de Arturo Jauretche, Raúl Scalabrini Ortiz, Homero Manzi y Abelardo Ramos, todos antimitristas militantes, para que el patovica del prócer, actuase de inmediato.

Primero fue una nota de alerta. Había llegado alguien que quería politizar la cultura y culturizar la política. Y que invitaba a los participantes del gran debate nacional a desenmascarar sus posiciones, a no ocultarlas detrás de falsas buenas intenciones.


Al día siguiente llamaron a uno de sus opinadores a perpetuidad. La venerable profesora Beatriz Sarlo, jubilada no sólo de su càtedra universitaria, sino también de sus empujes izquierdistas de otrora, pero en plena actividad antiperonista, se presentó para la pelea de fondo.

La excusa fue la Marcha Peronista.

A pedido de sus actuales patrones, los ojos de Sarlo se pusieron en blanco y mostró su virginidad republicana ultrajada. “Los cantores de la marcha seguramente pensaron que estas diferencias entre partido y gobierno son viejas manías del formalismo republicano”.


La señora Sarlo no entiende que hoy, después de más de sesenta años, la marcha peronista no es tan sólo una marcha partidaria, sino el himno que expresa al conjunto de los argentinos enfrentados al bloque oligárquico que intenta recuperar el manejo del Estado. Es mucho más que una canción partidaria. Es la marsellesa argentina, la conjunción, a nivel simbólico, de la Argentina de los héroes de la Independencia, de los caudillos federales, de los obreros del 17 de octubre y de los desocupados del 2001.

Y lo que sí sabe y oculta es que esa Argentina, la Argentina que Mitre mandó a matar con sus coroneles, cuya sangre no había que ahorrar, según Sarmiento, esa Argentina reflejada en el plano de la cultura por los hombres mencionados por Coscia y por muchos de los que allí estaban, muy pocas veces tuvo oportunidad de ocupar el sitio que el Estado nacional tiene asignado para la Cultura.


No lo estuvo con Menem, donde los valores y la política en nombre de los cuales escribe Sarlo, manejaron al país a su antojo y en beneficio de los suscriptores de La Nación.

Ni siquiera lo estuvo con el anterior secretario, más allá de su prudencia y corrección.

Lo que es evidente en el resentido artículo de Beatriz Sarlo es que actúa sin explicitar su mensaje político. Todo lo contrario de lo que propuso Coscia esa misma noche. Uno de los temas que ha hecho conocer, tanto en entrevistas mediáticas como en actos oficiales, es su propuesta de desenmascarar el debate: que cada uno diga en nombre de qué o de quién habla. Y él lo hizo.

Sarlo, que actúa en nombre de la tradición cultural del mitrismo porteño, del conservadurismo republicano, de la Argentina de pocos y para pocos, lo oculta detrás de una máscara presumida, de profesora izquierdista retirada.

Solamente por esta falsificación intrínseca a su argumentación puede la señora Sarlo dudar sobre la convocatoria democrática, no excluyente y respetuosa lanzada por el Secretario de Cultura.

Detrás de sus comentarios insidiosos se ve el espectro de Bartolomé Mitre y su falsificación histórica y política.


Buenos Aires, 30 de julio de 2009

30 de julio de 2009

Nos emocionamos ayer en Cultura


Ayer estuvimos en el acto de asunción del gabinete del nuevo secretario de Cultura de la Nación, nuestro antiguo compañero Jorge Coscia.

Conformamos una pequeña delegación integrada por quien suscribe, por Eduardo Fosatti y su hijo, por Ricardo Bernal y su señora. También vimos, en la multitud, a Pablo López Fiorito y a Rubén Rosmarino de Aukache y del Centro de Estudios Arturo Jauretche.

La sede de la Secretaría de Cultura de la Nación, un petit hotel ubicado en la avenida Alvear y Rodríguez Peña, uno de los lugares históricamente más oligárquicos de Buenos Aires, estaba repleto de gente con ganas de saludar a Coscia. Actores, músicos, escritores, cineastas, pintores, diputados, funcionarios, políticos y militantes entre los que se destacaban la venerable Cantora Nacional, la dilecta hija de Guaminí, Nelly Omar.

En la presentación de su gabinete, Coscia improvisó un excelente discurso, exponiendo su ideario político y su compromiso con la cultura nacional. En una primera parte enumeró la lista de pensadores nacionales que formaron su pensamiento: Manzi, Jauretche, Scalabrini, Hernández Arregui, Discepolo.

En el momento de referirse a la importancia que a su gestión le asignará a la integración continental, Jorge dijo expresamente que debía su concepción de la Patria Grande "a mis maestros Jorge Abelardo Ramos, Jorge Enea Spilimbergo, Blas Manuel Alberti y Norberto Galasso" . Nunca estos nombres habían sido nombrados desde ese lugar y con ese cargo. La actitud de Coscia, de una gran valentía política y una singular lealtad a sus raíces políticas e ideológicas, nos hicieron sentir un profundo orgullo. De alguna manera, la obra, el pensamiento y los esfuerzos de Ramos, Spilimbergo y Blas habían llegado a un lugar del Estado, el de la Cultura, desde donde ese pensamiento puede convertirse en políticas concretas.

Muchos amigos peronistas que había en el lugar volvieron sus miradas hacia quienes representábamos esa tradición política y no faltaron los chistes ni las cargadas. La Izquierda Nacional, por esos caprichos de Clío y por la perseverancia y lealtad de tantos compañeros de todo el país, está vivita y coleando.

Buenos Aires, 29 de julio de 2009

28 de julio de 2009

El tero y el Pino

El tero y el Pino

De los males que sufrimos

Hablan mucho los puebleros,

Pero hacen como los teros
Para esconder sus niditos:

En un lao pegan los gritos

Y en otro tienen los güevos.


Así hace el tero, según Martín Fierro, y así hace el Pino según este artículo aparecido en Venezuela, cuyo título y cuyo copete rezan:

“BASES MILITARES DE EEUU EN COLOMBIA SON UN FOCO BÉLICO EN POTENCIA"
Por Pino Solanas

Pino Solanas consideró que la instalación de esas bases militares forman parte de la "política de la intromisión y presencia norteamericana en suramerica", por lo que afirmó que es absolutamente "repudiable" que puedan realizar operaciones militares estadounidenses desde territorio colombiano.


Como el tero de nuestros campos, antes que llegase la soja, Solanas denuncia bases en Colombia, mientras en la Argentina colabora con las bases extranjeras asentadas por la Sociedad Rural, Clarín, Canal 13 y el sistema mediático para atacar y destituir al gobierno de Cristina Fernández. Con el mismo fervor con que en Argentina atacó la propuesta gubernamental de apropiarse de una parte de la renta extraordinaria sojera, por la vía de las retenciones móviles, contra la oposición de todo el establishment oligárquico e imperialista, Solanas, como el tero, digo una vez más, denuncia el intervencionismo yanqui en Colombia y Honduras. Son esas imposturas las que le permiten presentarse como un furibundo izquierdista mientras en su país se abraza con la misma oligarquía que dice combatir en otras latitudes.

Este Solanas es el mismo cineasta, que se enoja cuando lo llaman cineasta por considerarse a sí mismo un político y estimar que se lo llama así para bajarle el precio, que no va al dialogo con la presidenta porque tiene que dar un conferencia en París como cineasta, donde seguramente se enojará si lo llaman político. En su devoción a la cultura francesa, Solanas se ha convertido en un verdadero Tartufo, que es como llamó Moliere a los hipócritas o impostores.

Y esta transformación creo que es más un producto de su naturaleza pequeño burguesa que de sus arrestos oligárquicos. Un verdadero hijo de la oligarquía, como, por ejemplo, el padre Carlos Mugica, no tiene esas agachadas. Incluso en su omnipotencia redentora, en su entrega a los más humildes había algo de un dejo de señoría, de pertenencia a una clase dominante.

Pero si pensamos en otros, como su tocayo Ezequiel Martínez Estrada, un modesto empleado de correos con pretensiones filosofantes, que abominó del peronismo, de los negros peronistas y del 17 de octubre para deslumbrarse con el castrismo, los guajiros cubanos y el 26 de julio, vamos a percibir mejor el fenómeno.

El pequeño burgués puede, en otro lado, lejos del barrio que lo vio nacer, deslumbrarse con sus héroes literarios -los obreros de Petrogrado, los campesinos de Pinar del Río, los guerreros mau-mau de Kenya- porque no ve en ellos el posible escalón inferior en su rodada cuesta abajo en la escala social.

Pero cuando los ve de cerca, en su propio escenario, merodeando por el barrio, los siente como amenaza a sus miserables privilegios: una biblioteca, hablar otro idioma, no dormirse con un concierto de Dvorak.

El pequeño burgués quiere que ese privilegio de disfrutar de la Sinfonía del Nuevo Mundo sea solo de él. Hugo Moyano, para poner un ejemplo, amenaza ese privilegio. Mucho peor si a Moyano le gusta Dvorak, porque entonces la amenaza se ha convertido casi en usurpación (Gracias a Martín LatinoameriKano por una observación en este punto hecha a mi original).

Esa es la pata que le cojea a este tremendo tero gritador de lo que ocurre en Colombia.


Buenos Aires, 28 de julio de 2009

26 de julio de 2009


En este 26 de Julio, con un gobierno popular amenazado por los mismos que escribieron "Viva el Cáncer"

Un texto de Jorge Abelardo Ramos, tomado del tomo 5 de Revolución y Contrarrevolución en la Argentina.
Llevo años, ya ni sé cuántos, leyendo este texto, que Ramos incorporó posteriormente a su obra, y nunca he podido hacerlo sin emocionarme y sin recordar la conjunción de admiración política, encandilamiento literario e iluminación intelectual que la obra escrita de Ramos y su avasallante personalidad despertó para siempre en quienes tuvimos el privilegio de conocerlo. La inclusión del hermoso poema de María Elena Walsh revela, por otra parte, la enorme sensibilidad del Colorado en admirar el reflejo de la verdad objetiva, histórica, aún en el escrito de alguien políticamente en las antípodas, pero con el talento y esas antenas conectadas con la totalidad que tienen los poetas.

Las mujeres: de la servidumbre al proletariado


Había llegado de La Banda o de San José de la Dormida o de Goya o Reconquista, de Aimogasta o quizá de Pomán. Había cebado mate a los paisanos pelambrudos alzados contra Buenos Aires en el Arroyo de la China, con las fuerzas artiguistas. Derramó lágrimas e hijos a lo largo de la infortunada patria la infatigable soldadera, después de aquella revolución con el sol inca y los oficiales blancos. Padeció la cautividad con Catriel o Pincén, acompañó como cocinera a los involuntarios soldados del Paraguay, madre con muchos padres, obligada sombra en las Campañas de Desierto, protagonista anónima de los entreveros en la guerra civil (y nunca entraba en las listas), arrastrada a los burdeles de Palermo, traída y llevada por el zig-zag del destino, tejedora en Catamarca, industriosa obrera en Tucumán, excluida de las sabias estadísticas por sus “uniones irregulares”. Era la sustancia misma de la tierra dolorosa. Finalmente, cuando parecía que toda turbulencia se había aquietado en esa cosa extraña llamada Argentina, había quedado olvidada en las provincias. Pero éstas habían sido reducidas a la pobreza y no podían sostenerla. De ahí había venido vestida de negro riguroso (pues su madre le había entregado el único vestido decente de la familia, el lujo de todas, ya que siempre había algún muerto y no podía faltar el negro). Calzaba alpargatas al llegar a la Capital y en su mano apretaba un monedero de hule. Su cara estaba lavada con jabón amarillo y las crenchas peinadas hacia abajo, marcando el pómulo reminiscente. Enseguida se conchababa con “cama adentro”. Y el patrón dominaba su vida por completo. Fregaba, cocinaba, lavaba los platos, cosía, lavaba y planchaba, colocaba y descolocaba las cortinas, limpiaba los caireles uno por uno, mientras el hijo varón de la patrona la miraba golosamente desde abajo. Si no le hacían un hijo (que, en ese caso, era enviado enseguida a su pueblo para que lo criara la madre) al llegar el domingo, después del mediodía, la patrona –ese gran ojo que la miraba sin cesar- le decía: “Andate a dar una vuelta y volvé antes de las ocho para hacer la cena”. Tomaba el tranvía y llegaba a Plaza Italia, frente a los leones y bajo el sol. Allí apretaba la mano áspera de un conscripto de los cuarteles, sentada en un banco. Ambos soñaban con la provincia, las cabras, el cielo, los amigos y la música lejana. Pero llegó la guerra y con ella el desarrollo de la industria. Las fábricas se erigían por todas partes. Nuevas industrias reclamaban mano de obra, en particular de mujeres. Ella oyó hablar vagamente del tema. Finalmente, una compañera de plaza la invitó a entrar a su fábrica. Así, la sirvienta se transformó en obrera. Cambió servidumbre personal por la explotación impersonal del capitalista. Esto se dice fácil, pero era menester vivirlo. ¡Y los marxistas! ¡Qué decepción! Pues resultaba que pasar de la servidumbre y humillación personal a la “explotación capitalista” constituía para ella un salto a la libertad. Era una doble emancipación. La primera era sacarse de encima a la patroncita –oligarca, mujer de médico, esposa de un bancario o empleado público, cónyuge de un comerciante, si la sirvienta era lo más barato que había en la Argentina-. Y, en segundo lugar, ganar más dinero con menos tiempo de trabajo. De este modo, ella vendía 8 horas a la fábrica. Después era completamente libre para apoderarse de aquella hermosa ciudad hostil.

La primera quincena envió un giro a su madre. La segunda, adquirió un par de zapatos con tacos y su cuerpo cambió. A la siguiente, compró en las cadenas de tiendas Etam un delicado vestido arrancado de un modelo de Vogue, con tela de imitación francesa, fabricada por la nueva burguesía judía de Villa Lynch, que dejaba de ser importadora para transformarse en productora. Una maravillosa, indescriptible transformación se operaba en la ex sirvienta. Con dos o tres quincenas más se compró una cartera, artilugios de maquillaje, alguna bisutería. Entonces asestó un toque final a la transformación milagrosa. En todos los barrios habían aparecido “salones de belleza”. Nuevas “cosmetólogas” brotadas de la nada la atendieron durante unas horas, le dieron consejos y la lanzaron a la calle transformada en platinada. Aquella muchacha aindiada era hermosa, tenía rulos, tacos altos(había cambiado de estatura) y nadie hubiera imaginada jamás que al pasear por Santa Fe, Callao o Corrientes, la ex sirvienta era menos bella que las chicas de la clase media o de la oligarquía. Al mismo tiempo, entraba en crisis la oferta del servicio doméstico. Aparecía el Estatuto del Servicio Doméstico, con derecho a siesta. ¡Cuántos izquierdistas aprendieron a odiar al peronismo en la mesa familiar de boca de su madre, antes de buscar en venerables textos las razones para rechazarlo en nombre de la Ciencia!

Cuando ellas, las mujeres excluidas del Interior llegaron a Buenos Aires, no sólo desempeñarían un papel político y social decisivo en la historia argentina, sino que los sociólogos hubieran podido decir, sin incurrir en error, que el número de mujeres rubias había aumentado en la Capital Federal. Cuantas más chinitas llegaba, más rubias aparecían. ¿Qué científico entendería al peronismo sin las mujeres de negro que llegaron a ser rubias? Eva les tocó el corazón y ellas fueron su fuerza, energía poderosa que había atravesado muchas generaciones en silencio y ahora hablaba a los gritos.

La quisieron hacer Vicepresidente en 1951. Pero ya estaba muy enferma. Desfalleciente, renunció a la candidatura en un gran acto del 22 de agosto era el “Cabildo Abierto del Justicialismo”. Había malestar en el Ejército por el proyecto de llevar a Evita al segundo lugar en la fórmula. El 31 de agosto Eva renunció formalmente por radio a la candidatura. Su salud declinó rápidamente. Murió el 26 de julio de 1952. La adulonería en su torno, que había llegado a constituirse en un opresivo flagelo nacional, inventó la fórmula: “Entró en la inmortalidad”. Y esta vez tenían razón. Eva Duarte ya no habría de morir en tanto el segundo sexo tuviese memoria e su dolor y claridad de su destino.

La República se oscureció bajo un luto sofocante: el dolor genuino de las grandes masas se combinó con el servilismo de los eternos turiferarios. José Espejo, Secretario de la CGT, propuso, cuando el pobre cadáver embalsamado ya pedía reposo, velarla por turno en todas las capitales de la provincia. Esto fue un toque de atención para el realismo de Perón, que hasta ese momento se había dejado mecer por la marea de luctuosos halagos. Ordenó concluir la aparatosidad fúnebre. Eva tuvo paz por fin.

Una poeta, que no era precisamente adicta a Eva, sucumbió al cabo de los años al influjo de su muerte y su mito y escribió versos que la historia quiere recoger aquí, en su ambigüedad, su ternura, amor y rechazo juntos:

EVA

Calle Florida, túnel de flores podridas.

Y el pobrerío se quedo sin madre

llorando entre faroles sin crespones.

Llorando en cueros, para siempre, solos.

Sombríos machos de corbata negra

sufrían rencorosos por decreto

y el órgano por Radio del Estado

hizo durar a Dios un mes o dos.


Buenos Aires de niebla y de silencio.

El Barrio Norte tras las celosías

encargaba a Paris rayos de sol.

La cola interminable para verla

y los que maldecían por si acaso

no vayan esos cabecitas negras

a bienaventurar a una cualquiera.


Flores podridas para Cleopatra.

Y los grasitas con el corazón rajado,

rajado en serio. Huérfanos. Silencio.

Calles de invierno donde nadie pregona

El Líder, Democracia, La Razón.

Y Antonio Tormo calla "amémonos".


Un vendaval de luto obligatorio.

Escarapelas con coágulos negros.

El siglo nunca vio muerte más muerte.

Pobrecitos rubíes, esmeraldas,

visones ofrendados por el pueblo,

sandalias de oro, sedas virreinales,

vacías, arrumbadas en la noche.

Y el odio entre paréntesis, rumiando

venganza en sótanos y con picana.

Y el amor y el dolor que eran de veras

gimiendo en el cordón de la vereda.

Lagrimas enjuagadas con harapos,

Madrecita de los Desamparados.


Silencio, que hasta el tango se murió.

Orden de arriba y lagrimas de abajo.

En plena juventud. No somos nada.

No somos nada mas que un gran castigo.

Se pintó la República de negro

mientras te maquillaban y enlodaban.

En los altares populares, santa.

Hiena de hielo para los gorilas

pero eso sí, solísima en la muerte.

Y el pueblo que lloraba para siempre

sin prever tu atroz peregrinaje.

Con mis ojos la vi, no me vendieron

esta leyenda, ni me la robaron.


Días de julio del 52

¿Qué importa donde estaba yo?


II


No descanses en paz, alza los brazos

no para el día del renunciamiento

sino para juntarte a las mujeres

con tu bandera redentora

lavada en pólvora, resucitando.

No sé quién fuiste, pero te jugaste.

Torciste el Riachuelo a Plaza de Mayo,

metiste a las mujeres en la historia

de prepo, arrebatando los micrófonos,

repartiendo venganzas y limosnas.

Bruta como un diamante en un chiquero

¿Quién va a tirarte la última piedra?


Quizás un día nos juntemos

para invocar tu insólito coraje.

Todas, las contreras, las idólatras,

las madres incesantes, las rameras,

las que te amaron, las que te maldijeron,

las que obedientes tiran hijos

a la basura de la guerra, todas

las que ahora en el mundo fraternizan

sublevándose contra la aniquilación.


Cuando los buitres te dejen tranquila

y huyas de las estampas y el ultraje

empezaremos a saber quién fuiste.

Con látigo y sumisa, pasiva y compasiva,

única reina que tuvimos, loca

que arrebató el poder a los soldados.


Cuando juntas las reas y las monjas

y las violadas en los teleteatros

y las que callan pero no consienten

arrebatemos la liberación

para no naufragar en espejitos

ni bañarnos para los ejecutivos.

Cuando hagamos escándalo y justicia

el tiempo habrá pasado en limpio

tu prepotencia y tu martirio, hermana.


Tener agallas, como vos tuviste,

fanática, leal, desenfrenada

en el candor de la beneficencia

pero la única que se dio el lujo

de coronarse por los sumergidos.

Agallas para hacer de nuevo el mundo.

Tener agallas para gritar basta

aunque nos amordacen con cañones.


Maria Elena Walsh