29 de abril de 2015

Accastello - Buenaventura: dispuestos a ganar

La decisión de Eduardo Accastello de lanzar, para las elecciones provinciales de Córdoba, un nuevo frente más amplio que el mero rejuntado kirchnerista de la provincia, y llevar como compañero de fórmula al conocido humorista Cacho Buenaventura ha generado, parece, una fuerte polémica entre los seguidores del Frente para la Victoria, en el orden nacional.
Algunos amigos cordobeses me han pedido mi opinión y, con humildad, aquí la expongo.

La provincia de Córdoba ha sido un hueso muy duro de roer para los candidatos provinciales proclives a la orientación del gobierno nacional, tanto de Néstor como de Cristina. En cada elección local los resultados le han dado un puesto muy lejos del que, en esa misma provincia, ha obtenido Cristina en las dos oportunidades en que se presentó. 

La provincia ha experimentado grandes cambios económicos y sociales en los últimos treinta años, a la vez que el peronismo cordobés, articulado alrededor de la conducción provincial de José Manuel de la Sota, ha logrado ganar cada vez que se han dirimido cargos locales. Ello indica que, en el orden provincial, el oficialismo nacional no cuenta con la estructura político-electoral que, en otras provincias, le proporciona triunfos de un porcentaje avasallante.

Pero, como he dicho, curiosamente, este triunfo del peronismo delasotista cordobés no se expresa en las elecciones nacionales en dicho distrito, donde el lanzamiento de la idea fuerza del “cordobesismo”, manifestada por el gobernador De la Sota, antes de las elecciones nacionales del 2012, fue rápidamente sepultada por el excelente resultado obtenido por la presidenta Cristina en su reelección.

Se pueden dar argumentos economicistas o sociologizantes acerca del papel jugado por el crecimiento de la economía agraria fundada en la producción de soja y en la disminución del peso específico de la clase obrera industrial en los años 60 y 70. Pero esas consideraciones suelen entretenidas pero inútiles a la hora de las elecciones.

También es cierto, y hay que destacarlo, que la provincia tuvo y tiene una profunda tradición radical que, como ha demostrado en sus estudios el cordobés Roberto Ferrero, tiene un origen clerical y antiyrigoyenista, nutrido del enfrentamiento con los gobiernos de los Juárez a fines del siglo XIX. Parte de ese radicalismo fue el que proveyó de presencia de clase media no estudiantil en las jornadas de 1969 y parte de ese mismo radicalismo terminó ofreciendo intendentes radicales a la dictadura cívico-militar instaurada en 1976. Justamente, el candidato a gobernador  Oscar Aguad, del Pro-UCR, expresa los sectores más procesistas de su partido.

Hasta ahora, en 12 años, ninguno de los candidatos provinciales lanzados por el FpV lograron horadar el oligopolio político cordobés formado por el delasotismo, el juecismo y el radicalismo. Sus candidatos a cargos provinciales dieron testimonio de su acuerdo ideológico con el gobierno nacional pero no pudieron gravitar seriamente en los resultados electorales.

Accastello es un hombre de larga actuación política en la provincia que ha militado siempre en el seno del peronismo provincial. Sus dos victorias  que lo convirtieron en intendente de la importante ciudad del sur de Córdoba, Villa María, le han dado relevancia suficiente para representar al FpV en las elecciones a gobernador de este año. Justamente su prestigio como un administrador eficaz y su amplio conocimiento del peronismo provincial hicieron que contase con el apoyo nacional para lanzar su candidatura a gobernador, para disputar con Schiaretti y Aguad el futuro político de la provincia.

Pero, si sus antecedentes lo hacían un buen candidato, su decisión de formar el binomio con Cacho Buenaventura lo presenta como el primero en estar dispuesto a disputar realmente la hegemonía del delasotismo y del rejunte macrista-radical.

En primer lugar, en un escenario altamente polarizado, con un oficialismo provincial dispuesto a retener la gobernación para su sistema conservador -las aspiraciones presidenciales de De la Sota son simples escaramuzas para determinar su porvenir como senador nacional- y una alianza anticristinista que verdaderamente intenta disputar el máximo poder nacional, en la que el radicalismo en su versión más procesista tiene un papel central, la presencia de Buenaventura abre su propuesta a amplios sectores cordobeses a los que su figura resulta de un enorme atractivo. Se trata de sectores populares del interior y de la capital a los que el mensaje del FpV no ha podido llegar y abrirse paso.

Por otra parte, su origen radical popular, opuesto a la maquinaria heredada del proceso y de las trapisondas del angelocismo, abre su mensaje a amplios sectores también populares y que pueden intentar sacar al FpV de su lejanía de los primeros puestos el día del escrutinio.

Poner el eje en la naturaleza mediática de Cacho Buenaventura es errarle al vizcachazo. Es un hombre honrado, que ha sido seducido por las otras fuerzas políticas y que se decidió por acompañar a Accastello. Como radical no ha tenido manifestaciones antiperonistas y ha apoyado la política nacional de Derechos Humanos. El senador Nito Artaza y el diputado (MC) Luis Brandoni también son de profesión escénica y la actriz y cantante Nacha Guevara acompañó nada menos que a Néstor Kirchner en la lista de diputados nacionales con la que llegó al último cargo electivo de su vida. El carácter más popular del arte que Buenaventura practica no puede ser motivo de rechazo, a no ser que se establezca alguna elitista diferencia entre actores serios y actores de peña folklórica. Por otra parte, y sólo como un ejemplo más, sin ninguna otra valoración, fue la candidatura de Palito Ortega la que permitió sacar para siempre del gobierno de la provincia de Tucumán al genocida Antonio Domingo Bussi.

El comicio es un momento en la lucha política donde lo único que cuenta es el resultado. Accastello ha demostrado con su inteligente decisión que está dispuesto a que el resultado le sea lo más favorable posible y acaudillas a todos los sectores dispuestos a seguirlos. Cuenta para ello con el apoyo explícito de la señora presidenta y la campaña electoral seguramente nos deparará grandes chistes cordobeses.

20 de abril de 2015

Caracas, 19 de abril de 1810 - Buenos Aires, 25 de mayo de 1810

Discurso pronunciado en el 205 aniversario del 19 de abril de 1810, fecha que da inicio a la lucha por la independencia venezolana.

El 19 de abril del año 10, las clases decentes de Caracas destituyen al Gobernador y Capitán General de la provincia de Venezuela, Vicente Emparán, e instauran una Junta de Gobierno que desconoce al Consejo de Regencia establecido en Cádiz y asume la representación de la autoridad en nombre del rey Fernando VII, a la sazón, como se sabe, en manos de los franceses. Los protagonistas principales de ese histórico Jueves Santo son entre otros: Francisco Salia, quien obliga al gobernador y Capitán General, tomándolo fuertemente del brazo, a volver al Cabildo Abierto del cual se había retirado para ilegitimar su sesión; el ignoto jefe de la guardia del Capitán General, que ordena a su tropa a no repeler la agresión física sobre la máxima autoridad; José Felix Ribas, el agitador que se arrogaba la representación de todos los partidos; el cura chileno Cortés de Madariaga, cuyo discurso llevó al Capital General, Vicente Emparán, a la renuncia final.
La historia ha inmortalizado un momento que, como en una fotografía, se condensa la complejidad de los hechos. Rojo de ira, por el discurso del canónigo chileno, Emparán declaró que si no lo querían estaba dispuesto a abandonar inmediatamente el cargo. Y mientras hablaba, se dirigió al balcón del cabildo y no se sabe si por audacia o por desconcierto, preguntó a la gente que se había reunido a las puertas del edificio si estaban o no conformes con su gobierno. Al parecer, el pícaro y rebelde chileno, como un moderno productor de televisión, dudando sobre la lealtad de los presentes –muchos de ellos sirvientes y esclavos de los cabildantes- hizo, detrás de Emparán, con su dedo índice la seña de la negación dirigida a algunos de los que pertenecían a la conjura. Un tumultuoso “¡No!” respondió a la retórica pregunta del Capitán General, quien se retiró del recinto, exclamando: “¡Pues yo tampoco quiero seguir mandando” .
Los mantuanos –la clase social de propietarios criollos cuyas mujeres tenían derecho exclusivo al uso del manto- habían logrado ese día, y bajo la máscara de Fernando VI –artificio político que se expandió como un reguero de pólvora por todos los cabildos hispanoamericanos- lo que sus anteriores pronunciamientos y rebeliones no habían obtenido.

“El ejemplo que Caracas dio”

En 1810, ese año crucial para Hispanoamérica, los criollos lograron imponer una autoridad de origen local por un tiempo más largo y convocando a hacerlo a todos los cabildos del país que, ya en el mismo mes de abril, comienzan a formar sus propias Juntas. Cumaná, Margarita, Barinas, Trujillo y Mérida serán los cabildos que responden afirmativamente a la convocatoria de Caracas.
Y un poco más de un mes después, en la lejana Buenos Aires, en el confín de la América española, una sociedad menos estamental y racista que la venezolana de entonces, siguió el ejemplo de Caracas.
La Junta porteña, la Primera Junta, tenía en su seno españoles europeos y españoles americanos, y su presidente era un gran hijo del Alto Perú.
Ni la de Caracas, ni la de Buenos Aires, se pensaban a sí mismas como embriones de pequeñas e indefensas naciones. Ambas, y todas las que surgieron en ese glorioso año de 1810, eran manifestaciones de la misma nación que asomaba, con brutales contradicciones y enormes dificultades, a la faz de la tierra.
Por eso es que, cuando la Asamblea del año 13 convierte la marcha de López y Planes en himno de guerra de las provincias del Sur, y cuando el dominio español había aplastado a sangre y a fuego la independencia venezolana, el fervor patriótico del autor pregunta indignado:
¿No los véis sobre el triste Caracas
luto , llantos y muerte esparcir?
¿No los veis devorando cual fieras
todo pueblo que logran rendir?
Es que el poema que Vicente Salia le hiciera a las jornadas del 19 de abril, al calor mismo de los hechos, dejaban a las claras que la lucha no era de parroquia, sino continental.
Decía el caraqueño:
Unida con lazos
que el cielo formó,
la América toda
existe en Nación;
y si el despotismo
levanta la voz,
seguid el ejemplo
que Caracas dio.
Y en eso andamos los suramericanos últimamente, junto a Caracas, a Quito, a La Paz, a la Habana, a Panamá.
Las nuevas amenazas que “devorando cual fieras / todo pueblo que logran rendir” nos vuelve a encontrar juntos como nunca lo habíamos estado desde aquel año glorioso.

31 de marzo de 2015

Malvinas, el 2 de abril de 1982 y la Patria Grande

Hace 33 años, mi mujer, mis hijas y yo estábamos en Estocolmo. Suecia nos había dado su hospitalidad generosa, junto con su frío boreal, su noche casi eterna y su fugaz estío.

En la Patria lejana reinaba el terror y el saqueo. Las últimas noticias hablaban de una violenta represión en Plaza de Mayo, en Tribunales y en el Puerto. Saúl Ubaldini había llamado a la primera gran marcha contra la dictadura que convocaba la CGT. Miles y miles de hombres y mujeres, jóvenes y adultos, fueron apaleados y corridos salvajemente, gente apiñándose en el patio de la Curia, al lado de la Catedral y cientos de detenidos fue el resultado de la protesta popular.



Horas después, los diarios de la tarde -Expressen y Afton Bladet- anunciaban en Estocolmo, con títulos catástrofe, la ocupación militar de las Islas Malvinas. Fue una conmoción. Unos días después envié a Jorge Enea Spilimbergo, en Buenos Aires, la siguiente carta:

“Les escribo estas líneas embargado de fervor patriótico y de odio divino contra la recua de cipayos redomados e indoblegables que andan desparramados por el mundo. Estoy en tierra de enemigos. La prensa sueca ha bombardeado la opinión pública con información exclusivamente proveniente de Londres e ignoran culpablemente el punto de vista argentino. Todo se resuelve en explicar la reconquista del territorio nacional como una maniobra diversionista de la dictadura para distraer la obviamente estúpida opinión pública argentina que, como aborregada plebe, sale a agitar banderas por un pedazo de roca en el fin del mundo”.

Estos fueron los sentimientos que despertó en la mayoría de los argentinos, perseguidos por la dictadura oligárquica cívico militar, la reconquista del territorio usurpado por los ingleses.

La Guerra de Malvinas fue un rayo en una noche serena: inesperadamente un militar del Sur, hasta ese momento aliado estratégico de los EE.UU. en la lucha “contra el comunismo”, enfrentaba bélicamente a una de las grandes potencias militares y navales del mundo. La idea de que ese gobierno, comprometido hasta ese momento en la guerra contra la Revolución Sandinista en Nicaragua, enfrentase al principal socio militar y económico de los Estados Unidos por, lo que algunos consideraban, unos peñascos pelados en el Atlántico Sur, no entraba dentro de ningún pronóstico.

La reconquista militar de Malvinas recorrió América Latina. Acabábamos de evitar, en el límite mismo de la conflagración, una guerra con Chile, que, como dijo el general Jorge Leal, nuestro héroe antártico, hubiéramos perdido, simultáneamente, los argentinos y los chilenos, ganase quien ganara. En esa guerra entre Argentina y Chile solo hubieran ganado los intereses imperiales que iban a profundizar la balcanización del Cono Sur. Repentinamente, los argentinos y los latinoamericanos encontramos que un nuevo fervor de Patria Grande había comenzado a recorrer el continente. Desde todas las capitales de América Latina surgieron voces políticas, intelectuales, religiosas y hasta militares apoyando, sosteniendo y defendiendo la causa de Malvinas.

El entonces presidente peruano Fernando Belaúnde Terry trató de servir como mediador entre Buenos Aires y Londres con el fin de terminar el conflicto. Y mientras tanto, ofreció y puso en territorio argentino aviones de combate Mirage y pilotos de guerra. Los primeros fueron utilizados por la Fuerza Aérea Argentina, mientras que los pilotos fueron, contra su voluntad, obligados a permanecer en tierra para no involucrarlos como combatientes, lo que comprometería al Perú en el conflicto bélico. El Secretario General de las Naciones Unidas, el peruano Javier Pérez de Cuéllar trabajó incansablemente para ofrecer un plan de paz que respetase los derechos argentinos. Panamá, que integraba el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, votó en contra la resolución 502, que exigía el retiro de las tropas argentinas de su propio territorio en Malvinas. El embajador de Venezuela en Argentina, Jorge Dager, manifestó de inmediato el apoyo de su país a la causa argentina y ofreció ayuda militar. Dicho sea esto en su recuerdo y homenaje, el dr. Jorge Dager se convirtió, en esos apasionados días, en la mejor expresión del espíritu bolivariano.

La guerra de Malvinas nos ofreció también el espectáculo inolvidable del abrazo de Nicanor Costa Méndez, el ultraconservador canciller argentino, con Fidel Castro. Ver a Nicanor Costa Méndez, sus modales diplomáticos, su prosapia conservadora, su corbata de seda natural, posando su bien rasurada mejilla sobre las barbas de Fidel Castro es una imagen que una generación de argentinos no podrá sacar de su memoria.

El 2 de abril de 1982 se reinició una nueva visión integradora. De golpe, de la noche a la mañana, los argentinos, esos europeos implantados, como nos ven muchos amigos latinoamericanos, esos blanquitos de allá abajo que creen vivir en París, nos dimos cuenta que lo único que teníamos para sostener nuestra causa patriótica eran los oscuros morenos de todo el continente que, con una sola voz, salieron a defender nuestra causa. Y los argentinos nos volvimos latinoamericanos, abandonamos nuestros aires de europeos exiliados, dejamos de pensar que solamente veníamos de los barcos y descubrimos que también veníamos de la cruza de indios, africanos y españoles y de esa forja de miles de razas que constituye nuestra entidad latinoamericana.

Esos mismos argentinos apaleados concurrieron, el 10 de abril de 1982, a la Plaza de Mayo a sostener la causa que se libraba en Malvinas -las “Hermanitas Perdidas”, como las llamó el gran Atahualpa Yupanqui-, con la convicción de que era una causa justa y que el deber de ciudadanos era cerrar filas para lograr el triunfo de nuestras armas. En esas jornadas comenzó también la crisis de la OEA que terminará, treinta años después, con la pérdida de influencia de ese organismo en la política internacional y el Tratado Internacional de Asistencia Recíproca (TIAR), la alianza que EE.UU.impuso a América Latina después de la Segunda Guerra, volaba por los aires.

De modo tal que Malvinas es una causa que, iniciada unilateral e inconsultamente, se convirtió en causa nacional latinoamericana, quizás la primera causa nacional latinoamericana después de las Guerras de la Independencia.

Como escribió en esas jornadas Jorge Abelardo Ramos:

“La victoria consistió en poner de pie al pueblo de América Latina, en una admirable resurrección del espíritu revolucionario, desvanecido desde los tiempos de San Martín. Que la Argentina haya combatido con fuego y acero a la formidable flota coaligada de las potencias anglo-sajonas, en un combate que estuvimos a punto de ganar; que el bondadoso rostro de la democracia británica haya sido desnudado por la lógica de la guerra y se descubriera a los ojos del mundo la perversa y corrompida fisonomía de Dorian Gray; en fin, que la Doctrina Monroe y el presidente Reagan, el TIAR y la presunta "solidaridad hemisférica" ante una agresión extra-americana hayan quedado reducidas al valor de un papel mojado y los héroes argentinos exhibiesen al Occidente en su intrínseca falsedad, eso se llamaría ganar una guerra por sí, por lo demás, la Argentina no la hubiese ganado en la propia alma de sus Fuerzas Armadas”1.

La derrota militar, determinada centralmente por el carácter proimperialista de los Estados Mayores de nuestras FF.AA., dio lugar a una democracia semicolonial que intentó mantener bajo la alfombra la Guerra de Malvinas, nuestra soberanía sobre las islas y el inmenso heroísmo de los oficiales, suboficiales, soldados y civiles que perdieron su vida en ella.

Malvinas y su heroica gesta guerrera en una bandera continental. El gobierno popular de Néstor Kirchner y de Cristina Fernández de Kirchner ha vuelto a poner nuestros derechos soberanos sobre ese territorio ocupado por una potencia imperialista en el centro de nuestra política internacional. Solo el veto de las grandes potencias occidentales en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y el voto de un pequeño grupo de países sometidos a estas ha impedido traer al Reino Unido a la mesa de negociaciones.

Las últimas decisiones del primer ministro británico acerca de fortalecer la presencia militar en la región dejan a las claras la preocupación que invade al gobierno usurpador de nuestro territorio cualquier intento de independencia argentina respecto al alineamiento automático con EE.UU y el Reino Unido.

Argentina ha decidido llevar adelante su reclamo por los canales, siempre incruentos, de la diplomacia. Pero ha convertido también la Causa de Malvinas en una interpelación al conjunto de un continente que se ha puesto de pie como en los tiempos heroico de la Guerra de la Independencia.
No estuvimos solos los argentinos en nuestra heroica gesta de 1982. El espíritu bolivariano se despertó de su prolongado letargo. Hoy, menos solos que nunca, seguimos bregando, desde la paz, por el deseo expresado por Atahualpa Yupanqui:

"Malvinas, tierra cautiva
de un rubio tiempo pirata.
Patagonia te suspira.
Toda la Pampa te llama.
Seguirán las mil banderas
del mar, azules y blancas,
pero, queremos ver una
sobre tus piedras clavada.
Para llenarte de criollos.
Para curtirte la cara
hasta que logres el gesto
tradicional de la Patria".


1 “El Servicio Secreto Británico y la guerra de las Malvinas”, Ediciones del Mar Dulce, Buenos Aires, 1985

Buenos Aires, 31 de marzo de 2015

15 de marzo de 2015

Francisco en el Foro del Teatro Cervantes

El foro Emancipación e Igualdad convocado por el Ministerio de Cultura ha sido un notable éxito de participantes y de público.
Quienes militamos desde hace décadas en la tradición que se ha dado en llamar nacional y popular, en oposición a la tradición que también se ha dado en llamar progresismo, ambas con sus izquierdas y derechas, nos sentimos en principio un tanto marginados, en la medida en qué ninguno de los panelistas participantes nos representó. No incluyo, obviamente, como panelista, aun cuando su filiación a esta corriente es notoria, al dr. Aníbal Fernández, en la medida en que su participación tuvo un carácter protocolar en cuanto Jefe de Gabinete del gobierno nacional y no como intelectual expositor.
Pero este sentimiento de marginalidad, por lo menos en mi caso, cedió a una extraordinaria satisfacción cuando, junto a Leonardo Boff, Gianni Vattimo, Jorge Alemán y Horacio González se sentó el actual Canciller de la Pontificia Academia de Ciencias y de la Pontificia Academia de Ciencias Sociales, monseñor Marcelo Sánchez Sorondo. Posiblemente en pocas oportunidades el capricho de Clío ha sido más justo y equitativo.
Yo también considero pertenecer a una tradición caracterizada por el agnosticismo religioso. No soy creyente y mis convicciones están empapadas de un escepticismo religioso impregnado de ateísmo, si bien este no tiene una impronta militante de intolerancia religiosa. Pero la presencia de Marcelo Sánchez Sorondo en ese foro me equilibró los tantos. El hombre es argentino e hijo del pensador y político del nacionalismo argentino de igual nombre y hermano del escritor Fernando Sánchez Sorondo, poeta y novelista, autor de una de las más vibrantes novelas sobre las experiencias de un drogadito, “Ampolla”. Su padre, fallecido en el año 2012 a los 99 años de edad era hijo de un político conservador y Ministro de Interior de José Felix Uriburu, Matías Sánchez Sorondo. Fue uno de los más destacados voceros del nacionalismo posterior a la Revolución Libertadora. Por su periódico Azul y Blanco pasaron todas las plumas de esta corriente de pensamiento y a fines de la década del 60 fue secretario de redacción delmismo Juan Manuel Abal Medina, padre, quien en 1973 fuera Secretario General del Movimiento Nacional Justicialista y, en tal carácter, encargado de recibir, junto con José Ignacio Rucci, a Juan Domingo Perón en su regreso a la Patria.
Marcelo Sánchez Sorondo, padre, fue, en las elecciones de aquel año, candidato a senador nacional por el FREJULI, el frente que encabezaba el justicialismo, y debió enfrentar en un ballotage al candidato al mismo cargo por la UCR, el balbinista Fernando de la Rúa, quien finalmente resultó electo.
Un hombre perteneciente a esta tradición política y familiar fue, entonces, el encargado de traer al encuentro la representación y el mensaje de Francisco. El autor de la iniciativa no fue otro que el embajador argentino ante la Santa Sede, Eduardo Valdez, un hombre clave en la política tanto de Francisco, como de Cristina Fernández de Kirchner.
La presencia de monseñor Sánchez Sorondo y su discurso puso en la exitosa reunión -exitosa tanto políticamente como de público y de impacto en los sectores vinculados a la elaboración simbólico-intelectual- una perspectiva político-religiosa institucional, que expresaba la visión que el Papado hoy pretende desarrollar, tanto hacia adentro como hacia afuera de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. La presencia y la exposición del brasileño Leonardo Boff, notorio teólogo de la Liberación, trajo al foro la expresión de los movimiento de base eclesiales del Brasil y de América Latina. La del pensador, también católico, de inspiración marxista, Gianni Vattimo, aportó las preocupaciones más libertarias y antiinstitucionales de un sector del pensamiento europeo. Pero Sánchez Sorondo estaba ahí en nombre de la más antigua institución política de Occidente, que desde su propia definición -como con acierto lo observó Horacio González en su participación- disputa y se anticipó a la idea misma de globalización, de universalización. “Católica” es en griego, como se sabe, “Universal”, dirigida a todos los hombres, cualquiera sea su pertenencia étnica, lingüística o cultural. Lo de “Romana” es algo que también el propio Francisco ha puesto, de alguna manera en cuestión, al lanzar su “teología de las periferias”, que Sánchez Sorondo mencionó en su exposición.
En su breve exposición, improvisada, Sánchez Sorondo -quien, dicho sea de paso, vive en el Vaticano desde 1971- mencionó su relación con Juan Domingo Perón en el 73, cuando como consecuencia del triunfo electoral de Cámpora, y dispuesto a volver a la Argentina pidió una entrevista con Paulo VI, que no le fue acordada. Al pasar, el orador mencionó que Paulo VI no era muy simpatizante de los militares, dejando entrever una falta de interés en la reunión. Lo que sí mencionó Sánchez Sorondo fue su conversación con Perón, quien le manifestó con pasión y energía el maravilloso porvenir que veía para su patria y le profetizó el futuro de grandeza que avizoraba. “Lo que no pudo profetizar, dijo el prelado, es que habría un Papa que sería argentino” .
¿Por qué considero de tanta importancia la participación de este hombre en este foro? ¿Un hombre que ha vivido los últimos 43 años en la diplomacia vaticana? ¿Cuyos modales y estilo están tan alejados del espíritu jacobino de la tradición progresista académica argentina? ¿Un hombre que se preguntó, al empezar su discurso qué hacía acá? Porque su presencia, con su prosa cuidada, con su estilo carente de adjetivos y su elegancia clerical, es el testimonio más claro de una política, la de CFK y la de Francisco, que asume al pueblo de nuestro continente, sin ideologismos a priori, sin abstracciones deshumanizantes, con su larga tradición religoso-cultural como el protagonista de esa preocupación por “las periferias” que ha permitido un compromiso latinoamericanista con vocación universal que no tiene precedentes en nuestra historia.

Nos hubiera gustado escuchar a Norberto Galasso en ese ámbito, nos hubiéramos sentido contenidos con la presencia de Osvaldo Guglielmino. Pero este singular, extraordinario debate, que integra las dos grandes vertientes ideológicas de nuestra emancipación, me ha dejado la convicción de que estamos en una marcha grande que nos incluye a todos. Y que no nos equivocamos cuando salimos a sostener, incluso contra algunos amigos, a Jorge Bergoglio.