2 de noviembre de 2011

La tierra del yacaré


Pese a que Tierra del Fuego es la última región del país que se convirtió en provincia, Formosa, la provincia que se creó a partir de "la vuelta fermosa" del río Paraguay, ha sido hasta no hace mucho algo como la hermana entenada de nuestro federalismo.

Fue tierra altiva de tobas montaraces a los que no pudieron someter los españoles. Fue también tierra paraguaya trabajada y poblada por hombres y mujeres que venían de la otra orilla del río común. Fue tierra de refugio para criollos escapados de nuestros conflictos civiles y escenario de la terrible guerra que mitristas argentinos, esclavistas brasileños y colorados uruguayos le hicieron al país heroico que construyeron guaraníes y criollos dignos y justos.

El teniente coronel Luis Jorge Fontana, el patagónico que integró estas tierras al territorio nacional, que clasificó sus especies y conoció y describió a sus hombres del monte, ese militar estudioso, emprendedor y positivista -como correspondía a su época- fundó la villa de Formosa en 1879. Se adentró en la región y, con el apoyo del estado central que recién comenzaba a organizarse, se inició la historia argentina de toda esa región. En estos días acaba de estrenarse en Buenos Aires una película sobre este gran argentino, que contribuyó como pocos a garantizar nuestra extensión territorial, en una época en donde todavía regía la zoncera sarmientina de que “el mal que aqueja al país es su extensión”.
Sin la riqueza algodonera del Chaco, a cuya administración había pertenecido, sin la llanura hirsuta y ganadera de La Pampa, sin el petróleo de Chubut -también fundada por Fontana-, Formosa era hasta no hace mucho un diamante escondido en la profundidad del manto terrestre argentino. Viejas familias criollas anteriores a la llegada de Fontana, una gran población aborigen olvidada por años, paraguayos afincados desde hace tiempo y algunos pocos europeos, dedicados casi todos ellos a las actividades agrarias, conforman la población de esa provincia, laboriosa y tenaz como pocas.
No conocía Formosa. No había tenido la oportunidad de visitarla, pese a muchos formoseños queridos. La política, que es, la mayoría de las veces, la razón de mis viajes, no me había llevado a aquella tierra verde. Y por fin pude conocerla a fines de septiembre de este año, acompañando a Jorge Coscia, quien presentaba su libro La Encrucijada del Bicentenario.

Tenía una idea general, basada en anticuerpos muy sensibles al gorilismo progresista y de izquierda, de que las cosas que se escribían en la prensa porteña, las que se decían en la radio o se comunicaban en la televisión sobre las maldades congénitas de sus gobernantes debían ser, por lo menos, una exageración. Me fui convencido de que las enormidades proferidas por algunas figuras públicas de nuestro propio campo, como la diputada (mandato por cumplirse) Silvia Vázquez o el ex funcionario Claudio Morgado, tenían mucho de ignorancia y otro tanto de mala fe antiperonista. Formosa superó aquellas prevenciones.

Contrariamente a otras provincias de la región, la soja no es un cultivo principal en Formosa. La ingeniería genética aplicada a la ganadería ha convertido a la provincia en ganadera y engorda con sus pasturas razas como Aberdeen Angus y Heresford que antes estaban circunscriptas a la pampa húmeda. Contra todas las tonterías ambientalistas forjadas en círculos citadinos, Formosa cuida su ecología, su flora y su fauna. La cría del yacaré, cuya deliciosa carne ya se exporta, así como la del ñandú -otro manjar formoseño-, ha logrado aumentar la existencia de ejemplares en estado salvaje.

Después del olvido en que la provincia se encontró bajo los distintos gobiernos posteriores a su provincialización, dictada por el general Juan Domingo Perón unos meses antes de su derrocamiento, la labor llevada adelante por el gobernador formoseño Gildo Insfrán y su equipo debe ser una de las más progresistas y pujantes de todo el interior argentino.
Con la inestimable ayuda del gobierno nacional, y con recursos propios, la obra pública es, en Formosa, casi inmensurable. Más de 600 escuelas, primarias, secundarias y técnicas, en toda la provincia; permanente construcción de viviendas que ha logrado erradicar las villas y los barrios marginales; hospitales de alta complejidad; un hospital odontológico; centros polideportivos en todas las ciudades y pueblos de la provincia; respeto permanente, tanto en lo económico como en lo cultural, a su población aborigen; todo ello desmiente de manera incontrastable la calumniosa campaña desplegada no se sabe bien con que finalidad, por sectores capitalinos y ONGs financiadas desde el exterior.

Formosa era, hasta principios de este siglo, la provincia más pobre, en el medio de la crisis de un sistema que sumió al país en una horrible desesperanza. Hoy, con la modestia de sus condiciones materiales, con una economía que recién ha comenzado a dar significativos pasos hacia la industrialización de sus producciones, Formosa es una sociedad justa y equitativa.

Equidad es la palabra que más suena en la política formoseña, incluso por encima de igualdad. La igualdad es una virtud pública que propone la igualdad jurídica y material de todos los ciudadanos. La equidad es un valor anterior a la igualdad. Propone, como decía Jauretche, “emparejemos y larguemos”. Es función del estado imponer equidad en la sociedad, sobre todo económicamente, para plantear desde ahí, desde ese nuevo nivel, el respeto y la promoción de la igualdad ciudadana.

La presidenta Cristina obtuvo un 78,16 % de los votos en la provincia de Formosa. El gobernador Gildo Insfrán obtuvo el 75,58 %. Las razones de estos resultados no son otros que el extraordinario mejoramiento de las condiciones de vida de todos los formoseños, durante estos ocho años.

Para dar un sólo ejemplo de la pelea que ha debido dar la provincia mencionamos el siguiente caso. Durante años la provincia había reclamado ante el gobierno nacional y los organismos internacionales de crédito fondos y préstamos para la pavimentación de la carretera 81, que recorre todo el largo de la provincia, une la capital con Salta y permite la integración de toda la región con la ruta nacional 11, la ruta Juan de Garay, que llega hasta el puerto de Rosario. Durante años la respuesta que las autoridades provinciales recibían a ese pedido era que la inversión no se justificaba por el bajo grado de desarrollo económico de la región. Uno de los tópicos insistentemente argumentados por el gobernador Gildo Insfrán fue, justamente, que la pavimentación de esa ruta era la condición determinante para un desarrollo y consiguiente inversión en la provincia.

En el 2008, en el año de la insolencia sojera, Cristina completó la pavimentación de la ruta. Y, como lo sospechaba el gobernador, la integración de su provincia al conjunto del sistema económico nacional fue la causa, y no la consecuencia, del florecimiento que hoy vive Formosa.

El pueblo formoseño se ha encontrado, por fin, con la necesaria solidaridad del resto del país, que es la base del pacto federal. No ha logrado, aún, vencer la tonta resistencia basada en falsos relatos, en prejuicios y oscuros complejos de culpa de algunos comunicadores. Pero estos ocho años han hecho realidad lo que los formoseños soñaban cuando el territorio nacional se convirtió en provincia, hace nada menos que 57 años.

Buenos Aires, 2 de noviembre de 2011

31 de octubre de 2011

Alberto Methol Ferré: un Hegel cabecita negra

Alberto Methol Ferré: un Hegel cabecita negra

Alberto René Methol Ferré fue el intelectual uruguayo que, desde la década del 50 del siglo pasado hasta su muerte, ocurrida el 15 de noviembre de 2009, dedicó todo su esfuerzo intelectual y volitivo a la integración de los países de la Cuenca del Plata, como punto de partida de la unidad latinoamericana.

Alberto Methol Ferré, Tucho como le llamaban todos los que conocieron su cautivante simpatía personal, nació en Montevideo el 31 de marzo de 1929, en un hogar de clase media. Aquejado desde niño por una pertinaz tartamudez, tuvo en su padre un amigo protector y comprensivo, lo que le permitió superar esa particular dificultad, hasta convertirse en un fascinante orador y conferencista.

Realizó sus primeros estudios en el Liceo Francés de la capital uruguaya e ingresó a la Universidad de la República para estudiar Derecho. Entre otros compañeros tuvo uno que se haría famoso: Jorge Batlle, presidente uruguayo entre 2000 y 2005, hijo del presidente de la República Luis Batlle, sobrino nieto de don José Batlle y Ordoñez, el creador de la “Suiza del Plata”, y bisnieto del también presidente Lorenzo Batlle.

No obstante, sus preferencias políticas estuvieron orientadas, desde el hogar, hacia el partido Nacional o Blanco, el centenario movimiento creado por el federal Manuel Oribe, en plena guerra civil en 1836.

Methol Ferré fue, a lo largo de su vida, periodista, escritor, profesor de historia y filosofía, filósofo de la historia y teólogo. Hacia la década del 50 se convierte al catolicismo, proviniendo de una familia sin grandes convicciones religiosas. Por esa época comienza su relación con don Luis Alberto de Herrera, el más importante dirigente histórico del Partido Blanco. Herrera, un hombre vinculado al patriciado oriental y de madre protestante - “un cajetilla entre los mersas” lo definió alguna vez Tucho-, había sido secretario de Aparicio Saravia en la revolución de 1904 y acompañó al último caudillo blanco hasta que éste muere como resultado de las heridas recibidas en el combate de Masoller.

Simultáneamente comenzó a desarrollar su admiración por el entonces presidente de la Argentina, el general Juan Domingo Perón. Él mismo ha contado el impacto que le produjo la publicación en Montevideo del célebre discurso de Perón ante los oficiales del alto mando del Ejército, el 11 de noviembre de 1953, en el que expone su concepción del Nuevo ABC. Por primera vez en la región, un presidente argentino, contra todas las teorías de los estados mayores, proponía una alianza estratégica con el Brasil y con Chile, como paso necesario para la integración del continente.

A partir de ello, el pensamiento político de Methol Ferré estuvo dedicado a consolidar, profundizar y extender en toda su arquitectura, la propuesta de Perón. Sus incursiones en la historia española y latinoamericana, sus análisis sobre el Uruguay y su historia, su abordaje a la Geopolítica, su frecuentación a Hegel y a Ratzel no tuvieron otra finalidad que abarcar en toda su extensión e implicancias la potencialidad que se encerraba en esta alianza estratégica.

En un país signado por un origen vinculado a las intrigas de Lord Ponsomby y a la irreductible estolidez rivadaviana, caracterizado por un laicismo raro en la región y en el que el imperio inglés permitió una suave democracia urbana y una fuerte miseria rural, Alberto Methol Ferré fue católico, federal, artiguista y blanco. Encontró en la prédica de Herrera contra el establecimiento de bases norteamericanas, en la década del 50, una vinculación entre las viejas banderas de Oribe de los tiempos del sitio de Montevideo y las nuevas tareas patrióticas exigidas por el reemplazo definitivo de aquel Lord Ponsomby por el nuevo Mr. Ponsomby, como, con gracia, definía la aparición del nuevo imperialismo norteamericano en las playas de Pocitos.

Junto al viejo caudillo blanco, participó Methol Ferré de la campaña electoral que permitió el triunfo de Herrera junto a quien fundara el movimiento ruralista, Benito Nardone, conocido por su seudónimo radial “Chicotazo”. De esos años es el libro que publicara en nuestro país don Arturo Peña Lillo en la memorable colección La Siringa, “La crisis del Uruguay y el imperio británico”, de lectura aún hoy reveladora del Uruguay profundo, más allá del Cerro de Montevideo.

Compartió con Washington Reyes Abadie y Roberto Ares Pons la creación de la revista Nexo, en 1958. Desde ella comenzó a desarrollar aquellas tesis aprendidas del general argentino derrocado en 1955 y a concebir la función de su pequeño país, alguna vez Banda Oriental y alguna otra Provincia Cisplatina, como el nexo y la clave capaz de articular la unidad de la Cuenca del Plata. Justamente con este concepto dará inicio a la más trascendente y luminosa reflexión que se haya escrito sobre el papel histórico y el destino del Uruguay, su admirable “Uruguay como problema”. Así comienza el libro: “El Uruguay es la llave de la Cuenca del Plata y el Atlántico Sur, y la incertidumbre de su destino afecta y contamina, de modo inexorable y radical, al sistema de relaciones establecido entre Argentina, Brasil, Paraguay y Bolivia”.

A partir de la instauración de la dictadura en su país, perdió su alto cargo en la administración del puerto de Montevideo y se convirtió en uno de los más importantes intelectuales laicos del Episcopado Latinoamericano. Esa tarea le permitió recorrer nuestro continente en toda su extensión, conocer de cerca las distintas realidades de nuestros pueblos e investigar en su historia política y económica.

Lentamente su pensamiento comenzó a abrirse paso en el Uruguay, en la otrora llamada “Suiza del Plata”. A medida que el bienestar de la semicolonia inglesa comenzaba a desaparecer y miles y miles de uruguayos emigraban a Europa y a Australia, cuando el país no podía ofrecerles un lugar bajo el sol, la prédica de Alberto Methol Ferré, su intransigente continentalismo, su desprecio a la “argentinidad”, a la “uruguayidad”, a la “chilenidad”, comenzaron a demostrar su valor y trascendencia. Fundador del Frente Amplio uruguayo, antes de la dictadura, la hegemonía que durante mucho tiempo ejercen el partido Comunista y los sectores liberales, lo alejan del mismo recluyéndose en su identidad blanca. La aparición de Pepe Mujica como caudillo del Frente y su candidatura presidencial lo acercaron nuevamente a aquellas filas y son muchos los comentarios acerca de sus reuniones con Pepe, hablando de lo que más sabía: la unidad continental, el Mercosur, la Unasur y el futuro de la Patria Grande.

Tuvo con la Argentina una relación más que fraternal. En el fondo Tucho Methol Ferré se consideraba un argentino oriental, como aquellos a los que estaba dirigido el llamamiento del general Lavalleja: “Argentinos Orientales: las Provincias hermanas sólo esperan vuestro pronunciamiento para protegeros en la heroica empresa de reconquistar vuestros derechos. La gran nación argentina, de que sois parte, tiene gran interés de que seáis libres, y el Congreso que rige sus destinos no trepidará en asegurar los vuestros”. Cultivó la amistad con grandes argentinos, como Arturo Jauretche, Jorge Abelardo Ramos o Fermín Chávez. Y hasta los últimos días mantuvo una enorme capacidad de trabajo y una incansable voluntad de transmitir sus conocimientos y sus reflexiones.

En nuestras de gratitud por su intensa amistad con nuestro país fue condecorado por el Estado argentino con la Orden de Mayo al Mérito en grado de Comendador, meses antes de su fallecimiento.

Buenos Aires, 31 de octubre de 2011.

30 de octubre de 2011


Vivian Trias: Un socialismo en la senda de Manuel Oribe y Aparicio Saravia

El 24 de noviembre de 1980, la República Oriental del Uruguay estaba gobernada por un anciano jurista puesto en el cargo de presidente por las Fuerzas Armadas, que siete años atrás habían terminado con la proverbial democracia uruguaya. Aparicio Méndez se llamaba el anciano presidente y el 30 de ese mismo mes y año se realizaría un plebiscito popular para aprobar la reforma constitucional pergeñada por la dictadura. Aquel día falleció en Montevideo uno de los más notables ensayistas y políticos uruguayos, el socialista Vivian Trías.

Era lo que los uruguayos llaman un “canario”, un hijo del departamento de Canelones que rodea a la ciudad de Montevideo. “Canario” es también sinónimo de “pajuerano”, de paisano, de hombre del campo. Y esto caracterizó la concepción política de Trías: una visión socialista impregnada del federalismo artiguista y blanco, que ponía en el centro de su crítica la creación del Uruguay por el Imperio Británico y su secular dependencia de la política y la economía inglesas.

En 1956 ingresó a la Cámara de Diputados, en representación del partido Socialista y fue reelecto dos años después. Su amistad y coincidencia políticas con Alberto Methol Ferré y con Jorge Abelardo Ramos lo llevaron a crear una tendencia interna en el partido a la que denominó, igual que en la Argentina, Izquierda Nacional. Desde esa concepción enfrentó a la conducción histórica del socialismo en manos de Emilio Frugoni, un perfecto émulo uruguayo del argentino Juan B. Justo. Si Frugoni se inscribía en la tradición montevideana del partido de la Defensa de Montevideo y de Batlle y Ordoñez, Vivian Trias lo hacía con la originada por el federal Manuel Oribe y el blanco Aparicio Saravia, el último caudillo de a caballo en el Río de la Plata.

En 1960 Vivian Trias fue elegido secretario general del Partido Socialista del Uruguay. Fue entonces que llevó al partido a acercarse a la Unión Popular, liderada por el herrerista (seguidor del líder blanco Luis Alberto de Herrera) Enrique Erro, acercamiento que constituyó uno de los antecedentes políticos del Frente Amplio. La lista 41 de la Unión Popular estaba también integrada por otros políticos independientes como Carlos Real de Azúa, José Claudio Williman, Alberto Methol Ferré y Roberto Ares Pons (todos ellos creadores de la famosa revista Nexo) y la Liga Federal de Acción Ruralista, creada por Benito Nardone, el popular comentarista radial “Chicotazo”.

El incumplimiento por parte de los herrerista de algunos acuerdos electorales -las bancas correspondientes a Canelones y Montevideo- terminó con la alianza y la pérdida de la diputación de Vivian Trías, lo que determinó, posteriormente, su alejamiento de la secretaría general del Partido Socialista, aunque continúo ejerciendo una profunda influencia intelectual.

Fue un promotor del Frente Amplio y un crítico abierto al pensamiento liberal de la izquierda uruguaya y a la influencia que el imperialismo británico ejerció tradicionalmente en el pensamiento político de su país. Fue elegido nuevamente diputado por el Frente Amplio en 1971 hasta el golpe cívico militar del presidente Bordaberry en 1973.

El gobierno militar lo destituyó de sus cátedras, aunque no fue detenido.

Todo esta intensa actividad política de Vivian Trias fue sostenida con una profusa actividad como historiador y ensayista. En 1960 sale “El imperialismo en el Río de la Plata”, publicado en Buenos Aires por la legendaria Editorial Coyoacán de Jorge Abelardo Ramos. Al año siguiente publica “Las montoneras y el Imperio Británico”, en 1962 “Reforma agraria en el Uruguay”.

“Por un socialismo nacional”, libro donde sintetiza y expone su visión coincidente con la de la Izquierda Nacional argentina, apareció en 1966.

En 1969 da a conocer su extraordinario “Juan Manuel de Rosas”, posiblemente una de los más acertados análisis sobre el Restaurador. Sin caer en la apología hispanizante del nacionalismo oligárquico ni en la condena ideologista del liberalismo, Vivian Trias desmenuza con prosa certera y precisión crítica el sistema de intereses sociales, políticos y regionales del rosismo y sus contradicciones con el federalismo del interior, incluido el de los orientales.

Durante la dictadura, en 1975 Trias publica la imponente “Historia del imperialismo norteamericano”, en tres tomos, editada en Buenos Aires por Peña Lillo.

Vivian Trias fue un entusiasta defensor de la integración suramericana, con particular énfasis en la integración de la cuenca del Plata. Su “Imperialismo y Geopolítica”, de 1973, condensa su rica visión continental.

Había nacido el 22 de mayo de 1922, un año después que Jorge Abelardo Ramos lo hiciera en el barrio porteño de Flores. Su temprano fallecimiento hizo que el retorno a la democracia en su país no lo tuviese entre sus protagonistas. Con su ausencia, la posibilidad de desarrollo de una izquierda federal, con raíces blancas y preocupada por la integración del continente, perdió una poderosa voz, cuyos ecos hoy escuchamos en la palabra y la acción del actual presidente uruguayo, don Pepe Mujica.

Buenos Aires, 30 de octubre de 2011

28 de agosto de 2011

El proyecto artiguista viaja en tren

Algo grande, algo profundo está pasando en nuestros pueblos y en nuestros países.
El presidente del Uruguay visita nuestra provincia del Chaco, se reúne con el gobernador Capitanich y ambos realizan un homenaje al caudillo oriental Jose Gervasio Artigas. El escritor y humorista Luis Landriscina, presente en el acto, se declara “artiguista” y saluda “al general de los pobres, los mestizos y humildes”.

¿Qué sentido tienen estas palabras? ¿No serán, al fin y al cabo, un simple acto protocolar, adecuado para honrar al país del visitante?

No lo creo.

La provincia del Chaco, convertida en tal por el primer gobierno del general Perón, fue, junto con Formosa, uno de los últimos territorios sobre los que, a fines del siglo XIX, se asentó la soberanía del estado argentino. No pertenecían de hecho a las Provincias Unidas del Río de la Plata y la mayoría de su población era indígena. Los criollos que los habitaban era exilados de las guerras civiles, hombres que, como Martín Fierro, huían de las levas y las matanzas mitristas en las provincias del norte y encontraban, entre los llamados salvajes, la paz o el sosiego que no les daban los llamados civilizados. Lejos habían quedado, entonces, las luchas de Artigas y su hijo Andresito Guaycurarú, peleando simultáneamente contra españoles, portugueses y porteños. Era sólo un recuerdo aquel hombre enterrado en San Isidro Labrador de Curuguaty y que había influido durante diez años en un territorio que se extendía desde Misiones al Plata y desde Montevideo hasta Córdoba.

Ninguno de los que, en Resistencia, recordaron a Artigas lo mencionó como un prócer uruguayo, porque nada hubo más lejos de su pensamiento que el pequeño país creado por la intriga británica, los comerciantes montevideanos y la inquina porteña. “Yo ya no tengo patria”, dicen que exclamó al enterarse de la independencia lograda por el Uruguay. Alberto Methol Ferré se reía como un fauno cada vez que pasaba con algún visitante por la enorme estatua de la plaza Independencia de Montevideo. “Mire lo que dice”, invitaba a su acompañante. “Nada más que Artigas. No supieron qué más ponerle, No podían inscribir en el mármol algo así como Padre de la República Oriental del Uruguay, porque hubiera sido un atentado a su memoria. Tampoco podían poner caudillo federal de las Provincias Unidas del Río de la Plata, que es lo que fue. Así que decidieron no poner más que su apellido. Debe ser el único caso en el mundo, donde una estatua no dice qué fue en vida el homenajeado”, decía Methol, entre irónicas carcajadas.

Y en esta idea de Artigas nos educamos los hombres y mujeres de mi generación. Nos habían hecho creer que era uruguayo, que se enfrentaba al gobierno de Buenos Aires porque quería abrirse de las Provincias Unidas. Que había enviado a sus representantes a la Asamblea del Año XIII con levantiscas indicaciones, inaceptables para los “argentinos”, que eran el resto de los integrantes de ese congreso. Nos enteramos de muy grandes que Mariano Moreno, en su Plan Revolucionario –cuya existencia también ignorábamos- había aconsejado acercarse al capitán de la milicia rural de la Banda Oriental. Y a fuerza de buscar en las bibliotecas supimos de su vida entre los charrúas, de su lucha por la tierra para todos los orientales y de su extraordinaria influencia sobre los caudillos federales de ambas bandas del Uruguay. De grandes, en suma, nos enteramos que Artigas no había sido uruguayo, sino, como lo expresara Lavalleja en su manifiesto, “argentino oriental”.

Y es esto lo que se ha comenzado a reconocer oficialmente en la Argentina. Desde la Cátedra de los Libertadores, de la Secretaría de Cultura de la Nación, Ernesto Jauretche comenzó a desarrollar una serie de homenajes, encuentros y debates sobre don José Artigas –las Jornadas Artiguistas- que ha recorrido las provincias que supieron de su influencia. Y es por eso que cada vez que el presidente uruguayo Pepe Mujica nos visita, los argentinos le hablamos con cariño y admiración del gran oriental. Esa es la razón por la cual uno se define como artiguista.

Y no es sólo en las palabras o en los homenajes. Mañana lunes 29 de agosto de 2011, un tren cruzará el río Uruguay, para que el año que viene, en el bicentenario del Éxodo del Pueblo Oriental, se una Buenos Aires con Paso de los Toros, en el centro de la tierra uruguaya. Y se llama Tren de los Pueblos Libres, de los que fue Protector José Gervasio Artigas.

Algo grande, algo profundo está pasando en nuestros pueblos y en nuestros países. Estamos volviendo, en las condiciones y con las posibilidades del siglo XXI, a aquel proyecto originario de hace doscientos años. En paz y en prosperidad estamos haciendo lo que antes la guerra y la pobreza hicieron imposible: la unión de los pueblos libres.

Buenos Aires, 28 de agosto de 2011

25 de agosto de 2011

Retorno y presencia de Jorge Abelardo Ramos


Retorno y presencia de Jorge Abelardo Ramos

No hay nada más poderoso que una idea cuyo tiempo ha llegado.

Víctor Hugo

América Latina no es un conjunto de naciones: es una nación deshecha.

Felipe Herrera

En la década del 50 del siglo pasado, Jorge Abelardo Ramos, un joven trotskista de treinta años, publicó un libro titulado “América Latina, un país”. Desde el título, se lanzaba una notoria provocación y se introducía en el debate político de la época. En efecto, para el pensamiento impartido en las universidades, escuelas, academias y diarios de la época ese título movía, en el mejor de los casos, a un displicente gesto de conmiseración ante la ignorancia, torpeza o ligereza intelectual del autor. La idea misma de que nuestro continente fuese un sólo país sólo podía ser el resultado del razonamiento de un orate. Era evidente de toda evidencia que América Latina no era ni podía ser un país. Así como Europa estaba constituida por más de dos decenas de países, con lenguas, religiones, tradiciones culturales, mitologías, gobiernos y ejércitos distintos, nuestro continente también estaba formado por una veintena de países y las relaciones diplomáticas entre ellos eran de la misma naturaleza que las que cada uno de ellos podía tener con Austria o Finlandia.

En sus artículos publicados en el diario Democracia, el presidente Perón, bajo el seudónimo de Descartes, venía planteando la idea de los estados continentales, que luego se plasmaría en el llamado Nuevo ABC. En aquellos años inmediatos a la Segunda Guerra Mundial, pensar que la Argentina propusiese algún tipo de unión estratégica con alguno de sus vecinos sólo podía ser entendido como una forma de expansionismo o anexionismo. La prensa trasandina, en 1952, interpretaba que detrás de la visita del presidente argentino a su par chileno, Carlos Ibáñez del Campo, subyacía la idea de anexar a su país. De “imperialismo argentino” calificó, por su parte, el magnate de la prensa brasileña Assís de Chateaubriand la propuesta de Perón, en 1953.

León Trotsky, el bolchevique perseguido por Stalin, había escrito en 1934, tres años antes de que la Revolución Mejicana, bajo el gobierno de Lázaro Cárdenas le diese asilo: “Los países de Sud y Centro América no pueden librarse del atraso y del sometimiento si no es uniendo a todos sus Estados en una poderosa federación. Esa grandiosa tarea histórica no puede acometerla la atrasada burguesía latinoamericana, representación completamente prostituída del imperialismo, sino el joven proletariado latinoamericano, señalado como fuerza dirigente de las masas oprimidas. Por eso, la consigna de lucha contra las violencias e intrigas del capital financiero internacional y contra la obra nefasta de la camarillas de agentes locales, es: ‘Los Estados Socialistas de Centro y Sud América”. De esta visión del revolucionario ruso, iluminada aún por las llamaradas proletarias de Octubre de 1917, Jorge Abelardo Ramos comenzó a desentrañar, hacia el pasado y hacia el futuro, la naturaleza histórica de América Latina. La audaz propuesta de Perón atrajo su atención y, a partir de esos años su mayor preocupación política e intelectual fue desarrollar un sistema de ideas que fundamentase y diese consistencia operativa a la constitución de lo que comenzó a llamar la Nación Latinoamericana.

Ni Perón ni, mucho menos, Ramos fueron escuchados por sus contemporáneos en este punto central. La época había logrado hacer surgir la idea. Pero esta no había logrado encarnarse en las grandes masas, no había logrado convertirse en fuerza material, por radiante que apareciese a la inteligencia de algunos pocos hombres y mujeres. Se necesitaría medio siglo y dolorosas experiencias políticas y sociales para que la idea, lentamente, se convirtiese en un incontenible movimiento de pueblos y estados.

Jorge Abelardo Ramos, cuyos libros lograron convertirse en una especie de best sellers políticos, durante los años '60 y parte de los '70, falleció en 1994. Pocas voces salimos en ese momento al rescate de su ideario, de su pensamiento y de sus obras.

Pero, como el Cid Campeador que logra la victoria después de su muerte, Ramos, sus libros y sus ideas se han convertido en centro y fuente de los apasionantes debates que hoy vive la sociedad argentina. Desde la agudeza y sensibilidad de algún columnista de La Nación, para descubrir el instrumento ideológico hostil a su hegemonía cultural, hasta las nuevas publicaciones oficialistas, como Tiempo Argentino o Miradas al Sur, han descubierto en Ramos la inspiración de muchas de las ideas y propuestas que son impulsadas desde la presidencia de la Nación, sobre todo en materia de diplomacia latinoamericana. El propio ministro de Economía y candidato a vicepresidente, Amado Boudou ha recurrido al conocido aforismo forjado por Ramos para referirse a su punto de vista sobre la Unasur. “Somos argentinos, porque fracasamos en ser latinoamericanos”, declaró el ministro. Casi no pasa semana sin que su nombre o alguna cita suya aparezca en los diarios. Hasta Cristina Fernández de Kirchner comentó, en varias oportunidades, haber votado a Perón, en 1973, con la boleta del Frente de Izquierda Popular. “De rebelde”, habría dicho la presidenta.

La idea, la grandiosa idea de la Nación Latinoamericana ha, por fin, encontrado su cauce en el mundo real. Desde la península de Paraguaná, en el Caribe, hasta la península antártica, en el Pasaje de Drake, es la extensión de ese nuevo protagonista. Ala idea sanmartiniana y bolivariana, que imaginaba Ramos, le ha llegado su tiempo.

Buenos Aires, 25 de agosto de 2011

16 de agosto de 2011

La Corriente Causa Popular

saluda el triunfo de Cristina

Si los candidatos presidenciales de la oposición se embriagan con el festejo de los estrepitosos fracasos kirchneristas en la Capital, Santa Fe y Córdoba, es muy probable que dentro de apenas 20 días se despierten con la resaca implacable de una derrota propia. (Martín Rodríguez Yebra, La Nación, 26 de Julio de 2011)

Los 10.363.319 votos logrados por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner son el testimonio irrefutable del apoyo obtenido por las políticas iniciadas en el año 2003. El pueblo se ha manifestado, con un grado de participación que los monopolios mediáticos habían puesto en duda, por la continuidad y profundización de esas políticas y ha habilitado el camino para la reelección de Cristina.

En la jornada de ayer, el voto popular pasó a retiro a las figuras más preclaras del nefasto neoliberalismo de los noventa y a muchos neoliberales trasvestidos. Sólo bastó que la televisión mostrara el comando electoral del duhaldismo para ver cuántos responsables de la liquidación de nuestra economía industrial y de la desocupación consecuente han sido sepultados por el torrente de votos a Cristina. Desde el propio Eduardo Duhalde hasta el galante Martín Redrado, desde el opaco Eduardo Amadeo hasta el locuaz Alberto Fernández, deberán, después de esta primaria, refugiarse en la tibieza de las pantuflas, en los juegos con los nietos o, quien lo prefiera, en la pantalla de supuestos romances mediáticos. Pero la actividad política como expresión de los deseos populares les ha sido vedada por la expresión de esos mismos deseos.


La íntegra señora Graciela Ocaña ha terminado sus días en la política en la poco honrosa compañía de Francisco de Narváez y Javier González Fraga, mientras Pino Solanas se aleja cansinamente hacia la inexorable entropía y la digna profesora impulsada por él a una imposible candidatura presidencial queda fuera de las elecciones.

El "cordobesismo" de José Manuel de la Sota quedó reducido a un 4 o 5 % del electorado cordobés y el socialismo santafesino no pudo ganar el primer puesto ni siquiera en su provincia.
El PRO, el sector más conservador y explícitamente liberal de la política argentina, carece de candidato presidencial, mientras su jefe Mauricio Macri saluda a la presidenta vestido en bermudas desde un crucero en el Mediterráneo.

La otrora altiva Mesa de Enlace -el grupo de empresarios rurales encabezado por la Sociedad Rural- ha desaparecido de la escena y sus miembros son incapaces de ganar ni siquiera en el barrio donde viven.

Por su parte, la infantería del periodísmo mercenario, encabezada por Grondona, Morales Solá, Nelson Castro y congéneres, luego de haber inflado a sus candidatos brindándoles toda su logística de combate en los titulares de los diarios y los zócalos televisivos, al ver el resultado electoral, los declara ineptos y perimidos, sometiéndolos a una segunda muerte. Vale simplemente recordarles que “cuando uno se arrastra como gusano, no tiene derecho a quejarse cuando lo pisan”.

Este es el cuadro que, a grandes rasgos, ha determinado el resultado electoral de ayer. Despejadas las dudas, disueltas las operaciones provocativas de la prensa monopólica, los argentinos marchamos hacia las elecciones de octubre con la seguridad de contar con una candidata presidencial que cuenta hoy con más del 50 % del electorado y que, generosa y patrióticamente, ha llamado a los argentinos a estrechar filas , frente a los nubarrones que oscurecen el panorama económico internacional.

La Corriente Causa Popular saluda con alegría y entusiasmo este gran triunfo. Por primera vez el proyecto nacional y popular logrará gobernar por más de diez años.

Buenos Aires, 16 de agosto de 2011


MESA NACIONAL de la
CORRIENTE CAUSA POPULAR

Luis Gargiulo (Necochea), Julio Fernández Baraibar (Cap. Fed.), Eduardo Fossati (Cap. Fed.), Juan Osorio (GBA), Cacho Lezcano (GBA), Marta Gorsky (Gral. Roca), Eduardo Gonzalez (Córdoba), Ismael Daona (Tucumán), Tuti Pereira (Santiago del Estero), Ricardo Franchini (Córdoba), Liliana Chourrout (GBA), Oscar Alvarado (Azul); Ricardo Vallejos (Cap. Fed.), Elio Salcedo (San Juan), Alfredo Cafferata (Mendoza), Rolando Mermet (Cap. Fed.) y Horacio Cesarini (GBA).

Agrupación Arturo Jauretche - Jujuy