19 de octubre de 2009

Tercera parte de 8 del documental La Ceniza y la Brasa, sobre don Arturo Jauretche

18 de octubre de 2009

Segunda parte de 8 del documental La Ceniza y la Brasa, sobre don Arturo Jauretche


Primera parte de 8 del documental La Ceniza y la Brasa, sobre don Arturo Jauretche

Primera parte de 8 del documental La Ceniza y la Brasa, sobre don Arturo Jauretche

6 de octubre de 2009

“Ni la Argentina ni ninguno de nuestros países latinoamericanos es una nación”

Visión. En entrevista con EL LIBERAL, Julio Fernández Baraibar reflexionó acerca de la importancia de la celebración del Bicentenario, antes de la charla que brindará en Santiago del Estero.

Por Martín Brao - mbrao@elliberal.com.ar

El periodista Julio Fernández Baraibar visitará Santiago del Estero, donde ofrecerá hoy a las 20, en la sala anexa del Paraninfo de la Unse, una conferencia titulada Unidad Latinoamericana y Bicentenario, en la que realizará un análisis acerca de la celebración de los doscientos años de la Revolución de Mayo y su relación con el resto de los países del continente.
La organización de la charla de Fernández Baraibar, quien además se desempeña como guionista cinematográfico, escritor y político, está a cargo de María Angélica Ledesma, Gustavo Carreras y el equipo del voluntariado de la Unse. Cabe destacar que la entrada para la conferencia es libre y gratuita.
Antes de su llegada a la provincia, el periodista dialogó con EL LIBERAL y brindó sus puntos de vista acerca de los desafíos en esta nueva celebración, el rol de la sociedad y su preocupación por la integración de la Argentina con el resto de los países latinoamericanos.

- ¿Cuáles son los desafíos que nos plantea el Bicentenario?
- Estos doscientos años, a diferencia del Centenario, nos encuentran abocados al más importante proceso de unificación continental que viven los latinoamericanos, desde la batalla de Ayacucho en 1824.
El Centenario fue la apoteosis de nuestros miserables estados balcanizados e impotentes frente a las grandes potencias de entonces. Fue la apoteosis de la semicolonia inglesa, del régimen oligárquico con estado de sitio y persecución obrera y popular. Fue la culminación de la atomización de la vieja heredad hispánica en pequeños estados nacionales con todos los atributos formales de la soberanía nacional, con sus parlamentos, sus estados mayores de generales entorchados y de bigotes retorcidos, sus teatros de opera y sus atildados embajadores, pero ninguna de las bases materiales para el ejercicio de esa soberanía.
Por el contrario, este Bicentenario llega a nuestro continente, y por ello a nuestro país, en el momento de una apasionante reconstrucción de la unidad continental. Junto al gigante que habla portugués, los pueblos que en 1810 iniciaron su camino independiente, por primera vez se han convertido en un dato imprescindible de la política mundial.
El desafío para los argentinos es tomar conciencia de que, a partir de 2010, Suramérica vuelve a ser nuestra gran Patria, nuestra nación continental común, frustrada por doscientos años de soledad.

- ¿La sociedad tomó real dimensión de la importancia de este acontecimiento?
- Los argentinos, si la pregunta se refiere a nosotros, sabemos, pese a la insidiosa campaña desmoralizadora de los grandes medios comerciales y las mentiras de los sectores del privilegio, que Latinoamérica forma parte ya de la política interna de la Argentina. Pese a lo que diga alguna anciana actriz que oficia de conductora de televisión, lo que ocurre en Honduras, así como lo que ocurre en Brasil o en Bolivia, forman parte orgánica de nuestra realidad y de nuestras preocupaciones. Las celebraciones del Bicentenario, poco a poco, irán manifestando este sentimiento profundo del pueblo argentino. Si el grito de Mayo fue expresión de una rebelión continental, continental será esta fiesta.

- ¿El Bicentenario corre riesgo de pasar sólo como una fiesta cívica?
- Creo que el Bicentenario es, justamente, una fiesta cívica, una fiesta en la que participamos por ser ciudadanos argentinos, miembros de una comunidad organizada estatalmente. Está en nuestra propia conciencia ciudadana profundizar y reflexionar sobre el sentido de esa celebración. Y, seguramente, los festejos y actos oficiales tratarán de recordar ese sentido. Pero el Bicentenario y el 25 de Mayo, junto con el 9 de Julio, son fiestas cívicas por excelencia.

- ¿De qué manera considera que deberíamos recordar este Bicentenario?
- Con la ciudadanía, con el pueblo en las calles y en las plazas de todo el país. Con grandes desfiles cívicos y militares, con fiestas, con cantores y artistas. Deberá haber mesas redondas en todo el país, discutiendo y analizando lo que el Bicentenario significa. Deberá haber puestas teatrales, conciertos y exposiciones pictóricas. Todo ello deberá contar con la presencia de importantes delegaciones de todos los países suramericanos. Sería hermoso ver desfilar a los Granaderos de San Martín con los Llaneros venezolanos de Páez, a nuestros gauchos con los huasos chilenos y los mariachis mexicanos. En suma, sería maravilloso que el conjunto de los pueblos latinoamericanos se reuniese en una fiesta, que como ha dicho Octavio Paz, es una de las características de nuestra cultura.

- ¿Cómo estamos en comparación de otros países latinoamericanos que también celebrarán su Bicentenario?
- Sería una irresponsabilidad animarme a juzgar lo que otros países de la región preparan en términos organizativos. Si sé que Venezuela, Ecuador, Colombia, Uruguay, Paraguay, Bolivia y Chile se aprestan a una gran fiesta con espíritu continental.

- ¿Cree que una república como la Argentina, con apenas 200 años que en términos históricos es poco tiempo, podría autorrotularse “nación”?
- Ni la Argentina, ni ninguno de nuestros países latinoamericanos es una “nación” en el sentido en que se habla de la nación francesa o la nación alemana. Nuestra nación es Latinoamérica. Nuestros países son tan sólo provincias de un proyecto que nuestra generación ha comenzado a construir y que, seguramente, nuestros hijos y nietos podrán disfrutar en su grandeza y soberanía. Este Bicentenario podremos decir con nuestra Marcha Patriótica que “se levanta a la faz de la tierra una nueva y gloriosa Nación”, la de Túpac Amaru, Bolívar, San Martín, Artigas, Sucre, O’Higgins y Abreu de Lima.


Santiago del Estero, 2 de octubre de 2009

8 de septiembre de 2009


Preocupaciones de una ex-izquierdista de La Nación

La señora Beatriz Sarlo ha vuelto a cumplimentar desde las páginas de La Nación, en su suplemento Enfoques, la obligación que tan honroso lugar le genera: enfrentar -y denunciar- desde la izquierda, con erudición académica y pujos gramscianos, el intento del gobierno de retomar la iniciativa en el campo de la cultura y el debate intelectual.

Bajo el título En el país de los fiscales ideológicos, la profesora retirada toma como centro de su ataque las claras referencias políticas del Secretario de Cultura de la Nación, Jorge Coscia, y los enunciados y definiciones de Carta Abierta.

En su crítica a este último movimiento político intelectual, originado en los ámbitos universitarios, prima un aburrido formalismo idealista y un desprecio reconcentrado a todo intento del gobierno, de la presidenta o de sus defensores de expresar un sistema de ideas de antigua tradición, al que el liberalismo, al cual hoy adscribe Beatriz Sarlo, ha denigrado sistemáticamente. Que la presidenta declare no ser “sarmientina” o que reivindique a Manuel Dorrego contra su asesino Juan Lavalle, significa, para la ex maoísta del partido comunista revolucionario de los sesenta y setenta, una ingenua expresión de adolescencia radicalizada.

La crítica a Jorge Coscia adquiere, a su vez, un servicial matiz de denuncia, donde abundan las referencias al trotskismo y al comunismo. Acostumbrada al silenciamiento que los medios de la reacción liberal impusieron sobre la Izquierda Nacional y sus intelectuales más destacados, Beatriz Sarlo recupera la memoria de las discusiones de su juventud y la ferocidad con que estos puntos de vista eran enfrentados por la izquierda universitaria. En efecto, la Izquierda Nacional se caracterizó por la intransigente crítica al socialismo de Juan B. Justo y sus avinagrados seguidores, al comunismo de Victorio Codovilla y, en general, a toda la izquierda que coincidió con la Sociedad Rural en su condena al peronismo y las masas trabajadoras del 17 de octubre, y en su participación en la Revolución Libertadora y en el golpe cívico militar del 24 de marzo de 1976. En ese sentido, los autores de la Izquierda Nacional que menciona Sarlo -Ramos, Spilimbergo, Alberti, Galasso-, así como Puiggrós y Hernández Arregui, cumplieron un importantísimo papel en la conformación de un pensamiento crítico y revolucionario en el momento en que se produjo la confluencia de amplios sectores de la clase media urbana con los trabajadores y el peronismo. Junto con peronistas como Arturo Jauretche, Fermín Chávez, Muñoz Azpiri y otros, los autores antes citados facilitaron en aquellos años la comprensión del fenómeno peronista a las generaciones posteriores a la Revolución Libertadora.

En esa tarea, la explicación de cómo los partidos de la izquierda tradicional –el stalinismo ruso, el socialismo de Repetto y Juan B. Justo y el trotsquismo pronorteamericano- habían enfrentado a los trabajadores y a Perón, habían rechazado el aguinaldo y habían constituido la Unión Democrática con Ramón Santamarina y Victoria Ocampo, fue un capítulo insoslayable. Beatriz Sarlo deja ver las cicatrices que ese debate dejaron en su delicada piel al decir que Jorge Abelardo Ramos “no puede ser más cruel con los socialistas a quienes acusa de todas las mezquindades: pequeña gente ilustrada pero irremediablemente tonta, extranjerizante y, como los comunistas y los gorilas, despreciativa de las masas populares”. Sin embargo, no da un solo argumento que desmienta esta acusación ratificada por la experiencia histórica.

Sarlo intenta soslayar, con evasivas retóricas, que, efectivamente, existía y existe “una izquierda que no entendía la Nación y una derecha que decía entenderla pero despreciaba la Nación popular concreta”.

Que Jorge Coscia, desde el lugar del Estado dedicado a las políticas culturales, hoy reivindique la validez de esta disyuntiva, no puede sino inquietar a los dueños de La Nación y sus sucriptores. Beatriz Sarlo sale, entonces, a dar la batalla tras la máscara de su impoluto academicismo. Pero la máscara no puede ocultar su pelambre gorila.

¿Dije pelambre?

Quise decir raigambre.

Buenos Aires, 7 de setiembre de 2009

3 de agosto de 2009

A propósito de la Patria

Leopoldo Marechal nos dejó un poema que, a quienes amamos esta Patria con nombre platino, nos ha marcado para toda la vida.

La Patria era una niña de voz y pie desnudos. 
Yo la vi talonear los caballos frisones 
en tiempos de labranza, 
o dirigir los carros graciosos del estío, 
con las piernas al sol y el idioma en el aire. 
(Los hombres de mi estirpe no la vieron: 
sus ojos de aritmética buscaban 
el tamaño y el peso de la fruta.) 

La Patria era un retozo de niñez 
en el Sur aventado, en la llanura 
tamborileante de ganaderías. 
Yo la vi junto al fuego de las yerras 
estampando su risa en los novillos; 
o junto al universo de los esquiladores, 
cosechando el vellón en las ovejas 
y la copla en las dulces guitarras de setiembre. 
(No la vieron los hombres de mi clan: 
sus ojos verticales se perdían 
en las cotizaciones del Mercado de Lanas) 

Con las cuartillas escritas por Felipe Noguera y Alberto Berro –según informa La Nación de este domingo- el presidente de la Sociedad Rural Argentina, Hugo Biocatti, afirmó: “La Patria es nuestra historia y también nuestra conciencia de esa historia”. Con ello, el estanciero pretendió, con sus palabras, desplegar la concepción del “Campo” sobre la Patria. 

De repente “los ojos de aritmética”, que sólo ven el tamaño y el peso, “los ojos verticales”, que sólo perciben la suba y la baja de los precios, se sintieron en la obligación de explicarnos a los argentinos qué es la Patria. 

Es bueno que, por fin, se acepte el desafío de discutir sobre nuestra historia y sobre la conciencia de nuestra historia, porque es, justamente la conciencia de esa historia, la huella que ha dejado en las generaciones vivas, lo que hace evidente que la Patria a la que se refiere Biolcatti es una Patria muy distinta a la que está dibujada en el corazón y la memoria colectiva de la inmensa mayoría de los argentinos. 

Dicen Noguera y Berro, a través de Biolcatti: “Cuando el campo dice Patria, piensa con nostalgia en aquel magnífico granero del mundo capaz de alimentar a la humanidad entera, hoy convertido en presa de la voracidad fiscal y la falta de políticas adecuadas”. 

En cambio, cuando el pueblo argentino dice Patria recuerda con dolor y con indignación histórica aquel Centenario del “granero del mundo”, regido con estado de sitio, con la Ley de Residencia y donde, un año antes, los “cosacos” de la policía de Ramón Falcón reprimieron un acto del 1º de Mayo dejando tendidos 8 muertos y 105 heridos. Aquel 25 de mayo de 1910 se celebró con la redacción de las publicaciones obreras La Protesta, La Batalla y La Acción Socialista presos, junto a un centenar de militantes populares. Mientras la Argentina de la Sociedad Rural saludaba embelesada a la obesa representante de la corona española, la “infanta” Isabel, patotas oligárquicas empastelaban imprentas anarquistas, apaleaban a trabajadores desarmados y generaban terror blanco en las barriadas humildes. 

Aquella Argentina no era “capaz de alimentar a la humanidad entera”, como sus escribas le hacen fantasear a Biolcatti, sino que apenas era capaz de alimentar a los argentinos viejos del interior postrado y a los nuevos argentinos que se hacinaban en los oprobiosos conventillos. Tan sólo alimentaba a los ingleses con su chilled beef, y a cambio de ello les entregaba el control de sus puertos, sus ferrocarriles, sus frigoríficos, su prensa y su gobierno. 

Esa Argentina, a cuya añoranza se suma, con aire de hijo bastardo, Eduardo Buzzi, es la que llevó dos años después al proceso de sindicalización agraria, enfrentado a la clase terrateniente tradicional, que se conoció como “Grito de Alcorta”. Ni siquiera para los fundadores de la Federación Agraria Argentina, chacareros criollos, italianos y españoles, la Argentina del Centenario tenía un lugar. La incorporación de la Argentina rural al mercado internacional y los recursos generados por la renta diferencial se convirtieron en fanfarronerías de nuevo rico, en dilapidación suntuaria, en viajes a Europa con la familia y la vaca, en tirar manteca al techo con cocottes franchutas de besos lentos y manos rápidas. 

Esa es la nostalgia que le dictan Noguera y Berro al parvenu Biolcatti. Es simplemente un adorno retórico a la exigencia perentoria de esa clase social, que, en sus pretensiones, no ha cambiado desde el Centenario: la renta agraria es nuestra y hacemos con ella lo que queremos. 

Vuelve Biolcatti a la historia, cuando dice: “Pienso en Manuel Belgrano, en José de San Martín, en Domingo Faustino Sarmiento, en Juan Bautista Alberdi. Hombres que le dieron a la Patria todo, sin pedirle nada. Hombres que fundaron y construyeron esta Nación sin necesitar superpoderes. Que murieron en la dignidad de su pobreza, sin tener que presentar declaraciones juradas. Pienso en ellos y me avergüenzo.” 

Vuelve a vigilar Mitre desde lo alto de la noche el examen de historia del estanciero lechero. ¡Pobre Manuel Belgrano! Quería desarrollar la industria textil para hacer velas y sogas para nuestros barcos, y estos tipos reniegan de una Argentina industrial, que sólo puede construirse con la apropiación por parte del Estado de sus excedentes rentísticos. 

¡Y que San Martín no necesitó superpoderes! Los tuvo y los usó discrecionalmente. Los tuvo en Mendoza, como gobernador militar, y los tuvo en Perú como Protector. Es muy linda la historia de las damas mendocinas entregando su tiempo y sus joyas a la causa de la Independencia. Y es útil para falsear la verdadera imagen del Libertador. En uso de las atribuciones que le exigió al gobierno de Buenos Aires para aceptar su nombramiento, San Martín expropió a las clases pudientes cuyanas para usar sus bienes sobrantes en beneficio de la causa independentista. 

Aquí se ve, en su manifestación práctica, la utilidad que la historia de Mitre tiene para el sistema de dominación argentino. ¡Qué bueno es ocultar que San Martín fue un gobernante dotado de plenos poderes, sin control parlamentario alguno! 

El sanjuanino está muy bien en boca de Biolcatti, que desde su cargo hace evidente la crítica observación sarmientina de que el poder en la Argentina de entonces tenía “olor a bosta de vaca”. Y, podemos agregar, la Sociedad Rural Argentina quiere que vuelva a tenerlo. 

En cuanto a lo de la pobreza de Alberdi no podemos sino aceptarlo. El gobierno de los ganaderos y los importadores de la ciudad de Buenos Aires le negaba el pago de sus sueldos como representante argentino en París. “La dignidad de su pobreza” tenía mucho más de castigo mitrista que de virtud republicana. Hace bien Biolcatti en avergonzarse de ello. 

Cuando el pueblo argentino dice Patria recuerda con orgullo y dolor la sangre gaucha derramada por los soldados criollos a lo largo y lo ancho de América del Sur, cuando Rivadavia –a quien los asesores de Biolcatti se olvidaron de nombrar o quizás su nombre ya no tiene el impacto publicitario de otras épocas- le quitaba su apoyo al ejército de San Martín, obligándolo a retirarse de Perú. Rememora la firmeza de Juan Manuel de Rosas defendiendo la soberanía de la Confederación, frente al asedio de ingleses y franceses, y saluda con devoción a los héroes de la Vuelta de Obligado. La palabra Patria para los argentinos pobres, para los asalariados –obreros y maestros- es el levantamiento gaucho contra la tiranía porteña, es el exilio, la tuberculosis y la muerte de Felipe Varela, es la cabeza del Chacho clavada en la plaza de Olta. 

Esa palabra nos recuerda con orgullo los levantamiento de Yrigoyen contra el “régimen falaz y descreído” de la oligarquía del campo y nos alegra con el desborde arrabalero de los votos radicales de 1916. Patria es para nosotros, los argentinos que estamos fuera del predio ferial, de la estancia y de la inversión en soja, la sangre obrera derramada en las calles de Barracas y Parque de los Patricios durante la Semana Trágica y el levantamiento de Paso de los Libres contra la dictadura justista. 

Nosotros no tenemos que avergonzarnos, como Biolcatti. Nos pone orgullosos el recuerdo de los obreros bien pagos del 17 de octubre y nos alegra la insolencia plebeya de Evita, nombrando a su madre al frente de la Sociedad de Beneficencia. 

La Patria, en suma, ha sido para nosotros una larga lucha por la Independencia, por construir una sociedad soberana, por reparar la injusticia, por dar voz a los desheredados. Desde el 2001, que son los años que Biolcatti mejor conoce, hemos tenido que dar una dura lucha para sacarnos de encima las políticas que nos impuso la Sociedad Rural Argentina desde su participación en el golpe de 1976 y dar trabajo a los desocupados, blanquear a los trabajadores informales y mejorar el salario de todos. La preocupación por la pobreza en boca del presidente de la SRA tiene el mismo valor que la preocupación del verdugo por la salud del condenado a muerte. 

En suma: 

La Patria no ha de ser para nosotros 
nada más que una hija y un miedo inevitable 
y un dolor que se lleva en el costado 
sin palabra ni grito. 

Por eso, que la Sociedad Rural mejor no hable de la Patria.

Buenos Aires, 2 de agosto de 2009